El atajo moralista y el librecambismo tuerto

Por Sebastián Fernández

Los gobiernos populares suelen concentrar las sospechas de corrupción y la indignación moral que permite eludir el fastidio del análisis político. Tanto el atajo moralista como el librecambismo tuerto forman parte del manual de procedimientos que nuestra derecha conservadora aplica cada vez que sus ideas logran llegar al gobierno.

En un texto publicado hace varios años, el politólogo Martín Astarita propuso una tesis interesante: el paradigma del “Estado corrupto” como justificación de las reformas estructurales neoliberales “El corolario lógico de esta concepción fue la instalación de un discurso anti-político, en el que la ética pasó a ocupar el lugar de la política”.

Se trata de un “atajo moralista” que permite eludir el fastidio del análisis político a la hora de calificar a un gobierno popular y reemplazarlo por la indignación moral. En efecto, los gobiernos populares suelen concentrar este tipo de indignación así como las sospechas de corrupción alimentadas desde los medios de información con mayor posición dominante.

El moralismo llega así al rescate de las letanías de la teoría neoliberal sobre el Estado. Anne Krueger, subdirectora del Fondo Monetario Internacional (FMI) durante la crisis argentina del 2001, sostenía en 1974 que “a medida que los Estados aumenten su tamaño, el número de sus funciones y la cantidad de recursos que controlan, la proporción de la actividad económica que se incorpore a los refugios rentistas (improductivos) crecerá de manera correspondiente y, con ello, declinarán la eficiencia y el dinamismo económicos”. Dicho fuera del lenguaje florido de la academia neoliberal, los funcionarios públicos son ñoquis o corruptos que empobrecen a los Estados.

La realidad desmiente con pasión a Krueger, desde el éxito económico de la Unión Europea –logrado a través de una colosal burocracia pública y un notable entramado de regulaciones estatales– hasta la potencia económica de Japón o Corea del Sur, cuyos modelos de desarrollo prescindieron del mercado y, en el caso surcoreano, incluso de la democracia. Pero no por eso estas ideas zombie –como llama el economista Paul Krugman a las ideas refutadas por la realidad pero que siguen caminando por ahí– dejan de tener apoyo en nuestro país.

Hace unos días, el vaporoso secretario de Comercio Miguel Braun (foto) citó al economista Justin Wolfers: “Los países con los mercados más libres tienen en general los Estados de bienestar más generosos. Los dos no son opuestos, en el mundo real van juntos”

Uno de los Estados de bienestar más generoso del mundo es el de los países miembros de la Unión Europea y sin embargo existen pocas regiones con mayores regulaciones, subsidios y protecciones de todo tipo a su producción, en particular agrícola. Es un dato que el secretario de Comercio conoce bien ya que el presidente francés Emmanuel Macron no pierde ninguna ocasión de repetirle a su par argentino que no modificará la Política Agrícola Común que protege a los productos europeos de la competencia extranjera, incluyendo a nuestra producción. Macron elogia las políticas del FMI pero no por eso las aplica. El “mundo real” de Wolfers se sostiene en base a una libertad de comercio imaginaria, sólo exigible en un solo sentido. Una especie de librecambismo tuerto.

Tanto el atajo moralista como el librecambismo tuerto forman parte del manual de procedimientos que nuestra derecha conservadora aplica cada vez que sus ideas logran llegar al gobierno; ya sea a través de las armas, como durante la última dictadura cívico-militar, cooptando a un partido popular, como durante el menemismo, o ganando las elecciones como ocurrió con Cambiemos.

Que el país haya terminado quebrado en cada una de esas oportunidades ilustra la sutil diferencia entre un paradigma imaginario y la cruda realidad.

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