El artista del barrio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Marcelo Lillo

Mi abuela estaba muriéndose y nadie decía nada. Ninguno de sus hijos, incluyendo a mi padre, se atrevía a tocar el tema por miedo, superstición o ética, porque es de mal gusto hablar de la muerte cuando el futuro difunto todavía respira aunque sea con dificultades. O tal vez era porque la abuela aún respiraba sin dificultades y era probable que continuara muchos años así.

Tiempo atrás la anciana se había despedido de su hija favorita para irse a vivir sola, en dos piezas que estaban al final de un patio sembrado de ciruelos que era propiedad de su hermana. Ambas eran viudas y de la noche a la mañana descubrieron que se necesitaban la una a la otra. Mi abuela se lo comunicó a la familia y a pesar de que la mayoría no aprobó la mudanza ella igual lo hizo, quizás porque necesitaba independencia, porque no vivía sola desde que su casa se incendió o porque era cierto que extrañaba a su hermana.

Se mudó con su cama y su ropa, llegó a un acuerdo con su hermana para cancelarle un pequeño arriendo y dejó el resto en manos de sus hijos. Uno debía encargarse de la calefacción, otra de los artículos de aseo, un tercero cancelaría la luz y el agua. A mi padre le correspondieron los víveres esenciales.

El primer sábado de cada mes mi madre llenaba dos bolsas con legumbres, café, té, azúcar, fideos, arroz y varias cosas más y me mandaba a llevárselas a la abuela. A veces mi papá me pasaba un sobre con un poco de plata, pero lo hacía a escondidas de mamá y me pedía que no se lo dijera a nadie.

A mí no me gustaba ir donde mi abuela, tal vez porque nunca se mostró muy cariñosa conmigo, o no todo lo cariñosa que tenía que ser una abuela. A lo mejor se debía a que yo no era su nieto favorito, o a algo peor: yo era hijo adoptivo y eso significaba que tenía un pie fuera de la familia, y en algunas ocasiones los dos.

Empujaba el portón, cruzaba la casa principal donde vivía la hermana, a la que llamaba «tía», y atravesaba el patio de ciruelos hasta llegar donde mi abuela. Las manos me dolían por el peso, igual que los pies por la caminata, pero nunca me quejé. Dejaba las bolsas en el suelo y golpeaba, aunque sabía que la anciana había reparado en mi presencia pero no se molestaba en abrirme la puerta.

Se hacía a un lado para dejarme pasar y yo depositaba las bolsas en la mesa. A esa hora, diez o diez y media de la mañana, mi abuela había aseado las dos piezas, tomado desayuno y estaba preocupada de algo menor, como pelar papas, desgranar arvejas o picar cebolla, porque le gustaba almorzar a las doce en punto del día, ni un minuto antes ni uno después.

—¿Cómo te va? —me preguntaba mientras sacaba los víveres y los ordenaba en la repisa—. ¿Cómo está la escuela?

—Bien, abuela.

—¿Cómo está tu mamá?

—Te mandó saludos, abuela.

—¿Te has portado bien?

—Sí, abuela.

Esa era la conversación que sosteníamos, ella de pie y yo sentado, sin nada que comer o tomar porque la abuela no me ofrecía ninguna cosa, a diferencia de las otras abuelas que regaloneaban a sus nietos con alguna golosina o un vaso de bebida. Cuando estaba de buen ánimo me daba una palmada en la cabeza, pero no pasaba de ahí.

Al cumplirse media hora de mi llegada me entregaba las bolsas diciendo:

—Anda, vete, tu mamá debe estar preocupada.

—Mi mamá sabe que no me va a pasar nada, abuela, sabe que estoy contigo.

—A lo mejor te está esperando para que la ayudes en algo. Anda, tienes que ser un buen hijo.

Así finalizaba mi corta visita de médico; todos los meses era lo mismo, salvo leves variaciones que no importan mucho. A veces me pedía que le entrara leña o que enterrara un ratón muerto.

Yo tenía diez años y hasta los trece no dejé de cumplir con el ritual. No falté ni un sábado, no importaba el clima, en más de una ocasión tuve que soportar intensos fríos con la neblina a ras de suelo. Después, la situación se complicó, no para mí sino para mi abuela.

Un día no pudo levantarse, su hermana fue a verla porque le extrañó que pasado el mediodía no se notara movimiento al fondo del patio, y descubrió a la anciana aún en la cama. Le habló, pero no tuvo respuesta; la movió, pero la abuela tampoco reaccionó. Le avisó a uno de mis tíos, este se comunicó con los otros hermanos y hermanas, y el primero en llegar pensó que su madre había muerto, posiblemente de un ataque al corazón mientras dormía. No faltaron los sollozos a boca tapada, hasta que una tía se dio cuenta de que la anciana aún respiraba.

Llamaron a un médico, pidieron una ambulancia y la trasladaron al hospital. El diagnóstico no tardó en llegar: la abuela había sufrido un derrame cerebral, seguiría viva pero no sería la misma de antes porque con seguridad le quedaría paralizado el lado derecho del cuerpo. Fue un diagnóstico frío como las mañanas de invierno en que iba a dejarle los víveres, y a los quince días se confirmó. La abuela salió del hospital en una camilla y nunca más volvió a vivir sola.

La tía Raquel puso su casa y se ofreció para hacerse cargo de ella.

Era la mayor de los seis hermanos, estaba casada con un comerciante de metales, tenía dos hijos adultos y llevaba un buen pasar. Si quiero ser más directo debo decir que era la tía rica de la familia, tanto que era la única que disponía de teléfono, que podía darse el lujo de pagar una empleada y que había educado a sus hijos en un colegio particular. Al lado de las de los otros tíos su casa era un palacio, en la despensa nunca faltaban los frascos de conserva y para su cumpleaños servía pollo escabechado y tres clases de torta.

Allá fue a parar la abuela, sin que ni ella misma supiera por cuánto tiempo, aun cuando el médico dijo que podía estar así meses o incluso años.

Comenzaron entonces los viajes hacia la casa de mi tía Raquel, algo inusual porque antes ningún integrante de la familia se aparecía por allí, salvo en fechas muy especiales. No les gustaba el carácter hosco de mi tía, la soberbia mal disimulada de sus hijos, cierta vulgaridad del esposo cuando tenía unos tragos en el cuerpo. Pero, sobre todo, le guardaban distancia a la casa, a eso que para el resto eran tesoros, aquellos objetos que parecían tener el precio a la vista para que el que quisiera se enterara y abriera los ojos. Nadie se sentía cómodo por temor a que con un movimiento impropio tirara al suelo una figurita de porcelana y tuviera que pagarla.

La enfermedad de la abuela derribó la resistencia, y tíos, primos y hasta parientes desaparecidos por años se juntaban allí, subían al segundo piso y permanecían un tiempo alrededor de la cama donde reposaba la anciana. Mi padre iba los domingos en la mañana, solo, porque decía que a esa hora no había nadie. Mi madre y yo hacíamos el viaje a pie los miércoles en la tarde.

Mi tía nos recibía en la puerta, siempre acalorada y con el pelo muy negro, teñido en una peluquería del centro. Era una mujer de buen porte, maciza, que debía andar por los cincuenta años; hablaba fuerte y era dueña de una mirada que podía ser muy gélida. Sin embargo, no era una mala persona, lo sabía yo muy bien cuando aceptaba sus camisas de buena marca o cuando en las raras ocasiones en que se aparecía por mi casa llevaba un kuchen para tomar once y de su cartera sacaba un chocolate de los grandes para mí.

—¡Hola, sobrino! —exclamaba mi tía al verme junto a mi madre.

Yo sonreía, pero por dentro estaba muy nervioso. Mamá trataba de disimularlo, pero no le resultaba.

—¿Cómo estás, Raquelita? —decía.

—Adelante, pasen, están en su casa.

Pasábamos pero sabíamos que no estábamos en nuestra casa. Mi tía, con un delantal en la cintura y su porte intimidatorio, nos miraba de pies a cabeza y mi madre y yo sabíamos que algún día, cuando encontrara la oportunidad, nos criticaría por la forma en que íbamos vestidos o porque estimaba que el peinado de mamá o mi corte de pelo no se avenía con nuestros rasgos. Se fijaba en cada detalle y tenía muy buena memoria.

Permanecíamos unos minutos en el living y luego subíamos al segundo piso donde estaba la abuela. Mi tía iba adelante, seguida de mi madre y yo al final. Los peldaños de la escala brillaban tanto que daba temor poner el pie encima.

La abuela ocupaba la pieza que había sido del primo Renato, el mayor de los hijos de mi tía que era veterinario y estaba casado con una veterinaria. No era una habitación muy grande, entraba una cama, un ropero y quedaba un pasillo que terminaba en una ventana que daba a la calle. Allí mi tía había puesto sillas para los visitantes.

—Hola, suegra —la saludaba mamá—. ¿Cómo se encuentra hoy?

—Aquí estoy, haciéndole empeño —respondía la abuela, aunque es una interpretación de lo que realmente decía o quería decir. Era muy poco lo que se le podía entender porque a causa del derrame tenía la boca chueca.

Mi madre se sentaba en la cama y le tomaba la mano.

—Vinimos a verla con su nieto. ¿Está contenta? Su hijo le mandó saludos.

—Gracias…

—Hoy tiene buen semblante, se ve mucho mejor que la semana pasada. ¿O no, Raquelita?

Mi tía, que observaba la escena parada en la puerta con los brazos cruzados, soltaba un gruñido que podía significar cualquier cosa. Si cuando la abuela recién salió del hospital le pareció un deber de hija hacerse cargo de su madre en la última etapa de su vida, con el correr de los meses aquello se transformó en una pesada carga, más aun cuando la pobre anciana era incapaz de valerse por sí misma y había que asearla y darle la comida en la boca, y como no podía ir al baño se meaba y se cagaba en la cama.

Las primeras veces fue un desastre porque había que cambiar las sábanas tres o cuatro veces al día, hasta que mi tía encontró la solución: compró pañales de guagua y envolvió a la abuela de la cintura para abajo. Así sólo bastaba retirar los pañales sucios y poner otros limpios. Pese a que suena fácil era un trabajo complicado, porque entremedio había que asear a la abuela y mi tía necesitaba una persona que la sujetara al tiempo que ella practicaba la compleja operación.

Yo me sentaba en una silla y desde allí contemplaba a la anciana, pero mis pensamientos estaban en otra parte. A la vez que recorría esa cara que semana tras semana se parecía cada vez más a una calavera, me acordaba de algo que había visto en la calle o de una conversación que había escuchado en el negocio y comenzaba a contarme una historia. Lo hacía con frecuencia en medio de una clase aburrida, caminando de regreso a casa o en el baño. Y cuando alguna noche no podía dormir era una historia muy larga la que viajaba por mi cabeza.

No sé si llamarlo un don, no importa tampoco, lo que importa es que lo descubrí después de cumplir cinco años y a medida que fui creciendo lo perfeccioné. Si al principio era un personaje, pronto fueron dos y hasta tres los que formaban parte en mis historias; además me preocupé de recitar buenos diálogos e incluir a un narrador que lo sabía todo y estaba en todas partes.

Eran historias de lo más variadas y a partir de los diez años les agregué movimientos. Era el paso natural: encerrarme en mi pieza a representar mis cuentos, premunido de las ropas de mis padres y con tanta dedicación que mientras me deshacía de un personaje para asumir otro, el narrador era el encargado de rellenar los tiempos muertos. En ocasiones mi madre iba a verme, atraída no tanto por mi monólogo como por el ruido que hacía, y al descubrirla en el umbral no me asustaba porque a la larga o a la corta cada actor o contador de historias necesita un público.

En los veranos, cuando el tiempo era bueno y los días más largos, trasladaba mis representaciones al patio. Mis cuentos se extendieron, creció el número de personajes y espacios, y terminaba agotado. Pero tenía mi recompensa: los aplausos de los vecinos que asomados en las ventanas habían visto mi actuación en completo silencio. Era el verdadero público y había premiado al artista como se lo merecía.

No tardé en convertirme en una celebridad a nivel de barrio, y las vecinas no se guardaban comentarios hacia mi persona.

—Cuando seas famoso acuérdate de nosotros —decía una.

—Ven a vernos y tráenos regalos —agregaba otra.

—Ten presente que yo te conocí de chiquitito, y que tu mamá te dejaba en mi casa cuando iba a una fiesta con tu papá.

Yo sonreía, nada más. Sabía que contaba bien una historia, que posiblemente era un artista incipiente o el proyecto de uno o un aprendiz avezado, pero no estaba seguro de si iba a dedicarme a eso cuando fuera mayor. A través del diario conocía a los actores y a algunos escritores que de repente salían dando una entrevista, pero me parecían seres lejanos, personas capturadas en el marco de una foto que en raras ocasiones hablaban de sus inicios; y cuando por casualidad lo hacían, ninguno confesaba que había empezado como yo, contándose historias a sí mismo. Eso podía significar que yo estaba loco y me asustaba, porque en esos años todavía no me daba cuenta de que para ser artista no hay que disfrutar de un muy buen estado mental.

En mi familia estaban enterados de mi habilidad, por boca de mi madre, que al parecer se sentía orgullosa de tener un hijo que desbordara imaginación. La mayoría no dijo nada, tal vez porque no comprendía muy bien de qué hablaba mamá, y unos pocos movieron la cabeza como comentando: «Eso les pasa por adoptar un chico del que no se saben sus orígenes». La única que se atrevió a decir algo en voz alta y de manera contundente fue la tía Raquel.

—Tu madre me contó que te gusta jugar solo —dijo—. ¿No tienes amigos?

—Sí, tengo…

—¿Y por qué no juegas con ellos? —Me miró como sólo ella sabía hacerlo—. Mira, sobrino, eso de hablar solo no es muy común en un niño.

—No hablo solo, tía, hago muchos personajes.

Mi tía miró a mi madre y sin decirlo la culpó de mi anormalidad. Era su costumbre, culpar a los padres de lo que ella consideraba defectos de los hijos.

—¡No me digas que quieres dedicarte al teatro! —exclamó.

—No sé, tía.

—No, no, no, sobrino, tú tienes que ser algo mejor. ¿No sabes que todos los actores son unos vagos y unos drogadictos?

Me lo dijo varias veces, cuando se acordaba y un calor le subía a la cara, pero yo seguí adelante con mis historias.

Cada día hacía progresos, tantos, que un día tomé una hoja de cuaderno y escribí un cuento; más adelante el cuento se alargó, porque llené varias páginas con acciones intercaladas entre los diálogos de los personajes. Es decir, compuse el borrador de una obra de teatro. Fui tan perfeccionista que empecé a pasar en limpio las historias en la vieja máquina de escribir de mi padre, cuando un miércoles en la tarde mi madre me interrumpió para decirme que debíamos efectuar la visita semanal a la abuela.

La anciana iba a cumplir un año en cama y, a pesar de que era poco más que un esqueleto, no daba la impresión de que iba a morirse muy pronto, lo que a algunos hijos desesperaba. Habían ido arrinconando el cariño maternal aburridos de desembolsar dinero para medicamentos, pañales y comida. Cansados de tener que visitarla con regularidad y de paso encontrarse con mi tía, que no dejaba de soltar ácidos comentarios por cualquier motivo.

Los semblantes de mis tíos y tías no eran los mejores al llegar al segundo piso y saludar a su madre. Algunos se dejaban caer en una silla y estaban todo el rato perdonándose a sí mismos por desear la muerte de la anciana. No sé si la abuela lo adivinaba o la tía Raquel le decía algo, pero había días en que la enferma se decaía mucho y no hacía más que mirar el techo o pedía que la dieran vuelta hacia la pared.

—Quiero hablar contigo —me dijo mi tía apenas llegamos, agotados de caminar las veinte cuadras que separaban mi casa de la de ella. Me llevó a la cocina y en presencia de mamá, agregó—: Tu abuela no se siente muy bien hoy, no sé qué le pasa pero no ha querido comer en todo el día. Le hablo y ni siquiera mueve los ojos.

—Debe estar aburrida —dijo mi madre—. Lleva mucho tiempo en cama.

—¡Todos estamos aburridos, no es novedad lo que me dices! —replicó mi tía—. Por eso quiero pedirte un favor, sobrino. ¿Me lo vas a hacer?

—¿Qué cosa, tía?

—Tú que tienes tanta imaginación, ¿por qué no le cuentas una de tus historias a la abuela a ver si le levantas el ánimo?

La miré. Vi sus grandes ojos castaños iguales a los de mi padre, la leve sonrisa que le ablandaba los rasgos, y contesté:

—Claro, tía, le voy a contar un buen cuento a la abuela.

Mi tía me acarició la mejilla y subimos con mamá.

Ahí estaba la abuela, con la boca sumida y la mirada opaca al fondo de las cuencas grises. Casi no le quedaba pelo, sus cejas habían desaparecido y tenía la frente salpicada de pecas. Piel y huesos eran una sola cosa.

—¿Cómo se encuentra hoy, suegra? —dijo mi madre.

La abuela no respondió, se produjo un vacío y mamá no supo qué hacer. Me dije entonces que era el momento de tomar la palabra.

—Hola, abuela —dije acercándome a la cama—. Yo soy el nieto que todos los meses iba a dejarte los víveres cuando vivías sola. ¿Te acuerdas de mí? Ha pasado tiempo de eso, estás enferma y yo he crecido. Es bonito ser grande, aunque todavía no sé lo que voy a hacer cuando sea realmente grande, cuando tenga que decidir de qué voy a vivir. Los vecinos de mi barrio están seguros de que voy a ser actor o escritor. Eso significa que seré un artista, porque los artistas son los únicos que pueden contar una historia como la que te estoy contando. Los vecinos están acostumbrados a mis historias y a mis actuaciones en el patio, mi mamá también, aunque nunca pensó que su hijo tendría tanta imaginación. Mi papá nunca me ha dicho nada, pero creo que se siente orgulloso de mí. —La abuela dio una pestañeada corta—. Yo no sé si lo que tengo es una habilidad, algunos dicen que es un don, pero eso no lo entiendo muy bien. Lo que sé es que puedo contar de maravillas una historia porque se me ocurren a cada rato, incluso ahora estoy pensando en otra historia mientras te cuento esta, no puedo evitarlo, abuela, perdóname. Nací así, tal vez sea escritor o actor, pero si fuera por mí sería una de esas personas que se dedican a abrir a los muertos para estudiarlos. Los muertos me gustan más que los vivos, debe ser porque con ellos se puede hacer una historia mucho más entretenida ya que no pueden reclamar. —Me reí—. Se puede contar que murieron asesinados de muchas puñaladas o asfixiados con un cordel enrollado al cuello, de un balazo en la cabeza o inventar otra cosa. ¿Sabes, abuela? Dicen que cuando a alguien le ponen una pistola en la sien y le disparan, los sesos quedan pegados en la pared. Eso lo leí una vez en el diario, no sé si será cierto. —La abuela cerró los ojos y escuché algo parecido a un soplido—. Mi papá dice que no le gustan los sesos por lo mismo, porque vio a su abuelo muerto después de que se cayó de la escala y se fijó en que tenía los sesos afuera. Eso me contó una vez y lo cuenta cada vez que hablamos de comidas, dice que lo único que no puede comer son los sesos. Ahora que me acuerdo…, el abuelo de mi papá era tu papá, ¿cierto, abuela? ¿Tú lo viste después de que se cayó de la escala? —Sentí un aroma nauseabundo, una fetidez que no supe si mi tía o mamá la sintieron porque estaban más cerca de la puerta que de la cama—. ¿A ti te gustan los muertos, abuela? Sé que no es un muy buen tema para una historia, porque mi tía me pidió que te contara una buena historia… ¿Pero qué historia puedo contarte si tú ya no quieres oír ninguna? Lo que tú quieres es pasar a la Historia, como dice mi profesor de historia cuando se muere alguien famoso. —Solté una risotada escandalosa—. «Ese tipo pasó a la Historia», dice y nosotros nos largamos a reír porque la muerte nos da risa y porque mi profesor también dice: «Si nacemos lo único que tenemos claro es que vamos a morirnos, ¡así que a poner las barbas en remojo, pendejos!». —Lo imité—. ¿Sabes lo que pasa después de que nos morimos, abuela? Me refiero a cuando el cadáver se descompone y…

—¡Ya basta, niño! —rugió mi tía—. ¡Te volviste loco, quieres matar a mi mamá con tus estúpidas historias!

Me tomó de un brazo y me alejó de la abuela.

—No sabe lo que dice —trató de disculparme mamá.

—¡Es un malagradecido con la familia que lo recibió con los brazos abiertos! —Le dedicó una de sus legendarias miradas a mi madre—. Tú eres la culpable por dejarlo hacer lo que quiere. ¡Muchacho mal enseñado!

Mi madre no dijo nada, avasallada por la personalidad de mi tía, pero no pudo evitar sentir el olor que había acaparado la habitación. Una vez más mi abuela se había cagado, lo que significaba que seguía viva y seguiría así varios años más.

Regresamos a casa en silencio, a pie como era habitual, y al tiempo que oscurecía empecé a contarme una nueva historia.

(De: Gente que baila sola, Mondadori, 2009)

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