Edgardo Cozarinsky: escribir el color irremediable del tiempo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Me gustaría ensayar algunas hipótesis de lectura en torno de dos libros del escritor argentino Edgardo Cozarinsky (Bs. As., 1939) a partir de los cuales encuentros indudables afinidades. Ambos son por cierto distantes en el tiempo y el espacio, y es por eso precisamente que me interesan. Ambos juegan parcialmente con lo ficcional y lo autobiográfico. Pero también lo documental incluso lo referencial. En ese mismo cruce suele ubicarse buena parte de su cinematografía, lo que confiere a Cozarinsky la singularidad de su poética.

Me referiré entonces a la experiencia de un argentino, cineasta y escritor, radicado en París, pero “un trashumante” y “un solitario”, como gusta definirse, porque me parece que condensa buena parte de esta atmósfera de enrarecimiento que, precisamente el escritor Enrique Vila-Matas cita como uno de sus precursores que, según su criterio, se adelantó especialmente con su libro Vudú urbano (1985) a muchas de las formas que luego adoptaría la narrativa contemporánea. El libro se editó por primera vez en inglés y fue escrito en inglés y luego autotraducido por su autor al español. Pero veamos qué tiene para decirnos Edgardo Cozarinsky acerca de su riquísima experiencia con la exploración de nuevos lenguajes y nuevas manera de dar cuenta de la experiencia de lo real y de lo estético.

¿Puede decirse que Vudú urbano es tan sólo el envés de una postal, como Ricardo Piglia define este libro en su Prólogo? Desarrollaré a continuación algunos de mis puntos de vista acerca de él.

Vudú urbano, de Edgardo Cozarinsky, fue su primer libro y lo hizo originariamente, como ya lo mencioné, en inglés (“la lengua de lo literario”, en los comienzos, según declara el autor). Traducirlo luego al español no fue sólo un gesto de cortesía hacia su patria. Sino sentar precedente acerca de una poética que ya se había fundado o comenzaba a hacerlo. Una manera de articular códigos, dejar sentadas las primeras obsesiones, pero también hurgar en dispares culturas. El español (una lengua sin demasiado prestigio pero con una población hablante demográficamente amplia) se le torna imprescindible a Cozarinsky para resolver, evidentemente, algunos de sus conflictos. Al mismo tiempo, pasa a formar parte de esa tradición de escrituras de la autotraducción ya ejercida, como se recordará, por Samuel Beckett en el siglo XX o por Vladimir Nabocov, de autores que escriben sus obras en una lengua y luego la traducen a otra, entre otros casos. Ello produjo en el texto sin lugar a dudas modificaciones estilísticas además una impronta en el “tono” que lo argentino no logra captar de lo anglosajón y viceversa. De modo que allí ya partimos de un primer “malentendido”: Aduce razones interesantes en las que no me detendré. Saludado y prologado por amigos que en verdad ya eran a esa altura celebridades como Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante, fue recuperado recientemente también con auspicioso, entrañable y lúcido prólogo por Ricardo Piglia.

Este fragmentario conjunto de textos compone un complejo mosaico, unidos todos ellos por un hilo invisible. Ha gozado de escasa circulación en nuestro país pero de mucho prestigio. Ha sido, para ser no faltar a la verdad, un libro de culto.

El texto goza de una música, además de un color (porque tiene cromatismos, ese color del tiempo que viene del pasado) que yo diría que es el del blanco y el negro de las fotos que ahora es un artificio y antes era una fatalidad. Cozarinsky, en cambio, afirma que este libro consiste en un conjunto de postales. Porque define este volumen precisamente como eso, postales separadas por citas. Por citas como robos, agregaría yo. Como hurtos. Pero también como transacciones. En definitiva palabras, como quien dice “de contrabando”. Y yo digo fotos y no postales porque hay siempre un sujeto o más de uno que me recuerdan situaciones y no paisajes paralizados. Momentos de un diálogo o de una escena. De una situación en el marco de un instante congelado como en la resina de un árbol. Ese en el que tienen lugar intercambios sociales. O bien, por qué no, alguna suerte de monólogo interior.

Ese tono en blanco y negro al que aludo (que no es el gris, porque hay aquí contrastes) no es sólo el de los objetos o el de las atmósferas o el de los ámbitos. Es el que tiñe la completitud de toda la recopilación. Ciudades sobre todo, europeas, sobre todo. Un circuito urbano: una París en la que se disfruta pero también se está a solas (lo que es sinónimo de libertad pero también de soledad) y como fuera de foco, como si llamara más a la inquietud que a la hospitalidad (he ahí el arte puro de la extranjería), pese a ser una ciudad serena, una patria de la cultura. Que habla también entonces, ese segundo idioma que es el idioma del arte. Piezas de museo, monumentos, objetos preciosos, esculturas, fuentes y, sobre todo, ese cuidado casi idiosincrásico que ponen los franceses en todas las formas de cultivar su patrimonio. Y libros. Pero no tanto como uno podría suponer. Está también presente la música. Más la que se trae encima o la que retrotrae a jirones del pasado. Más la que ya se ha escuchado que la que resuena en el presente. Una música que se pretende recuperar como figuras para un álbum más que atender en el presente, reconstruir abandonándose a un gratuito acto gozoso.

Y esa nota final con la que Cozarinsky cierra el libro es definitiva. Y yo creo que posiblemente su parte más radical. La patria como sinónimo de padre, la lengua nativa como lengua materna, y las ceremonias de la traducción y del exilio de las cuales el oficiante es el hijo. De quien esa tierra es y ya no es el terruño. Porque ya no tiene padre y ya no tiene madre. Ha perdido la tierra y ha perdido la capacidad de simbolizarla. El narrador de este libro se debate entre un pasado de relaciones encontradas con su país y un país o varios que lo han acogido pero que alojan en su seno la nostalgia. En estas postales (estas vez sí postales), entonces, hay siempre un cobijo transitorio, como si esos panoramas no albergaran más que como podría hacerlo el cuarto de un hotel.

Cada fragmento o foto del libro está fechado. Y esas temporalidades no son inocentes. Están entre paréntesis (como si fueran un dato accesorio, lo que en un punto las vuelve paradojales porque en verdad son sustantivas). Y remiten a una de las etapas más virulentas de la Historia argentina: de la Triple A, pasando por los momentos más carnívoros de la dictadura, la del terrorismo de Estado. Y acechan como fantasmas evidentes a quien fecha estos fragmentos, como si su forma de contestación cultural a esa barbarie fuera el antídoto de la cultura literaria a un presente tembloroso. A este protagonista/cronista/autor estos retazos lo estremecen porque lo remiten a experiencias del orden de lo vivido por él o por sus seres queridos; a anécdotas propias o ajenas, referidas por terceros o experimentadas en primera persona, a las que resulta imposible sustraerse. Experiencias del orden de lo referencial y de lo histórico que no se resuelven porque plantean dilemas.

Los desplazamientos del narrador serán el primer paso migrante que ya no lo abandonará. Siempre habrá partidas. Así como por propiedad transitiva, siempre habrá nostalgias. Será un extranjero en todas partes: aún en esa zona más palpitante pero que corre el riesgo a cada momento de necrosarse: la de la escritura. La escritura se congela, como fósil, pero la sangre sigue cursando el cuerpo. Frente a lo inmovilizado por la imagen o palabra la vida y el temblor no lo abandonan.

Hay intensas descripciones que proliferan como podrían proliferar lo significantes si uno se pusiera a pensarlos según el modo como trazan silencios en una frase o blancos en un párrafo. Esos frescos de una etapa y de un lugar ponen el acento más aún merced a las citas inconmensurables, de grandes escritores y filósofos, que como interludios de una pieza de cámara, lenta, pausada y de pocos personajes o instrumentos se deja escuchar pero no deja decir demasiadas cosas al lector. Más bien lo dejan en silencio. O lo abruman. El lector atiende, curioso, como un mirón, a esta vida errante: un personaje de una moderada extravagancia que ha frecuentado de joven moderadamente la vida universitaria en la carrera de Letras en la UBA. y ha conocido la pasión por el cine y por la literatura. Como quien dice: “los dos amores de su vida”. Que lo seguirán acompañando por siempre.

No podemos sino agradecer a Ricardo Piglia que, antes de su partida, por todos lamentada, haya tenido el gesto profético y el acierto del rescate para el siglo XXI de una obra culminante del siglo XX. La lectura que traza Piglia en el Prólogo es definitiva además de entrañable, porque habla de un amigo además de un escritor al que admira. De modo que Piglia, gran conocedor de la literatura argentina trae al presente histórico da a conocer una obra que comienza a dialogar con el campo intelectual del siglo XXI. Y lo hace de su mano, lo que no es un indicio menor.

Y hay otro libro que me interesaba poner en diálogo con Vudu urbano por motivos que pasaré a referir. Se trata de Niño enterrado, de 2016. Detecto ciertas constantes y afinidades ligadas a la relación entre documento con ficción. Está planteado como una serie de fugaces escenas narrativas (en ocasiones incluso meramente descriptivas), lo que parecen crónicas o fragmentos autobiográficos, articulados todos ellos bajo la figura de un sujeto de la enunciación. Ese sujeto asiste a sus recuerdos o incluso al presente histórico con una mirada extrañada que, claro está, extraña más aún al lector. Porque es un extrañamiento en abismo. Dado que un narrador se manifiesta desconcertado (o incluso nostálgico en grado excesivo, al punto de desrealizar lo que refiere) produce un efecto de incertidumbre (que aspira siempre a un cierto efecto de firmeza y nitidez, sin embargo) que sume al lector en una situación vulnerable. No le brinda garantías respecto de lo que se le está refiriendo y el lector tiene, por añadidura, todo el derecho del mundo a dudar de eso mismo que se le cuenta, de modo incrédulo. Así, este pacto autor/lector queda en el presente libro quebrado. A lo sumo está esa figura insegura de un narrador que tiende (y digo tiende porque no siempre lo logra) a homogeneizar una serie de retazos, de astillas, de grumos que lentamente van componiendo un friso. Ese mosaico se supone que lo está formulando una personalidad porque está procurando la reconstrucción de un pasado. .

Ahora bien: esos fragmentos se remontan desde a instancias muy remotas, en Buenos Aires, hasta otras por viajes a través de ciudades nuevamente europeas distantes y dispersas durante la juventud y el punto final: una madurez que mira las cosas a contraluz. Asistimos entonces a una suerte de gran novela que ha sido de aprendizaje (o ya ha dejado de serlo), cuyos capítulos, cortados como cuñas, adoptan nuevamente la forma de postales (cuando remiten a paisajes o panoramas), por momentos a fotografías (cuando remiten a escenas o anécdotas con la alteridad junto a otros sujetos) y en otros casos a un puro presente que se extingue y no queda registrado por su carácter escurridizo y evanescente. En todas estas situaciones la escritura busca apresar a Cozarinsky que, esquivo, la boicotea. Se permite y le permite a su escritura, de modo juguetón, despistar al lector más que orientarlo con un mapa de lecturas. Su objetivo -me parece- no es tanto proseguir esa larga convención de un relato sino pulverizar lo que solía tomarse como un registro o racconto literario más o menos fiel de la realidad. Pero ya el autor ha dado pruebas en su iniciático libro, Vudú urbano (con el que este guarda no pocas correspondencias) de que ese es uno de sus trucos maestros de prestidigitador. Y de que su espíritu iconoclasta (buscado o espontáneo) lo conduce inexorablemente a la rebelión. Revulsivo en las tramas. Destructor de las convenciones. Explorador de novedosos lenguajes, Cozarinsky es un inconformista.

Por otra parte, en su otro carácter, el de cineasta, Cozarinsky ha trabajo el montaje de modo maestro, como pocos, por oficio y otro poco por vocación y eso en la prosa literaria resulta evidente. Ese híbrido que ya es marca de autor quizás lo sea por este rasgo profesional, por llamarlo de algún modo.

El narrador básicamente hurgará en su pasado. Esto es: postales, reseñas, fotografías, remitirán a lo autobiográfico. Al menos aparentemente. En su zona más remota: su infancia y su adolescencia en Buenos Aires. Sus escapadas clandestinas al cine. Sus fantasías más secretas. Sus amistades con las que comparte complicidades. Mucho antes había hecho una arqueología de su familia investigando, con la excusa de realizar una película, el territorio en el que su padre, siendo aún muy joven, se había enrolado en la marina. Ese viaje a Entre Ríos, tras una investigación, no es mera pesquisa. Constituye el mito del origen. Allí evocará otros parentescos.

No caben dudas de que quien narra estas escenas es un cosmopolita. Por cultura, por saberes y por las inflexiones de su voz, sus matices, sus referencias eruditas, conocedoras y reconocedoras, de las que no se puede desembarazar. Todo lo literaturiza o bien todo lo que ve lo remite al cine o al universo del arte. Salvo algunos momentos que trazan un contrapunto curioso acerca de prácticas vinculadas al orden de lo clandestino en una Bs. As. de una sexualidad aún oculta. Sus cines, sus plazas, el comercio, la droga, la prostitución, los sin techo…

Se trata de un narrador que efectivamente lleva una vida nómade. Ha tenido domicilios. Y posiblemente ha permanecido largas etapas en cada uno de ellos. Pero de todos ha partido. Como si se tratara de un perpetuo viajero que, o bien no estuviera satisfecho con un destino estable. O bien buscara otros con contornos más nítidos y también con más riesgos. El vértigo, quizás, sea tan excitante como la cultura. En el que su vida esté más exigida de peligros para volverse también más interesante. En especial para ser narrada. Diera toda la impresión de que Cozarinsky necesita alternar ambos.

Así como ha investigado acerca de la vida de su padre (y de su temprana muerte) otros problemas le depara su madre. Ella ha pedido ser enterrada porque no quiere “que su cuerpo se pudra”. De modo que, cremada como lo solicitó, él debe esparcir sus cenizas en un lugar ridículo: las afueras de un casino. El resto de ellas lo hará en una localidad de la costa atlántica.

Hay matices intensamente políticos en el texto. El Holocausto, las guerras civiles, tragedias religiosas, entre otros espectáculos no menos trágicos y teñidos de catástrofes para nuestro mundo que no hacen sino dar cuenta de la probada ignorancia de la especie humana para progresar en eso que vagamente llamamos civilización.

Y por último, cierro este comentario con algunas preguntas nuevas. Me propongo, más bien, abrirlo a todas sus múltiples e incuestionables posibilidades. El libro se inicia con un deseo: vivir lo que queda de la existencia tal como le hubiera gustado haberlo hecho siendo el niño que quiso ser y no pudo. Y se cierra con una reflexión acerca del tiempo irremediable y el modo en que al dejar de ver un rastro en un objeto, hemos ya desaparecido del mundo (como quien dice “nos hemos hecho humo”) y ese rastro también deja de permanecer en estado de aparición. Entre ese niño que se ha marchado pero que no deseó ser lo que fue y este adulto que prevé un futuro en el que ya no estará, se advierte la posibilidad de pensarse como un sujeto más íntegro, más completo. Y, sobre todo, más maduro, con una existencia integradora. Adivino entonces que es este para Cozarinsky un libro crepuscular. Un libro en el que ya atisba o puede vislumbrar que la vida no es todo lo eterna que se le hacía al comienzo de sus días. Por eso de modo obligado mira hacia atrás. Pese a todo, sospecho que ese futuro aún la provoca curiosidad porque le depara sorpresas y él está acostumbrado al vértigo de la experiencia.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *