Efemérides: Monte Chingolo, el final del ERP

Por Carlos Torrengo

23/12/75: La mayor batalla de la guerrilla que marcó también su final.

Aquel diciembre del ’75 siempre será difícil de olvidar. Un país ensangrentado por la violencia de índole política se encerraba en sí mismo y esperaba un golpe militar que se tornaba inexorable. En ese marco, el ERP atacó en Monte Chingolo, en un intento desesperado por recuperar poder. No lo logró.

El recuerdo de tanto horror borra la textura del material que cubría los cuerpos destrozados.

Pero está latente que, fuera lona o tela, una u otra se habían pegado a las heridas transformadas en costras.
Cuerpos de adolescencia casi sin terminar cuando se toparon con la muerte. El calor los descomponía aceleradamente.

Se imponía el olor a muerte.

Arboles desgajados por la furia del combate. Maceteros descuajeringados. Paredes cribadas por ráfagas. En una de ellas, una inmensa mancha de sangre con restos humanos pegados. Muchos años después, el minucioso relato de Gustavo Plis-Sterenberg develaría la naturaleza de esa casi estampa de cuerpo: un guerrillero del ERP fue atado a la trompa de un Carrier y estrellado contra el muro de ese depósito de Batallón de Arsenales «Domingo Viejobueno», situado en Monte Chingolo, al sur del Gran Buenos Aires.

Quien escribe estas líneas entró en el predio de la unidad en las primeras horas de la tarde del 25 de diciembre de aquel terrible 1975. Acompañaba a un oficial de la Armada que, en situación de retiro, sospechaba que una sobrina suya había caído como miembro del ERP en lo que la historia recupera como «la última batalla de la guerrilla en la Argentina».

– Mire rápido, señor –le advirtió al oficial de la Armada un civil de porte militar–. El periodista entró en condición de «un familiar».

El ERP había perdido más de setenta militantes dentro de la unidad y en zonas aledañas. El Ejército y la Bonaerense, diez. Pero estaban los otros muertos, los de la población civil: ocho, según el parte oficial. Más de cuarenta, según la investigación de Gustavo Plis-Sterenberg.

Una nena de cuatro años degollada por una esquirla. A otra, de once, una ráfaga le borró el pecho y la vida.
El marino y el periodista se encontraron circunstancialmente en aeroparque. Uno llegaba desde Jujuy; el otro, desde Bahía Blanca. Los une una sólida amistad forjada en años, incluso de desacuerdos que aún mantienen.

– Acompañame, vamos a Monte Chingolo… creo que ahí puede estar la hija de Guillermo, mi cuñado –dijo el marino–. Una hora larga después, en un marco propio del Saigón de la Ofensiva del Tet, entraban al batallón de Monte Chingolo.

El grueso de los cuerpos había sido retirado. Posiblemente no habría más de ocho o diez alineados en un potrero que los años imaginan lindero a una cancha de fútbol. Lonas o telas crujían al despegarse de la sangre coagulada. Casi como resistiéndose a revelar la cara del horror.

Semana terrible aquella que precedió la Navidad del 25 de diciembre de 1975. Un eslabón más en un tiempo en el que desde largo en la Argentina mandaba la violencia política. Mandato que se prolongaría por varios años más; aún restaba la noche larga de dictadura.

El régimen de la cupletista Isabel Perón se desvanecía zamarreado por contradicciones y luchas intestinas y desafiado por la violencia de la izquierda y la respuesta de la derecha.

El poder estaba muy disperso en el país de aquellos tiempos. Y desde un punto de la estructura de poder ya se dibujaba cómo cohesionarlo en un único vértice.

Ya en aquel diciembre ese dibujo tenía forma de golpe militar.

Pero no era ese diciembre el momento para que tronara la lugoniana y fascistoide «Hora de la Espada».
Y eso fue lo que no entendió en aquel diciembre del ’75 el ultramontano brigadier Jesús Orlando Capellini. El 18 se sublevó en la Zona Militar del aeroparque Jorge Newbery. Lo hizo bajo invocaciones varias. La patria. Cristo Rey. Alguna Virgen. Una larga lista de valores supuestamente ligados a los argentinos. Y, fundamentalmente, la necesidad de orden.

– ¡Qué pelotudo este Capellini! –recupera la historia que dijo Jorge Rafael Videla desde el exterior–.

Inmediatamente, el Ejército se corre de toda especulación sobre su rol en ese cuadro. Está con el orden constitucional.

La Armada se le suma.

A Capellini –»Capelletti» para «Tato» Bores– se le suma la Base Aérea de Morón. Y aquí, también con atisbos lugonianos, un joven oficial de la Fuerza Aérea que acompaña la chirinada sentencia solemnemente por radio: la vida se modela en cuatro verbos de acción: «armar, combatir, mandar y enseñar».

Capellini y Morón se juramentan: caerán en la cruzada.

Pero, a los primeros tiros, se rinden.

Aunque hay alguien que no repliega planes ni acciones. Se llama Roberto Santucho. Lidera el ERP, en aquel diciembre del ’75 acorralado por la represión. En los montes tucumanos está en vías de ser diezmado. En el teatro urbano, desde mayo pierde sistemáticamente cuadros y militantes.

Es complejo imaginar que el desánimo ganara al ERP. Se lucha y muere heroicamente. La entrega es total y exenta de fanatismo. Pero la poda y los términos en que se lo poda es brutal. Hoy se sabe que en la intimidad de cada militante y cuadro estaba instalado el revulsivo generado por aquel todo y nada.

La respuesta que Santucho y el alto mando del ERP dan al cuadro de situación apela a lo demencial: intensificar la lucha. Nada de repliegue.

Más vanguardismo. Más militarismo.

Gustavo Plis-Sterenberg es un hombre fino, culto. Director de orquesta sinfónica en Europa. Cuando habla de su estremecedor «Monte Chingolo, la mayor batalla de la guerrilla argentina», confiesa no querer hablar de dónde estuvo él en toda esa tragedia.

Pero explica:

– El ataque al batallón de Monte Chingolo se explica como un acto de desesperación política. Santucho quería, mediante una acción militar de envergadura contundente, revertir el cuadro de situación desfavorable que sobrellevaba el ERP, plantear un nuevo escenario político… el mejor momento del ERP fue cuando no se olvidó de la política, cuando puso la política por delante. O sea, cuando tenía frente sindical, estudiantil, militar e incluso frente legal. Pero ya para mediados del ’75 todo eso había dejado de existir o estaba en vías de hacerlo… entonces la desviación fue el militarismo puro… balazo por balazo. ¿Línea sin objeciones? Bajo un régimen de represión que buscaba el exterminio, no se podía mantener una dinámica de debate democrático ni autocrítico… se cayó en un verticalismo feroz. Y así se fue a Monte Chingolo.

En el atardecer del 23 de diciembre del ’75, más de cien cuadros y militantes del ERP atacan el batallón de Monte Chingolo. Están armados precariamente para semejante operación. Y los están esperando.

Porque hace años que, de la mano del un coronel de Inteligencia de apodo «Españadero», el Ejército tiene infiltrado al ERP. «Oso» Ranier, ése es el nombre del infiltrado. En sus memorias, Enrique Gorriarán Merlo (Editorial Planeta) dice que a lo largo de ese lapso, Ranier entregó operaciones y centenares de cuadros y militantes. Santucho no ignora que hay un infiltrado, pero sigue adelante. Hasta la madama de un cabaret lindero al batallón sabe que el ataque está por suceder.

El ataque termina en una carnicería. Las escenas que adquiere la represión en las imágenes que se han recuperado dejan sin palabras.

El 24 a la noche, Videla habla desde el monte Tucumano. No hay golpe sin advertencia.

Marzo del ’76 estaba a la vuelta de la esquina. Sólo era cuestión de tiempo y de más sangre.

La sobrina del marino no estaba en Monte Chingolo.

Fuente: www.rionegro.com.ar 24/12/05