Efectos personales

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Rodolfo Fogwill

Yo tenía un encendedor Dupont, una lapicera Montblanc, un reloj Rolex. El Dupont, de plata, era extrachato y tenía una trama en cuadrillé Príncipe de Gales. La Montblanc, negra con virolas doradas —de oro—, era desproporcionadamente grande y tenía una pluma revival similar a las de las lapiceras de los abuelos de los abuelos. En la virola podía leerse «Meisterstück», obra maestra. El Rolex era pequeño, un modelo para jóvenes, de la serie Junior. De acero inoxidable, tenía esfera intensamente blanca y pequeños números romanos. Siempre perdía los Dupont. Los compraba por pares, y siempre estaba reponiéndolos: un derroche. La Montblanc a veces la perdía, otras la regalaba. Las compraba por pares y hasta de a tres, pero siempre debía reponer mi stock porque las perdía o las regalaba. Regalé muchas Montblanc, pero jamás regalé un Dupont. ¿Curioso? Algo debe explicarlo. Blanco, fuego, fumar, cuadrado, negro, signos, escribir, redondo. Algo debe servir para explicar todo esto. Jamás perdí mi Rolex: lo regalé.

La mujer tenía uno idéntico. Se llamaba Elsa. Se lo robaron en el ferrocarril, en la estación Retiro del Ferrocarril Mitre. Costaba mil seiscientos dólares. Yo estaba loco, de lástima. No por la violación de la propiedad, sino por la violencia. El brazo o la vida: un ratero. Sin alternativas: el tren zarpa, la mina desde lo alto mira despectivamente hacia el andén. Desde lo alto, desde la ventana del vagón del ferrocarril, desde el Rolex, desde el cigarrillo recién encendido, desde el marido que viajará más tarde en su automóvil, desde el asiento conseguido a precio de esperar media hora viendo zarpar dos o tres trenes llenos de gente apremiada por llegar a. Así miraba la mina. El ratero opera desde abajo. Sale con planes, con ilusiones y ganas de robar Rolex, el ratero. Se pone en marcha, pesadamente, el tren. El ratero actúa por reflejos largamente adiestrados. Sus dedos como pinzas penetran entre la piel y la esfera del Rolex. Las falanges se pliegan sobre el cristal. La mano firme se prolonga en un brazo relajado que sigue el movimiento del tren. Cuerpo pegado a la pared del vagón, nadie verá al ratero desde el vagón. La mujer grita. Las huellas de la malla de acero se ahondan: marcas violetas aflorarán muy pronto. La mano de la mujer se hincha. Muy pronto aflorarán marcas violetas. Grita. Gritará más fuerte y pedirá auxilio a un señor con paraguas, a un señor con diario y a un señor con paquetes próximo a su asiento. Ahora viene una vieja columna que sostiene la vieja manguera de cargar agua en las viejas locomotoras de vapor. Aquí el ratero se separa del tren. Es el encuentro de la alternativa: el brazo o el reloj. «Es un abrir y cerrar de ojos», contarán más tarde. El señor del paraguas, el señor del diario y el señor del paquete han escuchado el grito, el reclamo de auxilio de la putísima de la ventana. También lo han escuchado el señor de la pistola y la muchacha de los planos de arquitectura. La malla del Rolex cede siempre un eslabón más débil, diseñado ex profeso por estándares de seguridad de fábrica, han dicho. Hay una vida, hay una juventud perdida en cuidadoso adiestramiento. Hay horas de estudio de las topografías del andén y de umbrales de reacción de la gente común, desprevenida: siete segundos. Lo primero que se piensa es que la mujer ha enloquecido. Es una ley. Así declaran días después en la delegación policial: «Una loca o una broma». Y todos prometen que la próxima vez estarán prevenidos. Después lo olvidan, ocho o diez días bastan para olvidar cualquier proyecto de previsión. Hay toda una teoría que se aprende en la práctica y se generaliza en los pabellones de la cárcel de contraventores. «¿Y Lucecita?». «Está guardado —dicen—, fue a la escuela». «¿De qué se había olvidado Lucecita?». «De no confundirse de cliente», «de no repetir lugares», «de atar la zapatilla», «de no tomar vino desde el día antes», «de ir con el estómago vacío». Siempre se filtra un olvido, un error. Se entiende. La mujer tarda un tiempo que ya no puede medir para reponerse. Baja en la estación siguiente, por la denuncia. Después no se explica por qué tanto gesto inútil. Pasa una hora o dos o tres (¿cómo saber sin Rolex?) y siente aún la contracción del vientre, el sobresalto del corazón, la soledad del tren cuando los señores de paquete, diario, pistola, libro, etc., la miran, oyen, no comprenden. Queda la marca, una especie de condecoración, tema para las charlas de las próximas semanas. La cara del muchacho, inolvidable. Los ojos grandes, parecían tristes. Los dientes, muy blancos, indicaban que él sí sería capaz de matar. El marido la calma. El moretón y la pequeña lesión en la muñeca muy pronto pasarán. Marcan la indignación, mi indignación, no por la violación de la muñeca de la muñeca, sino por ese abrir y cerrar de ojos donde el reloj no pertenece a nadie sino a la ley de ofertar la vida por el trac del eslabón más débil. ¿Débil? Yo le di mi Rolex igual al suyo, y nunca lo repuse. Solía reponer los Dupont que perdía y las Montblanc que perdía o regalaba, nunca repuse el Rolex. Así era mi vida por entonces. En esos días mi maestro estaba lejos, en Mar del Plata. Dictaba clases de algo que se parecía al psicoanálisis para médicos y profesores de letras y lógica de colegios privados de la ciudad. En primavera, cuando regresan los guardavidas a preparar sus playas para recibir a los turistas, solía pasar algunas noches en las casetas de madera donde se guardan las carpas y las reposeras de mimbre y lona y todo huele a pintura y resaca de mar, hablaba con los bañeros y su corte de ayudantes sobre literatura, bebiendo vino blanco y comiendo pescados que alguien recoge con el trasmallo y otro fríe para mezclar el olor a mejillones, mimbre recién pintado y humo de tabaco que va impregnando todo a medida que avanza la charla con olor a aceite comestible: algo quemado que pone notas hogareñas en la precaria habitación expuesta al fuerte viento del sur de los acantilados. Él podría explicar mejor que yo todo esto. No. Tal vez ya no: aprendimos.

Acero, blanco, tiempo, muñeca, sólido. Plata, gris, fuego, cuerpo, gas. Ébano, negro, letra, mano, líquido. Restituir, perder, regalar, perder. ¿Y por qué a Elsa?

1978

(De Cuentos completos, 2009)

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