Dos capitalismos en guerra

El telón de fondo del conflicto entre Rusia y Ucrania

Por Estela Pereyra

En esta guerra entre Ucrania y Rusia, más allá del títere de turno que canta la canción que Estados Unidos le tararea desde la OTAN, poniéndole a Ucrania como zanahoria atractiva su inclusión a esa organización, los que se enfrentan son dos proyectos dentro del sistema.

Cuando Estados Unidos sostenía que Irak poseía armas de destrucción masiva toda la prensa occidental no sólo se plegó, sino que aumentó con creces las mentiras que pretendían justificar una invasión y una nueva guerra ejecutada por el país del norte, con el visto bueno de la OTAN y, por tanto, de Europa. Aunque en años posteriores, a la vista de los hechos, muchas de esas empresas periodísticas argumentaran, como la BBC, por ejemplo, que habían sido engañadas, la realidad es que todos sabían perfectamente que el argumento sobre las armas de destrucción masiva eran una mentira. Paul Wolfowitz, uno de los señores de la guerra, en junio de 2003 sostuvo en una entrevista de la revista Vanity Fair que «lo de las armas de destrucción masiva era una idea para lograr mayor consenso contra la guerra; lo importante era derrocar a Sadam». ¡Una «idea» que a los irakíes les costó un millón de muertos civiles! Sin embargo, nadie se escandalizó ni sancionó ni hizo una campaña feroz de prensa contra los invasores, todo occidente estaba de acuerdo…

La OTAN surgió como una asociación de países para frenar la expansión de la Unión Soviética. Desde su nacimiento fue no sólo profundamente anticomunista, sino antirrusa. No aceptar que es así sería una necedad dado que mientras duró la URSS sostuvo la guerra fría, luego de su caída comenzó su avance hacia el este y, en los últimos años, resucitó su rusofobia en una especie de relanzamiento de otra guerra fría.

De acuerdo con lo publicado por el diario alemán Der Spiegel, en su edición del 18 de febrero de este año, el politólogo estadounidense Joshua R. Itzkowitz Shifrinson encontró un documento desclasificado en los Archivos Nacionales Británicos que refleja un acuerdo entre la URSS y la OTAN por el cual se comprometía a no avanzar hacia el este considerando el respeto a la seguridad fronteriza de la URSS. Dicho documento describe una reunión celebrada en Bonn el 6 de marzo de 1991 entre representantes de Rusia, Reino Unido, Francia y Alemania para delinear aún mejor el «Tratado Dos más Cuatro» celebrado meses antes, en septiembre de 1990, para la reunificación de las dos Alemanias y en el que participaron, aparte de esos dos países, otros cuatro: Francia, Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos, de allí su nombre. El documento en sí, sostiene el compromiso de la OTAN de no avanzar hacia el este más allá de la reunificada Alemania. Sin embargo, ocho años después del segundo acuerdo, aprovechando la debilidad de Rusia como consecuencia de la caída de la URSS, la OTAN incorporó en 1999 a Polonia, Hungría y la República Checa, pese a las protestas y reclamos rusos. Cinco años después y luego de dos años de negociaciones, en 2004, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia se incorporarían también.

Estonia, Letonia y Lituania habían pertenecido a la URSS, por lo cual la decisión de integrarlas a la OTAN fue una gran mojada de oreja para los rusos porque los tres países están en su frontera y la de Bielorrusia. Lejos había quedado el documento de 1991 y los acuerdos del Dos más Cuatro de 1990…

Albania y Croacia se unieron a la OTAN en 2009 y en 2017 Bosnia y Herzegovina, Georgia y Macedonia fueron aceptados como aspirantes, aunque a la fecha de hoy en ese año sólo se incorporó Montenegro y, en 2020, Macedonia del Norte.

Hasta aquí, una síntesis apretada del avance de la OTAN hacia el este y también acaparando otros países de Europa. Ucrania es el último embate porque limita al este con Rusia y al norte con Bielorrusia, aunque por estos días surge, también, la provocación de incorporar a Finlandia que también limita con el oso ruso al noroeste. Junto con Ucrania, serían los últimos países vecinos que quedan sin estar en la OTAN.

Ahora bien, ¿Es sólo una provocación expansionista de la OTAN o es algo más…? A partir del año 2000, Rusia comenzaría una paulatina, lenta pero permanente recuperación económica que le permitiría superar, en pocos años, el caos en que cayó tras la disolución de la Unión Soviética. A la par, pondría en ejecución una serie de proyectos armamentísticos que quedaran pendientes desde antes de la disolución de la URSS. Con el aumento del precio del petróleo y la creciente venta del gas, Rusia, en unos diez años, recuperó su antiguo poderío, sobre todo militar, que lo transformaría en el país con el armamento más moderno y poderoso del mundo.

Fue el 10 de febrero de 2007 cuando Putin, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, hablara por primera vez de un mundo multipolar como opuesto a la unipolaridad de Estados Unidos, país hegemónico y gendarme del mundo, el que decidiera, prácticamente, los destinos de todo occidente durante décadas. Así, sin salirse del sistema, sin revoluciones bolcheviques y sin sacar los pies del plato, Rusia se erigía como una de las potencias visibles que proponen un mundo más «justo» dentro del sistema. A la par que Rusia se convertía en potencia militar, China sería el país que crecería como potencia económica apuntando también al desplazamiento de Estados Unidos como país hegemónico. Así, ambos se perfilaron como los únicos en condiciones de establecer otro orden mundial cuestionando el unilateralismo.

Preparándose para ello, Rusia impulsó la creación del BRIC donde se unieron los intereses comerciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, mientras China propuso y creó el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, una nueva institución financiera que, si bien en principio apuntó a la inversión en desarrollo de Asia, actualmente cuenta con miembros europeos y latinoamericanos. A la vez, tanto Rusia como China, establecieron una serie de convenios con países latinoamericanos como Venezuela, Argentina, Bolivia, Chile y Perú. Es decir, en el tablero del planeta, las nuevas dos potencias se metieron en el patio trasero del gendarme del mundo en nombre de la multipolaridad y desafiando su hegemonía.

Mientras el capitalismo occidental llegó a su último estadio transformándose en capitalismo financiero, puramente especulativo, el capitalismo ruso junto con el chino, se encuentran en otra etapa: la del capitalismo industrial en expansión. Esta diferencia entre unos y otros no es menor, porque pone en evidencia la crisis del capitalismo occidental que ya no resuelve los problemas de los pueblos porque es incapaz de revolucionar las fuerzas productivas. Si a eso le sumamos que el dólar no tiene respaldo y va siendo abandonado sin prisa pero sin pausa en los intercambios comerciales internacionales que pactan en sus propias monedas, que la deuda externa de Estados Unidos sobrepasa los treinta billones de dólares, que la interdependencia entre naciones hace que la crisis se propague y arrastre a todo occidente, tenemos como resultado una bomba de tiempo para sellar la caída de la unipolaridad y la imposición de una multipolaridad que le quitaría su hegemonía.

Por otra parte, Ucrania es el último y tardío ejemplo de la implosión étnica devenida después de la disolución de la URSS en los países que la integraron. El conflicto con Donestk y Lugansk apenas si es la punta de un iceberg que se cocinó a fuego lento durante el período que abarca la caída de la URSS y el presente. El oeste ucraniano, con el golpe de estado de 2014, impuso su histórica rusofobia, su nacionalismo y sus medidas represivas contra cualquier oposición a la ideología fascista que lo caracteriza. Pero en el oeste también se generaron conflictos, sobre todo cuando se impuso el idioma ucraniano y se prohibió el uso de otras lenguas: Transcarpathia, con minorías de población húngara y rusina, cada una de las cuales tiene su propia lengua, también están en conflicto con el poder central no sólo por el idioma impuesto, sino porque no acuerdan con que se reclute a sus jóvenes para llevarlos al frente contra Donestsk y Lugansk.

Ucrania no sólo es el país más pobre de Europa y está enterrada en deudas, sino que, además, sigue siendo, también, el país más corrupto del continente. Los oligarcas locales financiaron el golpe de estado de 2014, las bandas nazi fascistas que actuaron en Odessa y, como si fuera poco, la campaña del actual presidente que comparte con ellos la misma ideología. Estados Unidos hace tiempo que viene operando y fogoneando sobre ese sector político de Ucrania, aprovechando su debilidad, su corrupción y la pobreza de su pueblo, para enfrentarlo con Rusia. Después de retirarse ignominiosamente de Afganistán apuntó a Ucrania para frenar no sólo el avance ruso, sino impedir el cambio geopolítico que implica un mundo multipolar.

En esta guerra entre Ucrania y Rusia, por tanto, más allá del títere de turno que canta la canción que Estados Unidos le tararea desde la OTAN, poniéndole a Ucrania como zanahoria atractiva su inclusión a esa organización, los que se enfrentan son dos proyectos dentro del sistema: uno viejo e impotente que ya no resuelve los problemas del mundo y otro nuevo que emerge como posibilidad de un concierto de voces y está en vías de desarrollo y expansión, para lo cual se ha venido preparando en la última década; uno viejo que ha impuesto sus reglas, sus invasiones, sus guerras de rapiña generalizadas y extendidas hacia los cuatro puntos cardinales y otro que le disputa la hegemonía bajo la promesa de un mundo más «justo». Por supuesto que ambos, sin sacar los pies del plato del capitalismo.

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