Malestar

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

 

Por Francisco “Paco” Urondo

Imagen: Raúl García Tato

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No veo la hora de estar en un aeropuerto lustroso, como una cama, y de allí saltar a un avión y volver a Buenos Aires lo más rápido posible. Volver a casa, «vivir con mamá otra vez»; Dios mío: qué mal puede llegar a sentirse uno, qué momento para tener un cólico, qué inoportunidad: Río debió esperar, sin duda, mucho más de mí; al menos que tuviera más receptividad y no a la inversa.

Sobrevivo hace horas. Primero en casa de Guilherme, con ese exdiplomático empeñado en hablar conmigo a pesar de su hemiplejía; después esa actriz con la que hubo tácito y súbito entendimiento y con la que, sin embargo, hasta ahora no pasó nada porque mi mujer olió todo y esto complica las cosas.

Creo que empezó con el suco de laranja; o quién sabe si no fue después, con el abacaxi de la playa, o con el mar que estaba más frío que la madonna. Lo que pasa es que uno viene por muy pocos días y quiere aprovechar, porque después no queda otro recurso que el Río de la Plata, sucio y plagado de toscas; uno se rompe allí los pies, el alma. Uno puede llegar a morir, especialmente si lo agarra una buena sudestada en pleno remojón; una de esas que hacen crecer el río a razón de centímetros por minuto, y no da tiempo a salir y termina azotando a la gente contra las murallas de la costanera. Es casi seguro que he tomado frío en las frías aguas del mar.

Mi psiquiatra suele decirme: «Claro, quiere todo, el mar para usted solo. La fantasía debe ser tomárselo, siguiendo con una vieja costumbre suya». Sí, ya sé, tienen ustedes razón, la avidez me pierde, pero prometo no volver a tomar nunca más una procelosa copita de mar turbulento y frappé. En realidad me debe haber liquidado el cambio de régimen alimenticio: los sucos, el frango. ¿Dónde habrá ido —me pregunto— a parar nuestra fluida carne de vaca, la mejor del mundo, o mais grande?

Y esos negros —para colmo— en pleno coloquio sentimental con el mismo mandinga, fumando marihuana, o maconha, como le dicen aquí. Esos negros dándose cuerda para estar a la altura de las circunstancias, es decir, de esa liturgia endemoniada, metiéndose en el mar y bailar y orar y cantar y sudar en el yemanyá, iluminando el mar con sus pobres velas de sebo, con ese frío espantoso que trae la noche. Alfonsina Storni debió internarse así en el mar, y no con la intención de adorar a la virgen negra de los esclavos, sino a su alma pura: «Tú me quieres blanca».

Sólo Dios y yo conocemos la cara que puso el camarero del hotel cuando lo llamé a las cuatro de la mañana y le dije: «Faz favor, pódeme procurar um pouco de maconha, ¿me entendió?». «Sí senhor, eu entendí, mas nao tenho; você pode encontrar no Cangaçeiro la, um barzinho que fica perto d’ aquí». Pero en el barzinho nada; ni siquiera ese pibe que merecía ser argentino por la pintita, pero que cantaba en portugués y no hablaba una sola palabra de castellano. Tampoco tenía idea de dónde se podía conseguir y se reía: ja, ja, qué gracioso. Un poco de maconha cretino, para digerir el frango y el frío y el suco y la inmensa virginidad del mar.

Habrá sido la falta de maconha. O el whisky aguado de Guilherme con tanta gente en su casa. Río es La Corte, y Guilherme el duque de Urbino. Además Río de Janeiro es «la ciudad de los grandes contrastes». Santo Dios, será posible que todo el mundo siempre diga lo mismo y además se crea original, agudo y sobre todo en paz con su conciencia. Pero arriba de los grandes edificios siguen yaciendo los morros miserables. Sí, «los contrastes»: la miseria codeándose con la opulencia, como yo me puedo codear con su hermana.

Y no es una guarangada lo que digo: bien puedo ser amigo de su hermana; el marido. Viajar con ella a Río de Janeiro —«capital de México»— y descubrir la miseria engarzada en el dinero, codeándose con él, como yo puedo codearme con mi mujer, es decir con su hermana. A lo mejor empecé a sentirme mal de tanto parar la oreja: se hablaba por lo menos en cuatro idiomas en casa de Guilherme; no daba abasto porque no domino particularmente ninguno, solamente una palabrita aquí y otra más allá. Además hablan tan rápido estos malditos cariocas; meten miedo. Un aeropuerto; sólo un aeropuerto, pido, y partir.

Un aeropuerto para morir bailando. Aunque sea, este aeropuerto; aquí detuvieron a Perón, aunque «el hombre» no tiene nada que ver con mi actual estado de salud. Sin embargo hay cosas que matan; por ejemplo: ambiciones, países. A Sebastián, sin ir más lejos, no lo mató otra cosa que no fuera Lima, «la horrible». Podía irme de aquí a Manaos, en vuelo directo o haciendo escala en Brasilia, y de allí a Iquitos, y de allí, pasando por la desaparecida Santiago de Chuco, a Trujillo y bajar hasta Lima, y en el jirón de la Unión abrazarme con mi querido Sebastián y decirle: «Bailemos unas marineras hermano, que estoy a punto de ponerme a llorar como un Inca».

No sé cómo decirlo: me siento mal. Estoy seguro de que prácticamente nadie se ha muerto de un cólico, pero de todas formas me siento mal. Debo haber tomado frío, pero no en el mar, sino en el morro, «lembrando sempre na favela». Se había levantado viento y yo estaba muy sudado de tanto bailar en la scola do samba. Qué me habrá dado por bailar, hasta Carmen me miró asombrada, Carmen que no se asusta ni de ella misma. Hoy no la he visto a mi amiga; debe estar retozando con su amigo. A lo mejor la han metido presa, porque Carmencita es de las que no tienen pelos en la máquina de escribir.

Volvía de Lima en un avión lleno de monjas, y una de ellas se desmayaba y se le caía la máscara de oxígeno y yo dudé entre dejarla morir o acomodarle ese aparato en la trompa: esa monja denunciaría a mi amiga Carmencita, porque las monjas tienen un olor espantoso, el olor de la muerte que se avecina. Habiéndome sentido tan bien en Antofagasta con el vino Undurraga y los locos —por citar a un marisco— y con Andrés, el poeta, ¿cómo puede ser que ahora me sienta tan mal? Estoy en tierra firme, no caigo en los pozos de aire, no me azotan los vientos de la cordillera, ¿me verá don José de San Martín desde allá abajo? Lo saludo desde una altura que nunca ha podido virtualmente sobrevolar. Quisiera estar en cualquier parte, menos aquí, en este restaurante, sobre la avenida Atlántida, sobre el océano que lleva su nombre.

Mi mujer está sentada enfrente, del otro lado de la mesa o del mostrador, si así lo prefieren. Se la ve notoriamente preocupada por la vecindad de la actriz y por el mal semblante que debo tener. La odio; siempre preferí denostarla a interesarme, a tratar de averiguar cómo era. Estoy harto de engañarla en sus propias narices, delante de su mismo trasero y ahora con todo esto del cólico, creo que empiezo a necesitarla un poco: piedad y un aeropuerto. La actriz me mira: es rica, cachonda, pero las actrices son para mirar de lejos, desde un escenario y sólo representando: «¿Me gustaría saber qué mira? Camine, camine, al gineceo, que los cólicos me ponen más misógino que un gallego». Dios mío, qué mal estoy y además esta mujer incomprensible que-me-ha-mandado-el-señor, y que me patea porque piensa que miro codiciosamente a la actriz. ¿Qué pretende, que además de sentirme como me siento, no mire; que agache la cabeza; que rece; que pida perdón?: un aeropuerto.

Guilherme, en este preciso momento recuerda que Vinicius —inventor, como es muy sabido, de la bossa nova— no tiene casi voz y que canta por esta razón muy suavecito; sostiene que es este el motivo por el cual todos cantan en un tono muy bajito, como si susurraran. Es una maldad simpática; tiene bossa. Y Guilherme ama a Vinicius; los brasileños se aman entre sí y yo me siento incomprendido, con todo mi odio encima. La vida entera he tenido este cólico, este odio. Empezó hace más de veinte años, antes del general Ramírez, cuando comenzaba la guerra y Holanda era invadida por los botes neumáticos; antes, cuando el Ejército del Ebro, si mal no me acuerdo. Todo empezó entonces y viene a terminar ahora, en Copacabana. Empezó en el Largo de Boticario, en la casa de ese pintor que quería levantarse a mi mujer: ma’sí, que se la levanten de una buena vez y que me dejen tranquilo con toda esa agua que le echan al whisky estos cariocas.

Malditos sean cuando dicen «lotaçao» y pronuncian las tres últimas sílabas como si estuvieran bailando estos cretinos, como si fueran las ancas de sus putas mujeres que miraba cuando dejé a la mía en la avenida Copacabana y me interné por Rio Branco y pasó ese bonde que iba a Madureira. Lloró mi corazón souzinho, llora por la nostalgia, por las vírgenes y las magdalenas. Y mi mujer comprándose una bikini francesa de color colorado, mientras yo seguía a todas las mujeres de Río, pero y ahora, «José a festa acabou, a luz apagou, o povo sumiu, a noite esfriou, ¿e agora José?, ¿e agora, você? Está sem mulher, está sem discurso, está sem carinho, ja nâo pode beber, ja nâo pode fumar, cuspir ja nâo pode, a noite esfriou, o dia nâo veio, o bonde nâo veio, o riso nâo veio, nâo veio utopia, e tudu acabou, e tudu fugiu, e tudu mufou. José, ¿e agora? Se você gritasse, se você gemesse, se você tocasse a valsa vienense, se você dormisse, se você cantasse, se você morrese… Mas você nâo morre, você è duro, José!».

Había feijoada por allí que la gente comía de pie en un mostrador. O ese pescado a la bahiana pasando la Barra de Tijuca, más allá del morro de Rozinha; las negras vestidas de broderí blanco, sobre la arena blanca, sobre la virgen negra de Yemanyá, rezaban bajo el pleno sol del mediodía. Había un café cerca del puerto; prostitutas muy pretas y batidinhos del cashasa, mientras mi mujer compraba su bikini y yo subía a la favela por esas callecitas y Getulio no estaba más, y Jango tampoco. Sólo quedaban «los mineros de Lota saliendo de su cueva». Me acordé: de Lawrence Ferlinghetti merodeando por Chile y diciendo eso de los mineros que, como simios, merodean Botafogo, y de Lacerda, echando a los tinhosos de ese morro al que confieren tan mala vista. Un aeropuerto por el amor de Dios, que de un momento a otro me encuentro con mi mujer y me dice «hola, ¿a que no adivinás lo que me compré?».

La pobrecita queriéndome decir algo: «No podemos decirnos nada, amor mío; dame la mano, es demasiado para los tiempos que corren; la mano, la patita».

Me sigue pateando por debajo de la mesa. Como para levantarme a una actriz estoy yo; la procesión va por dentro querida: los feligreses me pisotean las tripas, es decir, el alma de los desdichados. Sangre mía de hermanos que nunca fuera derramada a su debido tiempo; un baño de sangre. Un aeropuerto para lavar los pisotones, de la procesión que transcurre en mi templo interior, en mi alma, es decir en mis tripas, en este enmerdado espíritu. No quiero un avión para irme a cualquier otro lado, quiero un aeropuerto para salir volando y tomar aire y respirar.

Ya no se puede respirar, a pesar de todo el océano; no sé cómo tomar aire. Hay que apurarse, porque estoy a punto de irme a la marchanta, por no decir otra cosa: una grosería, de esas que en nada benefician al mundo.

(De: Al tacto, 1967)

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