Lejos de la corriente


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Lejos de la corriente, Edel Morales (doc zip 60K)  |  La estrella de Cuba, Edel Morales (doc zip 205K)

Edel Morales (Cabaiguán, Cuba, 1961) Escritor, investigador y promotor cultural. Ha publicado los poemarios Viendo los autos pasar hacia Occidente, 1994, y Escrituras visibles, 1999. Seleccionó y prologó el catálogo de jóvenes poetas cubanos Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, 2000, y la muestra La Estrella de Cuba. Inventario de una expedición, 2004, todos por la editorial Letras Cubanas.

En el 2002 la editorial canaria Globo publicó su poemario Lejos de la corriente, corregido y aumentado para Ediciones Unión en el 2004. También en el 2004 Ediciones Luminaria publicó su relato testimonial Los pies en la tierra.

Obtuvo, entre otros, los premios Revolución y Cultura, 13 de marzo y Razón de Ser. Sus textos aparecen en numerosas antologías, publicaciones periódicas y sitios digitales de la isla y de otros países. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al francés.

Ha impartido conferencias y realizado lecturas en Cuba, España, Venezuela, Argentina, Puerto Rico, México, Estados Unidos y Alemania. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz de escritores y artistas jóvenes. Le fue conferida la Distinción Por la Cultura Cubana.

Es director del Centro Cultural Dulce María Loynaz y de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba. Reside en La Habana.


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Crítica

LA HUELLA EN LA ESPESURA

Por Basilia Papastamatíu

Recién publicado por Ediciones UNIÓN, Lejos de la corriente reúne casi totalmente la poesía de Edel Morales, por lo que su lectura permite apreciar el rigor de su escritura. Porque no se desperdicia ni escribe con ligereza. Y aunque en buena parte de sus versos alude a temas cotidianos o de la intimidad, a vivencias efímeras o a una simple percepción del paisaje circundante, y con un lenguaje cercano, comunicativo, su poesía no se limita a impresiones de superficie. Quiere calar hondo, desentrañar e interpretar lo que está más allá de lo visible. Siempre una intención conceptual acompaña al efecto estético, nada es gratuito ni frívolo, todo aspira a significar.

A partir, entonces, de su propia historia, de su ámbito geográfico y familiar, desde su natal Cabaiguán hasta La Habana, en una aparente crónica poética, más que trazar un itinerario de su todavía joven existencia -ni siquiera de su experiencia sentimental -invita al lector a seguirlo en sus percepciones, en su indagación y búsqueda del sentido de todo lo que de alguna manera lo ha atraído, intrigado o estremecido.
Su poesía va en pos del conocimiento, de la comprensión de la realidad que se le presenta o impone, de la verdadera naturaleza y lógica de los sucesos y las cosas, de pulsiones, móviles y esencias. Porque cree en el poder de intuición y de revelación de la poesía: ...miro a la gente que va y viene despacio junto al mar. / Y me pregunto con el muro a la espalda: ¿tan sólo será la vida / un tiempo posible?’
Por eso Morales no prefiere los interiores, las penumbras, los marcos cerrados, sino las claridades, la luminosidades, los espacios abiertos, libres, que le ayudarán a descubrir, como los esplendentes mares, la densa claridad de los trópicos, los cielos, los ríos, los puentes y los parques y calles de la ciudad, y muy en especial, las ventanas: …¿quién hizo más por el país? / Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero / y siento lo efímero de las verdades eternas...
También: …Una ventana / es siempre una pregunta /--abierta hacia la luz sin sombras / que engendra el mediodía.

El poeta busca todo signo o señal en su entorno que lo pueda conducir a la verdad, a la posible luz al fondo del túnel de la existencia: ...
nunca encontraste una premonición. / Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada / en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.


No por causalidad uno de sus libros se titula Escrituras visibles: …Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. El autor intenta hacer visible todo lo que significa: ... Voy por los museos / tras la huella de un pasado / que da sentido a esta hora, / busco en mi vida / el destello inconfundible / que anuncie el momento del cambio,/ la cegadora luz de entonces…
En sus textos hasta los cuerpos aparecen, se exponen preferentemente en su desnudez, o sea en su transparente verdad, sin velos que los oculten o disimulen: ... La felicidad adormece mi voz y luego se aleja, /mientras abro completamente desnudo la ventana / y miro. Y también: …En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.

Pero en su caso no se trata sólo de ver y de saber sino también de juzgar, de abordar el ya clásico tema de lo bueno y lo malo, hurgando en el comportamiento humano, en su razón moral, las posibles contradicciones o incoherencias entre el ser y el deber ser, para evitar que no nos agobie con su fatalismo eso que se ha denominado tan certeramente el sentimiento trágico de la vida. Y podamos entonces encontrarle a ésta una justificación detrás de su dramática apariencia: …Edades / para alcanzar al fin la gran inocencia / --en la vida y en la muerte / hicimos / lo que se esperaba / de nosotros: ... O cuando más adelante dice él mismo de sus versos: ... perdura en ellos la magia antigua del cazador, su fiebre por encontrar la huella en la espesura / su destino entre el bien y el mal. / Los acontecimientos se revelan demasiado visibles, / demasiado vergonzantes para una escritura / sumergida en el smog y en la frialdad / de la época contemporánea.

Y en ese buscar la luz de la conciencia, o ese sol del mundo moral -como diría Vitier-, su poesía también se debate entre dar claridad, transparente legibilidad a las palabras, o caer en la tentación de las atmósferas alusivas, del lenguaje simbólico tan propio de la poesía y del lenguaje hermenéutico. Pero Morales sale airoso en su difícil intento de conjugar las dos tendencias, atemperándolas y reconciliándolas en sus versos, y logrando dotar a éstos, a la vez, de elocuencia y misterio.


LEJOS DE LA CORRIENTE/TODO VUELVE A SER EN SU PALABRA

Por Rigoberto Rodríguez Entenza

En número y peso ha crecido el panorama editorial cubano. Libros y feria, entre tanto, han aportado cuentas que tributan –menudencias aparte-al panorama literario de la isla, a su diversidad. De poesía hablando, la aparición de nuevos textos ha reconfigurado su –nuestromapa espiritual. Voces recién llegadas o ya conocidas nos anuncian el caudal de las noches y los días. Una de ellas es la de Edel Morales -Cabaiguán 1961-quien con su libro Lejos de la corriente, Ediciones Unión 2004, confirma el hondo aliento de la poesía nacida En las pequeñas ciudades del centro de Cuba. Con dicha muestra, Morales se atreve a decirnos el origen de sus conjeturas, a revelar en un solo texto su itinerario afectivo y estético. Desde la pequeña ciudad, las calles, habitualmente bulliciosas y dulces, atravesando los encuentros con amigos, ciudades, mares, con la certeza del tiempo, de la nada que seremos luego de mil o cincuenta años, el poeta nos revela su historia en el universo; con una sutil coherencia dialéctica, sus temas se deslizan por el hombre y el complejísimo macrocosmos que habita.
Es cierto que convivimos con múltiples visiones poéticas, las que van desde el más fervoroso, auténtico, registro tradicional, (Tu voz está sobre mi cuerpo –le hace bien a mi cuerpo/ la claridad de tu voz/ en la penumbra de estos años) hasta posiciones vanguardistas, dígase contemporáneas. (En ese caos preciso un instante –La Habana, año noventa/ y sucesivos –y traduzco para un amigo estos versos:/ hechos con una rara claridad que los condena/ y los aleja de cualquier estética al uso./ Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.) Pero también es visible la intención de individualizar, desde los preceptos de lo uno y lo diverso; la preceptiva de Morales se acentúa en el ser de hoy. El poeta, este que creo cercano, ha puesto su anécdota en el intento; su voz viene desde los primeros viajes, desde la certeza de Los estudiantes [que] se han marchado a descubrir el mundo/ y una paz, una extraña y larga ausencia,/ llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios. Luego llegamos con él a –ciudades que invitan a vivir otra vida/ en calles trazadas para el ejercicio del goce y el amor. En estos poemas, cerca del ojo del huracán, de la verdad central de las palabras, el ser vive aferrado a sus pasos, a su destino, entre el bien y el mal. Así acepta que El universo expande la finitud de sus cuerdas.
Su voz es su puerta misma, la que se abre y se cierra eternamente, como el péndulo.
Aquí hablamos de un verso que se azota a sí mismo; de un lado se alarga, se busca en un paisaje interior sombrío y del otro se calma, incide, recompone, juega ajedrez sobre un mundo que puede ser cambiado, un mundo aparente, consumado, consumido, en la realidad que crea y recrea. Edel es un explorador de sí mismo; su poesía va paso a paso y en ese ascenso medita y resume; todo vuelve a ser en su palabra, todo adquiere un destino inédito. Pareciera que cada instante se revela por primera vez.
El pasado se convierte en el futuro de su poema. Estamos, no allí, sino en ese otro espacio, en ese momento en que nuestro espíritu saltará de sí, explotará y sus pedazos más leves entrarán nuevamente a ese laberinto que es visitado por el místico. Se trata, valga apuntarlo, de poemas que aún siendo independientes conservan -lo he escrito antesuna unidad evolutiva; su cosmovisión y sus cavilaciones en cuanto a la poesía se ven aquí como en un libro de historia, la historia misma que él concibe. La aparición de una arquitectura lingüística renovada, de signos que se incorporan para nuevos matices, la cambiante manera de su sintaxis, son pautas que nos ubican ante una obra que crece sobre sí y lo que es más importante, entre la tradición literaria cubana, como el paso del mulo en el abismo. Edel Morales, forma parte de un grupo que tomó fuerzas en la segunda mitad de los ochenta y que hoy ya da señales ineludibles. Llena es de gracia la nación que pueda distinguirse con autores como los que en Cuba hablan hoy. Llena es de gracia, por estos versos -escritos para precisar un instante-.


TRIBU, MITO Y PALABRA DE EDEL MORALES

Por Roberto Manzano

1. Un nuevo libro de Edel Morales
Acaba de ser presentada al público, publicada por Ediciones Unión, una selección de la obra escrita por el poeta, narrador y crítico Edel Morales (Cabaiguán, 1961) durante veinte años de ininterrumpida creación lírica. La edición ha corrido a cargo del poeta, narrador y crítico Jesús David Curbelo, y ha realizado el diseño de cubierta Gipsy Duque-Estrada. En cubierta podrá ver el lector de inmediato el cuadro Melancolía, de Edvard Munch, que data de 1895. No mencionaríamos el detalle anterior si no existiera una relación singular entre la imagen de Munch y los versos del poeta. Son increíblemente semejantes los imaginarios presentes en la extensión y profundidad simbólicas del cuaderno y en el cuadro del célebre noruego. La observación del cuadro nos entrega una visión sencilla, poderosa, expresivamente fuerte de un estado especial de contemplación y vida interior. El hombre sentado, oscuro y pensativo, con la barbilla en el cuenco de la mano, se encuentra circuido de la costa irregular, donde algunos elementos esquemáticos añaden una inquietante sensación de profundidad. Los ademanes expresivos son sobrios, y poseen latencias sorprendentes. Este hombre aún joven, vestido como enlutado, nos evoca otra imagen arquetípica, la del ángel melancólico del aún más notable grabado de Durero. Y estableciendo asociaciones dentro del sistema visual, nos trae también a colación la reciedumbre caviladora de la conocida escultura de Rodin. Pero lo volumétrico en Rodin nos aleja del entorno imaginal de estos versos, escasos de entrantes y salientes agudos, y el ángel meditabundo de Durero no posee en torno la intemperie y la liquidez que con tanta fuerza caracterizan al ensimismado de Munch y a las configuraciones psíquicas más recurrentes del poeta. Qué importante es en la impresión gráfica de la poesía, tal vez mucho más que en otras artes, la organicidad de la mirada y el enriquecimiento mutuo de las partes que entran a componer el producto que será ofrecido a los ávidos consumidores, cuya asimilación, por ser el de la belleza, es de índole simultánea. El presente libro es compilación de lo escrito durante un período digno de consideración, detalle que incide inevitablemente en algunos de sus rasgos, y la selección ha sido realizada por el propio poeta, lo que añade nuevos niveles de significación. La existencia de tal lapso implicaba determinados riesgos en las elecciones, como es la progresiva y fluctuante línea de discurso estético presente casi de modo natural en semejante duración, pero ha decirse, para congratulación del autor, que esta pendiente ha sido reducida al mínimo, y el lector atraviesa el cuaderno bajo una firme sensación de unidad ideoestilística. De este modo, el volumen puede ser leído como una estación orgánica, y no como una sucesión de desiguales y alejados episodios creadores. Y el poeta se aprecia, por el racimo de textos que ofrece, actuando implacablemente en el escogimiento. Su actitud de discrimen es madura, y sabe separarse adecuadamente de sus propios productos. Un buen poeta es siempre un buen crítico, porque es un entrenado y sensible lector. Y no debe tenerse lástima cuando actúa como lector de sí mismo, ni dejar de disfrutar sus mejores piezas conseguidas como público potencial.
Otras compilaciones de tal naturaleza hemos visto donde sus autores organizan de diversos modos el material, bien comenzando por lo más reciente y añadiendo en sentido inverso hasta colocar hacia el final los primeros poemas en el tiempo, bien distribuyendo en secciones especiales, bien sujetando la distribución al orden de aparición de los libros que se compilan. Los poetas no tenemos otra propiedad sobre la tierra que la forma con que expresamos el mundo, y organizar un libro es un acto de patrimonio personal. Pero al terminar de leer Lejos de la corriente el lector agradece al autor la semántica distributiva que lo gobierna, pues, más allá de las referencias temporales que los propios poemas ofrecen, la aguja que hilvana es lo imponderable psicológico, la secuencia sutil de los varios y aglutinantes estados de espíritu, y esto se encarga de suscitar vivamente la unidad expresiva del hablante, sobre el que ha actuado vigorosamente el tiempo, pero donde aún arden sin reposo los mismos impulsos y sueños de la hora germinal. Con ello, el autor ha añadido a los poemas hechos ya, de larga data, al compaginarlos de modo específico, una nueva energía, procedente de la sinergia propia de toda colección.
Se creería que método de tal naturaleza pudiera no hacer advertibles los vectores de crecimiento de su obra poética, enmarcada en dos décadas de tan singulares transformaciones sociohistóricas y estéticas. Pero en la ordenación se aprecia cómo el poeta ha crecido, y hacia qué direcciones, tanto en las manipulaciones estilísticas de la imagen como en las estimativas de las circunstancias que le ha tocado vivir. Y es percibible en ciertas zonas la sobrevivencia de recursos tan propiamente coloquiales, no ya conversacionales, así como la conservación y perfeccionamiento de módulos expresivos que fueron asimilados, a todas luces, en los momentos de su irrupción creadora. Pero hay, en la descripción de altas temperaturas de las relaciones del hombre con una realidad tan compleja y en ocasiones mutilante, una autenticidad que no tiene fisuras, y que es responsable de los veneros de más elevado humanismo con que nos enriquece y conmueve.


2. Los lobos en el asfalto
En muchas ocasiones se escucha en el tono de este libro cierta grupalidad nostálgica, más allá de la esencial soledad en que se asienta y dinamiza, que tiene que ver mucho, nos parece indudable, con la irrupción de una generación específica a la vida histórica y a la poesía. Se trata, en especial, de la generación de los ochenta, que se presentó con vigor en el escenario de la cultura y que ha elaborado de sí misma una imagen renovadora y mítica, que en los casos más acerbos les ha impedido ver las ganancias acarreadas por la década de los noventa al cultivo transformador de la poesía en el país. Generación que volteó el panfleto coloquialista del encanto hacia el desencanto, entre otras muchas improntas radicales introducidas, en algunos autores ha quedado, para quien sepa penetrar con agudeza en la verdadera evolución de la poesía nacional, como un coloquialismo al revés, al definirse frente a él de modo más profundo en la estimativa que en el lenguaje, problema que ya habían resuelto otros grupos soterrados de los años setenta. Pero el poeta de Lejos de la corriente, aunque miembro activo y representativo de la generación de los ochenta, no se ha caracterizado nunca por una improductiva frontalidad estética, y supo desde el principio asimilar críticamente aquellos instrumentos que tornaran más eficaces sus sustancias expresivas. Esta actitud es visible en los textos aquí reunidos, que no abjuran jamás de sus orígenes, pero que saben tender puentes no sólo hacia los diversos modos de hacer la poesía sino también hacia otros predios genéricos, como la elaboración sintética de algunos enunciados narrativos, al sostener de manera evidente la construcción de muchas piezas sobre el mecanismo de la anécdota, aunque sea meramente esbozada.
La generación poética de los ochenta luchó arduamente, más allá de lo puramente literario, por una resemantización profunda de ciertos imaginarios sociológicos, y en algunos de sus poetas más representativos olvidó el penetrante y sutil tratamiento de las formas interiores, las particularidades genésicas y compositivas de las estructuras profundas del idioma, educados en la lectura de poetas europeos o norteamericanos deficientemente traducidos. Y enarbolaron, en muchas ocasiones, el desmaño como presupuesto estético. Leyendo Lejos de la corriente se aprecia cómo la intuición creadora de Edel Morales, trabajador lento y circunspecto, a quien caracteriza la sobriedad y la hondura textual, le facilitó escapar de muchos de los excesos estéticos de su generación.
Equilibrio que, por una parte, permite que hoy puedan leerse textos suyos escritos hace veinte años con absoluta frescura, pero que también por otra parte ha facilitado que los resonadores de la vida literaria lo hayan logrado mantener un tanto lejos de la nómina más bulliciosa de su generación.
De todos modos, esta colección de versos, por su misma duración implicada, y por la actitud que ha mantenido el autor, incorporado siempre en alguna aventura promocional de jóvenes poetas, tiene peculariedades tanto de los ochenta como de los noventa. De los ochenta ya hemos señalado algunos aspectos, a los que pudiéramos agregar el carácter más de fraseo que de verso que poseen las líneas de sus textos, el alejamiento de la composición sujeta a pautas y el laconismo en las asociaciones; y de los noventa la mirada existencial del puro individuo, desasido ya de toda aventura enteramente grupal, que exhiben muchos de sus textos más logrados, e incluso la atención esporádica a formas sujetas a esmero composicional, que no se adscriben directamente a la teoría de la desgarradura, tan propia de los ochenta, sino a un deseo de expresar subsidiariamente, además de con los meros significados, con los significantes más imaginativos, y a veces con las disposiciones de la escritura, o con los juegos del pensamiento anafórico, tan propio de una zona, sobre todo diaspórica, de los noventa. El largo contacto con los creadores más significativos de los noventa, la ausencia de prejuicios respecto a su obra, la tolerancia frente a las formas y actitudes, que por naturaleza, y por encargo institucional, ha tenido que desplegar, lo han facultado para escoger en todas partes, sin eclecticismo alguno, y con economía severa, las herramientas que su propia evolución interna creadora le dicta en aras de ser más fiel a una trinidad alegórica que el propio poeta indica en sus versos: la idea, el origen y la voz. Es por ello que, a pesar de encontrarse en apariencia lejos de la corriente, el poeta se nos revela en este balance de su propia obra como uno de los artífices del caudal.

3. El espejo en la corriente
Todo libro de poesía es un orbe mítico, un holograma del mundo. Una voluntad artística modela ese orbe, esculpe ese holograma en el aire.
Fuertes elementos configuradores tejen el universo plástico interior que gobierna la visualidad del conjunto. Muchos de esos elementos proceden directamente de la biografía del poeta, de su avatar inmediato en la historia, de su cadena real de sucesos físicos, y otros nacen, como brotaciones insospechadas, difíciles de explicar o desentrañar sus orígenes, de las interioridades siempre insondables de la persona, cuyo carácter irrepetible como aventura biológica y como participante en el tramado de relaciones que lo circunda y perfila, constituyen su idiosincrasia, su relato mítico del mundo. Un poeta es un especial elaborador de estructuras míticas, de imágenes que adquieren centralidad y aglutinan el desenvolvimiento sensorial del espíritu. Tomar un libro de poesía con entusiasmo, bajo vectores de agregación adhesiva, es acabar captando su orbe mítico, su holograma interior. En algunos cuadernos, según las calidades de configuración del poeta, las estructuras recurrentes se encuentran absolutamente bien delineadas y poseen una alta operatividad imaginal.
En Lejos de la corriente, a pesar del largo tramo creador que abarca, pero precisamente por haber estado sujeto a una atenta elaboración como conjunto, hay estructuras imaginales dignas de interés, que son fuertes nudos temáticos donde se resuelven indisolublemente aspectos importantes de lo consciente y lo inconsciente. Una de esas estructuras básicas es la imagen de la partida, de tanta recurrencia en el cuaderno, que se manifiesta de diversos modos, y que a veces resulta acción positiva y a veces suceso frustrante. Pero el mandato de partir flota en la psicología de abundantes piezas, constituyendo su tema central, o atravesando importantes zonas de su desarrollo temático. El sujeto puede encontrarse en el espacio familiar, donde una atmósfera opresiva lo empuja hacia el camino, o su evocación reiterada puede proporcionarle una elocuente carga melancólica. O estar, como el héroe de Munch, al borde del agua, bajo lacerantes dilemas ante los amigos que parten, o ante su propia vida, que pudiera ser otra, si no fuese una fuerte criatura ante el destino de las olas. Precisamente a través de esta imagen el poeta se asocia a los otros que le son afines, a los que han irrumpido con él en la gran ciudad, y con él han vivido las sutiles aventuras de los jóvenes espíritus. Pero sobre todo se funde a lo más raigal de su visualidad interna, al sitio de donde realmente nunca ha partido: la infancia, que posee un entorno especial, donde determinados espacios viscerales, ciertos patios de lajas, ciertas flores y árboles, ciertas calles pueblerinas, sobreviven en la mente del poeta como un edén, un poco triste en verdad, irremediablemente perdido, pero siempre actuante en la memoria con que teje el presente. Hay allá, en la lejanía queridísima de la infancia, un lleno que posee una virtud mágica: venir desde el pasado a saturar con el deseo de vivir todo actual silencio o probable vacío insondable del destino.
Una nueva estructura imaginal altamente prestigiada en el cuaderno es la imagen del mar, a cuya orilla se concurre, sobre todo en paseos nocturnos, o acaso en algunas horas solares, casi siempre acompañado de la muchacha amante y de los buenos amigos, y donde el poeta advierte que bulle una vida muy atractiva, que se le convierte en símbolo de riqueza y vitalidad. Junto al mar, o en áreas acuáticas, ocurren sucesos y anécdotas que generan con frecuencia poemas de gran atmósfera existencial, en los que el poeta despliega su filosofía de los seres humanos y del destino. La bella muchacha nadadora, los nadadores diversos, los hondos pescadores, el propio poeta que explora las aguas, el espacio que rodea el litoral, la vida pululante de la costa, la lejana vista azul del océano desde alguna alta ventana, son indicios fascinantes que llenan de una sutil espiritualidad los textos. En las márgenes de los ríos pueden nacer excelsos pensamientos, y el poeta realizar balances profundos de su destino como individuo sobre la tierra. O tal vez en lejanas sombras húmedas, ricas en podredumbre, en países de rico invierno. Pero el agua es elemento proteico, que siempre suscita disquisiciones y ambientes de fuerte lirismo, de comunión subjetiva, de persona centralizada en el mundo.
Estructura imaginal de gran riqueza es también la imagen de la noche. En la noche, creadora por naturaleza, surgen los grandes motivos. El amor tiene como territorio permanente la noche que avanza, la medianoche, la madrugada, el alto amanecer. Es la hora de la observación y disfrute de la amada, de la desnudez de los cuerpos, de la habitación de paredes donde se advierten raras imágenes, de la música lejana donde otros despiertos bailan. Los bailadores recurren: bailan los amigos, en fiestas nostálgicas, que han quedado congeladas en el recuerdo para siempre, y que han debido ser escritas, como único modo de saber que en realidad existieron; bailan las muchachas que se amaron, hermosas en el acto de bailar, como reinas absolutas de una noche que ya se desvanece, que corre hacia el vacío. Es la noche del paseo en el parque solitario, deambulando por la gran ciudad, queriéndola lentamente, hasta que deja de ser la ciudad hostil gracias a las vivencias junto a los otros, compañeros profundos de la misma aventura de vivir. El día no se menciona, el ajetreo del afán no aparece: la noche es la legítima compañía para el despliegue inolvidable de lo humano. Muchas otras imágenes, constituyendo tramas expresivas, urden la imaginación de Lejos de la corriente. Una obra poética es una energía imaginal. El poeta comunica a través de redes plásticas. Entender la riqueza y el sentido de las imágenes es entender precisamente el fondo de oro de una obra. Lejos de la corriente es un orbe rico, seriamente elaborado, donde lo consciente trabaja denodadamente para el mensaje, y donde lo inconsciente vertebra y enriquece de manera insólita sus enormes capacidades sensoriales. Mucha de la poesía cubana actual es verbosa, no hila adecuadamente y con eficacia sus imágenes, ni establece redes de amplitud visual frente al mundo. En este libro Edel Morales se confirma como un verdadero artífice de las imágenes, lo que proporciona una fina jerarquía artística al libro que hoy presentamos, y que los lectores buenos, que son los que se dejan llevar por la imaginación, pues consumen el texto con entusiasmo y adhesión, disfrutarán por su orgánica y abundante riqueza plástica interior.

4. Palabras en las manos
La torrencialidad, tan peculiar de tanto poeta cubano, no es propiedad de la poesía de Edel Morales. Una austeridad sintáctica, cierta circularidad léxica, un sentido composicional sobrio, una duración controlada, una densidad simbólica que rara vez se cierra con estrépito, y un sentido periódico de la frase, que vuelve hacia niveles de carga diferentes, constituyen algunas de las propiedades singulares de su palabra poética. La atmósfera, que puede desplegar dispositivos de pura raigambre surrealista, recupera rápidamente su tramado discursivo, torna clauso el dibujo que fuera desembridado en el inicio, y concluye con variaciones del mismo tema que disparan, sin embargo, la totalidad expresiva hacia regiones trascendentes de sentido. Los versos marchan oracionalmente, y los encabalgamientos escasean. Los cambios de registro emocional son manejados con prudencia, y la fantasía rara vez rebasa las mediatrices del mundo real. Pero es dueño absoluto de las atmósferas, dadas con pocos elementos imaginales, muchos de ellos recurrentes, pertenecientes a un arsenal ya conocido, y cuya eficacia se ha confirmado en otras elaboraciones. Posee la regla de oro, y la aplica con acierto: todo consiste en lograr un óptimun con un mínimum. Su libro es, en este sentido, una lección de arte. Como en todo fenómeno de la vida humana, hay otros poetas, y hay otros modos de concebir la poesía.
Pero el que tiene ojo entrenado sabe dónde anida de modo legítimo la musa, más allá de las filosofías estéticas enarboladas. Puede que no sea reconocida, y que algunos de los restantes poetas, por prejuicios o desdenes o crímenes gremiales, le nieguen ciertas entradas o pertenencias. Pero el texto es objetivo, por encima de todas las ideologías interesadas, y los lectores sanos que saben leer sin anteojeras alcanzan con apetito las médulas. Especial satisfacción sentimos en ofrecer algunos comentarios acerca de este libro, pues amamos la justicia, y agradecemos la oportunidad de resaltar ante los potenciales lectores de hoy los valores de una obra que merece una indudable atención entre las más acabadas de su generación. La vida literaria es campo permanente de conjeturas y conflictos, de manipulaciones mezquinas, de desdenes irracionales, de estereotipos que se revelan como dislates monumentales al paso de las décadas. Es frecuente encontrar en la vida literaria émulos de Cronos, que juzgan, periodizan y jerarquizan como si hubiesen recibido un encargo oculto del gran dios. A estos dómines de la vida literaria decimos hoy: En Lejos de la corriente el lector encontrará textos de suma dignidad artística, y algunos de los más bellos escritos por los poetas que irrumpieron en la década de los ochenta en la corriente interminable de la poesía cubana.


UNA REFLEXION ACERCA DEL ECLECTICISMO DE LA POESIA CUBANA

A propósito del libro Lejos de la corriente, de Edel Morales

Por VIRGILIO LÓPEZ LEMUS

Es un hecho curioso en el desarrollo histórico de la poesía cubana, este que se ha ido produciendo desde la década de 1990 hasta hoy, y que podría caracterizarse por la ausencia de una corriente dominante, incluso por la presencia de varias líneas temático-formales relacionables, pero sin que ninguna prevalezca. Aquel momento de crecimiento cuantitativo y cualitativo de los años ochenta del pasado siglo XX, hicieron descender considerablemente al antaño predominante Coloquialismo; entonces vimos abrirse paso seguro una corriente que podríamos llamar “Neorigenista”, dado la influencia que sobre un grupo notable de poetas tuvieron los principales autores de famoso grupo de la revista Orígenes, sobre todo José Lezama Lima, Eliseo Diego, Virgilio Piñera y Gastón Baquero, quizás en ese orden. Además, se abría paso una corriente de poesía “experimental”, de muchos rasgos formalmente innovadores dentro del ámbito de la palabra poética, que iba desde derivaciones del Surrealismo a cierta adopción discreta de códigos de la “poesía visual”. Asimismo, las formas clásicas con multitudes temáticas se desplazaron con fuerza desde el grupo generacional de poetas nacidos entre 1946 a l950, a otro grupo entre los nacidos en la década de los 60 y primeros años de los 70, en algunos casos de revitalización neorromántica del soneto y la décima. El “período especial” de la década siguiente trajo consigo cierto grado de dispersión, que se reflejó en el ámbito de la poesía, a mi juicio interrumpiendo el mejor desarrollo de estas corrientes in situ; entonces no hubo condiciones para que ninguna se hiciese predominante, no se puso “definitivo” fin al Coloquialismo, al menos en su característica esencial del tono conversacional, quizás por la necesidad que muchos poetas seguían teniendo de ofrecer testimonio personal o hasta social, de su circunstancia; y la corriente de ruptura, que se había ido separando mucho de la influencia lezamiana, siguió siendo más bien una fuente de experimentación grupal no dominante. Tal panorama continuó al cambiar el siglo (y el milenio), y ya entrados en su primera década, puede caracterizarse a la evolución actual de la poesía cubana por una carencia de orientación hacia una o varias corrientes de carácter mayoritario, si bien pudiéramos decir que esa “mayoría” expresiva se halla aún en un atenuado tono conversacional, directamente vinculado con la subsiguiente necesidad testimonial que aun presentan los jóvenes poetas y la mayor parte de los poetas residentes o no en el territorio cubano. Yo creo que esto lo representa bastante bien un poemario de título tan significativamente ¿casual?, como lo es Lejos de la corriente (Ediciones Unión, 2004), de Edel Morales. Por supuesto que este poeta nacido en 1961 en la provincia espirituana, no pretendió con su título ejemplificar la demasiado rápida caracterización de corrientes que ofrecí en los tres párrafos anteriores, pero hay que advertir que los títulos de los libros suelen ir mucho más allá de las intenciones de los propios autores (V. Gr. Vísperas de Vitier o Últimos días de una casa, de la Loynaz...), y que Edel Morales no es de ninguna manera un poeta “ingenuo” o al margen del acontecer lírico de la Nación cubana, todo lo contrario, por sus conocidas funciones de trabajo en el Instituto Cubano del Libro, ha tenido una relación más que directa, francamente participacional, con las líneas de desarrollo multigeneracionales de la poesía cubana coetánea. Usted solo tiene que tomar en sus manos, aun sin leer, Lejos de la corriente, y hacer una revisión visual de las estructuras poemáticas y del tono y léxico utilizados por el poeta, para advertir que su versolibrismo o semimetría versal, o sus estructuras de las páginas 14 o 101, o hasta la discreta presencia de la propia métrica castellana (página 105), ofrecen un alejamiento de cualquier corriente única, definida, mayoritaria, que es lo que hemos planteado acerca de su ausencia en nuestra poesía. O sea, quizás la corriente que podamos subrayar, observando bien a este libro representativo, sea la del eclecticismo formal y de contenidos, que es lo que vengo a observar realmente como mayoritario entre los poemas de poetas cubanos publicados en los últimos años, incluso más allá de nuestros límites insulares. En Lejos de la corriente ocurre un encabalgamiento entre tradición y ruptura muy común de nuestro tiempo cubano. Usted no puede decir que Morales, que agrupa en este libro “casi toda la poesía publicada (...) a lo largo de veinte años”, según reza la nota de contracubierta, sea un poeta coloquial, ni neorromántico (pese a la crecida dosis de los sentimientos de sus versos), ni experimental, ni neorigenista, ni siquiera que la influencia de un solo poeta mayor eche su sombra sobre sus páginas. Y, a mi juicio, esto es bastante representativo del cauce lírico cubano de nuestro tiempo, o sea, que en lugar de situarse lejos de la corriente ecléctica de la poesía actual, el libro de Edel Morales se halla en medio de esa avanzada cuantitativa y cualitativa de la poesía cubana, que progresa hacia un horizonte ahora impredecible, pero que ha de dar quizás más pie a un acercamiento a tonos más especulativos y hasta metafísicos o a ciertas formas de rupturas de lenguaje, si algún diagnóstico o pronóstico se quisiera hacer. Considero que aún dentro de una valoración (muy) positiva de este poemario de Edel Morales, su Lejos de la corriente entraña una visión bastante de conjunto del acontecer lírico cubano. Su voz testimonial, su atenuado tono conversacional, pero evidente en muchos poemas (“Los textos escogidos”...), su acercamiento sutil a las formas clásicas y a veces no tan sutil (la espinela de “El doble dolor”), su afán de exaltar otras estructuras para el poema (“El tiempo blanco”, o las escaleras de las décimas de “La luna eclipsa”...), su “sentimentalidad” (valga el neologismo, para inclinar la balanza del término hacia el neorromanticismo, visible en casi todo el libro), y sobre todo su lirismo desde un sujeto lírico en primera persona del singular, que desea francamente participar en la vida ciudadana, o su sutil tendencia metafísica o de poesía especulativa (“Antes del Big Crunch”), son un conjunto de elementos personales de su poesía, pero asimismo compartidos con una gran cantidad de poetas de varias generaciones literarias, que hoy escriben o transcriben su manera aprehensiva de la poesía expresada por cubanos. Edel Morales ha hecho, pues, una contribución de interés al tractus lírico nacional. Lejos de la corriente está lejos de las corrientes líricas más frecuentes, porque las suma, y se adentra en una corriente ecléctica, que, como he dicho, quizás sea lo que hace la mayoría actual de los poetas cubanos dentro y fuera de nuestro archipiélago. Marcar un punto, representar una etapa de nuestra poesía, no es de poca valía, no tiene poco relieve, advierte de la presencia de un poeta capaz de la síntesis. El “después” pertenece por entero a ese tiempo inexistente llamado futuro, cuya existencia solo es comprobable por el presente.
Después de Lejos de la corriente Edel Morales seguirá siendo muy probablemente un poeta de síntesis; “luego” advendrán una o dos corrientes nuevas o de las actuales, que se harán tal vez mayoritarias, pero los poetas de síntesis seguirán entonces diciendo su palabra, situados lejos de la corriente, es decir: entre la tradición y la ruptura.


DE LA MEMORIA AL ORDENADOR

Por Amado del Pino, La Habana

Lo he dicho otras veces: la poesía, el verso, el poder fascinante de la palabra me llegaron primero por los oídos y la memoria. Ya en la treintena me sorprendió ver un tomo con las décimas de “Camilo y Estrella”. Esas estrofas de Chanito Isidrón pertenecían, desde mi experiencia, al mundo de lo plenamente oral. Mi tía Miriam cuenta cómo mi padre le mal cantó la novela rimada en un largo viaje a caballo.

Los poetas de Tamarindo no han sido muy musicales, aunque adoran a los mejores repentistas. Recuerdo las libretas de décimas, celosamente guardadas y hasta asistir a la lectura colectiva de alguna carta rimada que intercambiaban con sus colegas de Yaguajay o Mayajigua, pueblos con nombres de resonancia indígena y abundante cosecha de versos. Por esa zona de la antigua provincia de Las Villas, centro del país, tierra de parrandas y cantares, nació Edel Morales, uno de nuestros mejores poetas actuales que me acaba de hacer un precioso regalo, provocando un cambio radical en el soporte del verso. Ya sé que leer en la pantalla del ordenador puede perjudicar la vista y acarrear otros desmanes, pero desde el cuartico (no igualito sino cada vez más atestado de libros) que comparto con Tania en casa de sus padres, no resulta fácil leer en papel y la mejor silla; el silencio más propicio se ubica frente a la computadora. Entonces los hondos y a la vez leves poemas de Edel se deslizaron ante mis ojos como si nunca hubiesen sido pensados para otro formato. Voto por la permanencia del libro, pero la página impresa lleva su sillón, mejor aún si es un portal sereno. El libro que se guarda en cajas enmohece y es devorado por los insectos, antes de que puedas estibar la carga y entrar al mundo mágico de la lectura.

Morales habla de temas eternos y a la vez concretos. Persigue y se le escapan muchachas; supone, espera, se contiene, grita y añora desde un ritmo dulce, que deja pasar las pasiones sin neurosis ni aspavientos. Y afuera la telenovela, mosquitos que zumban, una vecina que entera al barrio de sus desavenencias conyugales, pero sigo frente a la pantalla de trabajo, protegido por la cara de hombre ocupado. Además no tengo ni que cambiar la página, estos versos trémulos, íntimos, desnudos van bajando mientras pulso y acompaño al poeta. Creo que si vuelvo a escribir poesía lo haré también en el ordenador, aunque parezca frío y demasiado tecnológico. Mi letra es horrible y la máquina de escribir —que tanto amé— se me escapó hacia el universo intangible de la nostalgia. Además, aquí, en las teclas de la computación es fácil escribir, tentación nefasta para los abundosos; pero también resulta simple y cómodo borrar, esa acción tan noble para los que aspiramos a la mejor literatura

Lejos de la corriente

Edel Morales

Poesía

Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.
No se si es bueno o malo. A mi me complace, amigo Lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen.
Quisiera, por supuesto, que esa esencia permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando vuelvo a este poema: Tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría// el halo de luz/ la altiva belleza// y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón// Así debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta:

Para Vivian, por amor.



Los pies desnudos

 

No intentes posar tus manos en su inocente cuello
Luis Rogelio Nogueras


la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible
Rainer María Rilke


Desde el año de la noria

Contaba una vez un rey
que ganó su trono en la sangre.





Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.

Alguna luz murió sin ser por el cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde entonces.
Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.

Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.
Era el año de la noria con barcos en la costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar la confianza.

¡Qué terrible el tiempo para trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para confundirse uno!

Porque ocurre como en las viejas historias.

Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.
Y así jamás la estrella brillará para los dos.
Así jamás el grito será igual en los parques públicos.

Somos únicamente peces regados por la crecida.

El otro, y este que ustedes imaginan fiero,
al acecho del momento de saltar.

¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!

Noches de 1980







He visto caer el sol detrás de las colinas.

Como esos viejos que se detienen
y pasan las calles aferrados a mi mano.
He visto caer el sol detrás de las colinas.

Y siento caer las noches de la isla
encima de mi cuerpo.

Tercera mirada a la sicología del poema







Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil —el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.

Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.

Escojo pedazos de agua en la claridad del día
Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de las armas.
Ustedes no conocerán la historia.

Yo quisiera estar sentado en el suelo de una casa,
con varias maravillas al alcance de la mano:
una bebida fresca y excitante, una música que ayude
a caminar por el país, el brazo izquierdo y suave
de una muchacha largamente conocida,
y las voces de mis nueve amigos más queridos y leales.
Yo quisiera que algún narrador contara por mí
las dos historias.

Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso de la historia.

Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.
Miro pasar el resplandor, los claroscuros,
la más profunda sombra.
Escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día.
Y escribo mi esperanza de que algún narrador
pueda contar la historia.

Y gozo decir: buenas noches. Y no olviden.

Desplazamientos







Antes
la
luz
brillaba
en
los
altos
edificios.

Antes
no
era
hoy
que
me
hago
estas
preguntas.

Partir
Ya para entonces me había dado cuenta
de que buscar era mi signo.
J. CORTÁZAR.




Fiel a su manía de partir,
el niño que fui me azota el costado.

Estoy ante el espejo
y nadie entiende mi ahogo:
por qué recorro la casa, abro las ventanas,
y el aire sigue detenido.

Duele mucho este silencio:
la leyenda de puertas tapiadas
que no dice nada de mí,
y el tiempo paciente moviendo su garrote.

No puedo cortar el corazón y ponerlo en la sala
a que incite el hambre de los visitadores:
siempre el sol,
con sus figuras veloces sobre las lajas del patio,
trae a mis tardes de abril la inquietante belleza
y la cruda eternidad del cambio.

Quiero arder en un final que parezca aventura
y despierte aquella voz de antaño,
cuando burlaba las vigilancias mejor establecidas.

Quemante, bueno y fiel a su manía de partir,
el niño que fui sonríe, dice adiós, azota gustoso mi costado.

Y las lajas del patio comienzan su largo incendio:
una curación más palpable que cualquier cicatriz.



Los pies desnudos







No tengo nada.

Sólo el amor
de una muchacha
y mis párpados abiertos.

Así puedo
correr sobre la hierba
húmeda y punzante.

Sabiendo
que a esa certeza
llamarán locura.

La libertad es infinita. Sic







Bajo el duro afiche que da sentido a esta hora,
contemplo el rostro de los bailadores.

Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz, muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca por su luz.
Fascinados en esa alucinación giramos libremente,
sin miedo y sin otra voluntad que estar vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo de la ciudad.

Pasa Laura llevando el ritmo en los labios.
Pasa Fernan con un toque de rock sobre botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.

Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más puras.

¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!

Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.

Toda una noche con la mano en el agua







Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.

Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de los ahogados,
golpeando en mis ojos para no caerme.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar.

Una braza tiene longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los cocos.
Un lugar definitivo es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan al río
y una muchacha pegada al gobernable.

Qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.

Si los peces me llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo —como Armstrong o Colón,
pero sin fotos ni reproducciones.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder
al abrazo de las algas.

Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes.
Y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.

¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?







¿Quién?,
cuando mi hermano termina el lazo en su segunda bota
y Addis Abeba se mece como una flor.

Otro mes los camiones bajaban la cordillera en niebla
y mamá preguntaba por las manos de Miguel.
Cubavisión, Correos Air, toda la noche un sólo sueño
y titila azul el satélite a lo lejos.

¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
¿Quién
desde una casa ingrávida y ajena
dicta así mi insomnio,
ordena en este mundo el lamento de mi madre?

Viene con dos lágrimas en cada mano plural
y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora,
y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”

Por el jardín y en cada laja del patio
pasa, irredimible, el tiempo,
pasa, irredimible y fugaz, todo el tiempo;
y pasan, vigilantes, los grillos, la única luciérnaga
con luz, con luz, con luz.

No tardarás, Miguel, susurro, no tardarás.
Pero el mundo es un nicho cerrado, las horas
un juego cruel, el tiempo un lamento humano
—redondo y olvidado y cruel
y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más.

Un simple nicho olvidado después de la explosión.

Estación de invierno







Abro completamente desnudo la ventana
y miro: arriba las estrellas siguen alumbrando
una fiesta de la que sólo escuché el rumor.

Músicas que no siempre fluyen para el hombre
en la noche irónica y danzante.
Música sin la fantasía de mis dedos.
¡Qué largo es el silencio!

Contempló el ancho cielo estrellado de mi patria
y esas calles que se alejan, se pierden, me dejan solo...

Músicas que van y vienen y regresan luego,
danzando libres y no iguales hacia y desde un mar sombrío.

La felicidad adormece mi voz y luego se aleja,
mientras abro completamente desnudo la ventana
y miro.

Toda la cabeza







Un pájaro
se mueve
en las maderas del techo.

Está apedreado
y no podrá
salvar el ruido de sus alas.

Pero se acerca a las vigas más duras.

Su traslación
es mínima, inapresable,
capaz de enloquecernos.

Y en la gravedad de sus plumas
se nos pierde el fuego
del arquero.

Sufro en agonía
este dolor
de entonces:
el pájaro que cae,
se mueve
y alcanza las vigas más duras.

El mínimo,
inapresable,
infinito dolor
de las patas de un pájaro,
haciendo caer hacia nosotros
el polvo de su eternidad.

De la ausencia y la noche







No queda más que marcharse.
Y buscar luciérnagas en los patios dormidos.
Y conquistar en la ciudad los puentes.
Y habitar en soledad la casa.
Y dibujar tus ojos en las paredes blancas.
Y regresar despacio hasta la puerta.
Y olvidar tus ojos, y olvidar, y olvidarlos.
Sabiendo que mañana o luego, siempre
la noche los traerá.

Calle G. 1982







Una noche partíamos almendras en la calle G.
Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Todo resultaba tan sencillo.
El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García.
Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos.
El golpe con que mi mano buscaba
en la roja intimidad de la almendra.
Todo resultaba tan sencillo
como la vida del agua que se escurre entre los dedos.
No debía venir nadie.
No esperábamos a nadie.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Tú, y aquella saya de flores blancas,
parecían la eternidad.

Mujer gozando su desnudez







Las piernas recogidas,
el pelo cansado,
distinta.
Ha dejado su temor junta al último café,
ahora goza mi presencia.
La semipenumbra
y los discos moviéndose en la madrugada,
permiten un espacio para el deslumbramiento.
Está sentada sobre el piso
y mira sin palabras
la esperma que deja en los mosaicos
la vela de la fortuna.
Escucha una canción de ángeles.
Goza en su cuerpo mi presencia.
La limpieza de su cutis y la lentitud de abril
me ofrecen en el espejo manchado
la otra cara de la luna.

Sólo ardiendo







Nadie sabe si al fin te alcanzaremos:
cazadores demasiado torpes para tu huella
y para esa luz que oculta permanece en el fuego.

Sólo ardiendo lograrás
un verso que me rinda,
dice tu voz perdida en la hojarasca.

Y nadie sabe si al fin te alcanzaremos, cegadora.
En la densa claridad de los trópicos
lo único cierto es que te seguimos.
Con fiebre.

Un poco de amor en la mano izquierda







Estoy sentado en la misma piedra que mi mano quiso.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío como un héroe de novelas triste y solo.
Fumo para quemar las semillas más terribles del miedo.
Y miro en silencio a través de la ventana.
En los círculos que las luces dejan sobre los parques abiertos
alcanzo a ver un rostro que sostiene el fuego.
Cerca los perros muerden este diciembre blanco y mudo.
Nada recuerda esta noche el tiempo feliz.
Por esa helada quietud se han marchado los amigos,
luego también las escasas muchachas.
No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada.
Sonrío con la bondad y dureza que he visto sonreír a mis héroes
y espero en silencio la próxima lectura.
Afuera pasan los días de Navidad.
Entrañablemente azul tras la muda hojarasca de diciembre,
el fuego de los creadores sostiene mi cielo.


1983 no era un año triste







Guarda esas fotos en el forro de tu abrigo,
y guarda esa cara de circunstancia:
1983 no era un año triste,
lo sabes tú y lo saben las paredes del Club.
Deja que el tiempo arrastre esas nubes.
Deja tu rabia vagar en esta carne blanca y suelta,
la carne que el cielo te dio.
No trates de explicar el color de las luces.
Escoge una pregunta
cercana a la claridad de las voces más jóvenes,
y guarda esa cara de circunstancia.
Lo sabes tú y lo saben las paredes del Club:
1983 no era un año triste.

Mar Atlántico







Como en las fotos del Mar Atlántico,
que Enrique guarda en el forro de su abrigo,
ahora todos
miramos al cielo fijamente.

Con su guitarra y su silencio
Fran arpegea en las botellas, y quiere llegar,
y la vida vale o no, pero aquí estamos.
Tere afirma su manía de nubes en la boca
y sus príncipes mendigos
que nunca quisimos comprender,
porque la amábamos tanto;
la amaba yo soñando en el muro
de espaldas a las preguntas de mi cuerpo;
todos, alguna vez, fuimos su insomnio verdadero.
Si todavía Mandy fuese el mejor anfitrión,
Monsieur Zaping in Zaping's Club,
descorcharíamos otra vez la Havana,
y el pasitrote de Fernan perdido en las minas
sería el más fantástico juego,
la mayor felicidad para los golpes de Ale.

Eran otros años, nosotros demasiado jóvenes
para entender esa historia
de gente dispersa en el mundo.
Nosotros demasiado jóvenes pero muy seguros
de que Fillo no mintió,
de que a medio paso del dos mil no se regalan islas.

Como en los rostros del Mar Atlántico,
murales del Zaping's Club
jamás borrados por el peso de la bruma,
cada uno es el genio,
todos latiendo en un mismo corazón,
vigías de un tiempo
que nos costó la infancia.

Con el muro a la espalda







Murió el tiempo de los cómplices.

Felicidad de las horas girando hacia el día
de llamarnos cómplices
—relámpago, aproximación, tiempo de los cómplices
ya muerto.

Cómo querría encontrar ese alguien
que confirme la inasible nostalgia
en su retorno y escape.
No he pedido que aparezcas igual,
con el muro a la espalda
y una lealtad más fiel que los brazos pactados.
Pronto es para engañarse.

Sólo por hacer algo fija las estrellas ganadas,
los años que ardieron
como el aire fuerte en la dispersión del fuego.

No olvides tú ese rumor que escapa.
Murió el tiempo de los cómplices,
ha muerto.
Y miro la ciudad volver de sus mejores días.
Y miro la gente que va y viene despacio junto al mar.
Y me pregunto con el muro a la espalda:

¿Tan solo será la vida
un tiempo posible?

Fábula del hombre y la ciudad







I

Sentados junto a una vieja cruz de madera
cuatro pescadores miran al mar.
Aguas lejanas y muertas, un hombre solo por las calles.
Son imágenes que preciso, los últimos lugares
que vieron sus miradas de testigos.
En sus palabras, y en el relato de otros protagonistas,
recuerdan los miedos de aquel año.
Escuchan el silencio de treinta mil rostros
perdidos en su memoria de niños.
Los cayos barridos por las olas, la ciudad apagada.
Luego llega la luna y tensa los cordeles
sobre el tranquilo mar del sur.
Hasta la claridad del día siguiente.


II

Habrá otro silencio en la poca arena de las costas,
han dicho mirándome a la cara.
Con el tono de las cosas inevitables.
Es la memoria de la sal en el aire de la noche,
el color del miedo en sus brazos desnudos.
Yo respiro en ese lenguaje de pescadores
la temporalidad manifiesta de mis veintiséis años.
Yo espero con la mano en la cruz
una voz que magie mi nombre y mis ojos de tigre.
Por ella atravesé el país y vine a esta playa.
Luego regreso por un camino de piedras
a mi habitación de hombre de paso en la leyenda.
Y veo cómo se apagan sin amor las casas a lo lejos.




III

Hay un cuerpo en la cruz, unas calles en penumbra,
una magia que muere entre las aguas.
Una línea de sombras donde se corta el horizonte.
Vuelvo a la costa por este silencio antiguo
que desde ayer los pescadores me anunciaron.
Ciudad anclada en el letargo, y una bella mujer
que se pierde entre el fuego y la tristeza.
Ciudad de míseros rituales, donde escucho y miro
y palpo cada día la simple repetición de estas imágenes.
Nadie puede sin cambiar retener de verdad sus mitos.
Esas lunas de la memoria de los niños
se hunden para siempre bajo este cielo acabado.
Desde el mar avanza en ras la marea deslumbrante.


Noches de 1985







He visto encenderse las luces del parque.

Semejantes a un ahogado que vuelve
abrieron los ramajes para mí.
Y puedo ver el blanco borde de los cielos.

Historia tan contada







Vuelve, soplo queridísimo, a mi vida.
Vuelve, y no olvides:
volaban pájaros en el cielo, el amanecer llegaba,
y nadie dijo: Acabaré rendido.

Lo recuerdo todo en este minuto de agosto.
Tú y yo y el alto amanecer.
Tú y yo y pájaros que volaban
en el alto amanecer.
Tú y yo sabiendo que alguna vez el cielo
sería algo más y estaría más cerca.
Tú y yo, soplo queridísimo,
mirando por los mismos ojos.

¿Acaso olvidaste el sonido de las aguas?
En la herida burbujea su historia tan contada.

Hacia la claridad que asoma en el alto amanecer
vuelven los pájaros a buscar el cielo.

Mira: cuando termine el silencio habrá nuevas voces.
Mira: cuando demos la cara los partos serán felices.

Yo te espero, soplo queridísimo, no me faltes.

Mientras arda el fuego







Yo estoy seguro o muy seguro:
los espectadores desconocen lo que vale una voz,
o el peso de una voz en medio del fuego,
lo que cuesta adelantarse sin inmunidad.

Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.

Con los dedos subiendo al despeñadero,
hasta desnudar la rojez de la brasa.

Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.

Los espectadores bailan en un pie
y nosotros marcamos el ritmo,
el sabor eterno de estas otras canciones.

Mientras arda el fuego.
Mientras caigan los hombres en mayo.
Mientras cada palabra cueste una vida.

Con los dedos subiendo al despeñadero,
hasta desnudar la rojez de la brasa.

Espectadores siempre hubo,
al margen de la Historia,
espectadores en su inmunidad.

Yo estoy tan seguro de esta voz
como del tiempo.

Yo también tuve un silencio







No estoy escondiendo nada.
Sólo dije, calmado y para todos:
No creo en los murmuradores.

Van y vuelven por el largo pasillo.
Van y vuelven, pero no adelantan un paso.

Yo también tuve un silencio.
Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose,
una puerta pálida como el frío de los ciegos.
Yo también tuve un silencio:
era estrecho y apretaba
como la tos de los irremediables enfermos.
Pero ya rompe el círculo para hacerse voz.

Que nadie diga luego:
No lo imaginaba.
Cada hombre tiene su palabra
Cada palabra tiene su sentido.
Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos.

Sólo creo en el ronco grito de las marímbulas
que con la tierra rugen.

Cuando seas alguien







I

No espero mi nombre en las encuestas,
camino hacia otro resplandor.

Escucho voces que murmuran:
Cuando seas alguien podrás decir,
ya soy alguien, amarás decir,
si quieres ser alguien no debes decir.
Como si esa proposición de barnizado yugo
pudiera convencernos.

Modelar,
y luego pájaros tristes preguntan por nosotros.
No. Hace ya varias guerras elegimos
la estrella, el pecho abierto, la mano siempre lista.
No vamos a ser otros, seguimos siendo fieles,
al fin y al cabo el tiempo es nuestro
y nuestra es la tierra.

Cruzan las piernas y mirando al mar murmuran:
Cuando todo se confunde
es fácil ascender barajando bien las cartas,
basta saber moverse en la marea
como hace la blandísima arena que jamás traspasa el veril.
Y con esa letanía trataban de cegarnos.


II

Para no caer como una mosca en la tela
juega tu vida en las corrientes
y al margen, con rabia y dolor, con toda el alma,
con hambre y miedo y paz
siempre puedes gritar, y decir:

Soy alguien,
y no espero mi nombre en las encuestas.
Camino hasta las primeras luces,
enciendo alguna lámpara porque soy cualquiera
y a todos nos importa,
el halo del rocío en las flores abiertas.

Murmuren y barajen esas cartas marcadas
los que nunca dieron su mano.

De tanto no ser nadie y no cambiar un rostro
que irremediablemente arde,
tenemos en la mirada el tiempo:

una estrella que abrasa para siempre
a los murmuradores.

Vivo







Un
corazón
no puede terminar

como una panetela

almibarado
desmembrable

entre los dientes del mundo.



El hombre prevalecerá sobre todas las angustias, dice William Faulkner





Sobre la angustia de un amanecer
donde no estás.
Sobre el blanquísimo sol
y la dolorosa penumbra cuando llueve.
Sobre la angustia de los cómplices
traidores.
Sobre el golpe de las gotas
en el fondo.
Sobre la angustia del lazo
y las correas.
Sobre el más lento redoblar
de las campanas.
Sobre la angustia de los cielos
perdidos.
Sobre vicios y bondades y
desesperanza y melodías.
Sobre colmos y mañanas
el hombre será más que silencio.
Sobre la angustia de su propio miedo
prevalecerá.

















Márgenes









Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
César Vallejo



Viendo los autos pasar hacia Occidente







En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,
se quedan vacías en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores para continuar
la filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
todo es ausencia y espera en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.

Ciudad de todos los domingos







Querría quedarme en esta ciudad:
su manera de reír me gusta ciertamente.

Una eternidad cruza hacia los bailes,
deja en mi mano un vaso de cerveza,
unas músicas duras, y las puertas de la casa,
abiertas, con héroes y borrachos palabreando,
friendo carne, brindándose la vida
alrededor del fuego.

¿Quién hizo más por el país?
Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero
y siento lo efímero de las verdades eternas.

Yo querría quedarme en esta ciudad
que grita en el tiempo pálido,
mientras cruza jugando hacia los bailes.

El calibre de las armas







Detrás de los cristales
palidece la memoria de otro tiempo,
los objetos más simples de una época
que la historia quiso elegir,
la crudeza y la claridad
que hacen a las cosas eternas.
Voy por los museos
tras la huella de un pasado
que da sentido a esta hora,
busco en mi vida
el destello inconfundible
que anuncie el momento del cambio,
la cegadora luz de entonces
(los bailes de fin de año,
el lenguaje de una adolescente
—su rostro de cabellos cortos
en el interior del papel—
el calibre de las armas,
las palabras del Maestro a la emigración,
la multitud manifiestamente inmóvil
sobre la tierra húmeda)
Las galerías están desiertas
y en el patio de losas
siento venir los meses de invierno.
Respiro el aire en que convergen
los tiempos de la isla,
busco un momento en mi vida:
el destello inconfundible que anuncie
el principio del cambio.
La crudeza y la claridad
que dan a las cosas comunes
el fuego de lo eterno.


Lejos de la corriente







El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...
giramos cerca del campanario
con la dicha de mirar un poco más lejos.

Lástima no ser fuerte ni preciso
para abrir de golpe el ojo:
sé que vería el paso de los navegantes
dieciocho metros sobre la antigua realidad.
Pero no tenemos ancho ni lugar,
no escogimos las armas.

Ella posa húmeda en los muros,
cuenta que me siguió en la brújula del astro
sólo por el vino de esta noche.
Luego podrá decir que nunca estuvo,
pero no es el viento
quien alumbra el faro y pide:
tú que cruzas el mar enmudecido,
encalla en mi desnudez más intima.
Ella en la penumbra mantendrá ese tacto
en que exijo y me suicido,
y únicamente somos
la terca ilusión de nadar fieles en un lejano paraje
y volver, con la astucia de los sinceros,
a mi casa, a mi perro, a mi día de soñar.

El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...

Dieciocho metros no es el borde más terrible
ahora que la sirena dicta su canción al náufrago.


El quemante ojo de Romeo

Para Odalys Victoria,
un largo de felicidad.




El brillo único de las constelaciones
rueda a lo largo del canapé,
donde el vino y los cigarros arden.

Vuelven y se besan. No temen perderse.
Y rueda el cielo a lo largo del canapé,
hacia los más profundos sitios del aire.

Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
hay este minuto de preguntarse la vida,
este temblor en las terrazas,
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de los muros.

Seco con un beso tus pestañas:
la felicidad es un corazón para estar despiertos,
si modelamos la íntima palabra
salvada como un grano de su cáscara.

Mañana puede no haber ningún friso en que asciendas
por mi impulso prendida al techo,
despeinada y sostenida,
mientras caen livianas monedas en el calor del vino.
No importa, nada importa más que este instante
abierto como el cielo en las baldosas,
hermoso como un rostro al paso de los labios.

La vida sigue siendo un abanico, un rayo de luna,
una levitación palpable en la memoria.

El aire rueda en los muros y rueda la felicidad
a lo largo del canapé, y dibuja en los cuerpos desnudos
el brillo único de las constelaciones.

Los tonos del ángel

Por Juana Lilliam





El invierno apaga los cielos de la Niña.
Pero yo comienzo a descorrer su lámpara.

No tengo otro prodigio que el puro deseo
(manos, ámenla, no tengo otro prodigio).

Más allá de la tarde el piano deja en mí sus nostalgias.
Yo digo: Con el muro a la espalda
los cómplices van a morir. No llores. Acaso fíjate
qué música acerca las ciudades.

Pequeño es el aro de la luz.
Pero yo descorro la lámpara del ángel.

(... y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe en un costado de la sábana. Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después de muchos años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la fiesta del silencio en las cabezas, y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe...)

Luz que amanece y duele,
no hubiese creído este esplendor y su espejo.
Luz que amanece y duele,
sé que la voz y el tiempo me condenarán si escapa.

Digo: Hágase la luz,
y la claridad de noviembre es larga y limpia.

No lo hubiese creído: que alguien develara así
el misterio alimentado en otro juego.

Pérdida de la inocencia







Cuando el ángel terminó de llorar
alguien más humano cruzó el agua,
y se detuvo.

Magnetizaban lo pálido del rostro
y su voz, sencillamente tirada en la pared.

Llegaba la noche para el cielo y la tierra.

El ángel levantó su mano en el aire
como si empezar ese gesto ya lo salvara.

Tenía entre los dedos un cabello de luz
y lo acercó a la corteza del árbol.

Era un lenguaje de tristezas
por la claridad perdida.


Vicarias blancas







Bordes que hieren el cielo de mi infancia.
He dormido sin sueño doce iguales minutos
en una noche de lobos que buscan su carne en el asfalto.
En una distancia imposible.
Como mi madre doce horas de un mismo dolor.
Como doce rostros de mi abuelo sin río y sin peces.
Como Paulina Gutiérrez toda la eternidad vacía
(ahora va su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas).

¿Qué lenguaje dirá las soledades?
¿Qué sonido en verdad significa adiós para siempre, amén?

Es absoluto el silencio de Caridad Fuentes Gutiérrez
junto a la tierra que espera el cuerpo de su madre.
Es absoluto el silencio de Armando Fuentes
asombrado y solo después de setenta años de amor.
Es absoluto mi silencio en la distancia imposible del asfalto.

Los cielos se han abierto para recibir el alma de mi abuela
(entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios).

Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.

Es una noche de lobos en la carne del asfalto
y en mi herida regresan el río y los peces de abuelo,
las vicarias blancas de Paulina Gutiérrez,
el cielo de mi infancia.
Yo les veo la mirada sin palabras y regreso a casa.

Todavía el más profundo dolor está por anunciar su eternidad.

Valle de los Reyes
Imitación de Teresa Melo






Pero
nosotros
los desnudos
sabemos que es cierto.

El hombre
no se conoce
por el peso de su mortaja
sino por las pirámides que construye.

Márgenes







En las márgenes del río Máximo,
a la caída de la tarde,
hice que pasara el tiempo
—abstraído en la contemplación.
Una hora —un milenio—
de gozosa indiferencia hacia las formas de lo real
—un siglo cada tarde me permití ese verano.

Entonces no conocía otro lenguaje
que los habituales juegos de una infancia
cuidada y libre
—modelada
entre los límites de la provincia,
la plaza pública y el antiguo árbol familiar.
Aquel verano
fijó los temas de mi adolescencia
y la imagen de estos días
—repetidos, más o menos iguales, de mi vida.

Ser feliz, anclado a la deriva en las márgenes del río.

Los cuerpos de los otros nadaban deseosos
río adentro
—en contra o a favor de la corriente—
hacia los remolinos que bullían en la zona de los saltaderos.
Pero yo permanecí a la deriva,
anclado en las márgenes, sin un gesto de placer o dolor
que denunciara mi aventura.
Ajeno a la sustancia física del agua
—abstraído en la contemplación de no recuerdo qué vacío,
qué figuración extraña, qué palabras—
era descuidadamente feliz, sin un motivo real, ese verano.

Quizá por última vez, quizá sin saber cuánto.

Los textos escogidos







I

Después un amigo me envió unos textos de Borges.
Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo
encuadernadas con el escaso papel de bodega
que pudo pagar.
Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte
estaban las palabras, la ruidosa inocencia de un gesto
de juventud, que descreía del fracaso y del éxito,
de las escuelas literarias y de sus dogmas.
Eran, supe luego, apenas seis los textos escogidos
entre los mil y un poemas que Borges tradujo,
mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.


II

Cafés de Palermo Viejo, calle Florida,
certidumbre y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.
Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,
la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.
El primer puente de Constitución y a mis pies
el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,
las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:
Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,
precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.
Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,
una inteligencia otra inteligencia, una sensibilidad otra
que vuelve en mi memoria circular.

III

Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad.
Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia
que nos haga recordar los textos escogidos.
Tú buscas en los numerosos stands cuál tipografía
hará el milagro
de eternizar una circunstancia que sé azarosa y frágil.
En esos movimientos de mi vida adivino los Límites de El otro,
el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres.
Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:
las palabras que intento para ti son también palabras
que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.
Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro
y el tuyo.

Bajo una luz muy blanca
Para Marian Medina.






En las sucesivas noches de diciembre
la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
iluminada por una luz muy blanca.

Yo escribo el renunciamiento de los hombres
y me ofrezco jugo de toronjas;
luego fumo y contemplo allá arriba
las intermitencias del satélite, su destello
en el primer minuto del nuevo día.

Ajena a la rareza de ese instante,
la mujer de mi eternidad
duerme en la penumbra de otra habitación.

Yo beso sus manos cada hora
y fumo y ofrezco a mis fieras preguntas
un vaso helado de jugo de toronjas;
luego espero hasta el amanecer
otro destello del satélite,
otro movimiento de luz en los golpes de baile.

Sucesivas noches de diciembre
en que la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
y festeja Navidad y festeja Año Nuevo,
mientras escribo el renunciamiento de los hombres
bajo una luz muy blanca.

Noches de 1990.







He visto moverse un disco
en las noches de La Habana.

Fue sólo un instante.
Pero esa presencia de lo desconocido
en las olas de octubre,
esa claridad al alcance de mi mano,
anuncian los bordes de un nuevo horizonte.

He visto moverse un disco
en las noches de La Habana.
Flotando en el cielo abierto he escuchado su música.
Y puedo estar y ser feliz en cualquier sitio
donde sea posible el mar.


Un golpe de remo en el agua







Un
golpe
de remo
en el agua

Un
golpe
de remo
en el agua

Traza
el
remero
en
el
mar

el
esqueleto
sin
límites
de
un
pez.

Escrituras visibles







La hermosa memoria de un día en el mar.

Figuras que sumerges
hacia un brazo de agua más tranquilo y limpio,
más intenso
que la imagen o la palabra fuego,
tantas veces igualada por ti a la idea de la libertad.

Es todo lo que puedes hacer.

Mira el dolor tatuado en la ceniza,
los escombros
de otras intensidades muertas por la congelación o el límite.
Demasiado esperabas de la vida.
Todo lo que puedes hacer es un lenguaje
iluminado por esencias
y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas.

No mentir otros miedos.
No fingir que tu silencio olvide
la significación y el peso de alguna antigua tradición.

Lo sabes, finalmente, demasiado esperabas de la vida
y esto es todo lo que puedes hacer:
escrituras visibles, de una inocencia desnuda y hechizante.

Más perdurables e intensas que la palabra fuego,
o tu idea, o cualquier imagen
que antes igualabas a la libertad.

Cayo Perlas







Has escuchado la palabra maravilla.

Cayo Perlas:
un rostro, dos rostros, un rostro...

Evocada
en la magia de su significado original,
has escuchado la palabra.
Es la seducción
y el deseo por la naturaleza del trópico.

Cayo Perlas:
un cuerpo, dos cuerpos, un cuerpo...

Es la antigua transparencia del Mar Caribe,
su fuerza,
evocada en la magia de su significado original.

Y tú has escuchado la palabra.

Mientras sea posible







Ve mientras sea posible:
ella te espera.

Encantada en los bordes
—pacientemente—
nada una piscina más, espera una vez más,
para besarte
antes de subir al paisaje ámbar de la habitación.

Desnuda en el agua
—ligerísima—
ella te espera:
ajena al cansancio senil de la madrugada
y a la brevedad de unos días felices
que ya terminan.

Ve mientras sea posible:
mientras permanece en el agua
—ofrecido—
el cuerpo que deseas,
el cuerpo que tu escritura
nunca podrá nombrar.

Idea de la rosa azul
Para Viviana Cosentino Llanes,
la prefiguración de su existencia.






I

Rubia vestida de azul, de azul y no de negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa que se eleva en el agua
por la luz del Este, en la costa juvenil y sola.
Y no en las cambiantes tinieblas.
Y no en el servicio estéril del ennegrecimiento.
Cuerpo de la transparencia que se abre
en plena superficie, en la arena de la costa.
Y no en la frustración del sexo.
Y no en la caducidad de los salones.
Yo entro al azul como antaño entraba al espejo.
Yo descubro en el blanco la resonancia del suelo
en las iniciaciones.


II

Rubia desnuda de azul, de azul y no de negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa imposible y cierta
en la alegría de la costa a la hora del alba.
Y no en la fatuidad sin nombre.
Y no en los balnearios de la indiferencia.
Cuerpo de la imagen que sugiere la pureza
en una intensidad irreal, en el silencio de la costa.
Y no en la sombra pagada.
Y no en el ritual de la serpiente.
Yo entro a esa rosa con los ojos cálidos.
Yo descubro en ella la altivez y el deseo
de los nacimientos.

Un día en la blancura de Minks
Septiembre de 1990






Es septiembre,
caen las hojas hacia la podredumbre.
Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
escultura realista, la hierba es verde y suave
y es la podredumbre,
dos que caen hacia la podredumbre.
En la lentitud de los parques
—ironías del espejo, la luna del otoño
asoma entre las ramas—
rasgo el papel y los cielos pálidos,
meridianos de un mundo que nadie hizo para mí.

Había escrito:
Ya nada puede asombrarme.
Pero alguien dicta mis palabras:
Somos terribles —y cae hacia el costado.
El fuego es terrible —y rasga mi vida.
La voz terrible —y dinamita un mundo.
Dice verdades que yo no quería:
Bajo los árboles somos terribles con miedo.

Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
es la podredumbre, verde y suave
—ironías del espejo, asoma entre las ramas
la luna del novecientos noventa.
Es un día en la blancura de Minks
y yo quisiera ser feliz,
ver que una hoja desciende con limpieza
hacia los tiempos.

Pero alguien dicta mis palabras:
Es la podredumbre,
es septiembre que lanza las hojas muertas
hacia el fuego entre los árboles.

Y cae una escultura hacia el costado.

Gastadas imágenes de antaño







Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.

Dentro de mil o cincuenta años







Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.

Pisos húmedos







Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples
donde aprendiste a encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 —que no es avenida al mar—sino calle que termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto
era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
—y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos—
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.















Habitaciones interiores









Qué importa entrar o salir o desnacer
Fayad Jamis


Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y la honda
Salvatore Quasimodo

Uno de la ciudad







Ve por el bulevar de Obispo.
Olvidado de todo y de todos,
con un libro de René Char en la mano,
cumple el rito de la ceniza:
incluye tu incertidumbre
en el relato de las proezas de los otros.

Una tarde cualquiera, en la Plaza de Armas,
empuja una puerta:
el origen dudoso de los mitos, el espacio de fábula
que agradecen la caballería y la flota,
esperan de ti una pregunta,
un signo de ironía o plenitud.
Considera cuán legítimo es ese sentimiento,
ese vivo deseo
de escapar a la nulidad de los días habituales.
Contempla este lugar: un siglo cubano
mostrado al capricho de los restauradores.
Entra a los barrios de La Habana, antigua y marinera:
junto a los puntos de leche
las mulatas anuncian su cuerpo
con la estética voceadora del pregón.

Haz que dure ese instante hallado entre el sueño y la vigilia.

No te obligues en demasía.
Descansa una tarde
y ve hasta la sombra acogedora de los nuevos toldos.

Si ya estás listo.
Si todavía eres uno de la ciudad.

Lejos, en la baja gravedad







Lejos, en la baja gravedad, dejé flotar las cosas una noche.
Estábamos muy juntos, creo, porque el aire era frío.
Mirábamos el resplandor rojizo de un astro en el cielo
y, a veces,
un poco de la aridez o la estulticia que corroen esta tierra.
El humo en los fragmentos de luz también flotaba.
En el canal de la bahía pitó dos veces un barco holandés.
Mi lengua repitió esta palabra: Litiusg, litiusg.
Todo lo imposible tuvimos esa noche desde una ventana
abierta.
Estábamos muy juntos, lo recuerdo siempre.
Lejos, en la baja gravedad, las sirenas de tu pie danzaban.

El frío de los años







Dibujaba
un rostro de gato
en la pared
—vacía, nueva, recién pintada.
El rostro de un gato
sin enigmas
y luego su piel
—sin manchas.

Dibujaba
la copia virtual
de una copia
anterior
del rostro posible
de un gato
ya extinguido
—sin vida.
El rostro seco
de un gato cualquiera
—sin esfuerzo,
sin ninguna tajadura.

Igual
escribo en la pantalla vacía
las palabras
gato / rostro / pared
sin que pase nada
—ninguna revelación,
ninguna pregunta.

La vida y el arte
son fríos.

Y nada significan
lo nuevo / el sueño / una piel
o la expresión
en los ojos de un gato
—no vivo, escrito, no vivo,
dibujado al azar,
entre el humo y la niebla,
por el inconsciente.

Fin de siglo







N
i
n
g
u
n
a
lógica

Ahora
que todo
ha terminado

ninguna
lógica

explicaría
el vacío.

Niebla de la crisis. Pequeño relato







En los años de la crisis
iniciamos largas conversaciones por teléfono.
Cada noche discaba un número de otro municipio
—que para nosotros era oscuramente
otra distante ciudad, otra aduana infranqueable,
el otro extremo del mundo.
Discaba a medianoche la señal esperada:
dos veces el timbre, y luego volvía a discar.
En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.
Nada fue comparable entonces —tampoco después—
a la plenitud que su voz trasmitía
al decir: Hola.
Escribo sin pretender novedad
—como se escribe al regreso del límite—
las palabras de un contexto que asumí fielmente.
Ella dictó estos diálogos, estas voces habituales:
El cubrecamas de raso está sobre el piso, por la frialdad,
y yo estoy de espaldas sobre el cubrecamas.
Tu voz está sobre mi cuerpo —le hace bien a mi cuerpo
la claridad de tu voz
en la penumbra de estos años.
Muchas veces disqué ese número capturado al azar.
Una noche
el timbre en la casa distante la trajo hasta mi puerta.
En el otro extremo del mundo ella escuchaba
una canción:
sentí el arpegio de la cuerda en la boca del teléfono
y entramos juntos a la sala de conciertos.
Puntualmente a las doce vivimos esos años
las vidas posibles de La Habana:
ahora un cine, después un café, más tarde
un paseo junto al mar.
Era nuestra ficción de La Habana
una ciudad más palpable que la ciudad apagada, física,
real.
Nunca la vi fuera de aquellos diálogos, nunca lo intentamos.
Cortada la ciudad en pedazos distantes,
sorprendidos también nosotros por la niebla de la crisis,
quisimos salvar el sentido de esas vidas:
la intensidad o el relato o la imagen o el deseo de una voz
capturada por azar en las líneas telefónicas
de una ciudad fantasma.

Noches de 1995, 1996 y 1997

Imitación de Kavafis





Era hija de un eminente y honorable
cirujano de una isla del Caribe.
Trabajaba en un gran hospital. Llevaba ropas sencillas.
Los zapatos blancos, humildes y muy limpios.
Las manos finas, habituadas al bisturí.

Por las noches, ya lejos del salón de operaciones,
cuando sentía un enorme deseo
por una joya más o menos fina,
una joya para lucir en las pocas noches de fiesta,
o si detrás de una vidriera había visto y codiciado
un hermoso vestido azul,
su sonrisa por treinta míseros dólares prostituía.

Me pregunto si, en sus años de bonanza,
tuvo la fidelísima Habana una joya de mayor belleza,
una muchacha más adorable que ella —que terminó tan mal:
desde luego nadie hizo ni su estatua ni su retrato;
confinada en la frialdad de un gran hospital
muy pronto las duras jornadas
y esa vil crápula nocturna la llevaron a la destrucción.

Habitaciones interiores







En el lado oscuro de la claridad
doce girasoles germinan y se agotan
—mana la sangre.
Los jarrones descansan sobre telas
y las telas se agotan
—mana la sangre.

El artista
(ya inmóvil, todavía adolescente)
fragmenta su miedo
y lo esparce en las flores
—mana la sangre.

Desde la carne cortada a la altura de la oreja
A través de los pisos hacia el mármol blanco
En las habitaciones interiores
Repetida, sin prisa
—mana la sangre.

Amargo palimpsesto de la muerte







Cuántas veces ofreciste tu cabeza al vacío.

El mar violeta sobrescribía tus preguntas
en un cielo estático:
amargo palimpsesto de la muerte.

Tu cabeza impulsada en el vacío trasmutaba la carne
—jugosa o macilenta de los transeúntes—
en el alma de un pájaro que picotea
la superficie dura de los arrecifes.

En la terraza inclinada, solo,
tu cabeza imaginaba el alma de un pájaro,
una franja de aire entre el silencio y la rutina
—la ventanilla del auto al oscurecer,
el borde negro de los arrecifes,
unas aguas que se agotan.

Amargo palimpsesto de la muerte.
Cuántas veces ofreciste tu cabeza al vacío.
Cuántas veces.
Y nunca encontraste una premonición.
Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada
en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.

Única premonición







Sin
que
supiese
por qué

me
perseguían.
Semana







El martes, en un paso de montaña, murió un amigo.
Otros dos murieron el jueves, en calles distintas
de la misma ciudad
donde enmudezco y me oculto y escribo.
En el agua salada del mar vi morir el viernes
a un cuarto amigo,
y antes de llegar a él murió también el quinto:
quemado como un paria en la ácida envoltura de salitre.
El lunes, todavía el lunes, tiraban fichas a la mesa
y burlábamos
la muerte —de otros, dijimos, será de otros.
Y como un relato trucado, una más de sus muchas ficciones,
escuché la noticia imposible en un largo reportaje el miércoles:
la muerte brutal y simple del primero.
Ayer sábado, sin que los médicos sepan todavía por qué,
murió mi sexto amigo, el más sabio y dispuesto, el más joven.
No necesito ninguna señal cuando el domingo termina
para entender quién está muriendo
—protegido impunemente en esta casa de todos los peligros.
Y describo el vacío en las formas de esta muerte:
el día que se va me lleva hacia la Nada.

La apariencia gris de la ceniza







su azogue
mortal en la superficie del espejo
—que Baudelaire y Block
describen como la fatuidad de un lenguaje vacío.

su discurso
carcomido en las fábulas de la mécanica y la ciencia
—que César Vallejo y Allen Gimsberg
explican como la sustancia de un mundo sin voz.

su disolución
de una lealtad y una infancia erosionadas
—que José Martí y Rainer María Rilke
definen como la traición moderna del sentido.

su estatus
de materia y tiempo y espacios muertos
—que no es posible mostrar,
Edel Morales, sino en los textos
donde el amanuense escribe su experiencia
vivida más allá del límite,
en otras realidades perdurables.

su miedo
—hecho de infinitas miserias, larga ingratitud y olvido.

Esperan que agotes tu exceso de bondad,
tu demasiada sabiduría.

Esperan tu predecible destrucción.

En la puerta del teatro







En la puerta del teatro,
cuando ya ha comenzado la función:
¿qué acontecimientos espera?

Más de una hora estuvo así:
la mano abierta,
registrando rasgos aislados
—ese modo de ser, el ambiente extraviado y fácil
de la gente que llega al concierto.
El pequeño libro azul —forrado en tela,
ilustrado con viñetas de un conocido pintor—
permanece abierto, como la mano que escribía,
a la espera de algún acontecimiento
que confirme qué.

(...en una ocasión igual, diez años atrás,
habrías luchado
un buen sitio en la platea, cerca del escenario,
habrías gritado, soñado, vivido, pagado cinco veces
el valor de la entrada. más de una noche
la mano mostró hábilmente el reverso del billete,
los verbos rayados sin estudios ni meditación
pero admirables, vivos, libres,
admitidos como parte de un ambiente y un modo de ser
naturales en la fiebre del concierto.
escritas al vuelo, dictadas con velocidad, tus preguntas
iban del acontecimiento a la impresión a la idea,
sin ocultar o pretender o fingir nada:
como va en los solos de guitarra
el arpegio libre de la primera cuerda
hacia la plenitud en una sala abarrotada...)

Los signos dibujados,
grabados,
marcados en la piel desnuda
—esos raros tatuajes que apenas reconoce—
eran diez años atrás su vida.
El libro —azul, forrado en tela—
permanece abierto,
pero la mano ya no escribe:
estruja el cromo, los hilos de oro,
la tarjeta de invitado —ni siquiera oculta,
ni siquiera finge
un poco de extravío y hermosura.

En la puerta del teatro.
Solo.
Cuando ya ha terminado la función:
¿Qué acontecimientos espera,
qué impresión, qué pregunta, qué idea?

El borde del proscenio







En mi antigua fiereza
y en mi larga humildad,
el otro fue siempre.

Y caminar sobre la hierba, llegar al borde rugoso
de la acera, mirar a la plaza
—como un actor que ensaya su representación
ante el lunetario vacío:
Yo soy otro, y gesticula sus miedos,
era un modo de hacer mi propia vida.

El otro fue siempre, otro.
Y yo mi aspiración, en ocasiones incierta,
de caminar sobre la hierba
hasta el borde rugoso con que una acera se abre al vacío.

Maneras de vivir
contemplando el mundo
enrarecido por la libertad.
Manías que el tiempo
vuelve a mostrar
en una dimensión distinta.

El otro está sentado en el lunetario rojo
—tercera fila, tercera butaca, sección izquierda—
y contempla mi representación
con una sonrisa de ángel triste en sus ojos miopes.

El otro era, fue siempre, quien soñó mis días.
Y espera que yo diga lo que quisimos ser, que recuerde
con un gesto que mi vida es otra, la suya.
Vivida con la aspiración y el miedo de un actor
que camina hasta el borde del proscenio
y escucha en el vacío las más fieras preguntas.

Una pregunta es una pregunta es una pregunta
es una ventana que se abre






Una ventana
iguala otras ventanas anteriores.
Iguala su intensidad
y ciertos días la imagen
—en verdad intraducible—
conque la antigua ventana se mostraba.

Una ventana
es una pregunta es una pregunta
es siempre una pregunta
—el deseo de ser
un espacio que se abre
en el placer de las preguntas.

Una ventana
—abierta de par en par al mediodía—
iguala el antiguo deseo
y muestra otra vez las dudas de antaño,
las firmes preguntas de antaño
—la belleza conque antaño
el mito se mostraba.

Una ventana
es siempre una pregunta,
tu pregunta
—abierta hacia la luz sin sombras
que engendra el mediodía.

La luna eclipsa







I

Y mientras la luna eclipsa:
¿quién escucha mi canción?
¿Alguien oye mi canción
mientras ya la luna eclipsa?
Bien, escritura, elipsa
la doble sombra y conjuga
la bruma: cansa, arruga
sueños el gran mago de Oz.
Escribe un texto sin voz
y escribe: La luz se fuga.


II

Dicta, silencio dador,
de la luz la doble fuga.
Dicta, silencio, la oruga
lame todo el esplendor.
El Verbo del Hacedor
pone su límite oscuro:
no estarás nunca seguro
de que vives lo que vives.
Sólo si un día lo escribes:
La luz en que yo perduro.

El tiempo blanco





Efímera
fue
la
alegría.

Ahora
sólo
está
el
silencio.

Corte de luz







Toda la noche la casa ha estado vacía.
Viajaba en esa oscuridad:
Babilonia, Atenas, el Cuzco
—ciudades que invitan a vivir otra vida
en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor.

Echado en la cama durante toda la noche
mira al techo vacío de la casa:
es blanco y está totalmente limpio de significados.
Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,
tanta posibilidad en las preguntas
que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.

Barcelona, Buenos Aires, La Habana
—ciudades que ha visto pasar desde siempre
en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada
(ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas,
ni demasiado iguales)
invitándolo a vivir una vida distinta
en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad.

Las mira desvanecerse mutuamente
después de habitar en ellas durante muchas horas.
Sabe que volverán en el próximo corte de luz.
Como vuelve en el techo iluminado de la casa
el tiempo de la realidad y de la poca acción.

Nosotros mismos







Íbamos a ser
el hombre nuevo.

Minuto a minuto
—horas de la niñez,
días de la adolescencia,
años de la juventud—
hicimos
lo que se esperaba
de nosotros.

Edades
para alcanzar al fin
la gran inocencia
—en la vida y en la muerte
hicimos
lo que se esperaba
de nosotros.

Ibamos a ser
el hombre nuevo.

Y sin embargo.

Antes del Big Crunch







El Universo expande la finitud de sus cuerdas.
No hay bordes. Es de noche alrededor.
Y de estos versos —escritos para precisar un instante—
nada quedará, finalmente. Lo sé, intentan
una imagen imposible del suceso.
Perdura en ellos la magia antigua del cazador,
su fiebre por encontrar la huella en la espesura,
su destino entre el bien y el mal.
Los acontecimientos se revelan demasiado visibles,
demasiado vergonzantes para una escritura
sumergida en el smog y en la frialdad
de la época contemporánea.
Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas.
Nada quedará de su impulso cegador. Nada
de la intensidad y la fiebre de esa singularidad desnuda.
Es de noche. El Universo se expande. No hay bordes.
Pero sí finitud en las cuerdas
y en la antigua magia del cazador para cumplir un sueño.
En esa fría indeterminación hago lecturas.
En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa
y sucesivos—y traduzco para un amigo estos versos:
hechos con una rara claridad que los condena
y los aleja de cualquier estética al uso.
Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.

Lo sé. Como sé que ninguna sustancia
escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros.
Ni siquiera la luz.

El doble dolor







O poeta é um fingidor,
leí una tarde en Pessoa,
finge que es loa su loa,
dolor su mismo dolor.

Escribe siempre el clamor
intenso de lo vivido:
lo que quiso, lo perdido,
el doble dolor que siente

cuando finge un aparente
dolor que tanto ha sufrido.


Ayer, mientras leía a Borges

Para Aymara Aymerich




Ayer, mientras leía a Borges,
pensé de un modo diferente la tristeza.

El polvo al pie de las murallas
era el polvo apagado en una tarde de verano,
pero en la página viva
fue el pulso intemporal de una escritura
—suspendida desde antaño
entre el musgo y las losas de mármol—
y fue también la huella manifiesta de un origen
—perdida bajo el agua
en la memoria de cien generaciones.

Nada de lo que llamamos real
hizo que pensara la tristeza de un modo diferente
—la vida es ahora virtual y distante
y débil es el pensamiento de la época, you know.

Al pie de las murallas
gocé tu desoladora belleza y la belleza del mar
recomenzando,
pero no deseaba en verdad un modo diferente
—la vida es ahora una copia
y tu cuerpo repetición de otros cuerpos
pasados y por venir.

Los magníficos dramas
hicieron a los griegos eternos
y a Shakespeare un hombre obligado y libre
—descansan, sin embargo, muy lejos de lo real:
en la tensa plenitud de su tiempo,
o en los espacios congelados de las videocintas,
el mito digital y la imagen.

Nada en el mundo físico
anunció el sentido de aquella revelación;
pero ayer, mientras leía a Borges
—lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo—
pensé de un modo diferente esa humana tristeza
y la serenidad y el oro de una página.















Los pos(tres)









¿Cuál fue la causa de tan grandes penas?
José María Heredia









Una mano en el traspié







He pensado en la muerte;
de un modo más preciso, en
morir —un verbo minucioso,
apegado siempre
a lo real de la experiencia.

Cuando regresaba tarde a casa,
por las calles vacías,
he pensado mi muerte.
Fue ayer, digamos
ya casi un hoy sin sombras;
pero aún ahora
estrujo contra el rostro una mano crispada.

De nada valen los actos
durante tanto tiempo más o menos dedicados a servir.
De nada valió amar con toda el alma.

Sin una mano en el traspié, sin una mirada
o una sencilla palabra de ánimo:
destruido estoy y solo,
con mi verdad a cuestas.
Y nada pueden hacer las multitudes
a las que tantas veces puse en marcha.
Y nada puede la mujer que quise entera.

Vacía está la vida en la pobre ciudad vacía.

Con la mano crispada en el rostro he pensado en morir,
apenas ayer, hace un rato simplemente, digamos
ahora.


Vitalidades carentes de provecho







Para qué te sostiene.
Para qué se desgasta inútilmente
mi psiquis
—que alguien menos triste llamaría sin eufemismos
mi alma—
en vitalidades carentes de provecho.
Para qué me infarto.
Para qué retorno en paz a ese futuro
anulado antes de ser
—los libros, los nietos, los caminos—
con giros y palabras
que igual pronunciaría en el más árido desierto.

Por más estoicas que sean sus previsiones
nada significan en tu argot
los amables gestos —incomprendidos siempre—
que mi ánimo intenta proponer.
Carente de emoción está tu vida, seca.
Desolada y fría está tu especie, recelosa del bien.
Como el arroz marchito antes del sol de su cosecha.
Como los capiteles muertos tras el paso de los siglos.
Así es mi miedo a perder por inacción
—o por ausencia elemental de forma y de sentido—
lo que siempre supe definir: lo más amado.
Así es el nervio de mi entrega.

Pero pasan los días y las noches
y otra vez los días marcados de la fiesta
sin que mi voz te encuentre preparada.

Para qué te sostiene, me pregunto, para qué.
Si la ciudad se expande y me seduce y canta.
Para qué se desgasta inútilmente
mi alma lamentable.

Variaciones en los pos(tres) para El Poeta de Cernuda







La edad tendrás entonces que él ahora
cuando en el tiempo de la siega y del reposo,
honores de un sosiego eterno que apacigua
—tu memoria, tu certeza, tu silencio—
algunos versos lleves a otras manos
para mostrar y hallar signo de vida.

Algo nos dirán, en el futuro, voces
ignoradas, descendientes de la palabra nuestra,
y las de extravagantes lenguas, cuyo acento
tentativas distantes nos revelan. Pues las cosas,
—la tierra, el mar, los árboles, la estrella—
eternas siempre permanecen.

Eternas y cambiantes, hasta que un día se omiten
de un plumazo en la expresión de estos poetas
—hijos o no de nuestra lengua, los más contemporáneos—
que infundan con nosotros,
por su obra, la sed, la incertidumbre
plena en todo el mundo visible e invisible.

Con dolor e irreverencia así aprendiste
que en torno el ser humano abjura de la imagen
misteriosa y divina de las cosas,
—y de ellos— a mirar inquieto, como
espejo múltiple, sin el cual la creación sería
vana hasta estallar su anhelo en los poetas.

Aquel tiempo vendrá, o tú vendrás,
mostrando una fiereza intemporal y antigua:
—adonde estarán ellos cuando tengas
la misma edad que hoy el Poeta tiene—
lo que tu sed recuerda y la suya busca,
habrás perdido entonces.


Escúchalo pues, que una palabra
amiga vale mucho
en esta soledad, en este breve espacio
de estar vivos, y nadie sino tú puede decirle:
—a aquel que te pregunta adónde y cómo vaga—
venga a estar en el origen de un mundo.

Para el poeta estar es lo bastante
e indiferente el crédito o aplauso hacia su entrega,
pues en él a cada instante se recrean,
—como uno son la tribu, el mito y la palabra—
las tres alegorías en tanto otro lugar dispersas:
la idea, el origen, y la voz.


Indice

Los pies desnudos
Desde el año de la noria
Noches de 1980
Tercera mirada a la sicología del poema
Desplazamientos
Partir
Los pies desnudos
La libertad es infinita. Sic
Toda una noche con la mano en el agua
¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre?
Estación de invierno
Toda la cabeza
De la ausencia y la noche
Calle G. 1982
Mujer gozando su desnudez
Sólo ardiendo
Un poco de amor en la mano izquierda
1983 no era un año triste
Mar Atlántico
Con el muro a la espalda
Fábula del hombre y la ciudad
Noches de 1985
Historia tan contada
Mientras arda el fuego
Yo también tuve un silencio
Cuando seas alguien
Vivo
El hombre prevalecerá sobre todas las angustias, dice William Faulkner
Márgenes
Viendo los autos pasar hacia Occidente
Ciudad de todos los domingos
El calibre de las armas
Lejos de la corriente
El quemante ojo de Romeo
Los tonos del ángel
Pérdida de la inocencia
Vicarias blancas
Valle de los Reyes
Márgenes
Los textos escogidos
Bajo una luz muy blanca
Noches de 1990.
Un golpe de remo en el agua
Escrituras visibles
Cayo Perlas
Mientras sea posible
Idea de la rosa azul
Un día en la blancura de Minks
Gastadas imágenes de antaño
Dentro de mil o cincuenta años
Pisos húmedos
Habitaciones interiores
Uno de la ciudad
Lejos, en la baja gravedad
El frío de los años
Fin de siglo
Niebla de la crisis. Pequeño relato
Noches de 1995, 1996 y 1997
Imitación de Kavafis
Habitaciones interiores
Amargo palimpsesto de la muerte
Única premonición
Semana
La apariencia gris de la ceniza
En la puerta del teatro
En el borde del proscenio
Una pregunta es una pregunta es una pregunta
es una ventana que se abre
La luna eclipsa
El tiempo blanco
Corte de luz
Nosotros mismos
Antes del Big Crunch
El doble dolor
Ayer, mientras leía a Borges
Los pos(tres)
Una mano en el traspié
Vitalidades carentes de provecho
Variaciones en los pos(tres) para El Poeta de Cernuda


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