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(Los corderos mueren en silencio)

Por Enrique Gil Ibarra

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Wikipedia - Juventud Peronista

Parido un 26 de diciembre, siempre recibí un solo regalo para navidad y cumpleaños. Supongo que el mal humor por eso me hizo militar desde los 14, en el '69 (el cordobazo no tuvo nada que ver). Soy platense, me casé tres veces y tengo dos hijos y tres nietos. Es más que suficiente. Empecé como periodista en "Noticias" (el diario), y no cambié de profesión hasta hoy, sigo robando con lo mismo. Edité y dirigí revistas de interés general, de temas ecológicos y políticos. Fui Jefe de Prensa de delegaciones argentinas ante la ONU y ante la OEA. Trabajé como Director Creativo en un par de agencias de publicidad y conduje programas radiales en la ciudad de Buenos Aires. Publiqué un libro de poesías llamado “Contra el Señor Oscuro”, en el año 1994, y después, por varios miles de ra$ones, elegí lo virtual: "Skin Yarí y otros relatos" (cuentos-2000); "Dividido" (poesía-2003) y un par más en proceso. Actualmente dirijo una radio y una revista en la ciudad de Trelew, provincia del Chubut. Sigo creyendo en cambiar el mundo, pero reconozco que a veces me siento un poco boludo.
Sitios web: http://elhendrix.com.ar | http://elhendrix.blogspot.com
Correo electrónico: elhendrix@yahoo.com

Datos del autor en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Gil_Ibarra

Paredón y después - INDICE

Para empezar (a manera de prefacio)
Historias (1)
Historias (2)
Historias (3)
Historias (4)

Historias (5)Historias (6)
Historias (7)
Historias (8)
Historias (9)
Historias (10)
Historias (11)

Historias Chile-1998 (12)
Historias (13)
Historias (14)
Historias (15)
Historias (16)
Historias (17)
Historias (18)

Para aquellos amigos y compañeros
que escribieron esta historia con su alegría, su dolor y su muerte.
Y para los que siguen escribiéndola con su vida.
E. G. I.

Unitarios y Federales

Laica o Libre es la historia de tu tierra.
Y más atrás los sones de mazorca
ponchos rojos,
tacuaras enarbolando desgraciadas cabezas,
cadáveres podridos en marchas y vidalas.
Dorrego asesinado, Urquiza padre
Rosas que se expande, tirana Buenos Aires.
Así nacimos.
Germen de generaciones postergadas
y yermas, estériles diatribas.
Lo que no pudo ser
nos estrangula y hiere.
Rebuscando rescatables signos
entre los desperdicios de la historia.
Renegando los mitos -ocultamientos cómplices-
venganzas incumplidas.
Así nacimos.
En fogones turbios, solidarios,
con folclóricas voces en las dunas de arena
y La Ventola de Valeria.
El vino calentando las hirvientes venas
un reguero de juventud y fuerza.
Así nacimos.
Aullidos de rebelión entre los números
y las filosofias,
palabras de parición bajo las letras.
Algún ronco grito del hachero chaqueño,
quizás un reclamo de la Córdoba en llamas
nos urgía.
Banderas olvidadas
padres timoratos y desesperanzados
nos legaron la brisa de futuro impredecible
que arrimó a nuestros rostros
la dureza de la nube oscura, del viento huracanado,
del tum-tum ritual de los tambores
señalando la hora del destino.

Libros digitales de E.G.I. para descarga directa


Dividido [poesía]
(htm zip 140K)


Paredón y después.
(pdf zip 325K)


Skin Yarí [cuentos]
(htm zip 356K)

La tribu nueva,
(generación con rumbo y pertenencia)
pensó que la verdad no era imposible
y resolvió entregar su sangre entera.
Para vengar las décadas inanes
para abonar tu suelo y tus fronteras
para plegarse a la historia
de los cuentos, las hadas, las leyendas.
Para tenerte en brazos, poseerte
de una vez para siempre
y que canciones en futuros lejanos
mantuvieran viviente la memoria.
Libremente,
cruzamos el Jordán para ofrecerte
nuestra ira de halcones, nuestra gloria,
nuestro propio Sueño de amor, locura y muerte.

Buenos Aires/marzo del 2001

"Nada es verdad. Todo es permisible"
Hasan Ibn-al-Sabbah. Jefe de los Hashishiyya


Para empezar (a manera de prefacio)

Así como la comunidad parece haber olvidado lo acaecido (el deseo del olvido, diríase), en mi memoria se mezclan fechas y lugares. No es ésta, pues, solamente mi propia historia. Leerán aquí, mezcladas e indistinguibles, las historias y anécdotas de varios militantes de la organización (amigos y compañeros), sus accionares, su locura, su humor, sus palabras y escritos, nuestro amor, su dolor y el mío y, en algunos casos, su muerte. Pero a lo largo de estos millares de días he descubierto que todos ellos siguen siendo yo. Y el que soy, en resumen, es un compendio –seguramente pobre y limitado- de lo que ellos y yo fuimos una vez.
Voy a contarles entonces de esta manera, en primera persona y desoyendo los consejos literarios de cualquier escritor que se precie de tal, parte de lo que recordamos (de lo que soportamos recordar) de la década mas larga y más vertiginosa de nuestro triste siglo: esa en que decidimos que el mundo podía ser transformado, y que nosotros teníamos todas las respuestas que valía la pena conocer. Y también -desordenadamente, me temo-, mezclando charlas entre amigos con versos, canciones y cuentos, la cosa (o las cosas) en las que algunos de nosotros nos hemos convertido en los años que siguieron . Porque nada mejor que la palabra escrita para conocer realmente al que la escribe. Pues, diría el tano Guareschi, si eso escribimos, es que eso somos y al que le guste, bien. Y el otro ¿quién carajo se cree?

Enrique Gil Ibarra



Historias (1)

Durante la guerra de secesión norteamericana, cuando regresaban las tropas a sus cuarteles
sin tener ninguna baja, escribían en una gran pizarra "0 Killed" (Cero muertos).
De ahí proviene la expresión "O.K." para indicar que todo está bien.

Son las 13:30 de un domingo de 1976. El Tupi estaciona el auto frente a la parrilla y espera, con el motor en marcha. El auto es un peugeot 504 nuevito, que acabamos de afanar en Barrio Parque, abandonando el otro auto que traíamos que ya estaba demasiado quemado. Bajamos primero Jote y yo, solamente con armas cortas en el cinturón, de manera que no llamamos la atención de nadie. Nos dirigimos hacia la puerta de la parrilla, bastante llena, sin mirar hacia atrás, seguros de que, en cuanto entremos, se bajará el Pingui con el FAL para hacer la contención. A partir de ese momento, llamar la atención o no, no será importante.
Entro, y Jote me sigue inmediatamente. Barremos la parrilla de una ojeada, y lo vemos, con una mina que no es su esposa, sentado a una de las mesas del fondo, de cara a la puerta. En la mesa de al lado, inconfundibles, los dos culatas de civil que según sabemos no son "patas negras" sino "federicos".
Despreocupadamente, nos aproximamos. Tenemos que aprovechar los escasos segundos hasta que el Pingui se baje del auto y los custodios vean un tipo con un fusil en la puerta, pero afortunadamente el local es chico. En menos de dos segundos estamos casi en posición. Como quedamos, Jote se ocupa de los culatas y yo del objetivo en primer lugar y después lo apoyo si es necesario. Es evidente que esta guerra de mierda nos despertó a todos un sexto sentido, porque todavía estamos acercándonos cuando el coso levanta la vista y nos mira directamente. Larga un grito ininteligible -de aviso a la custodia, pienso- mientras empieza a incorporarse, tirando la mano para atrás de su cintura. Pero el tiempo no le alcanza: ya tengo la nueve en la mano, y le pongo tres balas en el pecho. Cuando me giro para apoyar a Jote, veo que no es necesario: cada uno de los culatas tiene un balazo en la cara (1) y Jote ya se está replegando hacia la salida mientras cubre el local abanicando lentamente la pistola. De espaldas, los dos retrocedemos hacia la puerta, donde el Pingui acaba de asomarse solamente para mostrar el FAL y desanimar cualquier posible intervención. Cuando salimos a la calle, Tupi sigue sentado detrás del volante del auto, pero con su revólver mantiene a raya a un curioso con una camisa payasesca que dejó a su mujer y a sus dos nenes en la vereda de enfrente y quizo cruzar "para ver qué pasa". Afuera, la mujer le exige desesperada que vuelva, los chicos lloran, dentro de la parrilla parece que todo el mundo grita.
El Pingui nos hace señas de que subamos rápido al auto y en cuanto lo hacemos él se manda al asiento del copiloto. Tupi arranca antes de que cerremos las puertas y cruza a contraluz la Avenida Mitre cuando ya se empiezan a escuchar sirenas. Minutos más tarde, y como estaba previsto, apenas cruzamos la vía del tren un pelotón de milicianos pone en el paso a nivel un colectivo de la línea 22 y le prende fuego, dispersándose luego por Don Bosco. Paramos atrás del barrio Gráfico y Jote y yo nos bajamos y pegamos sobre las chapas del auto dos patentes de contact que provisoriamente servirán, hasta que Tupi y Pingui lo abandonen detrás de Ezpeleta. En cuanto las chapas yutas están colocadas, el Tupi sale arando y nos hace un gesto de adiós con la mano. Caminando tranquilos, nos vamos con Jote a la casa de Fito, donde dejaremos los fierros y nos tomaremos unos mates. El Comisario a cargo de la Cárcel de Encausados del Camino Negro (que después sería llamado "El Pozo de banfield") no va a torturar a nadie más.

(1) La puntería de Jote (nunca supe su nombre real) era famosa en la zona. Imbatible en los entrenamientos, se cagaba de risa cuando el Pato Viejo lo criticaba porque tiraba a la cabeza y no al cuerpo. Estaba seguro de no fallar. Pero el Pato Viejo le decía que el problema no era ése, sino que al apuntar a un blanco más chico, se necesitaban unas décimas de segundo más, y esas décimas podían hacer la diferencia. Posiblemente tuviera razón, ya que Jote fue secuestrado meses más tarde luego de un brutal enfrentamiento en San Juan y Boedo, en Capital Federal, donde murieron tres de los cuatro policías que intentaron detenerlo. El cuarto le acertó varios tiros antes de que Jote pudiera enfocarlo. Creo que lo llevaron vivo a Coordinación, en la calle Moreno. Nunca apareció.


Historias (2)

Quilmes es un gran partido de la provincia de Buenos Aires. Exceptuando algunos lugares bastante lujosos, como el barrio parque de Bernal, se alternan en toda su geografía casas modestas con barrios pobres y zonas francamente miserables. Era igual en 1971, cuando fui a vivir a una casa que estaba muy cerca de allí, en Wilde, partido de Avellaneda. En pareja, con 17 años, traía ya dos años de militancia, inicialmente en Vanguardia Comunista, a la que me acerqué por medio de un grupo de teatro en el que participaba. Pero quizás sea necesaria una pequeña introducción aclaratoria: Vivía a los quince, cuando dejé el Nicolás Avellaneda, en una horrible pensión de Capital Federal, en la calle Sarmiento entre Paraná y Montevideo.
La pensión estaba estratégicamente ubicada a una cuadra del café La Paz, a tres de La Academia y a dos de La Giralda. Descubriendo la noche de Buenos Aires, me sentía feliz haciendo la vida lumpen y sabrosa del que se siente libre, joven y con un indubitablemente brillante futuro por disfrutar. En las salas de alquiler de la Asociación del Profesorado Orquestal, el grupo de teatro “ATAC” preparaba la “maravillosa” obra “Para montar a Treumún”, que logró el récord de dos representaciones a sala llena -cuatrocientas butacas repletas de parientes y amigos- en el salón de un colegio en la avenida Belgrano. De los quince o dieciséis actores-estudiantes que integrábamos el grupo dirigido por Pedro Calles (nom de guerre, off course), aproximadamente diez integrábamos el Movimiento Nueva Cultura, frente cultural de Vanguardia Comunista, representada a nivel estudiantil universitario por el “TUPAC” (Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combativa).
La militancia en la izquierda revolucionaria, por aquella época, era en realidad bastante limitada y carecía, a decir verdad, de charme. No podían compararse las pintadas y volanteadas, ni siquiera los actos relámpago con molotov incluidas, con el accionar mucho más claro y directo de las organizaciones armadas peronistas. Además, debemos tomar en cuenta que, para nosotros, los de VC, caer presos representaba quince días en Devoto y la patente de revolucionario. Para los combatientes de las orgas, era otra cosa. Ya a partir del 72, la masacre de Trelew y la debacle de Ezeiza cambiarían definitivamente mi posición política.
Poco a poco, los cuestionamientos me carcomían: ¿qué carajo hacía yo allí si la realidad pasaba por otro lado? En medio de eso, a mediados de 1971 conocí a la que luego sería mi primera esposa, Graciela, amiga de una compañera del grupo. Empleada del Correo, Graciela no militaba. Como corresponde, solucionar esa falencia se convirtió en uno de mis objetivos prioritarios. Pero por supuesto, la relación bajo esas bases comenzó a profundizarse rápidamente, y llegamos entonces a mi mudanza a Wilde, abandonando las luces del centro por una pareja comprometida con la realidad política y social.
El trabajo se hizo imprescindible, y un tío de Graciela, funcionario municipal, concretó el favor de gestionar el conchabo en una fábrica de mangueras de automóviles sobre la avenida Calchaquí, muy cerca de la Johnson. De 6 a 14,30, me había proletarizado.
Evidentemente, los obreros de la fábrica me necesitaban tanto, que a los tres meses era delegado general. El único inconveniente, que en mi ignorancia no tomé en cuenta, era que por reglamentación sindical el delegado general no puede ser menor de 21 años. Los directivos de la fábrica, que sí conocían ese insignificante detalle, me dejaron caminar unos días, como para ver si el cerebro me daba para entender las realidades de la vida.
No me daba.
Claro, el logro principal de un militante en esos años era conducir una huelga exitosa, y yo ansiaba ese papel. Los operarios más experimentados, -quiero decir, los ´auténticos´ operarios- que generosamente habían declinado en mi favor sus candidaturas a delegado durante las elecciones internas, hicieron hincapié en las urgentes necesidades de mejoras salariales. Como mínimo, podría indicar que mi primera conversación gremial con los directivos fue escabrosa. A mi parecer, la huelga era la alternativa digna y mi opinión coincidía con el mandato recibido de mis compañeros. La empresa se encargó de desengañarme rápidamente convocando uno por uno a los obreros y ofreciendo pagarles las horas extras al cincuenta por ciento o, de lo contrario, la puerta de salida. Salvo uno, al que llamábamos La Hormiga, todos aceptaron. (La Hormiga se llamaba en realidad Catalino Yolando. Era obvio -y él lo contaba con humor- que sus padres esperaban una niña y no pudieron superar la decepción). Pero a pesar de su nombre, La Hormiga tenía unos huevos de plomo: se negó a negociar y fue despedido junto conmigo, luego que la empresa "descubriera" el artículo de los 21 años, e indicara que, por consiguiente, yo no estaba amparado por la estabilidad sindical, hecho que los dos sindicatos (Federación de Empleados y Obreros del Caucho y la Unión Obrera Metalúrgica) que tenían ingerencia en la fábrica, se apresuraron a confirmar.

Es necesario mencionar ahora que durante mi ¿trabajo político? en la fábrica, me había identificado como Juventud Peronista. Si bien no estaba encuadrado todavía en Montoneros, consideré entonces (primera pequeña cobardía) que la única manera de integrarme convenientemente era adoptar la identidad política de la gente, que no era precisamente el marxismo leninismo. Tiempo mas tarde aprendería que esta táctica se denominaba entrismo y que mi ingenuidad de esos momentos me hacía sentir injustamente inteligente (aunque un tanto deshonesto, lo confieso).
Los trabajos se sucedieron. OCA-Intercargo fue el lugar donde recalé a continuación y, ¡oh caramba! tampoco tenía sindicato ni comisión interna. Me apresuro a aclarar que creo que en aquel momento esa empresa no formaba parte del grupo Yabrán, sino que sus dueños eran, si la memoria no me traiciona, la familia Starck, uno de cuyos miembros era un notorio músico de rock. Convencido de que había aprendido la lección terminé cometiendo, inevitablemente, el mismo error. Hubo, no obstante, una diferencia sustancial: efectivamente quedó constituido el sindicato en la empresa, y la Comisión Interna fue avalada por el Sindicato de Empleados de Comercio. Claro que yo no pude integrarla por expreso pedido de uno de los representantes del Sindicato, que me objetó porque, según dijo, mi afiliación no constaba (¿se habría perdido?) y, como es lógico, no afiliado, no delegado. Sin embargo, se portaron bien: mi despido fue con todas las de la ley, y hasta me pagaron la indemnización. Y aquí también debo rescatar de la memoria a un compañero: el Negro Gauna, que me ofreció “en nombre de los muchachos” hacer lo que yo quisiera, hasta la huelga por mi reincorporación. Pero, a los 19 años, con plata en el bolsillo y la sensación de que, de todas formas, había conseguido el objetivo, le contesté que no pusieran en riesgo lo que habían ganado, que el sindicato no iba a apoyar y que, igualmente, estaba harto de hombrear bolsas de correspondencia. Y me fui con viento norte a trabajar de operario de mantenimiento a Subterráneos de Buenos Aires, donde me prometí firmemente, alentado por un ultimátum de mi suegra, no meterme en más despelotes por un tiempo.
Y así fue. Un tiempo como de seis meses, luego del cual mi hermano mayor, militante peronista desde el 68, me consiguió un trabajo de cadete en el diario Noticias.
El jefe de cadetes del diario era el Gringo, dirigente de la UES con el que de entrada nos llevamos para la mierda. Pero hoy reconozco que no era culpa de él. Olvidé mencionar que mi soberbia era en ese entonces insoportable (algunos amigos me llamaban "Mendieta: el hombre emperrado" y opinan que lo sigo siendo) y que yo sentía en ese ámbito una real inferioridad: estaba rodeado de “bronces” combatientes de las organizaciones armadas, a las que con mi falta de conocimiento de la jerga yo seguía llamando “formaciones especiales”, como las había denominado Perón, sin darme cuenta que la expresión contenía una clara descalificación política.
Una tarde, en el sucucho donde se preparaba el café para la cuadra, el Gringo se dio el lujo de humillarme merecidamente. En la pared, raspada sobre la pintura amarilla, habían grabado la estrella de Montoneros bajo la leyenda: L.O.M.J.E.
Y yo, que no perdía ocasión de ilustrar (a cualquiera que se pusiera delante) sobre las tácticas imprescindibles para ganar una guerra popular y prolongada de acuerdo a lo explicado exhaustivamente por Mao Tse Tung, ignoraba absolutamente que eso quería decir "Libres o Muertos, Jamás Esclavos". Fue entonces el Gringo quien se ocupó irónicamente de desasnarme, frente a los demás cadetes del diario.
Pero además de bocafloja, yo quería sentirme parte de todo. De manera que llevé al diario mi pistola calibre 22 y la guardé en un cajón en la sala de télex. Obviamente, si bien ya era peronista, no estaba como dije encuadrado en la organización y por lo tanto no tenía ninguna función en la seguridad del piso. Pero, si todos los compañeros “importantes” tenían un arma, yo no podía ser menos. Aunque, ¿de qué sirve tener un fierro si nadie se entera? Ergo, había que mostrarlo, y lo hice con uno de los compañeros cortacables.
Al día siguiente, la pistola no estaba. Conversación con mi hermano, que luego de putearme prometió averiguar. A los dos días, la pistola retornó, acompañada de una “amable” invitación del jefe de seguridad e Intendente del diario para visitarlo en su oficina. El Pelado Julio* era buena persona, pero sus filípicas eran legendarias. A las dos horas, regresé al piso con las orejas coloradas, soportando las burlonas miradas de los demás cadetes, pero con un as en la manga: convencido por mi hermano de que yo podía ser algo boludo, pero un buen fierrero, el Pelado había aceptado hacerme un lugar en el esquema de seguridad del diario.
Pese a todo esto, hacía bien mi trabajo, porque me sentía orgulloso de estar allí. A los pocos meses, me animé a pedirle a Horacio (el Perro) Verbitsky que me diera la oportunidad de escribir. Harto de tales pedidos, el Perro me aclaró que no me comportara como un pelotudo. Que si me daba la oportunidad, pero se descubría que no servía, volvía a trabajar de cadete y sin chistar. Tenía un mes de plazo.
Un mes parece poco. Pero con maestros de lujo, por poco que uno ponga no se puede fallar. El Perro me mandó a Información General, para que Rodolfo Walsh –nada menos- me sacara lustre. Mi primera nota se tituló: “Subieron los grandes, blancos”. Y se refería -¿no es evidente?-, al precio de los huevos.
Se desesperaron sucesivamente conmigo Juan Gelman, Luis Guagnini y Paco Urondo. Pero finalmente pude escribir una nota suficientemente aceptable como para que Horacio Verbitsky y Miguel Bonasso consideraran que el staff de cronistas no perdería demasiado con mi inclusión. Ya era periodista. ¿Y la militancia? Encuadrarme se había convertido en una obsesión. Pero no quería volver al trabajo sindical. La alternativa era el territorio. Y el indicado para encontrarme un lugar era Paco. Rompiéndole insistentemente las pelotas, logré que me concertara una cita con un tal Urbano, responsable de una zona cercana a mi casa: la localidad de Don Bosco, un lugar pequeño y residencial, ubicado entre Wilde y Bernal.
Una semana después, a las cinco de la tarde, me encontraba con Urbano en la pizzería Oriente, frente a la estación de trenes de Quilmes. La Oriente era famosa en toda la zona sur por sus medialunas de manteca, y descubrí inmediatamente que con Urbano teníamos por lo menos algo en común. Mientras devorábamos ingentes cantidades de medialunas, mi nuevo “respo” me explicaba detalladamente mis obligaciones: iba a integrarme a una pequeña Agrupación en funcionamiento, en carácter de militante raso “y que no me creyera que por trabajar en el diario y conocer a oficiales importantes de la orga iba a tener trato preferencial”. Además, tenía que mudarme, ya que mi domicilio estaba registrado en el diario, y eso era una falla de seguridad. Y, por otra parte, ¿qué pasaba con mi mujer? ¿Se integraría también, o había deficiencias por ese lado?
La mudanza no era problema: con Graciela ya estábamos cansados de vivir con tanta familia (una suegra, una abuela y tres hermanitas), y habíamos pedido a sus tías que nos prestaran la casita que tenían atrás de la suya en Sarandí, cerca del viaducto. Graciela, por su parte, estaba de acuerdo en integrarse, de manera que tampoco era un inconveniente. Y en cuanto a conocer oficiales importantes, yo pensaba que Urbano estaba fantaseando un poco. No tenía conciencia real de que esos “cumpas” con los que hablaba y trabajaba todos los días fueran tan pesados. ¡Si hasta me había atrevido a inmiscuirme insolentemente en un duelo escrito entre Juan Gelman y el “Ara” Abramovich, que frecuentemente competían pegando cuartillas humorísticas en verso en las paredes de la redacción! (Si bien es cierto que –aunque amablemente- ambos me pusieron en mi lugar rápidamente con sendas cuartillas de un nivel inalcanzable para mi).
Puestos de acuerdo, Urbano me citó para encontrarnos en Don Bosco, a la noche siguiente, para la reunión donde me presentaría a mis futuros compañeros.
La reunión se hizo en la casa de Tobi, un compañero con aspecto nórdico de unos 24 años, lo que lo convertía en el mayor del grupo. Conocí allí al Chino, el Indio, Robin y Rulos, al que muchos años después volvería a encontrar en muy distinta situación.
Ellos eran los compañeros de la Agrupación más cercanos a la organización, lo que los convertía automáticamente en la conducción de la misma, conducción a la que yo de hecho me integraba. Me di cuenta entonces que a pesar de las admoniciones de Urbano, sí parecían tener peso mis supuestas “relaciones” con “importantes oficiales”.
Todos, salvo el Rulos y yo, que ya me estaba mudando a Sarandí, eran de Don Bosco. Conocían perfectamente el territorio, y hasta conducían por intermedio del Rulos una sub-agrupación que se llamaba “La Joven Argentina” y que había sido creada por un muchacho del barrio, bastante anárquico, que no quería integrarse a la JP pero que aceptaba las “sugerencias” que el Rulos le trasmitía.
En total, contábamos con aproximadamente veinte compañeros, con distintos grados de compromiso.
Desde las primeras semanas, comenzaron a evidenciarse las diferentes concepciones dentro de la Agrupación. Tobi y el Chino, los mayores en edad, eran por naturaleza conciliadores, preferían el trabajo político de superficie. Robin, el Indio, Rulos y yo, tal vez por ser más jóvenes e impacientes (me suena un poco absurdo escribir ahora, casi treinta años después, sobre diferencias de carácter basadas en distancias etarias de cuatro o cinco años, pero efectivamente las hubo) tendíamos al foquismo y a las acciones militares. Y estábamos apoyados en esto por Urbano, que venía de los Descamisados y que por lo tanto tenía que demostrar que era más Montonero que nadie.
De manera que habitualmente nuestro trabajo militante era nocturno. Caños en las vías del tren, pintadas en todo el barrio, falsas cajas explosivas en el puente sobre la avenida San Martín, a razón de una acción por semana. Teníamos la ventaja de que Tobi era electricista. Sus falsos circuitos en un paquete bomba eran visualmente tan reales, que en una oportunidad pudimos darnos la satisfacción de cercar –a las seis de la mañana- con un vallado de tres metros de diámetro el mástil de la plaza de Don Bosco e izar la bandera de Montoneros, que permaneció hasta las once sin que la policía se animara a tocarlo para desactivar la supuesta bomba, ya que un solo corte a un cable bastaría teóricamente para hacerla estallar. Finalmente, al no llegar el camión de explosivos, y comprendiendo los canas que estaban quedando en ridículo, hicieron un cordón de seguridad para alejar a la gente y decidieron hacer explotar la “bomba” a tiros. Fue muy interesante observar sus caras cuando “explotaron” los varios kilos de zanahorias, papas, remolachas y legumbres varias que habíamos puesto en el paquete.
Mientras tanto, mi trabajo en el diario proseguía viento en popa. Después de la nota que me valió el “ascenso” a cronista (la cobertura del asesinato de la familia Chavez, en La Plata), siguieron otras que contribuyeron a inflar mi ego, haciéndome perder la perspectiva.
Luego de un reportaje al primo –desconocido hasta ese momento- de Perón, yo creía realmente que el mundo periodístico era un terreno virgen a conquistar. Fue el Perro el que tuvo que ocuparse de colocarme el certero hondazo entre los ojos, amenazándome con mandarme de una patada en el culo al Descamisado si no entendía que Noticias era un diario y no un periódico partidario. Para esas fechas, ya se acercaba el primero de mayo de 1974, y en la cuadra la discusión política sobre la actitud a tomar era permanente. Bernetti y Silvia Rudni eran “halcones”: opinaban que la ruptura con Perón era inevitable y que esa situación nos blanqueaba ante la gente. El Ara, el Perro, Juan, Miguel, eran más moderados y, se demostraría luego, concientes de la realidad, posición a la que adhería, desde otra ubicación partidaria, el actual senador de la UCR Leopoldo Moreau, quien también por ese entonces, al igual que Pablo Giussani, cobraba sus dinerillos de los Montoneros aun cuando “no coincidía con la lucha armada”.
Lamento confesar que íntimamente yo no integraba la lúcida corriente de los moderados. Al igual que tantos otros compañeros, incluyendo para nuestra desgracia colectiva a la Conducción Nacional, supuse erróneamente que el enfrentamiento abierto con Perón contribuiría al esclarecimiento de los difusos márgenes del campo popular y por consiguiente y por definición, nos ubicaría como conducción de ese campo popular del que Perón, de acuerdo a nuestros criterios, se apartaba. A la distancia, creo que nuestra única disculpa para ese garrafal error, si es que vale la pena darla, es que a los veinte años se puede hablar de guerra popular y prolongada, pero en la práctica “prolongada” significa, a esa edad, unos cinco o diez años más o menos, nunca cincuenta.
Recuerdo que la evaluación de probabilidades de supervivencia para un combatiente era, en ese momento, de unos tres a cuatro años. Haciendo memoria, revivo conversaciones con compañeros donde afirmábamos que vivir hasta los treinta era un lujo, y hasta los cuarenta un desastre. La mística y el heroísmo –cuidadosamente alentados por la Conducción- no mejoraban el panorama. El gordo Tuncho (aspirante de la Columna Sur 2) me confesó una vez, es cierto que con un poco de vergüenza, que él fantaseaba que cuando lo mataran (no si lo mataban) se imaginaba en el ataúd, cubierto por una bandera argentina y otra de montoneros, y seguido por una multitud de miles de compañeros, “que llevarían su nombre a la victoria”.
Debo insistir entonces en que la historia ha tergiversado la realidad: Perón no echó de la plaza a los Montoneros. Los Montoneros fuimos a la plaza a confrontar a Perón. Desde la inicial desobediencia a la orden de no llevar banderas de la organización (fuimos con banderas argentinas limpias para pasar los controles y las letras plásticas y los aerosoles preparados para pegarlas o pintar las banderas una vez dentro de la plaza), hasta la consigna que se cantó cuando apareció Isabel: “no rompan más las bolas, Evita hubo una sola”, todo logró provocar al General y sacarlo de sus casillas. La medición de fuerzas era el objetivo prefijado a lograr, y lo destacamos hasta en las fotografías que se tomaron luego de la retirada, cuando con el gran angular se enfocaba la plaza semi vacía. Es más, hasta la conducción de Montoneros comprendió más tarde que allí comenzó la decadencia, y aceptó pasivamente que se tergiversara años más tarde la consigna que las columnas montoneras coreaban durante la retirada. Los textos que rememoran el hecho afirman que se cantaba: “Conformes General, conformes los traidores, nosotros a luchar”; pero la consigna real fue: “Conformes General, usted con los traidores, nosotros a luchar”.
Es evidente que los hechos producidos por la organización a partir de ese día confirman claramente la delirante fantasía del Pepe Firmenich al evaluar que Montoneros había obtenido el suficiente “prestigio ante las masas” –para utilizar su fraseología rimbombante- como para disputarle a Perón el liderazgo del Movimiento Peronista. No responde a otra cosa el insólito y desastroso pase a la clandestinidad posterior, que deja desamparados y en riesgo a todos los compañeros de superficie, y que es justificado por un documento interno en el que se afirma que los compañeros deben respaldarse en el pueblo, como si 1974 fuera el equivalente político de 1972, cuando los Montoneros eran “los muchachos” y recibían el aplauso y la adhesión de la casi totalidad del movimiento peronista. Pero en el territorio estábamos lejos de estos análisis críticos. El pase a la clandestinidad no nos afectaba excesivamente ya que, como he mencionado, la Agrupación funcionaba en la práctica fundamentalmente desarrollando acciones cuasi militares.
Esto no impedía nuestro crecimiento. Si bien había pasado ya la etapa del “engorde” de 1973, cuando la afluencia de compañeros –especialmente en las universidades- era masiva, los sueños heroicos y justicieros de todo adolescente medianamente inteligente colaboraban para que las incorporaciones de cuadros fueran permanentes. A fines de 1974 yo ya era aspirante** y conducción de la Agrupación de Don Bosco, que contaba con veinticinco militantes, cinco de ellos milicianos jefes de pelotón, cerca de cuarenta adherentes y un grupo de periferia integrado por colaboradores y familiares bastante importante. Teníamos tres casas operativas seguras, dos autos (robados) armas cortas y largas para quince compañeros, y la zona era conocida como “El Fortín” por los compañeros de la Columna.

*Julio Troxler: sobreviviente de los fusilamientos del 9 de junio de 1956, jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires durante la corta gestión del gobernador Oscar Bidegain, en el gobierno de Cámpora. Asesinado el 20 de septiembre de 1974 por la "Triple A" (Alianza Anticomunista Argentina), quien se adjudica el crimen mediante un comunicado que detallaba: "La lista sigue. Murió Troxler y el próximo, para rimar, será Sandler..." (se refería a un listado que habían difundido con anterioridad con los nombres de Ortega Peña, Curuchet, López, Troxler, Sandler, Sueldo, Bidegain, Cámpora, Laguzzi, Betanín, Villanueva, Firmenich, Caride, Taiana, Añón y Arrostito).

**Aspirante: suboficial. La organización Montoneros no utilizaba –al contrario que el ERP- grados militares. Un militante se integraba en ámbitos de acuerdo a su nivel: agrupación (militante de JP,); miliciano (conducción de agrupación, equivale a soldado o cabo); Unidad Básica de Aspirantes (UBA, conducción de pelotón o pelotones de milicianos, equivale a sargento, pero que “aspira” a ser oficial), Unidad Básica Revolucionaria (UBR, suboficiales que conducían pelotones de milicianos pero que no querían asumir la responsabilidad de oficiales);
Unidad Básica de Combate (UBC, oficiales plenos de la organización, equivalente al grado de Teniente y superiores). Luego venían los niveles superiores de oficiales: Jefe de UBC, Jefe de Columna, Jefe de Regional, y por último los oficiales Superiores (Conducción Nacional).


Historias (3)

La primera vez que entré en la villa Itatí fue con Santiaguito. El era en ese entonces mi responsable en la organización. Santiaguito era (visto con los ojos de hoy) un chico bastante simpático. De clase media alta, fino y delicado, estaba casado con una compañera de la orga que tenía un nivel superior. Tenían un hijito con un grave problema de hipertrofismo muscular, pero esto lo supe mucho más tarde. En ese momento, nos llevábamos bastante mal. Yo le criticaba duramente sus desviaciones pequeño burguesas (que no eran demasiado diferentes de las mías) y el me criticaba mi personalismo y mi soberbia (en lo que estaba totalmente acertado).
Cuando llegábamos a la villa, la gente nos miraba. Eramos "montoneros". Hoy evalúo cuánto orgullo inmerecido cabía en nuestros cuerpos inflados, y no puedo menos que sonreír. Pero en ese momento parecía que estábamos destinados a cambiar esa miserable vida de los "compañeros villeros", y nos sentíamos sin duda portadores de un designio cuasi sagrado. Quizás en muchos casos divisábamos respeto cuando en realidad las miradas denotaban miedo.(2)
En Itatí teníamos un compañero que era el responsable de la villa. Como no sé si vive todavía, prefiero no mencionarlo claramente. Su rancho de chapas estaba muy cerca del rancho que servía de Unidad Básica de la Jotaperra, y por eso ir a visitarlo siempre requería cierto cuidado para no provocar un enfrentamiento al pedo. Cuando llegamos, recibí mi primera lección de convivencia práctica con los "compañeros villeros". El cumpa nos invitó a comer y Santiaguito, como corresponde, aceptó. En un momento en que el compañero salió de la casa, Santiago me dijo: "no va a ser agradable. Pero tenés que comer lo que te sirvan, ¿estamos?". Canchero, ni siquiera respondí. Me cambió la cara cuando vi al cumpa entrar y descolgar de los tirantes del techo unas tiras de carne oscura cubiertas de moscas verdes. Mientras las sacudía para espantar los bichos, el cumpa nos decía sonriente:"una sopa y unos bifes, compañeros. No hay mucho, pero lo compartimos". Y por supuesto que nos estaba homenajeando con lo mejor que podía ofrecer. Probablemente nuestra comida significara que por la noche sus hijos se contentarían con mate y galletas.
Debo confesar que a partir de esa experiencia nunca volví a entrar a una villa de visita con las manos vacías. Obsequiar a los compañeros villeros llevándoles vituallas era de lejos mucho más simple que retener en el estómago esos pedazos de carne. Mi respeto hacia Santiago creció varios puntos esa tarde, aunque luego del almuerzo me costaba digerir el postre de su sonrisita irónica y sabia.

(2) Sentí claramente esa diferencia el día de la muerte de Perón, cuando caminábamos por la avenida con la columna sur, y las personas que estaban haciendo la cola para ver el cadáver del General nos observaban. Algunos, calladamente. Otros, insultándonos por lo bajo. Pero en todos los ojos pude leer claramente el temor. No era miedo a lo que vendría. Era algo más concreto: era miedo de nosotros. ¿Qué otros desbarajustes podrían causar esos "muchachos" a los que ya pocos comprendían? ¿Qué incoherencias podrían esconderse detrás de esas sonrisas soberbias y las camperas abultadas escondiendo los fierros?


Historias (4)

Creo que fue a mediados de 1977 cuando mataron a José Amigo. Ya estaba desconforme con la política de la orga. Me habían trasladado por cuestiones de seguridad al Area Federal, y estaba bastante desvinculado de la Columna Sur. Sin embargo, todavía me quedaban amigos y contactos, aunque toda la organización había perdido la retaguardia familiar. (3)
Varios meses después me encontré en el parque de Villa Domínico con la Tana (4), novia de José, quien me dio la noticia: aparentemente, José estaba esperando un colectivo en la avenida Andrés Baranda, cuando vio que se acercaba lentamente una camioneta de la Policía de la provincia de Buenos Aires. Aunque estaba desarmado y era legal, José llevaba encima unos volantes. Creo que hubiera optado por arriesgarse a que no pasara nada, pero según la Tana vio que dentro de la camioneta estaba el Rulos, evidentemente detenido. Rulos, antiguo compañero de mi agrupación, conocía a José perfectamente, y éste supuso -equivocadamente, es importante aclararlo- que Rulos se había quebrado y marcaba compañeros por la calle. Sin dudar más, José salió corriendo y fue acribillado por la espalda sin recibir advertencias ni orden de detención (igual no les hubiera dado bola).
La Tana me dijo que había intentado hablar con la mamá de José, pero que la familia no la miraba con buenos ojos. Además, comentó indignada que la orga se había lavado las manos. Fue en ese momento cuando le informé mi descontento con la orga y que estábamos juntándonos un grupo de compañeros con la idea de abrirnos y formar un grupo distinto, que se llamaría FAR(P) -Fuerzas Armadas Revolucionarias (Peronistas), rescatando la denominación de la vieja FAR que había desaparecido al fusionarse con Montoneros(5)- Cristina manifestó poco entusiasmo y algunas dudas, y lanzó entonces la insinuación fatal: "creo que si José estuviera vivo hubiera estado de acuerdo, no?". Coherente con mi estupidez, le respondí justamente lo que ella no quería escuchar: "No. José siempre fue muy verticalista y con poca iniciativa". Estoy convencido de que esa respuesta cruel, injusta e inoportuna fue la causante de que finalmente Cristina siguiera en la orga hasta su posterior secuestro (y desde luego que me incluyera en su lista de botoneados, claro).

(3) Desde mi última encanada, en 1975, tuve que mentirle hasta a mi familia, y prometer que me abriría de la militancia. Luego del golpe, mi hermano se había exilado en Colombia y mi vieja estaba convencida de que yo no tenía ya nada que ver con la organización. Mientras tanto, Graciela (mi mujer de ese entonces) era una compañera clave en el sector de inteligencia de la orga bajo las órdenes de "Neurus" y a mí me habían puesto como segundo de Jarito Walker para hacer la revista "Evita Montonera".
(4) María Cristina Lesteroff, secuestrada posteriormente en dudosas circunstancias, quedó como responsable de mi zona cuando fui trasladado. No soportó la tortura y delató compañeros, hecho que me consta personalmente: mi suegra y mi cuñada de 15 años fueron secuestradas debido a ella, que guió a la marina hasta la casa familiar. No obstante, mi suegra y cuñadita salieron. De la Tana no tuve más noticias.
(5) Efectivamente, bastante más tarde constituimos dicho grupo, aunque sólo logramos reunirnos compañeros de segunda y tercera línea y en un número muy reducido. Sin embargo, la principal dificultad no fue el escaso número sino las diferencias tácticas que nos impidieron llegar a conclusiones sobre los pasos a seguir. En resumen, luego de algunas pocas reuniones y un par de pequeñas acciones de ensayo nos autodisolvimos sin pena ni gloria.


Historias (5)

En la primavera de 1975 hacía tiempo que Santiago se había ido a otra zona y me había dejado como responsable. En esa época, nuestra área de operaciones se extendía desde Bernal hasta Berazategui, incluyendo Quilmes y Ezpeleta. A Urbano lo vi por penúltima vez (6) una tarde de verano que cayó de sorpresa en mi casa de Sarandí, cosa que estaba absolutamente prohibida, y nos sentamos en el piso del patio, a pleno sol, para conversar un rato. Recuerdo que en una esquina del patio, en su cuna, estaba mi hijita de 8 ó 9 meses, custodiada por mi perra "Camila", una boxer adquirida en su momento por mi hermano con "garantía de raza pura" a la que infelizmente le había crecido el hocico. La perra se acostaba debajo de la cuna de la nena e impedía gruñendo amenazadoramente la cercanía -a su juicio indebida- de cualquiera que no fuéramos su madre o yo.
Entre recuerdos jocosos de las perradas que nos habíamos mandado en la zona, y sesudos análisis políticos sobre la situación nacional, Urbano me preguntó:
-¿Vos creés que vamos a ganar?
Absolutamente convencido de la inevitabilidad de la victoria, le contesté con el "manual del correcto Montonero", explayándome sobre la obligatoria toma de conciencia de las masas, que a partir del golpe identificarían al verdadero enemigo y todas las huevadas consiguientes de los documentos de la C.N. que por supuesto él conocía mejor que yo.
Me miró casi compasivo, tomó un larguísimo trago de su botella de cerveza, sacudió levemente la cabeza y me estampó:
"Pelotudo, ¿sabés cuándo perdimos? Cuando nos peleamos con Perón. ¿Vos te creés que yo me metí en esto para ser ministro del Pepe cuando supuestamente derrotemos al Ejército, a la Marina y a la Aeronáutica? ¿Te pensás que cuando tenga poder, el Pelado Carlos va a ser muy diferente de lo que puede ser López Rega? No, cumpa, yo entré en esto para traer a Perón, no para ver al Pepe presidente. Nosotros servimos para combatir, pero no estamos listos para gobernar, ni para entender a la gente. Vamos a perder, hermanito, precisamente porque no estamos preparados para admitir la posibilidad."
Claro que no le di pelota. Urbano, como dije, venía de los Descamisados, y nunca le había gustado demasiado la rígida estructura de la orga. Supuse que su comentario derrotista era intrascendente y pasajero. De todas maneras, tal y como me dijo Urbano al despedirse: "igual, estamos jugados. Hay que darle pa' delante".

(6) Encontré a Urbano por última vez en Diagonal Norte y Esmeralda, en 1980. Iba caminando por la calle en compañía de otro hombre, alto y delgado, de pelo corto y bigotes. Yo, que iba solo, inmediatamente me acerqué para abrazarlo: "Estás vivo, hermano, que alegría". Urbano -y era él, sin duda alguna- me miró fríamente, lejanamente, y me respondió: "te estás confundiendo, flaco, no te conozco". Insistí, -era imposible que no me recordara- y reiteró lapidario: "no seas boludo, viejo, me confundís con otro. Nunca te vi en mi vida". Urbano miró a su compañero y, con un seco "vamos" siguió caminando, dejándome parado en la mitad de la vereda. Minutos más tarde, superada la desilusión, comprendí que mi viejo amigo probablemente me había salvado la vida una vez más y espero de verdad que esa última lealtad no le haya costado demasiado caro.


Historias (6)

"...si Evita viviera
mataría a López Rega"

Conocí a Memo Bettanin (7) en Filosofía y Letras, en 1974, poco antes de la clandestinización de las agrupaciones de superficie. Memo era el responsable de la Juventud Universitaria Peronista de Filo, y yo caí ahí una noche con tres milicianos porque me mandaron para ayudar a 'garantizar' la toma de la Facultad. Había cerca de treinta compañeros estudiantes, de distintas agrupaciones políticas. Cuando llegamos, ya estaban organizados en grupos para la guardia, y me reservé el laburo de 'rondín' para poder controlarlos un poco, ya que algunos hasta parecían desear que vinieran los fachos a sacarnos. No parecían comprender que si la derecha decidía retomar la facultad, no iban a venir a pedirnos por favor que saliéramos. Empecé a indignarme cuando fui a tomar un vaso de sopa a la cocina, donde uno de los grupos preparaba café, mate cocido, pan con manteca y caldo. Me encontré allí con una piba que no tendría más de 18 años, chiquitita, que escuchaba humildemente a un cabrón de veintipico, probablemente dirigente de alguna agrupación de ultraizquierda, que la puteaba a los gritos porque "no había dulce de leche para el pan con manteca". Después de solucionar el 'problemita', me fui hasta la cueva de la JUP, a charlar un rato con Memo. Ya conocía a su hermano mayor, Leonardo, y confieso que no me caía nada bien, de manera que tenía un poco de prejuicio. Sin embargo, Memo no tenía nada que ver con su hermano. Era un tipo claro, bien humorado -juguetón, diría-, que inmediatamente me hizo sentir como si fuéramos amigos de largo tiempo. Si estaba algo molesto por nuestro desembarco en 'su' terreno, que indiscutiblemente le restaba autoridad, no lo demostró en absoluto y, por el contrario, empezó a preguntarme cosas de la zona sur. En un momento, me pidió el fierro para verlo. Yo había llevado esa noche un revolver viejo, calibre 44, negro y enorme, que impresionaba de sólo verlo. Estaba a punto de avisarle a Memo que tuviera cuidado, porque el percutor estaba limado, cuando la detonación retumbó en toda la facultad. Un poco aturdidos, nos miramos fijamente. Memo se volvió para tranquilizar a un pibe de JUP que entró al cuarto a la carrera, y cuando giró de nuevo, largó la carcajada y, señalando algo a mi espalda balbuceó, ahogado de risa: 'bueno, por lo menos le pegué a él'.
Al darme vuelta, yo también comencé a reírme descontrolado. La foto de López Rega fijada a la pared, que los muchachos usaban como blanco de dardos, lucía un hermoso agujero, justo entre los ojos.
Mucho más tarde, recuperadas la tranquilidad y el arma, descubrí que mi trabajo de 'rondín' en esa toma era más ridículo que necesario: a la absurda consigna: 'Patria' que obligatoriamente debía pronunciar cada vez que entraba a un aula para que me contestaran: 'o muerte', debí añadir una oportuna ceguera ocasional para no ver a las parejas de compañeros que, cansados de su guardia, matizaban el aburrimiento haciendo el amor, completamente olvidados de su 'responsabilidad' revolucionaria.

(7) Guillermo Bettanin. Aspirante de la columna Norte, hermano menor de Leonardo (el ex-Diputado de la JP). Memo fue apresado en la zona norte del Gran Buenos Aires y asesinado unos días después en la comisaría donde lo habían "desaparecido" y torturado. No cantó.


Historias (7)

Estamos en el verano de 1975/1976. El barrio queda en Ezpeleta, y se llama Pintemar. Allí hemos formado poco a poco una Agrupación de JP bastante fuerte, que ya cuenta con más de veinte compañeros, entre militantes y milicianos. Inclusive, varios de estos últimos serán muy pronto aspirantes a oficiales de la orga. Yo participo ya casi desde afuera, porque los muchachos se conducen casi solos. Es más, mi responsable dentro de la orga, el Pato Viejo, ya está analizando mi traslado. Pero esta noche el ámbito de conducción de la zona analiza un operativo: hay que "tomar" toda la zona de la estación de trenes de San Francisco Solano. Se comprometerán en la operación más de treinta compañeros, participarán desde militantes hasta oficiales. Mi ámbito tiene en ese operativo una tarea simple: tenemos que "recuperar" un colectivo de la línea 98 a la salida de la terminal, bajar educadamente a los pasajeros, mantener "guardado" (sano y salvo) al chofer mientras dure la operación y llevar el colectivo desde Quilmes hasta Solano para concluir prendiéndole fuego en la avenida principal, cortando el tránsito, a las 7 de la tarde de un día hábil.
Quedamos en que yo voy a manejar personalmente el tema del colectivo, así que con el Pato Viejo y Jote nos vamos en auto al día siguiente a testear el recorrido. Cuando estamos llegando a Solano, al cruzar un viejo puente sobre un arroyo, una pinza de la provincial. La pasamos sin problemas, ya que estamos limpios, pero eso plantea una pregunta: ¿la pasaremos igual con el bondi? Jote (que no va a ir en el colectivo) afirma sin dudar que si (8). Yo no estoy así de seguro, pero el Pato Viejo plantea una opción de fierro: “se hace o no se hace. (Y si se hace, lo hago yo). Si no se hace, tendremos que discutir por qué”. (Esto significa: "¿tenés huevos para hacerlo o no?") Puestos en eso, la respuesta es ineludible. Elijo a dos compañeros para apuntalar la cosa: Juan me va a acompañar en el colectivo, y Rulos va a "guardar" al chofer.
Los fierros: me toca -como de costumbre- mi viejo 38 y como concesión especial el Pato Viejo me entrega una granada que ni él sabe cómo funciona (es "recuperada" del ejército, y debe tener tantos años como él). Juan llevará un 32 y a Rulos (que es el que tendrá menos posibilidades de conflicto) le encajamos una Ballester Molina calibre 22 que tiene un solo cargador, pero que impresiona como una 45. Desde un auto, el Pato Viejo y Jote nos harían la contención con armas largas (luego me enteraría que el compañero que tenía que entregarlas había faltado a la cita, así que la contención fue un chiste: Jote manejaba y el Pato portaba una vieja metra PAM).
Arreglamos que Juan y yo tomaremos el colectivo a la salida de la terminal, como pasajeros comunes. Podemos elegir uno cualquiera de los primeros tres que salgan a partir de las 17 horas. A las 5 de la tarde del "día D", llegamos a la parada. En el primer y segundo colectivo suben demasiados pasajeros (luego me enteraría de que, al irse el segundo colectivo, Jote había sugerido al Pato Viejo que nos habíamos "cagado en las patas", y que no haríamos la operación) en el tercero, no hay opciones: subimos con Juan después de unas doce o quince personas. Juan se va para el fondo, yo me ubico en el primer asiento detrás del chofer, ese asiento que nadie quiere mientras haya otros disponibles. Esperamos que el bondi se aleje unas diez cuadras de la terminal, y girando la cabeza le hago a Juan la señal convenida. Mientras él se levanta del asiento del fondo, saco el revolver y me inclino hacia el espaldar del chofer, mientras me incorporo. Le coloco suavemente el fierro en los riñones y le susurro: "quietito, macho, somos montoneros". Ni pestañea. Me mira de reojo y me contesta: "pero no tengo plata, recién salimos". "No somos chorros, somos montoneros -le repito- queremos el colectivo". Mientras, Juan le endosa a los pasajeros no sé que camelo sobre un conflicto gremial, y les informa que el colectivo sale de línea desde ese momento. Protestas, puteadas varias, resignación al fin. Ordeno al colectivero que salga de la avenida y se estacione en una transversal. A medida que los pasajeros van bajando, el chofer les va devolviendo el dinero de los boletos. Juan ni siquiera ha tenido que sacar el arma, y yo trato de que no se vea. Cuando la gente termina de bajar, insistiendo en que "podrían haber avisado antes de salir", indico al chofer que se ubique en uno de los asientos de a dos, con la espalda contra la ventanilla y los pies sobre el asiento. Juan se pone la chaquetilla del colectivero y se dispone a manejar. Aparece -por fin- el auto de contención con el Pato y Jote. Se ponen adelante y arrancamos.
Como quince minutos más tarde, llegamos a donde -en esa época- Avenida La Plata se hacía de tierra. Allí nos espera Rulos, bastante impaciente. El petiso está peinado para atrás, con kilos de gomina. Supongo que imagina que así no lo reconocerán. Hago bajar al fercho y le advierto: "te quedás acá, con el compañero. Si no hacés huevadas, en un par de horas te vas a tu casa. Si hacés cagadas, perdés. Mostrále, petiso." Tal como habíamos quedado, Rulos se levanta apenas el sueter para mostrar la culata de la pistola que lleva en la cintura. Vista así, parece una 45. El chofer musita apenas: "yo me porto bien, muchachos, si hasta soy peronista". Disimulando la sonrisa, Rulos se lo lleva caminando por la calle de tierra. Al pobre fercho le esperan dos horas de adoctrinamiento intensivo. Nosotros seguimos viaje.
Casi son las seis cuando llegamos al famoso puente. Desde dos cuadras antes, podemos ver que la pinza está. Juan me pregunta: "¿y ahora?". Le contesto: "ahora nos jodimos, Pato viejo y la puta que lo parió" mientras saco del bolsillo la granada y traspiro esperando que funcione. Pero el Pato Viejo nos da la sorpresa: una cuadra antes del puente, dobla a la derecha por una callecita empedrada. Juan me mira, interrogante, y le hago con la cabeza señal de que lo siga. La calleja se transforma enseguida en un callejón de tierra, con casitas humildes y espaciadas. Parece que el Pato, aparte de los alardes de la reunión, se tomó en serio lo de la pinza y buscó un camino alternativo. A los saltos entre bache y bache, cruzamos el arroyo por otro puentecito que parece suspirar de puro viejo cuando el colectivo lo aplasta. Pero estamos en Solano. Ya casi es de noche, llegamos a horario y estacionamos el bondi a tres cuadras de la estación, como habíamos quedado. De atrás de los árboles, aparecen cuatro milicianos de Villa Azul (Wilde) cargando dos enormes bolsas de arpillera llenas de estopa y dos bidones con nafta. Nos entregan los bultos, y desaparecen. El auto, con el Pato y Jote ya se fue hacia el lugar convenido, enfrente de la Estación. Juan, con su cortaplumas, corta las bolsas y desparrama la estopa por todo el colectivo. La rocío con la nafta y entre los dos abrimos las ventanillas. Faltan cinco minutos, y saldremos hacia la estación, donde estarán dos pelotones de milicias esperando la señal (el incendio del colectivo) para terminar de cortar la avenida con molotovs y miguelitos. Mientras, un grupo de aspirantes conducirá la toma de la estación (andenes, boletería y sala de guardianes) mientras otro pelotón de milicianos volantea y pinta. Posteriormente, se colocará un caño (falso) en las vías y se invitará a la gente a desalojar la estación rápidamente. Toda la operación durará no más de diez minutos, si es posible, menos. A menos de diez cuadras hay una comisaría, pero evaluamos que, como de costumbre, llegarán luego de que nos hayamos dispersado. Si no es así, hay (debería haber) tres autos con oficiales para contenerlos hasta que los milicianos de la estación desaparezcan. En la avenida, si hay quilombo, nos quedaremos el Pato, yo y el Pinguino, que es el que nos dará la voz de largada. Jote esperará en el auto, como chofer operativo. Dos minutos antes de la hora, aparece un ¿taxi? De él baja el Pinguino, que se acerca enfundado en un piloto largo y gris y nos dice: "ayer cayó Poncho. Conocía todo. Se levanta".
- ¿Y ahora avisan? -se indigna Juan, con razón.
- ¿Y con el bondi que hacemos? -pregunto.
- ¿Es un desperdicio, no? -sonríe cómplice el Pingui, que nos ve venir de lejos.
Nos miramos los tres. Le pregunto al Pingui: "¿ya levantaste a los cumpas de la avenida?"
- Todavía no -me contesta- iba para allá, pero el taxi se fue, estoy a pata.
- Te llevamo' en el bondi, te llevamo' -sugiere Juan-
- Y bué, -asiente el Pingui, irresponsable- por lo menos no gastamos en nafta al pedo.
Y arrancamos para la estación. Mientras llegamos, el Pinguino nos cuenta que todos los demás -salvo los milicianos de la avenida, el Pato y Jote- están avisados, así que la toma no va. Cortaremos la avenida con una linda fogata, y luego a meter pata, porque no hay contención, y puede ser que Poncho haya cantado, aunque en realidad ninguno de nosotros lo cree.
Llegamos justo a horario. En cuanto Pingui y Juan se bajan, prendo la "mecha" (una caja de Tres Patitos) y desde la puerta del bondi la tiro hacia los asientos de atrás. Salto a la calle en el momento en que las llamaradas agarran por todo el colectivo.
A la señal, los dos pelotones de milicianos (ocho compañeros) se ponen en movimiento: cuatro "molos" revientan simultáneamente cortando ambas manos de la avenida. Unos segundos más tarde, explotan un par de panfleteras mientras los compañeritos desparraman clavos miguelitos como para reventar los neumáticos de cien automóviles. Desde la vereda, miro alrededor: a cincuenta metros está el auto, con Jote al volante. De pie al costado derecho del coche, el Pato Viejo sonríe, pero gira lentamente la cabeza a derecha e izquierda. Enfrente, con su piloto gris (que espero esconda una metra) el Pingui acelera a los compañeros. Sorprendido, le pregunto a Juan que se me acerca: "¿que hacés acá? Vos ya estás, tenías que rajarte"
- No los iba a dejar tan solos, nos vamos juntos.
¿Qué podría decirle? Criticarlo por desobedecer órdenes sonaría ridículo en esta situación. Además, no todos los cumpas serían igual de solidarios.
La cosa está hecha. Pinguino da la orden de desconcentrar, y los milicianos comienzan a perderse por las laterales. Unas sirenas suenan, aunque todavía lejos, y el Pingui cruza la calle y se acerca a nosotros.
-¿Vamos? Ya no queda nadie.
- Si, rajemos de acá.
Los tres comenzamos a caminar hacia la esquina. Nos cruzamos con el Pato, que espera para subir al auto a que nos alejemos y el Pingui le hace un guiño. El Pato está sorprendido: en la estación no pasó nada, y no sabe por qué. Seguimos camino rapidito. No es momento de explicaciones, y tanto el Pinguino como yo sabemos la que nos espera en cuanto se entere.
Cuando llegamos a la esquina, giro la cabeza. El colectivo sigue prendido, y creo que arderá largo rato. Desde la otra cuadra ya se ven las balizas del primer patrullero y el Pato se mete en el auto y lo urge a Jote para salir cagando.
Apenas doblamos, metemos pata. Juan, como de costumbre, es el más rápido.
A dos cuadras hay una parada. También es de la 98."(9)

(8) Ultimamente con Jote empezabamos a tener problemas de relación.
Mi posible traslado -que en realidad representaba también un casi seguro ascenso en la estructura de la organización- le parecía cuando menos injusto, y casi seguramente inmerecido. En realidad, los inconvenientes empezaron cuando caí preso el año anterior, y al salir la orga decidió clandestinizarme. Obviamente, eso implicaba no trabajar, y durante varios meses los compañeros del ámbito tuvieron que aportar parte de sus sueldos para mantenernos a mi y mi familia. Es importante aclarar aquí que todos los compañeros -excepto los clandestinos- trabajaban legalmente y aportaban a la organización una parte importante de sus sueldos. El mecanismo era así: la organización había hecho una evaluación en base al sueldo promedio del obrero industrial, tomando en cuenta salario familiar (hijos, esposa), etc. Los compañeros que ganaban más que ese promedio, entregaban el sobrante. Los que ganaban menos, recibían lo que faltaba. Necesidades extras, (como, por ejemplo, un lavarropas) se conversaban con el responsable de ámbito y si estaban justificadas, se recibía el dinero necesario. Independientemente de la propaganda de las Fuerzas Armadas sobre el supuesto "mercenarismo" de los integrantes de las orgas, lo que digo me consta y me ha pasado, de manera que puedo afirmarlo sin duda ninguna.
(9) Unos meses después, subiendo en Sarandí a un colectivo de la línea 22, me sorprendí cuando el colectivero me saludó como si fuéramos viejos amigos. Tras unos segundos, lo reconocí como el mismo chofer que habíamos "secuestrado" esa tarde. Yo iba limpio y me preparé para algún quilombo pero, para mi asombro, el tipo me dijo que se alegraba de verme bien. Me contó que Rulos lo había tratado bárbaro y que habían hablado un montón de política. Que lo habían rajado de la 98, pero que no había sido por culpa nuestra, y que estaba conversando con una agrupación de JP de Florencio Varela -donde vivía- porque sentía que "algo había que hacer". No me cobró el boleto.


Historias (8)

¿Por qué entraste a la Orga, Cacho? (10)
Yo que se. Eramos pibes. En esa época, vos sabés, el que no era militante era un boludo. Teníamos sueños, fantasías de que la cosa podía ser diferente... que nosotros íbamos a poder cambiarla...y estaba el Viejo.

¿Cuándo te encuadraste?
En el 73. Ya había participado en la campaña del "Luche y Vuelve", con una agrupación de la ANES (11) toda mi familia era peruca, mi viejo había estado en la Resistencia, en fin. ¿Qué otra cosa iba'hacer?

¿Pero por qué asumir el compromiso de un combatiente?
Las cosas te van llevando. Primero militás en el barrio, ponés canillas, hacés kermesses, te metés en la sociedad de fomento...después, las discusiones, las charlas, vas tomando conciencia, te das cuenta que por las buenas no vas a conseguir nada. Estoy tratando de acordarme lo que sentía en ese momento. ¿sabés? creo que lo más importante era pertenecer, como dice la propaganda de American Express, ¿viste? Formar parte de algo, de una estructura que era más grande que uno, más grande que cualquier cosa que alguien pudiera hacer. Ibamos a cambiar el país, viejo, íbamos a hacer la Justicia Social de una vez por todas. Me acuerdo las cosas que mi viejo me decía al principio. Que la lucha era el único camino, que al pueblo peronista no podían derrotarlo, que Perón nos iba a conducir a la felicidad, como quería Evita...

¿Te arrepentís?
Uff. Yo que se. A veces pienso lo distinto que hubiera sido si no hubiéramos hecho eso o lo otro. O si hubiéramos hecho eso y no lo otro. (Se ríe) Pero no, no creo que esté arrepentido. Por ahí de alguna cosa puntual. Pero cuando te ponés a descular lo que pasó parece ser que era como inevitable. Eramos demasiado pibes, demasiado honestos. Hablábamos de tomar el poder, pero no sabíamos de verdad qué era el poder. Yo, por lo menos, pensaba que era el gobierno. Por eso nos pusimos tan felices en el 73, ¿no? Creímos que con el Tío en el gobierno y el Viejo conduciendo ya estaba todo hecho. (12) Las pelotas.

¿Pensás que nos usaron?
¿A quiénes? Nooo. Nosotros queríamos ser héroes. A nadie le pusieron la pistola en la cabeza para salir a hacer quilombo. La orga fue lo que nosotros permitimos que fuera.

¿No hubo un cambio después del golpe?
¿En la orga? Si, pero creo que ya bastante antes del golpe se veía venir. Decíme la verdad: después de la muerte del Viejo, ¿no pensamos acaso que la cosa iba a estar más clara? ¿que por fin no iba a haber nadie que pudiera discutir la conducción?

¿Qué pensás del Pepe? (13)
Trato de no pensar (Se ríe). No, de verdad, creo que el Pepe se volvió loco. ¿qué edad tendría? ¿25, 26? ¿Te imaginás un tipo de 25 años con todo ese poder? ¿Con miles de compañeros dispuestos a morirse obedeciéndolo? Debe ser difícil. Si, creo que se volvió loco, y después no supo que hacer... cómo volver atrás. ¿Cómo se decía? Si, escapar para adelante. Creo que a partir del golpe todo fue así. Escapábamos para adelante, porque atrás no teníamos nada. Ya no había adónde ir.

(10) Agrupación Nacional de Estudiantes Secundarios. Adoptó ese nombre durante la dictadura de Lanusse, con el peronismo proscripto. Fue reemplazada a partir del 73 por la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) que respondía orgánicamente a Montoneros.
(11) Cacho era aspirante montonero de territorio. Se proletarizó en el 74 y no terminó la secundaria. Trabaja en una fábrica, está casado con su segunda mujer y tiene tres hijos. Nunca estuvo preso. Su primera mujer era Laura, también aspirante montonera, cayó en un enfrentamiento en Avellaneda en 1977.
(12) Se refiere obviamente a la consigna: "Cámpora al Gobierno, Perón al Poder" que era la alternativa hallada por el Movimiento Peronista para burlar la proscripción determinada por Lanusse.
(13) Mario Eduardo Firmenich. Oficial Superior y Comandante de la organización. Número 1 de la Conducción Nacional Montonera.


Debate intelectualoso con Eva y Joseph (1998)
Sobre Moliére, las Sectas, Raspunzel y dos tontos

Antes de que piensen que me volví esquizofrénico, les cuento que me acordaba de Moliére, cuando escribió “Las Preciosas Ridículas”, obra en la que cruel, pero muy talentosamente criticaba a la corte del Rey de Francia. En esa época, mediados del 1600, la sofisticación entre los cortesanos -que desesperadamente querían diferenciarse de “la plebe”- había llegado a un nivel de absurdidad plenamente representado por el título mencionado. Si bien han pasado muchos años, “preciosas ridículas” sigue habiendo, y cómo. La sofisticación ha vuelto a ser, parece, sinónimo de inteligencia suprema. Pareciera que, cuanto más selectivo es uno, más inteligente es. Si lo pensamos un poco, es una típica actitud de secta. Porque Sectas no son solamente aquellas sociedades más o menos místicas, de las que está tan de moda afirmar que “lavan” el cerebro de sus acólitos. Secta es -no seamos literales- un grupo cerrado de (dos) intelectuales, un conglomerado económico, un club de “fans” de Luis Miguel, una banda “punk” o una Asociación de Enamorados de la Pizza. Y no todas las “sectas” son negativas para el desarrollo humano. Para distinguir una Secta de una secta, lo principal no son los objetivos, sino el lenguaje. Los Sectarios desarrollan poco a poco un desprecio único, intransferible, incomprensible para cualquiera que esté “por fuera”. Esa actitud, que obviamente protege a la Secta de las integraciones no deseadas, incluye por decantación la subestimación hacia todos los demás. Es decir: si no estás conmigo, es porque no me entiendes. Si no me entiendes, es que eres un tonto irrecuperable. (Jamás se les ocurre a los Sectarios que no son entendidos porque -en ocasiones- la futilidad de sus códigos es tal que parece -aunque no lo sea- irracional. O peor: que la gente “común”, los “tontos” no están mínimamente interesados en tomarse semejante trabajo.
Por supuesto, suele ocurrir que en este triste planeta de valores tan tergiversados, demasiada gente está precondicionada a aceptar su propia (supuesta) estupidez, que no les ha permitido “triunfar” en la vida. Por esto, no es raro descubrirnos votando a un empresario/intelectual/político muy muy rico, porque si-tuvo-éxito-es-que-debe-ser-inteligente.
Y el empresario/intelectual/político en cuestión nos lo confirma utilizando trescientas palabras difíciles para informarnos que “hoy hay sol” (porque lo hemos votado a él, claro). Y nosotros, que somos débiles, tontos e impresionables, abrimos la boca desmesuradamente y le preguntamos, tímidos, cuál es “el secreto de su éxito”, e inmediatamente escuchamos que:
“Ha sido el producto de años de trabajo tenaz, la adecuada educación y crianza recibida y, por sobre todas las cosas, una gran capacidad para interpretar las cambiantes realidades del sistema socio-económico y financiero internacional, analizando proyectivamente la información y transformándola en oportunidades tangibles”.
Lo que, en última instancia, expresó mucho mejor y más francamente Quino por boca de Manolito: “Nadie puede amasar una fortuna sin hacer harina a los demás.”
Y lo del empresario se contagia. (Porque la soberbia y la ¿cultura? posmo suelen ser contagiosas) y los intelectuales comienzan a creer que ser “civilizados e inteligentes” no consiste en ser honestos, laboriosos, creativos, justos, generosos, y tantas otras cosas, sino simplemente (¿así de fácil era?) en expresarse lo más peyorativamente posible, informando a quien quiera admirarlos que sus ideas son tan profundas que no es raro que los mortales no estén a la altura. Y así, como modernos Raspunzeles, desde sus altas torres despliegan sus blondas cabelleras para ver quién es el macho que se anima a subir por ellas. Y cuando muy pocos se prenden a las trenzas, refuerzan su primitivo convencimiento de su genialidad, sin entender que los tontos de abajo saben perfectamente que al nivel del piso también se pueden encontrar cabelleras, si no tan largas, rubias y sedosas, igual de agradables para acariciar. Claro que antes Raspunzel se quedaba sola en la torre, y ahora con Internet puede ¿in-comunicarse? con otras Raspunzeles con las cuales puede discutir sobre la mejor marca de champú -esa que los tontos no conocen ni pueden pagar- acondicionador para sus elitistas rizos.
Y conste que reconozco que a veces (a lo mejor demasiadas) desde acá, desde el suelo, uno se pasa de rosca y asume la carcajada de la vaca bobalicona que, de todas formas, siempre es preferible a la siniestra y dentuda sonrisa torcida (¿siniestra?) del tiburón ombliguista.
Pues en última instancia, mis amigos, sigo convencido de que se puede ser más o menos inteligente, más o menos culto, y eso es sólo una cuestión de oportunidades que no puede justificar el desprecio o la espantosa indiferencia hacia los demás.
“Quien afirma que puede mejorar el mundo, y no intenta trasmitir lo poco o mucho que ha aprendido, en todo momento y lugar, no es un sabio. Es un hijo de puta” (Jorge Ricardo Masetti)

Y para terminar, saco a relucir, (no podía ser de otra manera) la carcajada bobalicona y les digo que:

Cuéntanme por ahí que el otro día
un tonto a otro tonto le decía:
Tú sí que eres un tonto, cachafaz!
y el tonto respondía:
¿Tonto me llamas tú, por Satanás?
Pues mira, yo diría
que eres tú el que eres tonto, por mi vida.
Y al lado de los tontos escuchando
la reyerta de tontos, sonreía
un grupo de tres tontos que admiraban
tamaña tontería.

Me refiero a esta nueva estirpe de intelectualoides soft, de clase media alta, sin expectativas ni solidaridades, que acuerdan livianamente que las ideologías y la historia han muerto y que, por lo tanto, sólo resta esperar el Diluvio disfrutando y autoproclamándose la expresión más elevada de la evolución. Cada vez que una nación o un imperio llegó a semejantes conclusiones, fue destruído inexorablemente por los bárbaros, sucios, desgreñados e ignorantes que pacientemente aguardaban a las puertas de las ciudades amuralladas.
Hoy las ciudades amuralladas se han convertido en barrios cerrados, countries exclusivos, torres de cristal desde donde los nuevos Raspunzeles juegan irresponsablemente con la historia, apostando que la tragedia no existe. Y los bárbaros actuales son aquellos -hermanos nuestros todos- que, desde abajo
-siempre desde afuera- los observan, pacientes, aunque cada vez mas sucios, más ignorantes, y mas hambrientos.
Me indigna reconocer en mí la comodidad que critico. Y me subleva observar que la historia parece estar a punto de repetirse, aunque ya no como comedia, mientras los hijos de los que siempre han tenido cosas juegan a imaginarse invulnerables, porque: "si ya no hay historia, ni cambios, no hay nada por lo que valga la pena molestarse, excepto uno mismo".
Pues, o mucho me equivoco, o ellos descubrirán de la peor manera que los que los miran desde afuera no piensan igual. Para los excluidos, la historia ni siquiera ha comenzado. Ni saben que ha existido.
Creo que la labor de la verdadera intelectualidad es desarrollar un nuevo sistema de pensamiento / acción. No es cierto que hayan muerto las ideologías. Han fallecido los intelectuales que las pensaron, y los poderes han generado falsos intelectuales incapaces de imaginar nuevas.
La generación de una nueva ideología del compartir y respetar es tan imprescindible como la comida de todos los días. Pero no puede ser parcializada. Tal vez podamos evitar que las puertas de los countries tengan cada vez más guardias armados. Porque, de todas maneras, ningún ejército será suficiente si los bárbaros deciden dejar de ser corderos.


Los Especialistas y Las Corporaciones. (charla con Joseph, de Cuba)

A medida que se incrementa el conocimiento, la tecnología y la información, (asumiendo esta como obviamente distinta del conocimiento) se ha generado una nueva especie que se denomina habitualmente Especialistas. Son aquellos que han descartado -impulsados evidentemente por el entorno educacional- la absorción de conocimientos y/o valores generales, no por falta de tiempo o capacidad, sino simplemente por falta de interés. Conocí una vez un físico nuclear de unos treinta años, (la edad que yo tenía por aquel entonces) con el que era prácticamente imposible hablar de nada que no fuera su especialidad. A él le importaban tres pepinos la literatura, el cine, el amor, la cultura, la gente, la sociedad, la historia, cualquier cosa, en fin, que no pudiera relacionar directamente con su materia. Se consideraba excelente en ella, -y parece que efectivamente lo era- pero nunca pudo descollar. Aparentemente a sus elucubraciones siempre les faltaba alguna cosa. Aunque este es sin duda un ejemplo extremo, diría que me parece que la sociedad se ha esforzado realmente en generar este tipo de ¿semipersonas? como coadyuvante a sus proyectos económicos de globalización. Me explico: en un mundo globalizado, con millones de individuos compartiendo los mismos problemas, se corre un serio riesgo de una toma de conciencia colectiva sobre las potenciales soluciones a esos problemas. La alternativa obvia es el aislamiento del individuo. Si éste aislamiento no puede producirse naturalmente (televisión, radios, medios en general, viajes baratos) lo ideal es generarlo mentalmente. Bloquear toda posibilidad del individuo de relacionarse con los demás empáticamente. Pero esto daría como resultado un autista, un ser inservible e improductivo. Por tanto, se lo especializa hasta el punto de convertirlo en un obsesivo inaprehensible para todo aquel que no comparte el solo y único tema de su interés. Se obtiene así un semiser altamente productivo pero que jamás generará problemas, puesto que los que aquejan "a los demás" le resultan incomprensibles y, casi te diría, fútiles en comparación con sus especializados razonamientos. ¡Bingo!
El otro ítem que me parece destacable es el de las Corporaciones. Tiene que ver con lo que mencionabas arriba de los falsos medicos o profesionales incompetentes. Sin llegar a los falsos títulos, creo que en todos los países existen lo que en el mío llamamos "Colegios" de Abogados, Médicos, Escribanos, etc. Es curioso observar a estos profesionales cometiendo las cagadas más inverosímiles con la total seguridad de que serán defendidos, apoyados y exculpados por la corporación de sus pares. Estas corporaciones en realidad amparan la evidente disminución de la ética social individual, en la medida que el profesional ya no debe preocuparse por su praxis, sea ésta correcta o no. Será validado en la misma por un Jurado compuesto por sus colegas, que disculparán hasta sus estafas a los clientes, penalizándolas (caso real: señora pobre pierde su casa a manos de su abogada, que la despoja) con UN MES de inhabilitación para ejercer la profesión.
Relacionando esto con lo de más arriba, diría que todo se centra en el "para qué". Para qué hacemos como individuos una u otra cosa es, creo, la base de una sociedad sana o una enferma.
Si el "para que" nos produce placer o ganancia, pero es simplemente una gratificación individual, el concepto globalizador del Estado ha triunfado en definitiva sobre el individuo, en la medida que, por definición, si éste no puede sobrevivir aisladamente, está contribuyendo a la destrucción de la entidad que lo mantiene vivo y conciente.
El resultado posterior nos lleva al concepto de "semipersonas". Aunque inicialmente parezca y suene peyorativo, es en definitiva una valoración que nos cabe a todos. La disminución de la conciencia social (no me refiero a política, sino a comunidad) fenómeno ocurrente en todo el mundo en las últimas décadas, conlleva obligatoriamente el fraccionamiento en Sectas que mencionabas. La ventaja que tenemos sobre las hormigas es la autoconciencia. Pero si ésta autoconciencia (y por consiguiente el sentido solidario de pertenencia al todo) se adormece sin desaparecer, no nos convertimos en hormigas (que en última instancia no guerrean en su propio hormiguero) sino en semipertenecientes, semipensantes; pasamos de ser integrantes completos de una especie para convertirnos en individuos que, en el mejor de los casos, "semicolaboran" cuando es imprescindible.
Si el objetivo societario comun no existe, debe existir como compensación uno grupal minoritario, ya que, como decíamos: por definición el "Salvaje solitario" está condenado a la extinción. Ese objetivo sustituto exige su defensa frente a cualquiera que no lo comparta, por simple supervivencia.
¿Casualidad? No lo creo. Es más fácil el control de grupos pequeños y exaltados que de grandes masas cuya inercia es inconmensurable. Recordemos que el secreto para mover al mundo reside en la longitud del brazo de la palanca desde el punto de apoyo. Cuanto más corto (pequeño) el brazo, más pesado el mundo.


Sobre el peronismo.
[Resumen incompleto y de memoria para un amigo peruano.
(Argentinos pueden obviar, si desean)]

Cumpliendo con lo prometido, a ver qué podemos decir, o mejor, cómo podemos explicar este asunto del peronismo.
En principio, deberíamos tomar en cuenta, creo, que el peronismo surge en Argentina como elemento popular revolucionario luego de una época en el país que se denominó “la década infame”. Ese período comenzó con el derrocamiento del entonces presidente constitucional de la Unión Cívica Radical (ahora lo llamarías socialdemócrata) Hipólito Yrigoyen.
Luego de varios años, la segunda guerra mundial y los reacomodamientos geopolíticos de ese entonces comenzaron a hacer flaquear el sustento (si lo tenía) del régimen, y se produce, en 1943, un golpe militar sobre el golpe, producido por militares “nacionalistas” y, en cierta medida, antiimperialistas, encabezados por el General Edelmiro Farrell.
Farrell pone a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión social a un Coronel joven, progresista, de nombre Juan Domingo Perón.
Este Coronel, que no tenía nada de lerdo, comienza a generar la modificación y el establecimiento de leyes netamente favorables a los trabajadores (tomadas en gran medida de los socialistas, con la diferencia de que éstos jamás pudieron ponerlas en práctica) y se convierte en el referente político de las fuerzas del trabajo, situación que se acrecienta porque Perón crea la CGT (Confederación General de Trabajadores) otorgándole mucho poder. La CGT pronto comienza a nuclear a la mayoría de los obreros, que hasta el momento estaban afiliados a los gremios comunistas o anarquistas (Federación Obrera Regional Argentina F.O.R.A.), que no habían demostrado gran capacidad organizativa luego de la debacle sufrida en los años '20.
Obviamente, esta actividad intensa por parte de Perón pronto comienza a preocupar a los militares (que eran nacionalistas pero no suicidas) y en octubre de 1945 Farrell destituye a Perón y lo encarcela en una isla que se encuentra en el Río de la Plata y se llama Martín García.
Los sindicatos, impulsados por la esposa de Perón, Eva Duarte, decretan paro general para el 17 de octubre. Sin embargo, los obreros superan esa directiva y además de abandonar las fábricas comienzan a movilizarse hacia la Plaza de Mayo, que es una inmensa plaza frente a la Casa de Gobierno argentina.
Cantando consignas, agitando banderas, a pie, en camiones, en ómnibus tomados, más de un millón de trabajadores llenaron la Plaza de Mayo exigiendo la libertad del Coronel Perón.
Farrell y sus asesores, temiendo un desborde definitivo e irrevocable, mandan traer a Perón y le piden que hable a la gente y la calme. Este, conciente de que la balanza estaba a su favor, habla al pueblo desde un balcón de la Casa de Gobierno y, lejos de “calmarlos”, les asegura que todas las conquistas sociales logradas se mantendrán “gracias al apoyo y la comprensión de Farrell” A éste no le queda otro remedio que avalar, reponer a Perón en su puesto y devolverle todo su “apoyo”. Perón, al poco tiempo, se convierte en Ministro de Trabajo y acumula también la cartera de Ministro de Guerra. Podríamos decir que ese día, (17 de octubre de 1945) nace realmente el “peronismo”.
En 1946, el gobierno militar, presionado por la realidad, llama a elecciones y Perón, que se presenta como candidato por el Partido Laborista, gana holgadamente.
Leyes laborales avanzadísimas para la época, (sábado inglés, vacaciones anuales obligatorias y pagas, aguinaldo, indemnización por despido injustificado, etc.) se convierten en la tortura de las patronales. No obstante, la “tercera posición” política que pregona Perón, manteniendo distancia de lo que denomina “los dos imperialismos” (norteamericano y soviético) le granjean la antipatía tanto de la oligarquía proyanqui como de los partidos marxistas argentinos. Paradójicamente, mientras los oligarcas lo tildan de comunista, el Partido Comunista y el socialismo lo acusan de nazi.
Es mas, si se piensa detenidamente, el peronismo podría haber desaparecido luego de la primera presidencia de Perón. Pero en 1952, cuando hay nuevas elecciones, demostrando su “inteligencia”, los partidos Comunista y Socialista se alían a la Unión Cívica Radical y a los partidos de extrema derecha, constituyendo lo que se llamó la “Unión Democrática”. Unico objetivo: derrocar al “tirano”. Fueron derrotados nuevamente.
A partir de allí comenzó la declinación irreversible de la “izquierda” en Argentina, ya que el proletariado asumió para siempre que esos partidos supuestamente revolucionarios se habían aliado con la alta burguesía para derrotar al único que había respaldado los intereses populares.
En 1952 muere Eva Duarte de Perón. Criticada y odiada por las “señoras bien”, mencionaré solamente que todas esas señoras tienen derecho a votar gracias a ella, que a patadas y puteadas obligó a los diputados a aprobar la Ley del Voto Femenino. Con esa muerte podemos ubicar el comienzo de la caída del segundo gobierno peronista. En 1955 se produce un golpe militar conducido por el General Lonardi y el Almirante Rojas, al que denominan “Revolución Libertadora”. Perón es depuesto y se exilia primero en Paraguay y después en Venezuela.
Comienza la época de la primera Resistencia peronista. A partir de ese momento, está prohibido en Argentina, no sólo el Partido Peronista, sino hasta pronunciar el nombre del “tirano prófugo”.
Se deroga la Constitución aprobada en 1949, que incluía los Derechos del Trabajador y de la Ancianidad. Se encarcela a los principales dirigentes obreros, se derogan las Leyes laborales.
El peronismo está proscripto “absoluta y definitivamente”. En 1956, un General peronista, Juan José Valle, encabeza una insurrección que es rápidamente dominada gracias a la traición de algunos de sus subordinados. El General Aramburu, que había reemplazado a Lonardi en el poder, promete que no habrá “ni vencedores ni vencidos”. El 9 de junio de 1956 Valle se entrega a cambio de la promesa de Aramburu de respetar la vida de los insurrectos. Todos son fusilados, incluídos un grupo de civiles que no habían participado y son llevados a un basural en la localidad de José León Suarez, provincia de Buenos Aires.
Allí los fusilan a todos, sobreviviendo tres de ellos, a los que dan por muertos, que a partir de ese momento serán fervientes militantes peronistas.
El peronismo, prohibido, perseguido, comienza a organizarse. En las casas, en todos los barrios, se reproducen clandestinamente las “Unidades Básicas”. Panfletos que aparecen sorpresivamente en las fábricas, “caños” (bombas rudimentarias hechas efectivamente con trozos de tubería), sabotaje industrial (azúcar en los motores de las maquinarias), manifestaciones relámpago, signan los años siguientes. En 1958 el gobierno militar, agotado, llama nuevamente a elecciones, pero no autoriza la presentación del peronismo. Ante eso, Perón indica votar al candidato más potable, Arturo Frondizi, quien se ha comprometido a legalizar nuevamente al peronismo en caso de ganar. Gana, pero no cumple. La Resistencia continúa.
Y continuará durante 18 años. Cuando Frondizi está a punto de ser derrocado por los militares (otra vez sopa) asume provisoriamente un diputado de apellido Guido, que llama nuevamente a elecciones. En 1963 asume un radical, Arturo Illia, con el 20% de los votos, ya que la mayoría del peronismo vota en blanco (el voto en blanco sumó 26%).
Illia tampoco legaliza el peronismo. Seguimos proscriptos, Perón tiene prohibido regresar al país. No obstante, Illia, a su manera, es progresista y nacionalista. En 1966 intenta aprobar una Ley que limita el accionar monopólico de los laboratorios internacionales. Obviamente, es derrocado más rápido que volando.
Asume el gobierno el General Onganía. Mesiánico hasta el punto del ridículo, ingresa a la Feria anual de la Sociedad Rural en una carroza de la época de la Reina Victoria, adquirida al gobierno inglés. La represión comienza a ser intensa. Se detiene a la gente por “averiguación de antecedentes” que viene a ser “portación de cara sospechosa”. Se produce la toma de facultades por los estudiantes, y son reprimidos duramente en lo que se llamó “La noche de los bastones largos” en alusión a los garrotes que utilizó la policía. En 1969, en Córdoba, (provincia mediterránea) los obreros de las fábricas Fiat Concord y Fiat Materfer hacen una huelga. Se solidarizan con ellos los trabajadores metalúrgicos, de la construcción y los estudiantes.
En una manifestación, es acribillado por la policía el obrero Santiago Mena. La movilización se convierte en combate. Paran solidariamente todos los gremios, todos los colegios y universidades, todos los comercios cierran. El 29 de mayo la ciudad de Córdoba (un millón de habitantes) es tomada por la población, que pelea con piedras y Molotovs (botellas incendiarias) contra la policía y el ejército. Durante tres días, los militares no pueden dominar a la gente. Se llamó “El Cordobazo”. Marcó el comienzo de la declinación de Onganía. Se suceden manifestaciones y protestas en todo el país. En Rosario, provincia de Santa Fe, la policía mata a un estudiante, de apellido Cabral. Resultado: “El Rosariazo”. El 29 de mayo de 1970, un grupo de desconocidos secuestra al que había sido presidente de facto de la Revolución Libertadora, el General Aramburu.
Un comunicado, que aparece en el baño de un bar de Buenos Aires, informa a los militares y a la población que un puñado de jóvenes peronistas, hartos de proscripción, represión y dictaduras militares ha decidido pasar a la lucha armada, y concretado como primera acción pública el "Operativo Pindapoy". Son los Montoneros, que se convertirían en la más importante de las “formaciones especiales” (organizaciones político-militares) que generará el peronismo proscripto. Aramburu es juzgado y fusilado en una quinta de la localidad de Timote, provincia de Buenos Aires. Comienza la Segunda Resistencia.
El 30 de julio de 1970 las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) se estrenan copando el pueblo de Garín en la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Es necesario mencionar aquí que ya en 1966 y 67 se habían producido otros conatos incipientes de guerrilla, pero rural: los Uturuncos (traducción: hombres tigre) y el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), -destinado a brindar apoyo a la incursión del Che en Bolivia- conducido por el Comandante Segundo (Jorge Ricardo Masetti) que habían fracasado rotunda y rápidamente, y de los cuales quedaron muy pocos sobrevivientes. Y, por otro lado, en 1965 el FRIP (Frente Revolucionario Indigenista Popular conducido por Mario Roberto Santucho se fusiona con Palabra Obrera de Nahuel Moreno (socialistas), creando el partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Este grupo se divide luego en PRT La Verdad (donde se queda Nahuel Moreno) y PRT El Combatiente (donde se queda Santucho) y que después se transformará en PRT-Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), organización guerrillera de ideología trotskista-guevarista.
Es imprescindible mencionar también a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL). Las organizaciones, los sindicatos y el conjunto de los trabajadores levantan una consigna: El retorno de Perón y elecciones sin proscripciones. Renuncia Onganía (es renunciado por sus pares militares) y la dictadura “importa” de Estados Unidos a un General muy educado: Roberto Marcelo Levingston. Que a su vez, (tal vez por demasiado educado) es depuesto rápidamente por otro General que es realmente el que revuelve el estofado: Alejandro Agustín Lanusse.
Las organizaciones populares han crecido. La situación se vuelve incontenible para los militares. En 1972 Lanusse promete dar elecciones, pero pone una cláusula por la cual para poder ser candidato hay que estar en el país en determinada fecha. Es decir: Perón no puede ser candidato. El país se llena de pintadas (graffitis): “Luche y Vuelve”
De todas maneras, se burla Lanusse: “A Perón no le da el cuero”.
En noviembre de 1972, Perón desembarca en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza-Argentina. La consigna: “A Perón le sobra el cuero, como a todo Montonero”. En la residencia de Perón, en la calle Gaspar Campos, Olivos, nadie puede dormir. Durante todo el día y toda la noche, decenas de miles de jóvenes cantan, corean consignas, baten los parches de los bombos peronistas: “Si Evita viviera, sería Montonera”; “Perón, Evita, la patria socialista”; “Aquí están, estos son, los soldados de Perón”.
De todas maneras, y como la ley es la ley, Perón no puede ser candidato. Se hace una reunión con las principales fuerzas políticas y se acuerda que lo principal es el retorno a la democracia. En el restaurante Nino, en Vicente López, provincia de Buenos Aires, y como el Partido Peronista no existe legalmente, se crea el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI). Candidato: Héctor Cámpora, odontólogo, Delegado de Perón durante parte de su exilio en Puerta de Hierro -España.
Lanusse, desesperado, inventa un partido militar “para pacificar el país” que denomina Gran Acuerdo Nacional (GAN) y pone de candidato a un empresario culto y refinado: Ezequiel Martínez. El slogan de campaña: “Ezequiel Martínez, el Presidente joven”. Ni lerda ni perezosa, la imaginería popular le agrega inmediatamente: “y puto”. Lanusse implementa el sistema de ballotagge (para ganar, hay que sacar mas del 50% de los votos. De lo contrario, una segunda vuelta. Imagina reeditar así una coalición de opositores a Perón como la Unión Democrática del 52.

El 11 de marzo de 1973, con la consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, la democracia vuelve a Argentina. Cámpora, delegado de Perón, gana las elecciones con el 52%. No hay segunda vuelta. El peronismo es gobierno otra vez. Pero Perón está viejo. Tiene más de setenta años, y sufre graves enfermedades. “Un león herbívoro” lo denomina alguien.
. El 25 de Mayo asume Cámpora. El país es una fiesta. La casa de gobierno es tomada a presión por los cuadros (militantes) montoneros, que echan a patadas a los milicos. La Plaza de Mayo se llena de nuevo. La columna sur de Montoneros ingresa a la plaza por la Avenida Diagonal Norte, enarbolando la bandera argentina y la Estrella Federal. Una ovación de decenas de miles de gargantas es inconmensurable. En el barrio de Devoto, donde se encuentra la cárcel de la ciudad de Buenos Aires, miles de compañeros exigen la liberación de los militantes populares encarcelados por la dictadura. De urgencia, se reúne el Congreso Nacional. La Ley que se aprueba por unanimidad determina la inmediata libertad de los “combatientes populares”.
Las puertas de Devoto se abren. Los compañeros salen. Hay disturbios. La policía reprime. Mueren baleados cuatro militantes. Inmediatamente, la prensa reaccionaria comienza a atacar al nuevo gobierno, acusándolo de “descontrol”. Algo de cierto hay.
Las internas políticas se suceden. Los sectores “nacionalistas” del peronismo se oponen a esta “invasión de zurditos disfrazados de peronistas”. Exigen que las “formaciones especiales” se disuelvan.
Por último, lo real es que el pueblo quiere que Perón sea el Presidente. Cámpora renuncia, menos de tres meses después. Asume Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados y convoca a elecciones. La Juventud Peronista (JP) que responde a Montoneros, propone la fórmula: Perón-Cámpora. Los sectores sindicales, apoyados por el entorno más reaccionario que está cercano a Perón contraoferta: Perón-Perón, aludiendo a la segunda esposa del General, María Estela Martínez de Perón (nom de guerre: Isabel). Esta es la variante que triunfa.
Nuevas elecciones: Perón gana con 7.381.249 votos sobre 12.077.422 votantes: el 61,85% de los votos.
“No hay segunda vuelta. El peronismo es gobierno otra vez. Pero Perón está viejo. Tiene más de setenta años, y sufre graves enfermedades. 'Un león herbívoro' lo denomina alguien.”
Perón muere el 1 de julio de 1974. Isabel, su mujer, queda a cargo del gobierno, auxiliada por su secretario privado, mentalista, umbanda, ex-cabo y ahora Comisario General de la Policía Federal, José López Rega, quien de pronto es Ministro de Bienestar Social.
La guerra es inminente. La soberbia de la juventud militante, los excesos de la derecha sindical, los despropósitos económicos del gobierno, sumados a otros múltiples factores, aceleraron el desgaste. El 24 de marzo de 1976, el Teniente General Jorge Rafael Videla, el Almirante Emilio Eduardo Massera y el Brigadier Alberto Ramón Agosti encabezaron un golpe militar que se convertiría en la dictadura más sangrienta de la historia de mi país.
Pero esa, como se dice en los cuentos, es otra historia.


Pequeña reflexión sobre la guerra (mails con Lucía, 1999)
¿Debería cortarme las venas o dejármelas largas?

Quiero comenzar planteando mi posición personal con respecto a esto. Será subjetiva, porque como participante, no quiero ni puedo ser objetivo.
En primer lugar, nadie puede "prohibirte" analizar/revisar la historia. Ocurre, creo, que para mucha gente, por culpa, egoísmo o indiferencia, resultó más cómodo tratar de olvidar. Si lo pensás bien, a la mayoría de nuestro pueblo lo ocurrido le importa un carajo. Y no creo que algunas escuálidas manifestaciones modifiquen esa realidad.
No "nos" tratan como infantes, Lucía. Mucha gente quiere ser tratada así. Y que los problemas los resuelvan otros. Sí creo que la manera de crecer es hacerse responsable, no de la historia, sino de la participación (o no) de uno en la misma.
No acuerdo en que no hubo guerra. Sí la hubo, aunque muchos de los que hoy hablan sin haber participado y algunos pocos de los que sí, lo nieguen. Te cuento: no hay declaraciones de guerra, ni códigos, ni honor, en estos temas. Esas cosas dejaron de utilizarse luego de la Primera Guerra Mundial.
La Convención de Ginebra no se ha respetado jamás en la lucha entre países. Pretender que se respetara en una guerra civil (que fue lo que se intentó) sería absurdo. No me malentiendas, Lucía. Sí hubo abusos, crímenes espantosos, torturas, etc. Pero no eran 'excesos'. Hubo un plan premeditado, que fue el exterminio de todos aquellos que pensábamos en cambiar el sistema. Pero, si quiero ser honesto, también hubo un plan premeditado por nuestro lado: el exterminio de todos aquellos a los que considerábamos explotadores, asesinos, vendepatrias. Los métodos... ah, si, eso fue diferente.
Nada pasó sin que la gente se diera cuenta. Un cuñado que tuve una vez me dijo: 'sabés, yo me entero ahora (1983) de todo lo que pasó'. Es mentira, Lucía. Todos se dieron cuenta mientras pasaba. Y la mayoría miró para otro lado. De esa época se retomó la frase "yo, argentino" para simbolizar que no se era responsable de nada. Muchos de los que hoy protestan contra los "milicos asesinos" (que lo fueron, sin duda), pensaron seriamente en poner en sus coches las calcomanías de "derechos y humanos" que repartía la dictadura. Los auxilios del Automóvil Club Argentino (institución civil y privada) servían de "buchones" para los patrulleros y los Falcon verdes.
Hubo guerra porque hubo dos bandos en pugna, armados, que se enfrentaban sobre un territorio. Que la guerra fue desigual, que las diferencias de armamento eran abrumadoras, que un sector utilizó métodos aberrantes para definir el resultado...bien. Pero en todo caso eso no invalida el concepto de que guerra hubo. Lo que indica es que uno de los bandos (el nuestro) no tenía la menor noción de lo que era una guerra, que la soberbia y la estupidez nos cegaron hasta el punto de considerar que cuanto más "heroicos" fuéramos, más simpatía y apoyo despertaríamos en la gente. Lo que despertamos fue incomprensión y temor. Ojo, que no me refiero a la época 1969/1974, donde todo era aplausos para "los muchachos". Me refiero al momento en que las papas quemaron, y los mismos que aplaudían comenzaron a reclamar a los milicos "para que ordenen el país".
¿Sabés, Lucía? No hay ninguna posibilidad de un golpe militar en ningún país si una considerable (muy considerable) porción de la población no lo apoya. Es decir: que mi posición es que la dictadura vino porque una enorme parte del pueblo argentino la reclamaba.
Que esto tuvo que ver con una política internacional que tenía por objetivo destruir definitivamente todos los movimientos revolucionarios y/o progresistas en América Latina.
Que ese plan estratégico se llevó a cabo con la anuencia, asistencia y apoyo financiero de los Estados Unidos, que no podían permitirse otro frente de lucha además del de la guerra fría y el medio Oriente.
Que los dirigentes y cuadros de los movimientos revolucionarios no tomamos en cuenta esa realidad (aunque la estudiamos, te juro) y decidimos que "el pueblo irrevocablemente ganaría, porque la historia así lo determinaba".
Que esta equivocación irreparable, si bien no nos hace igual de culpables, si nos hace corresponsables del desastre posterior.
Planteado esto que, reitero, es mi posición personal, podemos comenzar a evaluar la realidad de esos años. Pero, ojo: una vez que nos larguemos, los estómagos delicados deberán aguantarse.
Si la verdad de lo ocurrido es importante, entonces es imprescindible la verdad completa.
No solamente las huevadas de Hebe de Bonafini, ni las de Alfonsín, ni las de las organizaciones de derechos humanos, ni siquiera las de la Comisión del Nunca Más.
Sí hubo una guerra.
No sólo militar. Ideológica, política, económica. Una guerra en la que no tomaron partido ni Sábato, ni Magdalena Ruiz Guiñazú, ni la APDH.
Un exterminio y aniquilación que no se llevó a cabo solamente en las calles de las ciudades, en los enfrentamientos, sino en los pozos y las cuevas.
En las comisarías de pueblo, en las casas miserables de las villas. En los sótanos de muchas empresas multinacionales, en escuelas, en quintas de empresarios, en yates de fin de semana.
El 24 de marzo de 1976, en realidad nada comenzó, salvo un final preanunciado. Pero...¡¡¡ qué final!!! Fueron, tal vez, los años más largos de mi vida. En ciertos aspectos, también los más intensos, los más.... ¿como decirlo?... interesantes. Terribles y admirables. Espantosos y hermosos al mismo tiempo.
Extremos de solidaridad, compasión y heroísmo junto con traiciones deleznables y bajezas imposibles de creer.
En fin, una época brillante y oscura a la vez.
A mí me cambió.


Historias (9)

"Der Mann hat einen grossen Geist
Und ist so klein von Taten."

Hoy es 24 de marzo de 1976, de madrugada. Estoy en casa, y escucho por tele la clásica musiquita que, desde siempre, ha identificado los golpes de estado en mi país. En la Casa de Gobierno, Isabel Perón acaba de subir al helicóptero que, como todas las noches, la traslada a la Residencia de Olivos. Al subir, el militar encargado del transporte le comunica que hay un cambio de rumbo. Ella no es más la presidenta, ha sido destituida por la Junta Militar que se ha hecho cargo del gobierno, denominado “Proceso de Reorganización Nacional”. Será trasladada a ¿Magdalena?, en donde permanecerá detenida “a disposición del PEN”.
No me toma de sorpresa. Desde hace meses, todos los argentinos esperamos un golpe que ha sido declamado y anunciado repetidamente. Pocos meses atrás, un “ensayo” realizado por un brigadier (¿Pascual Capelleri?) demostró claramente que en el pueblo no había voluntad de oposición a una intentona militar.
Además, los militantes de los partidos políticos de izquierda y de las organizaciones armadas (peronistas y/o marxistas) pensamos que ha llegado el momento de forzar la situación, y que el pueblo verá más claramente al enemigo si se produce el golpe. Desde enero, tanto el ERP como Montoneros prácticamente alientan la ruptura alegando que el gobierno de Isabel es insoportable.
Como es lógico, todos los cuadros de relativa importancia de Montoneros han adoptado hace ya bastante tiempo adecuadas medidas de seguridad. Esas que no tuvieron tiempo de adoptar los compañeros de superficie de la JUP (Juventud Universitaria Peronista) cuando, imprevistamente, el Pepe (Mario Eduardo Firmenich) anunció públicamente en septiembre de 1974 que la Organización Montoneros volvía a la clandestinidad. Todos los compañeros de base de las universidades, de los colegios secundarios, de las fábricas, quedaron descolocados y a merced de las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina).
Esta noche, 24 de marzo, se convertirá en la peor de toda nuestra historia. Cientos de secuestros simultáneos de obreros, estudiantes, empleados, empresarios, políticos, gremialistas, inaugurarán una época de terror jamás imaginada. Las mismas organizaciones que supusieron el golpe como una “herramienta” para la toma de conciencia popular, lo soñaron como una repetición de la dictadura de Lanusse u Onganía. Dictaduras ya conocidas, “dictablandas” como las bautizara luego un periodista, contra las que sabíamos y podíamos luchar y vencer.
Los militares también habían aprendido. Y habían fortalecido esos conocimientos en Panamá, en la Escuela de las Américas; en Langford, sede de la CIA; en Chile, y en tantos otros lugares de “Entrenamiento Antisubversivo”.
Faltaba poco menos de un año para las nuevas elecciones. El partido radical (UCR) y el Justicialista habían mantenido reuniones secretas para tratar de evitar el golpe: “solicitaron” a Isabel que se hicieran elecciones anticipadas. Isabel se negó. Frente a la negativa, muchos dirigentes se prepararon para lo peor. Otros, se lavaron las manos. Otros aún, comenzaron a aceitar los contactos con los militares para negociar lo que se pudiera. Así, fueron también muchos los dirigentes partidarios radicales, socialistas y algunos peronistas que ofrecieron a los militares su “colaboración desinteresada”.
Ya desde 1975 la infraestructura y la logística de la futura dictadura estaba en desarrollo. En lo que años más tarde se conocería como “El Pozo de Banfield”, al borde del Camino Negro, se hacían los ensayos previos para transformar una cárcel de encausados en un reducto de desaparecidos. Allí se pudrió en vida, por ejemplo, una jovencita de 21 años, que llamaremos Laura, y que fue detenida estando embarazada de dos meses.
Perdió su bebé a la segunda noche, luego de reiteradas violaciones y picanazos.
También su marido, Raúl, fue picaneado y violado por los guardias.
Meses más tarde, Laura estaba nuevamente embarazada, pero esta vez de alguno de sus captores, quienes continuaban violándola noche tras noche. Ella ya ni siquiera gritaba.
Tanto Laura como Raúl se habían “quebrado”. A los pocos días de tortura, delataron a todos sus compañeros. Laura preparaba la comida de los guardias. Raúl limpiaba, lavaba la ropa y, a veces, le permitían dormir con su mujer en alguna celda vacía. No sé que fue de ellos.
Creo que fue el 1 de mayo de 1974 cuando comenzó en verdad la debacle. Esa tarde, cuando miles de Montoneros en la Plaza de Mayo le gritamos a Perón: “Conforme General. Usted con los traidores, nosotros a pelear” (En el Descamisado, la consigna varió a “Conformes los traidores...”) se cerró un ciclo en el que la organización había acumulado poder y respeto por parte de la gente.
Me acuerdo de un viejo (Para mí, en ese entonces. En realidad tendría unos 50 años) golpeando las columnas de la Catedral mientras lloraba y decía: “Por qué el General nos hace esto?” Pero la verdad es que fuimos ese día a provocar a Perón. Demostrarle que la gente estaba con nosotros. Apretarlo.
Pero Perón no nos echó. Aunque insultamos a Isabel. Aunque nos cagamos en su orden de que sólo hubiera ese día banderas argentinas. Sí nos dijo “estúpidos” e “imberbes”. Y nos fuimos. Y aunque el CdeO, la JPerra y la JS intentaron llenar los claros, se notó. Pero ahí comenzamos a perder la lucha. Porque el Pepe no era Perón. Podíamos pensar que éramos experimentados. Podíamos creer que por haber estudiado a Marx, a Lenin, a Mao, a von Clausewitz, a Engels, a Trotsky, sabíamos de política. Pero nuestro promedio de edad era 24 años.
Sin duda podía llamársenos imberbes. Y la realidad demostró que también seríamos estúpidos."


La Olla del Duende

Resulta que en mi casa hay, colgando de unas cadenitas (tres) en la pared, una olla pequeña, de cobre y bronce batido (golpeado) en la que vive (supuestamente) un duende. Esta ollita adorna -es un decir- las paredes de las casas en las que ha vivido mi familia desde hace mucho tiempo. Me la traspasó mi padre, y a él su padre, y a él (según se cuenta) el suyo, cuando vino de España en un barco. Quiero aclarar que la olla tiene tapa, también de bronce, y está sellada con tres cuajarones de lacre -creo que es lacre- rojo. En uno de los cuajarones se distingue una especie de sello impreso, donde parece haber un dibujo con rayas que se entrecruzan, como paralelos y meridianos, y abajo de estas una forma -bastante informe, por cierto- que no he podido relacionar con nada. Por supuesto que no tengo la menor idea si todo esto fue una invención de mi viejo, pero lo real es que, cuando le pregunté sobre el asunto, me contó lo que sigue:
Que la olla en cuestión le fue trasladada por su padre (mi abuelo, al que no conocí), con la “absurda” (sic) teoría de que en ella vive el Duende de la familia. Que él recordaba haber visto esa olla desde que tenía memoria, en la vieja casona de La Plata, colgada en un rincón del comedor, y que siempre se dijo que pasaría a su hermano mayor (único otro varón de todos los hermanos) cuando se casara, o cuando el abuelo muriera. Pero el asunto es que mi tío se murió en un accidente antes que el abuelo, y entonces cuando mi papá se casó le tocó la olla. Que su padre le juró que la había recibido del suyo (mi bisabuelo) y que efectivamente contenía el duende familiar. Les cuento que mi viejo era (falleció) abogado, y bastante escéptico. No obstante, el abuelo afirmaba que siendo el bisabuelo un chico, de unos diez años, vivía todavía en España, y desafiando la prohibición de siquiera tocar la olla (en casa siempre se le pasó un plumero, suavemente y muy de tanto en tanto) la descolgó de las cadenas para mirarla mejor y se le cayó, rompiéndose uno de los sellos. Parece ser que el duende se salió, “muy enojado” y se escondió hasta que regresó su padre (a esta altura creo que estoy hablando del tatarabuelo, hasta yo me confundo) quien se puso a convencer al duende de que no se fuera (parece que antes le dió a su hijo la paliza de su vida). Según la historia, convencer al duende le llevó más de tres meses, y dicen que fue uno de los peores momentos de la familia, que pasaron las cosas más espantosas, inclusive la muerte sorpresiva de una hermana menor del bisabuelo, la pérdida de una cosecha, etc. La información agrega que el ¿tatarabuelo? tuvo que viajar a no sé qué pueblo perdido en el medio de Galicia (luego de convencer al duende, supongo) para que un señor -del que la historia no registra nada- repusiera el sello roto que, por suerte, no era el que tenía (tiene) el símbolo grabado.
A partir de allí, si vamos a creerle a mi padre, la olla no volvió a abrirse nunca. Por supuesto, cuando me trasmitió todo esto, lo hizo con muchas sonrisas, ironías y burlas, dando a entender que jamás un tipo inteligente como él podría creer semejantes estupideces. Por supuesto, yo me reí con él, y no volvimos a hablar del tema. Sin embargo, por lo que me consta, él nunca abrió la olla, y cuando me la pasó (ya que me casé antes que mi hermano mayor), también con sonrisas e ironías me dijo: “Arregláte. Ahora el problema es tuyo”. Mi hermano mayor no ha tenido hijos (a decir verdad, sus sucesivas “esposas” ni siquiera han logrado hacerle firmar nunca ningún papel) ni piensa tenerlos, por lo que la olla cayó directamente sobre mi cabeza.
Y aquí viene el tema: como algunos de ustedes saben, tengo desde hace siete meses un hijo varón, y hace unos días tomé conciencia de que a más tardar dentro de cinco o seis años comenzará a preguntar de que juega la famosa ollita. ¿Y qué le digo? Si le cuento la historia como viene, voy a sentir que estoy inculcándole tradiciones mágicas y fantasías increíbles que, realmente, en esta época.... Pero si le digo que la historia es falsa, va a querer sin dudas abrir la olla para ver qué hay adentro. ¿Y si no hay nada? ¿Querrá decir que durante nosécuántos años todos los Pater Familiae hablaron huevadas y trasmitieron estupideces a sus hijos? ¿Y por qué lo hicieron? Pero... ¿ y si hay “algo”? ¿Y si pese a toda la lógica, la racionalidad, y etcéteras varios, rompo algo que no debiera romper? ¿Cómo le traspaso a mi hijo la pelota? Mi viejo se sacó de encima la cosa burlándose. (Pero no abrió la olla). Y me la pasó burlándose (Pero no me dijo que la abriera yo).
¿Tienen algún buen consejo para darme? ¿Qué harían en mi lugar?


Historias (10)

Es el verano de 1974/75. Domingo. En el barrio Pintemar, de Ezpeleta, jugamos un partido de fútbol, la Agrupación de JP contra amigos de la villa que está detrás del barrio, y en la que hay otra Agrupación que conduce Rulos, uno de los compañeros que pertenecen a mi estructura de milicias.
Es de mañana, y después toca ir a misa de once. Perdemos, como de costumbre -parece que los militantes no somos buenos jugadores- y mientras el papá de Jorge prepara el asado, nos vamos todos para la capilla. En realidad, la mayoría de nosotros no somos religiosos. Algunos, apenas cristianos, otros ni siquiera creemos. Pero la capilla la maneja el Padre Pedro, sacerdote Tercermundista, de la Teología de la Liberación. Se juntan en la capilla casi trescientas personas todos los domingos. Con el Padre nos reunimos los sábados, para decidir el tema del sermón. Este domingo se hablará del compromiso con los pobres. De la indiferencia. De la obligación de compartir y de ayudar a que las cosas cambien.
Por supuesto que no hay “señoras gordas” en la capilla. No sólo porque nadie de dinero viviría aquí, sino porque las misas del padre Pedro no son para señoras gordas.
Cuando alguno de los muchachos se decide a militar después de uno de los sermones, lo toma Pablito, ex-seminarista, que discute con él las contradicciones entre el pensamiento cristiano y la lucha armada.
El Padre Pedro trabajó con Carlos Mugica, el sacerdote de la villa de Retiro, en la Capital. Se separó del grupo de Mugica porque Carlos, a pesar de apoyar a la organización desde los tiempos en que Mario Firmenich , Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus estudiaban en el Colegio Nacional Buenos Aires, nunca pudo aceptar la violencia como método de lucha.
Con el padre Pedro no hay problema. Inclusive ha salido a veces con nosotros a hacer alguna pintada, y una vez tuvo que tomar parte en un tiroteo. Lo hizo bien.
El padre Pedro dejará los hábitos, se integrará a la organización, y será desaparecido en 1976 -luego de recorrer tres centros de concentración- en Automotores Orletti, en Capital Federal. No cantó.
La jerarquía de la Iglesia Católica nunca pudo soportar a los Sacerdotes por el Tercer Mundo. El Obispo Castrense, Monseñor Bonamín, despotricaba en sus sermones contra los “renegados” de la iglesia. Pío Laghi de quien después se dijo que “ayudó” a que detenidos desaparecidos recobraran la libertad, mantuvo un imperturbable silencio.
En general, los sacerdotes de mayor nivel de la Iglesia colaboraron con los militares durante toda la dictadura militar. Denunciaron, se negaron a interceder ante el pedido de madres y padres de desaparecidos y hasta un Arzobispo visitó de incógnito la Escuela de Mecánica de la Armada, especialmente invitado por el Almirante Massera. Allí dio su santificada mano a besar a los secuestrados y torturados. Los reconvino dulcemente por sus pecados contra el orden, la moral y las buenas costumbres, y los incitó a “contar todo lo que saben, para poder sobrevivir, ya que no hay mayor pecado que la soberbia, y los montoneros a los que protegen con su silencio son delincuentes que merecen el peor de los castigos.”
1975. En lo que después sería conocido como el “pozo” de Banfield, los torturados esperaban las tres de la mañana con ansia. A esa hora, los guardias, cansados, abandonaban su divertimento preferido. Si hasta las tres no te tocaba, esa noche dormías.
Pero a veces, pocas, un poco antes de la madrugada se escuchaban crujidos de puertas. Pasos pesados, que en la oscuridad de las celdas sin bombillas parecían más duros, más premeditados. Y de golpe una puerta de acero batía contra la pared. Un fantasma blanco, seguido por uno negro, se introducía en el cubo de cemento, acompañados de un uniforme verde oliva que dirigía la linterna hacia los ojos del detenido. El fantasma blanco, amablemente trataba de convencer al compañero de que se despegara de la pared, donde temblaba, mitad por frío. “No se asuste, soy Juez de la Nación. Vine acompañado por el Padre para que me diga si lo tratan bien. ¿Tiene alguna queja?”
Obviamente, jamás hubo alguna.
Del pozo de Banfield, un año después, desapareció Clarita. Tenía 19 años, y era miliciana montonera. Fue detenida en la casa de su novio, donde encontraron un mimeógrafo y tres mil “partes de guerra”. La violaron en la sub-comisaría de Ranelagh donde Pablito, Tobi y yo fuimos “interrogados” por el ejército, antes del traslado al pozo.
Por la presión hecha a un Juez, -entre otras cosas- y porque todavía existía aunque fuera un remedo de legalidad, nos “blanquean” a los tres. La policía de provincia reconoce donde estamos. Mi mujer ya está embarazada de 9 meses. En el pozo, el comisario a cargo (será acribillado meses más tarde en una parrilla de Villa Domínico) le dice: “¿Así que se lo lleva? La felicito, la felicito. Pero sería bueno que se fueran del país, ¿sabe señora? Y no me diga que no tienen nada que ver. Eso no es importante. Esta es una guerra. Ustedes nos matan a nosotros, y nosotros los matamos a ustedes. Los que queden, ganan. Vaya, m’hija, y cuide ese bebé. ¿Cuánto le falta?”


Historias (11)

¿Cuál es la idea de esterilizar la aguja
para ponerle a un condenado a muerte una inyección letal?

Es junio de 1976. Los porcentajes de “caídas” son espeluznantes. Todos los días hay allanamientos. Todos los días aparecen compañeros muertos en “enfrentamientos”, que estaban desaparecidos hace meses. Los “perejiles”, los militantes de menor nivel, son directamente ajusticiados luego de la tortura. Los oficiales, por el contrario, son torturados con el objetivo de “quebrarlos” y que denuncien a sus estructuras. La mayoría se quiebran, salen a 'marcar' compañeros por la calle. En mi zona, a la que llaman “El Fortín” todavía nos mantenemos enteros. No hemos perdido a nadie.
Por las noches, el fortín es tierra neutra. Patrulla la policía, y patrullamos nosotros.
El comisario de la zona me manda un mensaje: “No quiero líos. Afuera del distrito, hagan lo que quieran. Adentro, nadie se mete con nadie”. Es un buen arreglo. Pero la orga quiere aprovechar la bolada, y el distrito comienza a convertirse en el almacén, depósito de armas y “lugar seguro” de la Columna Sur.
Ridículo: Jugando al futbol, pierdo los documentos. Quince días más tarde, la mamá de Juan me los trae: “Me los dió el Comisario, Inglés. Dice que no hay problema, pero seguro que los pasó.”
Meses después: Traslado a la Capital. Empiezo a ver cosas raras. La Columna Norte, Rosario y La Plata cuestionan a la Conducción. Los militantes pedimos Congreso para discutir la línea. El Pepe Chico (Carlos Bayón) me cuenta lo que el Pepe Firmenich contesta: “Es imposible hacer un Congreso por razones de seguridad. Haremos una votación. Votarán sólo de oficial para arriba, por la “línea 1” (la oficial) o por la “línea 2” (opositora). Si gana la línea 2, seguirá todo como está hasta el año que viene, cuando veremos si las condiciones dan para un Congreso. Si gana la línea 1, los oficiales que hayan votado por la oposición serán despromovidos y enviados al interior.” En el interior del país, los compañeros iban a ser moscas en la leche.
Obviamente, gana la línea 1. Pepe (no Firmenich, sino “el Pepe chico” mi jefe), me dice: “Me mandan a Córdoba. No creo que vuelva. Cuidate.” Nos abrazamos, pero poquito. (No vaya a ser que los demás crean que somos maricones) Una semana más tarde, me llama a un teléfono seguro: “Era como pensaba. Estuve cuatro días durmiendo en la calle. Me fallaron todas las citas. Por suerte, encontré a un cumpa que me enganchó con la Secretaría de la Regional”
La Regional, si bien había apoyado la línea oficial, protestó duramente contra el traslado de compañeros: “Los mandan a morir”.
El mes siguiente, la totalidad de la Conducción Regional cae en enfrentamiento en una casa absolutamente segura. Carlos Bayón (el Pepe chico) muere acribillado y es el único cadáver no identificado por los milicos.
Insólito: El Loco Galimba, uno de los jefes de la Columna Norte, que había sido un opositor furioso, cambia de opinión. Posteriormente, las Columnas Norte, Sur, La Plata y la Regional Rosario fueron diezmadas.
En el Area Federal, la disciplina es férrea. “Lucy” (Mercedes Carazo) putea contra los “traidores” que cantan a sus compañeros. Tiempo después, cuando ella y “Barbarella” (Ana Dvatman) sean detenidas y llevadas a la ESMA, seguirán el triste ejemplo de la “Coca” Marta Bazán, (oficial segunda) que terminó casada con el Almirante Chamorro: ambas serán amantes de sus torturadores. Lucy, además, vivió varios años en Francia con el “Rata” Pernía, oficial naval que se hizo cargo de darle el tiro de gracia a su propio marido, el “Monra” (Marcelo Kurlat). Y ella lo sabía.