El Beto

Crónicas carcelarias

Por Ramiro Ross

Tenía una forma de comportarse que nos ponía incómodos a todos. Su actividad política, según él, en el pabellón, se limitaba a insultar a los guardias a los gritos, sin ningún reparo y sin medir consecuencias. Por eso era reprimido, apaleado y aislado casi diariamente. Había pertenecido a una organización de las llamadas ‘subversivas’ y, según contaba, se había exilado en Suecia, luego de participar en la toma de Taco Ralo con su grupo, y había regresado para participar de la llamada ‘contraofensiva’, donde él, igual que otros compañeros que creyeron en ese proyecto, cayó preso al bajar las escalinatas del avión que lo trajo de regreso. A partir de allí, recorrió varias cárceles, donde era destinado, según vaya a saber uno que plan tenía la dictadura para hacerlo rotar por la Unidad 9 de La Plata, Devoto y finalmente Caseros, donde nos conocimos.

Nadie quería ‘ranchar’ con él, ya que los gritos e insultos que les profería a los ‘cobanis’ eran el pasaporte a la celda de aislamiento, previo apaleamiento para que ‘aprenda a no insultar a los uniformados’, cosa que por supuesto, nunca lograron. Al verlo tomar mate solo, me acerqué a él y nos quedábamos charlando largos tiempos, siempre tratando de no enojarlo para que no volviera a las andadas, al menos, mientras yo estuviera cerca, ya que nunca tuve como deporte favorito que me molieran a palos los policías.

Yo me fui antes y en algún momento fue liberado él también, lo encontré cerca de Plaza Flores, pasó manejando un camión y me pegó un grito al verme caminando por la Avenida Rivadavia, me subí para acompañarlo unas cuadras, mientras buscaba un lugar donde estacionar y nos fuimos a tomar un café, allí me contó que se había casado con su novia de la adolescencia, que tenía un hijo y que seguía siendo un ‘luchador por la libertad’, seguía hablando a los gritos, gesticulaba cada frase, era desordenado en toda su persona y me reconoció que no andaba bien de la cabeza, aunque culpaba de sus delirios a la militancia y las cosas que había vivido.

Me preguntó que era de mi vida, le dije que estaba buscando trabajo y me ofreció trabajar para él negocio de los camiones comprando productos regionales en el norte y vendiéndolos en Capital y gran Buenos Aires, nos fuimos hasta atrás de la General Paz y me mostró un predio de unos 50 metros de frente y con un fondo que salía a la calle de atrás, me dijo que el negocio era ir hasta el norte, Salta y La Rioja, y traer de allá aceitunas para envasarlas y venderlas aquí, nos quedamos tomando mate en su oficina que tenía en el predio, junto a dos camiones y su coche particular. No pude aguantarme y le pregunté de donde había sacado la plata para comprar todo eso y se sonrió diciéndome que él no era un gil como yo, que si bien ambos habíamos manejado sumas importantes, cada uno en su organización, él había estado sacando cada vez, un poco para él, y lo enterraba en el fondo de la casa del padre, y al salir de la cárcel, el dinero lo estaba esperando.

Al mes de esa confesión, decidí que era mejor quedarme sin trabajo, a pesar de lo mucho que lo necesitaba, que estar al lado de quien había traicionado a sus compañeros.

Abril 2019

Blog del autor: http://lamuralladeramiroross.blogspot.com

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