El abuelo Martín

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por Claudia Piñeiro

Foto: Alejandra López

Pasa a buscar a su hijo a las nueve en punto, como cada sábado, así lo acordó con Marina cuando se separaron. El niño se le abraza a las piernas en cuanto su madre abre la puerta. Casi sin más palabras que un saludo, ella le da su mochila. Pedro le pide una campera. «No creo que haga falta», dice ella pero él insiste. No le aclara que llevará a Julián fuera de la ciudad, a la casa del abuelo Martín, donde la temperatura siempre es unos grados menor. Para qué, ella empezaría con sus recomendaciones: que los caballos pueden patear al niño, que el estanque es peligroso, que no vaya a treparse a ningún árbol. Las mismas recomendaciones que daba cuando estaban casados y que hicieron que Pedro dejara de ir. Ahora se arrepiente, la muerte del abuelo Martín, tres meses atrás, canceló cualquier reparación posible.

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Es un día de sol y la ruta está vacía. Pedro pone uno de los cedés preferidos de Julián, pero antes de salir de la ciudad el niño ya está dormido. Siendo así, él prefiere el silencio y dedicarse a pensar en lo que tiene que hacer. Su madre le encargó ocuparse de la venta de la casa. A él no le cayó bien el encargo, bastante tiene con sus cosas, pero era el candidato natural para la tarea y no pudo negarse. No sólo fue siempre el preferido de su abuelo sino que además es arquitecto, qué mejor que un arquitecto para poner a punto una casa que se quiere vender. En la familia todos dicen que Pedro es arquitecto por el abuelo Martín. Mientras sus hermanos y primos andaban a caballo o se metían en el estanque, él lo acompañaba en las múltiples tareas que le demandaba la casa. El abuelo tenía una empresa constructora y aunque no estudió arquitectura era como si lo hubiera hecho. Incluso mejor, muchas tareas las realizaba con sus propias manos: levantar una pared, pintar un ambiente, reparar los techos. Lejos de venderla y por el cariño que le tiene, si no fuera tan desastroso el estado de sus finanzas después del divorcio, Pedro se quedaría con esa casa.

Pasa la tranquera y se alegra de que su madre se haya ocupado al menos de deshacerse de los animales. A él le tocaría, además de las reparaciones, contactar una inmobiliaria, fijar un precio de venta, hacer limpiar la casa. Sin embargo, Pedro tiene muy claro qué será lo primero: tirar la pared que su abuelo levantó en medio del living, una pared sin sentido arquitectónico que divide el ambiente en dos e interrumpe el paso. Levantada para tapar un dolor o fijarlo para siempre. Porque en medio de esa pared, frente al sillón preferido de su abuelo, colgaba el retrato de Carmiña Núñez, su abuela, a quien Pedro apenas conoció. Muchas tardes, cuando bajaba el sol, vio a su abuelo sentarse con un vaso de whisky frente a esa pared y admirar el retrato. Una mujer morena, bonita, luciendo un vestido de encaje blanco que tal vez haya sido el que usó el día de su casamiento. Pasaban los años y el abuelo Martín parecía seguir enamorado de ella, aferrado al recuerdo de su mujer muerta. O eso creía Pedro. Pero un día se lo comentó a su madre y ella puso mala cara: «De esa mujer yo no hablo». Entonces se dio cuenta de que casi nadie en la familia mencionaba a su abuela, sólo el abuelo Martín, que cuando insinuaban algún enojo, decía: «Todos hablan, pero nadie sabe». Muchos años después se enteró por una prima de que su abuela no estaba muerta sino que se había ido con otro hombre. Nadie supo más de ella, si formó otra familia en alguna parte del mundo, ni siquiera si seguía viva o no. Nadie la volvió a mencionar, excepto el abuelo. Para él ella seguía inmaculada, en su vestido de encaje con el que la veneró tantas tardes, frente a esa pared que Pedro se dispone a tirar.

A poco de llegar, Julián ya se mueve en el lugar como si fuera su casa.

«¿Me querés ayudar?», le dice Pedro cuando pasa junto a él con las herramientas. «No», contesta el niño y se sube al columpio que cuelga de un árbol. Él se ríe, le gusta que Julián haga lo que tenga ganas. Entra a la casa, deja las herramientas junto a la pared y descuelga el retrato. Lo deja a un costado, ya verá cómo deshacerse de él más tarde. Toma cincel y martillo y empieza a golpear. Se pregunta si Marina, a pesar de haberlo negado, lo habrá dejado, como su abuela, por otro. El cincel se clava con facilidad, la pared es hueca. No le sorprende, no debía sostener nada, apenas un cuadro. Apoya el cincel y golpea otra vez, los ladrillos casi se le desarman en la mano. Y una vez más. Hasta que el cincel se engancha y queda atrapado. Pedro tira y la herramienta sale con un pedazo de encaje blanco, sucio, envejecido. Se queda sin aire. El estómago le da un vuelco. Rompe la pared con los puños hasta que aparece el vestido de su abuela y su esqueleto sostenido por la tela que impidió que se convirtiera en un manojo de huesos. Mira por la ventana,

Julián acaba de saltar del columpio y viene hacia la casa.

(De: “100 argentinos”, Luvina 77, revista literaria, Universidad de Guadalajara, invierno 2014)

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