El arquero

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Luciano Lamberti

Marcos tiene treinta años y está deprimido. Se despierta a las once de la mañana y se queda mirando el techo y buscando una razón para levantarse. Después hace una lista. Diez razones para empezar el día de hoy. Ninguna lo convence, pero estuvo tanto tiempo mirando el techo que ya no tiene sueño y de todas formas se levanta. Hace dos pasos y ya está cansando, como si hubiera recorrido grandes distancias mientras dormía, cuando la verdad es que estuvo descansando tranquilo, sin sueños, como un cachorro o un bebé.

Y de noche es peor. Se imagina que va a quedar planchado apenas se acueste, pero a los quince minutos está lúcido como una brasa viva y prende la televisión, se sirve un vaso de leche y mira hasta el final una película de Chuck Norris, donde Chuck tiene que salvar a sus antiguos compañeros de guerra que siguen prisioneros en un campo de concentración. La cámara los muestra: viven en condiciones infrahumanas, metidos en un pozo cubierto con una reja de bambú, alimentándose de gusanos. Allá va Chuck en helicóptero a liberarlos. Pero ni su capacidad para el combate o el acecho, o su ametralladora de tambor giratorio, capaz de disparar más de cien balas por segundo a distintos vietnamitas, petisos y pálidos como monos orientales, puede sacar a Marcos de su angustia.

Uno de los motivos es Micaela. Le dijo: estuve con Aldo. ¿Qué Aldo? El que atiende el bar en el centro de estudiantes. ¿Ése, por Dios? ¿El que repartía revistas del Partido Obrero? Ése, sí. Y después, cuando el que habría tenido que echarla era él, la víctima del engaño, ella le dijo: Andate. Así fue. Marcos vio una faceta suya que desconocía por completo. Ella le ponía mermelada y queso dietético a sus galletitas, le lavaba las zapatillas llenas de barro. Y ahora lo trataba como si nunca lo hubiera conocido. Así que volvió a su antigua habitación en casa de sus padres. Llegó con un bolso y se quiso instalar pero descubrió que en los cajones había ropa de su madre.

Hace unos meses duermo ahí, dijo ella.

¿Están peleados?

No, tu padre duerme con el aire prendido y a mí me hace mal.

A la otra mañana, para tomar posesión ritual de su antigua pieza, Marcos sacó dos viejos posters enrollados detrás del ropero, llenos de pelusa y telaraña, y los volvió a colgar en la pared, en los mismos sitios que habían ocupado diez años atrás. Uno de Guns n´ Roses y otro de Iron Maiden. Después se acostó y miró los viejos posters.

Su hermano fue a visitarlo y le recomendó una siquiatra. Un amigo de la adolescencia fue a visitarlo y le recomendó una sicóloga. Incluso su padre, que no creía en esas cosas, le habló después del asado del domingo, golpeándole varias veces la pierna con camaradería y violencia: Hijo, estás grande ya, tenés que superar estas pendejadas, yo conozco un tipo que hace control mental, te hipnotiza y te lava por dentro, cobra barato. Marcos dijo: no. Voy a salir solo. Con mis piernas y mis brazos. Es como salir de un agujero. Soy un soldado en el pozo de un campo de concentración vietnamita. Me alimento de gusanos y mis ojos no vieron en décadas la luz del sol.

Y una mañana Marcos se levanta a las ocho y media, se calza un par de zapatillas deportivas y sale a caminar. Elige una calle que se llama Juan de Garay, que bordea las vías. Va escuchando música en el mp3. Pj Harvey, R.E.M., Radiohead. Es junio. Las viejas barren la vereda y con el montón de hojas secas prenden un fuego. De las hojas sube un largo brazo de humo blanco. Un tipo arregla el auto con la cabeza metida bajo el capot. Unos chicos juegan al fútbol en un campito. Se los escucha gritarse instrucciones, recriminarse por alguna jugada. Marcos se para un rato y los mira. Piensa: así hay que vivir. Hay que hacer cada cosa en esta vida como estos chicos juegan al fútbol. O como el viejo de la quinta, piensa. Su mamá lo manda a veces a comprar un atado de lechuga o unos tomates y Marcos golpea las manos al frente de la casa del viejo. Se oye LV3 sonando en algún lado, y al rato se abre la puerta y el viejo sale, con alpargatas y un mate lavado. Se acercan a la quinta y la mano arrugada del viejo desentierra unas zanahorias.

Marcos se imagina viviendo en las sierras de Córdoba. Tiene una quinta, un par de gallinas ponedoras, conejos. Se levanta temprano y corta leña para poner la pava al fuego. Alimenta las gallinas. Arregla una rotura del alambrado. En su tiempo libre mira películas y quizás le escribe cartas a sus amigos y a Micaela, que seguro estará preguntando por él cuando se le pase el entusiasmo por el pelotudazo ese. Se va tostando, se va endureciendo al contacto con la naturaleza. Encuentra su centro y es indestructible.

Después visita a su hermano, Osvaldo, arquitecto, que sale a atenderlo con una camisa de mangas cortas y los brazos cubiertos de viruta amarilla, porque estaba cortando un tirante cuando Marcos tocó el timbre. Osvaldo prepara dos vasos de Gancia con soda y limón, corta un salame, un pedazo de queso y media tira de pan. Se sientan en el patio. Osvaldo le cuenta sus planes. Va a levantar un quincho alrededor del asador. Algo modesto, para sentarse a comer en familia. Él mismo va a cortar los tirantes y las tablas y a armar la estructura. Un albañil joven lo va a ayudar a colocar la paja del techo. También tiene pensado pintar las paredes de blanco y las aberturas de azul.

Al rato llegan las mujeres del supermercado. Osvaldo está separado de su primera mujer y juntado con otra que se llama Mercedes y es trabajadora social. Tienen una hija adolescente. Osvaldo prende el fuego para un asado y le pregunta cómo anda.

De los nervios, dice Marcos.

Ya estás grande, dice Osvaldo. Basta de paja, hermano. Basta de pensar en la muerte, basta de mirar tu propio ombligo. Tenés que buscar una chica y tener un hijo. Eso te va a hacer bien.

Puede ser, dice Marcos.

Al rato arman un tablón cerca del asador y se sientan a comer. Mercedes le dice que el viernes van a hacer una cena con amigos y que tiene una chica soltera para presentarle. Es enfermera y le gusta ir al cine, como a él. Mercedes la conoce porque trabaja con ella en un sector del hospital que trata a las mujeres golpeadas. Después de un rato, Marcos se levanta para ir al baño y antes de volver se queda mirando a su hermano y sus mujeres sentados en el tablón, hablando en voz baja y pausada, nimbados por la luz. Después se sienta y anuncia que asistirá a la cena.
Buenísimo, le dice su hermano.

En la semana, Marcos está inquieto y ansioso. El jueves, llama a Osvaldo y le pregunta qué combinación le parece la más adecuada: jean con camisa, pantalón de vestir con camisa, jean con chomba, pantalón de vestir con chomba. La última, dice su hermano, evidentemente sin interés. El viernes, Marcos se afeita, se pone perfume. En el trayecto compra una botella de tinto, no muy cara. Cuando llega, la botella en la mano, se da cuenta de que es muy temprano y como no quiere ser el primero da una vuelta a la cuadra. Pasa por un kiosco y aunque ha dejado el cigarrillo hace años se compra uno suelto y se lo fuma. Le tiemblan las piernas. Unos adolescentes toman cerveza sentados en el cordón y le silban a las chicas que pasan. Mirándolos, Marcos piensa que le gustaría volver a tener dieciséis y estar tranquilo tomando una cerveza en el cordón. Uno de los chicos le pregunta si es puto o qué. No, no, para nada, dice Marcos.

Toca el timbre y lo atiende Mercedes, hablando por el inalámbrico. Sentada a la mesa está Ana. Su hermano se la presenta. Cuando le da un beso en la mejilla, Marcos nota que huele a limón, un limón verde todavía colgado del árbol. Casi inmediatamente llegan los Vartanian, docentes de secundaria, y grandes saludadores a los gritos y al rato Cepeda, antropólogo y docente universitario visitando a sus padres en las fiestas, un tipo alto con una camisa militar de color verde, el pelo cuidadosamente desordenado y una barba de tres días. Marcos se imagina todo el tiempo que le debe llevar despeinarse frente al espejo. Cepeda se sienta entre Marcos y Ana, se vuelve hacia ella y le dice: En París conocí a Jodorowsky. Me hizo algo llamado “anoterapia”. Lectura del ano. Es muy interesante porque…

Marcos casi no come, toma mucho vino. Está ansioso por decir algo, y sabe que tiene que ser mínimamente “interesante”, pero no consigue captar la atención de nadie. El antropólogo y sus anécdotas de viaje llenan todo vacío. Cuando terminan de cenar, Marcos hace un comentario ingenioso, o que a él le parece ingenioso, pero las palabras se le arrastran en la boca como si estuviera borracho. Se levanta, entra al baño, se lava la cara. Golpean la puerta, es su hermano que le dice: Relajate un poco, Marcos. ¿Querés un café? Estoy bien, dice Marcos. Su hermano se queda mirándolo. ¿Querés tirarte a dormir un rato?

Estoy bien, estoy perfecto, dice Marcos.

En la mesa se habla del aborto, de Bolivia y de Estados Unidos, del peronismo. Por último, de las mujeres golpeadas. Mercedes cuenta que tiene por lo menos dos casos por semana. Y que en una ciudad chica, eso no es poco. Es un problema estructural y a la vez histórico, dice Cepeda. Marcos piensa en Micaela, que le llevaba el café con leche a la cama, y dice que a algunas mujeres habría que reventarles la cabeza con un palo. Se produce un silencio. Marcos se acomoda en la silla y tumba una botella de vino. El vino se derrama sobre el vestido de Ana. Marcos pide perdón. Su hermano le dice que se quede quieto por el amor de Dios. Casi se lo grita. Marcos busca una servilleta y quiere limpiar el vestido de Ana. Su cuñada le saca la servilleta y lo sienta y le dice: Nene, portate bien. Vartanian le dice: ¿Estás borracho, amigo?

Estoy bien, estoy perfecto, dice Marcos.

Fin de la cena. Los Vartanian se despiden con sus camperas en la mano. El antropólogo se ofrece a llevar a Ana. Osvaldo le pregunta si no puede acercar también a Marcos. Le hace el gesto de «tomó demasiado» como si él no lo estuviera viendo. No hay problema, dice el antropólogo. Tiene una Land Rover lo suficientemente grande como para transportar a toda una tribu de Patagones. Marcos va solo en el asiento de atrás. El antropólogo maneja y Ana lo acompaña adelante.

En el camino, el antropólogo le pregunta qué está haciendo de su vida. Marcos se queda pensando. Nada, dice después. El antropólogo lo mira por el espejo retrovisor.

Llegan a su casa. Marcos se baja y saluda con la mano, sonriendo, mientras la camioneta se aleja.

¿Qué estoy haciendo?, se pregunta.

Después entra en su pieza con la luz apagada, se desviste y cuando va a acostarse extiende las manos en la oscuridad y toca un bulto caliente que se da vuelta en la cama y suspira. Su mamá está durmiendo ahí y Marcos se queda parado, en calzoncillos, sin saber qué hacer.

(De: El asesino de chanchos, Ed. Nudista, 2014)

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