El amor del siglo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por Francisco “Paco” Urondo

Me conozco de cerca y ya no me hace ninguna gracia verme repetir incesantemente algunas mañas; repito para no recordar, como diría Freud. Confieso que por esas cosas que pasan, todavía no he leído a Freud, aunque no acostumbre a confesarlo; he frecuentado otros libros de los cuales también hablo con naturalidad: en una palabra, soy una de esas personas que mezclan sus experiencias verdaderas con sus mistificaciones.

Sin embargo he tenido suerte. Sin esfuerzos aparentes obtuve cosas que otros procuran y no siempre consiguen, como «colocarse». Y me convertí, desde muy temprano, en una promesa. Mi error seguramente fue pretender que esta situación se prolongara eternamente.

Así devine en una especie de renacentista o de twenty; pero como no tenía dinero ni época, tuve que pasar por algunas penurias, como la indigencia y el alcohol.

Por eso estaba abúlico, o intimidado, o resentido. A veces era alegre, pero nada debía contrariar ese estado de ánimo. Soy de esas personas que ponen condiciones sin que muchos lo adviertan, sonriendo como un angelito. La simpatía me salva, me hago querer por los amigos y por las mujeres. Esto a la larga, es sabido, proporciona enemigos. Por ejemplo, me suponen desamparado y, al verme así, aparentemente inerme, con esta pinta de huérfano distinguido, este aspecto delicado, este aire de orfelinato que tengo, se despierta un incontenible sentimiento proteccionista; maternal, si se quiere. En verdad, a veces pienso que no debió faltar quien imaginara ver en mí una especie de hijo del zar Nicolás, criado por unos zapateros abyectos e implacables; indignos de mi majestad.

A ellas especialmente, las dejaba hacer, imaginarse imbecilidades. Es más, llegaba a alentarlas, suponiendo, yo también, que me había enamorado. Y a lo mejor algo de esto ocurría; lo grave era que no estaba en condiciones de discriminar. Cuando una de esas relaciones terminaba de golpe, sin mayores causas aparentes, como era habitual, la damnificada, si era inteligente, empezaba a comprender que el angelito, el pequeño zarevich huérfano, no era tan inerme como había imaginado. Entonces me odiaba.

Algo de esto debió ocurrir con mi primera mujer. Todo fue muy bien —si se omiten irritantes peleas que promovía hábilmente—, hasta que estalló la primera bomba de realidad. Es decir hasta que la planté por una bella y graciosa secretaria de un encumbrado hombre de empresa, muy tierna ella y nada tonta. Llegamos a estar realmente —creo— enamorados, hasta que volví con mi mujer. Actualmente estoy arrepentido de haberla dejado así; la desaprensión es una cosa que se paga.

Fueron tenebrosos y grotescos aquellos días: todas las noches ambas mujeres —esposa y amante— salían colgadas de mis respectivos brazos. Tenía la sensación de que en vez de reemplazar a una mujer por otra, las había sumado, y no sabía salir de esta complicación. Como consecuencia, me emborrachaba como un linyera y decía cosas «esenciales» en La Fantasma, especie de tugurio surrealista donde por aquellos años se amontonaba la intelectualidad porteña.

Al atardecer empezaba la cosa. Me encontraba a tomar una copa con un grupo de amigos en el Tojo. Era un bar parecido al que solían llamar «Instituto Dostoiesvski», en virtud de los lamentables y desdichados parroquianos que concurrían a ese establecimiento, vecino al Patronato de Ciegos. El lugar estaba, obviamente, lleno de no videntes, y no de intelectuales o artistas, como La Fantasma. En cambio la clientela del Tojo se le parecía por lo crapulosa, aunque sólo de vez en cuando recalara algún ciego por allí y fuera más bien diversa: jubilados apestosos, fascistas exilados, prostitutas fuera de circulación, punguistas reumáticos y toda una caterva de bichos raros, retazos de memorias; hilachas; olvidos en pena.

También solía encontrarme con mis amigos en La Helvética, que fuera demolida por esos días: todos recordarán que el viejo edificio apenas podía mantenerse en pie después de ser literalmente sacudido a cañonazos, cuando la Revolución Libertadora. Antes de que esto ocurriera, me reunía allí con mis amigos.

Con la dactilógrafa todo era muy lindo, aunque es sabido lo poco que suelen durar estas cosas de los enamoramientos y qué triste es reconocer que el hechizo del sortilegio se va deflagrando insensiblemente y el embeleso deja paso a la lucidez y la mujer encantada de los primeros días, la imponderable, es reemplazada por un ser humano de carne y hueso.

La cosa empezó cuando las buenas relaciones entre las dos mujeres, la saliente y la entrante, se derrumbaron; un día en que los tres estábamos con un grupo de amigos en una especie de fiesta —hubo muchas por esos años—, mi mujer trató intempestivamente a la dactilógrafa de imbécil y de cretina; esta, que tenía sangre italiana, se puso colorada, especialmente a la altura de los pómulos, y obtuvo un brillo asesino en los ojos, pero no le rompió nada en la cabeza, ni sacó ninguna pistola de la cartera, ni empuñó la cuchilla de la cocina. Se fue, y vaya uno a saber por qué. A lo mejor por miedo al ridículo: estas chicas dactilógrafas de la clase media, le tienen pánico al ridículo.

Después de este incidente, recién comencé a tomar conciencia de lo que había promovido a mi alrededor y, consecuentemente —y a pesar de la vanidad que siempre se refuerza cuando algo, hasta lo más siniestro, confluye hacia uno—, me sentí más culpable que Barrabás por haber dejado mujer e hijos. Por eso cada cosa, incluso inofensiva, que vivía con mi dactilógrafa, me parecía el crimen más espantoso que se cometía contra la humanidad. Por eso, tapando con una buena frazada de razonamientos y especulaciones lo que sentía por ella, un buen día la cité en plena calle; llegó sonriendo incautamente. Primero le dije buenas tardes o algo por el estilo, y después, «Mirá, yo te quería ver para decirte que no podemos vernos más». La pobre no pudo cerrar la boca, ni decir una sola palabra; entonces me resultó cómodo conjeturar que no hablaba para impresionarme, que fingía. Por eso, con impaciencia di media vuelta y me mandé a mudar. Desde ese día su cuerpo será una espina ponzoñosa clavada en la memoria; por eso al recordarla sentiré invariablemente la misma enorme tristeza; al reproducir su olor, su ternura. Preferiré cualquier cosa, antes que estar lejos de todo eso, pero ya será tarde.

Después de abandonarla en una esquina, volví con mi mujer, pero dos años después la plantaría irremediablemente por otra dactilógrafa con aires de condesa. Creía encontrar en ella, una vez más, el encanto, la delicadeza, sin detectar las frustraciones, los miedos de esta pobre chica producto de una familia algo pituca; veía un espíritu trascendente, donde sólo había inhibiciones y esas cosas con las que crían a estas señoritas de mierda.

En poco tiempo fue reemplazada por una maestra sana y fuerte y alegre. Pero esta también sería sustituida por una profesora rosarina; y la profesora por una timbera vistosa y guaranga que no aspiraba a otra cosa en este mundo que no fuera una buena mesa de póquer o una estrepitosa encamada. También hubo una intelectual de pedigree y una estudiante de sociología, bolchevique ella, y con una estremecedora carita de bibelot.

Con la intelectual la relación duró demasiado, para aquellos tiempos vertiginosos. Sin duda ella debió tener para mí una importancia que nunca he logrado precisar. Pero aunque nunca dejé que la relación tomara forma, la despedida fue grotesca, entre otras cosas. Elaboré en esa oportunidad una explicación estrictamente racionalizada, como requería la presencia de una intelectual; ella tuvo un leve arranque emotivo —dos o tres lágrimas silenciosas— y luego acordamos despedirnos tradicionalmente, es decir haciendo el amor por última vez. Nos desnudamos, nos acariciamos con prolijidad y logramos excitarnos consecuentemente. Cuando llegó el momento, comencé a manotear por mis alrededores en busca de los entonces irreemplazables anticonceptivos, pero no los encontré. Entonces me levanté de la cama y fui a buscarlos a un placard, aunque también infructuosamente. Como demoraba, mi intelectual vino hasta la otra habitación a ver qué pasaba. Me encontró hurgando en los cajones y se sumó a la tarea: habíamos sacado todo lo que había adentro, revisando a conciencia, cosa por cosa, hasta que advertimos que estábamos inoportunamente desnudos para efectuar una tarea tan concienzuda. Entonces comenzamos a reírnos sin retaceos, nos vestimos y salimos a la calle, prescindiendo de la ceremonia tradicional. Tomamos el subte que llega hasta Plaza de Mayo, pero ya no había risas y tampoco podíamos hablar. La cosa se completó cuando a un metro nuestro un pasajero se desplomó víctima de un ataque de epilepsia. Bajamos en la primera estación procurando alejarnos de las convulsiones del desdichado. Después tomamos un taxi, pero tampoco nada pudimos decir; ningún comentario, ni siquiera alguna trivialidad.

Menos grotescas o patéticas fueron las cosas con la mujer del naipe. Era amante de un psiquiatra, ligeramente circunspecto, que nunca se enteró de mi intervención en sus asuntos. La misma noche en que logré zambullirme por primera vez en la ajena cama de ella, había ayudado al psiquiatra a bajar por el ascensor, dejándolo en su automóvil bajo la exclusiva protección de Dios: era aventurado suponer que el pobre pasara ileso la próxima esquina, de tan ebrio que andaba. Ella me recibió con una risotada desde su lecho, amplio y mullido como un altar. Con la misma risa me despediría. Luego vendría la estudiante bolchevique y su aterradora carita de bibelot.

Pero mi ánimo comenzaba a saturarse y decidí apelar otra vez a mi mujer, después de esta segunda separación producida a tres años de la primera, es decir, cuando muchos decían «desarrollismo» con alguna devoción, antes de que toda esa política fracasara y vinieran «azules» y «colorados» y sus luchas armadas. Había comenzado a escribir por ese entonces una novela en la que relataba mis amores iniciales con mi primera mujer. La novela iba a llamarse El amor del siglo. Alcancé a escribir dos capítulos: «Entonces no sabía mucho de mujeres», confieso en estas escasas páginas, y luego me refiero a mi experiencia matrimonial, a recordar, con algún remordimiento, a la que fuera mi mujer: «Ahora, después de tanto tiempo, no sé realmente si podré decir algo que valga la pena sobre el tipo de amor que ella supo desencadenar; además mis relaciones con Paulina fueron siempre una gran confusión».

Conviene aclarar que no solamente con Paulina me ocurría esto, sino con todo el mundo. Sin embargo me refiero a mi propia persona con más complacencia que en la actualidad, cuando después de todo, las cosas se me han aclarado ligeramente: «Para ese entonces —poco antes de conocer a Paulina— hacía una vida bastante salvaje; andaba descalzo por la isla sin que me lastimaran las espinas o las piedras. Nadaba en pleno invierno y no le tenía miedo a las rayas o a los cangrejos. Era experto en el manejo del remo y no había placer más hermoso para mí que internarme con una piragua en el río los días de tormenta. El oleaje hacía naufragar mi piragua; entonces me ataba la amarra al cuello y me volvía nadando. Cuando los días eran apacibles, la aventura consistía en navegar un angosto zanjón en el cual apenas era posible maniobrar; por él se llegaba a la Laguna de los Espejos».

Como se verá, estas confesiones serán preparatorias de un pretencioso bucolismo que intentaba predicar; pero antes relato cómo pierdo mi virginidad en manos de una prostituta: «Tal vez hubiese sido un marco más adecuado para un debut de este tipo la Laguna de los Espejos, y las garzas moras, y las victorias regias, y una linda mujercita de mi edad. Pero no me quejo de mi suerte y, aunque nunca más la he vuelto a ver, conservo agradecido cariño por aquella opulenta mujer de la vida». Esta visión pastoral, tiene su justificación: «Admirábamos a David Herbert Lawrence»; sin embargo admite: «Creo que idealizábamos un poco la cosa, aunque estas idealizaciones sobre el sexo —a la manera de Lawrence— sirvieron al menos para tomar bastante en serio al amor y no convertirlo en un problema de seducción o destreza».

Alguien proclama en una reunión de amigos, según se dice en la novela: «El país y la mujer están sin conocer. ¿Quién toma en sus manos esta riqueza? ¿Cómo podemos vivir ignorando la carne y la tierra que nos rodea?». No era yo autor de esta suerte de proclama, pero de todas formas ella un poco expresa el pensamiento de aquel grupo de gente que costosamente se defendía del medio, trataba de conservar impolutamente su adolescencia. En verdad, no conocer la tierra que nos rodea, puede subsanarse con un viajecito —y una especial preocupación, por cierto—; la mujer puede ser conocida si uno presta un poco de atención, si escucha lo que dice, descubre lo que siente; sus secretos humanos, sencillamente humanos y no El-Secreto-de-la-Mujer; tampoco El-Secreto-de-la-Tierra; es azaroso pretender tocarle los testículos a Dios en cada acto que cumplimos sobre este reprochable mundo.

Sólo a través de símbolos admití allí la presencia del otro: «No recuerdo si me impresionó demasiado ese río pesado. O si fue la caña Aristócrata. No me acuerdo bien qué pasaba, pero no tenía ganas de dormirme, sino de tener los ojos bien abiertos, de estar vivo sobre esas aguas, bajo esa noche abierta». Me refiero al río Paraná, entre otras cosas: «Las aguas del gran río estaban allí. Eso también era la vida. Dejaría de ver esos crepúsculos, no escucharía más el ruido de esas aguas inmensas; era como despedirme de una mujer». En realidad, y a pesar mío, me despedía de otras cosas: «Nos pusimos a mirar silenciosamente nuestro río. Allí estaba con toda su crueldad; qué podía importarle de nosotros, qué significábamos para él, qué éramos frente a esa enorme superficie que nos sostenía».

No había forma de defenderse, el ingrato río no prestaría más su apoyo; nadie lo haría, se había roto el mundo de la protección, aunque me costara años empezar a admitirlo. El hecho es que había decidido casarme; a los pocos días viajé con Paulina, desde Santa Fe, mi ciudad natal, hasta Mendoza; y siguen los miedos: «… dejamos atrás la llanura y su río: nos esperaban los picos más altos del planeta. Estaba emocionado, pero no lo confesaba. Cuando por fin decidí contarle a Paulina lo que me estaba pasando, la vi triste o asustada y pensé que era inútil tratar de hablar, imposible entenderse en esos momentos de miedo». Y más adelante, relatando siempre el mismo viaje: «Cuando salimos de San Luis, relampagueaba. Los rayos caían sobre el norte descubriendo para nosotros la presencia de los cerros puntanos, hasta ese momento ocultos en la oscuridad de la noche. ¡Dios mío!: en un día como ese el hombre habrá recibido seguramente los mandatos divinos. Los dioses iracundos con la debilidad de Orfeo lo condenaban por segunda vez. El cuervo devoraba la víscera del rebelde y nosotros, desvalidos en el mundo, solos, del otro lado del país que habíamos atravesado en todo su ancho, teníamos miedo de la noche y de la memoria que nos sometía y que nos asustaba sin decirnos de qué». Y siguen los miedos, pero se aclaran un poco: «Pasando por Potrerillos vimos de cerca los picos blancos y filosos. Recibí una sacudida que me desconcertó. Allí estaban, enormes como el río, como el país, como toda la vida que teníamos por delante».

Poco después termina la novela. Pero hay un detalle, una suerte de venganza anticipada de Paulina: a los pocos días de vivir con ella en Mendoza, ella tiene una pesadilla, y dormida trata de matarme, con una navaja que había quedado sobre una mesa de luz. Recién cuatro años después se verían los motivos de este fracasado intento de hacer justicia, aparecería la bella dactilógrafa. Ocho años más tarde, rompería con Paulina definitivamente.

Estando ya separado de ella, cuando todavía faltaba un año para la caída de Frondizi, cuando se me había saturado el ánimo, hice un intento de reencuentro con ella: ver crecer a mis hijos, morir fiel a una mujer. Bebía con menor frecuencia, es decir no me emborrachaba diariamente o varias veces al día. Prescindí de mis amores efímeros —algunas lloraron, otras se burlaron de mí, o me repudiaron conmiserativamente. Cuando quedé libre de mujeres y alcohol, escribí una carta a Paulina proponiéndole el reencuentro.

Cuatro días esperé la respuesta, pero cuando por fin llegó, la carta de ella no contestaba a la mía: se habían cruzado. Daba noticias de haber iniciado un estrepitoso romance: era la primera vez que le ocurría semejante cosa con otro que no fuera yo. Cuando terminé de leer la carta, tenía la seguridad de que alguien me había pegado un garrotazo. Pero estaba solo en mi departamento. La quietud y el silencio —apenas llegaban los ruidos de la calle hasta el piso donde estaba—, eran una especie de burla funeraria. En esa tumba pasé varias horas. Intenté llorar, tuve ganas, hice esfuerzos para lograrlo, pero no pude romper ese aire de muerte, sin tiempo, que me envolvía.

Dos días después llegaba una nueva carta de Paulina, contestando esta vez a mis proposiciones. Anunciaba un viaje para conversar del asunto. En efecto, al día siguiente tocaba el timbre de mi departamento y en seguida hacíamos el amor: para ella por primera vez comparativamente. Pero todavía no estaba dispuesta a romper con su nuevo amor, ni a terminar con el viejo, es decir conmigo. Dos días después volvía a Santa Fe y algunas semanas más tarde viajaba yo a esa ciudad con la intención de hacer una suerte de experiencia piloto postmatrimonial.

Algunas tardes Paulina salía a encontrarse con su amante, mientras yo me quedaba a cuidar a los niños, como un caballero británico o un personaje de historieta. Cuando ella volvía se deslizaba ardorosamente en la cama y volvía a hacer el amor, esta vez con su marido, es decir conmigo.

La ménage à trois —púdicamente encubierto—; la mundanidad, no quitaban desdicha a la situación, ni aseguraban un desenlace favorable. Por ese entonces, trabajaba como secretario de prensa de la universidad; concurría a las reuniones del Consejo Superior, atendía a los periodistas, trataba de prescindir de las manías, de las fobias, de los ojitos miopes y sinuosos del rector, hombre pálido y astuto. Ni siquiera sus intrigas entretenían, y me aburría, en suma, como un bombero.

Una noche, al salir de mi trabajo, me encontré con Pepe y fuimos a comer. Después Pepe iba a tener que hacer, entonces llamé a Tito: tenía terror de quedarme solo. Tito en ese momento salía para el teatro y me propuso que lo acompañara. Cuando llegué al teatro la función no había empezado, y Tito por su parte no había dado señales de vida: Tito y estrenos nunca fueron puntuales. La cosa era en el Teatro San Telmo y debutaba una compañía chilena. En la puerta me encontré con algunos amigos y me quedé charlando con Raúl, un actor que se estaba divorciando por segunda o tercera vez. Después de hablar de cosas que ya todos han olvidado, empezamos a impacientarnos por «este Tito» que no llegaba nunca con las invitaciones. En eso andábamos, cuando me distraje mirando a una mujer que avanzaba hacía nosotros y recién había aparecido por la esquina. A medida que se acercaba, sonreía. Saludó con afecto a Raúl y después, antes de que nos presentaran, ella cortó el trámite, diciendo: «Yo a vos te conozco», cuando fuimos adolescentes, allá en Santa Fe; pero yo ni me acordaba. No importa, lo único que importa es no separarse de ella que vuelve con las invitaciones necesarias —que termina de conseguir— y dispone: «Vos te sentás con Tito —llega en ese momento en un taxi cargado de gente, incluida la todavía mujer de Raúl, bailarina de ballet de largas pestañas y de eterna sonrisa—, vos con vos, y vos conmigo», me dice cuando había terminado de distribuir las tarjetas.

Me parecía mentira tenerla tan cerca y pensaba de dónde habrá salido, quién me la habrá mandado. Era La Mujer. Siempre supe que algún día ella iba a sentarse a mi lado, venida de un sueño o de cualquiera de esas cosas en las que pensamos los fantasiosos y que suponemos son fuente de toda realidad satisfactoria.

Cuando salimos al hall, después del primer acto, me integraron a una rueda donde casi todos eran actores. Los actores: quien nunca los haya tratado, jamás podrá imaginar ciertamente cómo son. Quien los conozca, no podrá describirlos, inenarrables criaturas. Antes sólo veía en ellos sus limitaciones; actualmente admito otras cosas, aunque la futilidad, la ignorancia, la evidente falsa modestia, me siga poniendo la piel de gallina. Pero, pobrecitos: son mariposas, ciegos que escriben en el agua, que gritan en el vacío más sordo. Fugaces como la vida misma que representan, viviendo y muriendo cada vez y demasiadas veces, no tienen tiempo para reflexiones, así, cerca de la piel del mundo, de las llamas que entierran y vapulean la existencia, que rigen el destino de todos, el designio de vivir y morir entre aplausos y la complacencia del público.

Ella era actriz, pero no exageraba al hablar. Los actores conocen de tonos y de acentos y de inflexiones y de gestos y de movimientos; así usan todo este arsenal para hablar de cosas que normalmente no requieren semejante despliegue. Pero apelan, no obstante, a los recursos de su oficio. Tampoco dijo «yo soy una persona que no puede soportar» algo que generalmente a nadie le gusta soportar. En suma, era casi perfecta.

Cuando terminó la función fuimos a cenar a Edelweiss y yo, sin advertirlo, lo hice por segunda vez, obsedido por la idea de sentarme al lado de ella, de que no se me escapara de las manos, que no fuera efímera como una representación de teatro. Después de cenar fuimos a Jamaica: desde hacía varias noches se reunían allí algunos argentinos y Jim Hall y Roy Eldrich, ambos de paso por Buenos Aires. Cuando llegamos, el templo respiraba con cada nota, agitándose en los solos, muriendo en los silencios: era un hongo atento que se escuchaba, como un indio, el atisbo del cristiano; o el cristiano acechando al malón. A veces pienso que el jazz es lo único que vale la pena de este coloniaje que padecemos. Nadie escapaba a su seducción, a esa misa; complicados todos menos dos personas: nosotros.

Juntos, nos escuchábamos; sin tocar, sin hablar, sin atender a la música que a todos arrastraba. Volvimos a la mesa —todos estaban de pie, rodeando a los músicos— y ella empezó a contar algo, hasta que nos miramos en mitad de una frase, y allí quedó la mirada de ambos, una dentro de la otra. Advirtiendo el peligro traté de pensar algo gracioso, como «esta mujer está proclive», pero el subterfugio no sirvió y nos seguimos mirando. Entonces comenzó a picarme desesperadamente un pie; me quité el zapato y empecé a rascarme, pero no pude dejar de mirarla; ella tampoco, pese a que colaboró alegremente en la tarea.

No es fácil derrotar esa mirada húmeda y triste; fuerte. Llena de sabiduría y ternura: la vieja mirada de los enamorados. Le pregunté por qué me miraba, si me estaba tomando el pelo, pero ella no contestó y empezamos a besarnos, mirándonos todavía, como si buscáramos algo que se hubiera perdido.

Cuando los músicos pararon para descansar, los amigos volvieron a la mesa y nos encontramos abrazados. No se sentaron con nosotros, se ubicaron por allí observando desde lejos, con respetuoso desconcierto. Nos fuimos a eso de las seis de la mañana y estaba amaneciendo. Había lecheros y diarios y trasnochadores; el elenco tradicional de la hora. Pasando por la catedral, en Avenida de Mayo, ella decidió tomar un taxi. Nos besamos largamente en la esquina de la municipalidad y desde La Prensa empezaron a gritarnos «larguen» y otra serie de ingeniosidades.

A la tarde siguiente nos encontramos en el grill del City Hotel y allí nos aferramos a la única tradición que hasta ese momento habíamos podido instaurar: el vodka.

Fue nuestra bebida la noche anterior en la boîte, era lo único que teníamos de común. Pero allí no había, así que nos fuimos desairados, ante el mozo intimidatorio que vio con cierto estupor cómo nos mandábamos a mudar. Afuera hacía un frío espantoso y caminamos hasta la Richmond; allí tomamos finalmente vodka y hablamos de todo lo que nos había ocurrido hasta ese momento: cómo había sido la vida conyugal de cada uno, por qué había fracasado, cómo eran los hijos, cómo fuimos antes, de chicos; qué comidas nos gustaban, qué libros, qué películas, qué olores, qué temperatura, qué color —ella prefería el turquesa—; mientras hablábamos nos seguíamos mirando, tomados de la mano, con miedo de perdernos.

No podía quedarse conmigo esa noche —problemas familiares—, pero prometió venir al día siguiente a mi departamento. Cuando escuché el timbre, quedé paralizado. Sin decirnos nada nos sentamos a la mesa, junto a una ventana desde donde se veía la ciudad. Era un día diáfano. Con un pretexto, mandé a la mucama a la calle, a comprar alguna cosa. Un minuto después de escuchar la puerta y los pasos de la mujer que se alejaban, estábamos en la cama.

Al levantarnos era de noche. Debí reconocer que, por primera vez, había sentido cierta ternura y no ese furor pelado, como un charqui, que desencadena el erotismo aislado de cualquier otro sentimiento. El hastío, la desesperada intolerancia que siempre me había asediado después de hacer el amor —esas ganas de huir de la cama—, no habían aparecido en esta oportunidad. Estaba enamorado, tal vez.

Pero de estas cosas me resulta muy difícil decir algo. Uno se queda duro como el vidrio, apenas se puede respirar, los dedos se entumecen, la máquina de escribir se descompone, la luz se quema, el corazón estalla y la cabeza se incendia como un bollo de papel. Y no porque no sepamos, porque no tengamos nada que decir sobre el asunto, sino porque tenemos miedo.

Desde entonces no hemos dejado de vernos —en este momento toma el sol a mi lado: es un verano perfecto, pocas sombras nos merodean, o muchas; los fantasmas que engendramos se desdibujan y reaparecen desde entonces. Después de conocerla debí optar entre Paulina y ella. Paulina cuando se enteró de lo que me andaba pasando, rompió rápidamente con su amante, pero esto no precipitó una definición; Paulina esperó y ella decidió alejarse, pero sólo unas cuadras, pues en seguida volvió arrepentida: esto ocurrió una tarde de frío, en la Munich que en ese entonces, cuando conspiraban los generales gorilas, había por el Once.

Entonces aceptaba los vaivenes; era una especie de tabla imbécil que se acuna con las aguas podridas y la brisa insípida y pegajosa que siempre sopla antes de las tormentas de verano. Por otra parte, era suficientemente cobarde y astuto para no tomar determinaciones y, con la habilidad de los timoratos y de los zorros, logré que ambas mujeres las tomaran por mí. Así Paulina en una carta terminó liquidando su matrimonio: era la tercera vez que esto ocurría, la vencida.

Acepté —¿buscaba esta salida?—, pero nada se pudo sosegar, ya que aparecieron nuevos problemas: porque los idilios duran poco, y aunque duren mucho, llega un momento en que —como decía al principio— los protagonistas, los actores de la pieza se convierten en deidades de carne y hueso. Así ella quería vivir conmigo y yo no estaba demasiado convencido; no me caía mal esa vida de soltero o de viudo que venía llevando. Además estaba acobardado. Sabía que con Paulina la cosa había terminado para siempre y que eso representaba muchos años de vida, hijos. No me quedaban muchas ganas de empezar de nuevo. A ella de todas formas, la idea de vivir conmigo no se le iba de la cabeza. No quería solamente hacer el amor, o salir por allí. Quería desayuno, baño, mal humor y todas estas cosas que ofrece la vida en común de la pareja. Me defendía como una avispa, pero comenzando a reconocer que ella proponía algo más jugado, menos reticente, cauteloso —«a mí no me agarran», decimos los machos en este país—, convencional.

Aunque tal vez fuera una necesidad de ambos, que crecía a pesar mío, convirtiéndose en una íntima y peligrosa convicción. Por otra parte debía seguir siendo un poco lawrenciano, tal vez más deshilachado, después de tantos años, después de tanta realidad que se me había venido encima, pero de todas formas acariciando en el fondo de mi corazoncito eso que suele llamarse «pareja ideal». Pero básicamente estábamos enamorados como bachilleres, y esto decide muchas cosas.

Viajamos juntos a Córdoba, conviviendo por primera vez, durante tres días. Usaba una bata china, color turquesa. Era de esas mujeres que se ponen pesadas: fuertes y tiernas como son. Un lonjazo, que sin dolor, obliga. Al regresar a Buenos Aires, nos separamos y esto realmente nos entristeció. A lo mejor queríamos vivir juntos nomás. Ella me había convencido o embaucado.

Así apareció un día con la novedad de que había conseguido un departamento. Me mudé esa mañana con poco entusiasmo; por la tarde me quedé sin trabajo: policía y política, aquí todo lo tiñen, desde que tengo uso de razón. Estuve unas horas detenido, pero no me consideraron suficientemente subversivo y me soltaron. Por la noche hicimos una fiesta celebrando las bodas. Cuando se fueron los amigos y quedamos solos empezaron lo que se conoce por peleas conyugales, que debe ser una de las cosas más inútiles, más inevitables, más desgastantes, más mediocres, que ha inventado la humanidad.

Sin embargo nos queríamos como Marco Antonio y Cleopatra, como Romeo y Julieta; como Tristán e Isolda; como Abelardo y Eloísa; como Fabricio y su novia. Capaces, como cualquiera de ellos, de morir por amor, pero torpes para vivirlo, trabados como espásticos.

No se sabe a dónde iremos a parar, porque en alguna medida y a pesar de todo, no nos conformamos con lo que el destino nos arroja. Confieso que estoy cansado de hablar de tantos errores; de tanta vida incierta. Por eso no soporto equivocarme y aburrir con tantos tropiezos y veleidades. Pero habrá que admitir que aquí es difícil aprender, moverse. Para nosotros la experiencia nunca ha servido para otra oportunidad, sirve mientras se aprende.

(De: Todo eso, 1966)