El bosque detrás del árbol

La valoración estratégica de la política exterior rusa en Ucrania

Por Ricardo Orozco*

A la luz de los acontecimientos que desde hace tres días se suceden en las fronteras entre Ucrania y Rusia, hoy es inevitable preguntarse si en verdad Estados Unidos y sus principales aliados en el seno de la OTAN tenían razón acerca de las pretensiones expansionistas rusas.

Y es que, vista la sucesión de hechos en retrospectiva, lo primero que sale a la luz es la campaña en medios de comunicación occidentales que sistemática y permanente apuntaron que Vladimir Putin preparaba a su ejército para llevar a cabo una inminente incursión militar en territorio de Ucrania, —de acuerdo con esa misma narrativa— sin motivo aparente alguno que no fuese el puro deseo de satisfacer el hambre expansionista de ese gobierno.

Pensando, por eso, en todas las columnas de opinión, en todos los análisis y en todas las noticias, en general, que circularon en Occidente, a lo largo de los últimos tres o cuatro meses, en torno del conflicto diplomático acerca de la política exterior de Ucrania y su vinculación con la expansión de la OTAN hacia el Este, lo que hoy resulta más difícil de creer es que Rusia en verdad nunca tuvo intenciones (como se aseguró una y otra vez desde la presidencia y su cancillería) de hacer avanzar a sus ejércitos hacia Occidente y ocupar, en consecuencia, los territorios de lo que hasta hace unos días en la diplomacia rusa se seguía reconociendo como Repúblicas autoproclamadas de Donetsk y Lugansk, en la región del Donbás. Partiendo de esa base, y de todo lo expresado por políticos y diplomáticos de Estados Unidos y de algunos Estados parte de la OTAN, por ejemplo, hoy, más que hace unas semanas, parece mucho más plausible creer que las advertencias esgrimidas sobre una invasión rusa eran verdaderas y no sólo una campaña de golpeteo mediático en contra de Putin. El gobierno ruso, después de todo, terminó por hacer lo que constantemente se advirtió que haría: un movimiento militar hacia Ucrania.

¿Son las cosas así de simples y la sucesión de eventos una cadena de acontecimientos así de lineal como hoy se argumenta que son? ¿Rusia, todo este tiempo, tuvo intenciones de invadir a un Estado con el que comparte frontera y los servicios de inteligencia occidentales siempre estuvieron en lo correcto al señalarlo? A propósito de estas preguntas es claro e innegable, por ejemplo, que Rusia optó por movilizar a sus ejércitos fuera de sus propias fronteras. La discusión de fondo, sin embargo, no gira ni debe de gravitar alrededor del reconocimiento o de la negación de este hecho (pues ello implicaría atentar en contra de la más elemental capacidad de comprobación empírica de la que despone el intelecto humano). Acá, antes bien, el fondo de la cuestión se halla no en la comprensión del acontecimiento en cuanto tal, sino en el análisis de tres discusiones mucho más fundamentales. A saber: a) la que tiene que ver con los motivos que llevaron a Rusia a actuar de tal modo; b) la concerniente a la legitimidad del acto en cuestión; y, c) la que remite a las consecuencias de lo hecho.

En ese sentido, lo primero que habría que anotar aquí es que no todo lo que tiene que ver con el conflicto actual en Ucrania se explica por los últimos acontecimientos que lo han caracterizado; ni siquiera por la situación que ha imperado en la región desde 2014, fecha en la que la mayor parte de los análisis que defienden la política exterior estadounidense y el programa de agresiones de la OTAN suelen situar el origen de la crisis actual. Y es que, si bien es cierto que de los eventos que ocurrieron en aquella fecha derivaron las sucesivas problemáticas relativas a Crimea, a Donetsk y Lugansk, esa coyuntura en particular no se explica si no es a través de su correcta contextualización dentro del marco temporal mucho más amplio que rodea a los sucesivos avances territoriales de la OTAN hacia el Este de Europa.

Y es que, en efecto, hacer partir al análisis de la situación actual del estudio de lo que ocurrió en 2014 implicaría, entre otras cosas, invisibilizar esa historia mucho más añeja, mucho más prolongada, que rodea a las campañas de expansión de una Organización que, no debe de olvidarse, nació como —y sigue siendo— una alianza continental de naturaleza bélica cuyo principal objetivo y su raison d’être es, si bien no deshacerse por completo de Rusia sí reducir a su mínima expresión las capacidades militares, políticas, económicas, financieras, energéticas, etc., de este Estado y la influencia que pudiese llegar a tener, sobre todo, en una amplia franja geográfica que recorre a toda Europa del Este, de Norte a Sur, desde el Báltico hasta el Egeo.

El presidente ruso, por ejemplo, sobre este tema ha sido muy claro y ha colocado los principales puntos de discusión escapando a la lógica de la crónica política que se centra en explicar sólo la realidad más inmediata y fugaz (la de hace unos días, unos meses o unos años): el problema de fondo, hoy, en pleno año 2022, no es, en y por sí mismo, Ucrania y su acercamiento a la OTAN, sino, antes bien, toda la historia de expansiones militares que han conducido la OTAN y Estados Unidos, por lo menos desde finales de la década de los noventa, y que, desde la perspectiva rusa, no significa otra cosa que un abierto hostigamiento que constantemente amenaza a su seguridad con ejercicios militares conjuntos, con la instalación de bases militares y facilidades de inteligencia en los bordes de sus fronteras; actos, todos ellos, que, en cualquier momento, y sobre todo en un escenario de guerra (por los motivos que sean, y la historia de Estados Unidos demuestra la facilidad y la volatilidad con la que sus intereses estallan en conflictos bélicos) colocarían a Rusia en una posición de enorme debilidad que, en el peor de los escenarios, podría conducir a pérdidas totales y/o fragmentaciones parciales de una parte su territorio actual.

En este sentido, lo que parece una crisis que comenzó hace un par de meses, cuando la narrativa en los medios de comunicación occidentales se sumergió por completo en el alarmismo más ramplón; o, en su defecto, con orígenes en 2014, cuando el Estado ucraniano se fragmentó en tres porciones territoriales por el Este y el Sur; es en realidad el más reciente de toda una serie mucho más extensa de acontecimientos en la que todos y cada uno de ellos se articulan con los precedentes por medio de la implementación de políticas exteriores y de directrices militares que a lo largo de tres décadas no han dejado de buscar el acorralamiento total de Rusia dentro de los márgenes de sus propias fronteras, amenazándole con la posibilidad insistente de que, ante un conflicto bélico de medianas o grandes proporciones en la región, la guerra se podría librar dentro de los márgenes de su propio territorio.

Puestas así las cosas y abandonando esa creciente fijación del análisis político que tiende a hacer crónica de lo que sucede en periodos sumamente cortos de tiempo (como si todo el peso del pasado fuese cosa de nada; como si el pasado, en fin, fuese un dato irrelevante del que es posible prescindir en cualquier momento para dar cuenta del presente) un par de cosas son medianamente claras en lo que respecta a la comprensión de los motivos que llevaron a Rusia a actuar de tal modo. En primer lugar, es evidente que Rusia no se inventó una posición diplomática acerca de Ucrania de la noche a la mañana: previo al 2014, los límites infranqueables que hoy Rusia considera que son la base de su seguridad ya existían, por lo menos desde comienzos del siglo XXI, cuando Putin por primera vez delineó su proyecto geopolítico y geocultural hacia Europa del Este y Asia Central.

De ahí, asimismo, que, en segunda instancia, se comprenda que la decisión de avanzar con sus ejércitos sobre el Donbás lejos de ser representativa de una suerte de acto desesperado y prepotente sea la consecuencia lógica e histórica de años de maduración de una política exterior que, al ser ignorada y despreciada por Estados Unidos y la OTAN, en 2022, no tuvo más opción que ser accionada: no como primera opción en demérito de la diplomacia, sino como el último recurso del que se disponía luego de que en tantas ocasiones Estados Unidos y la OTAN ofrecieron garantías vacías y dieron falsas promesas a Rusia de que dicha Organización y su lógica militarista no comprometerían su seguridad.

En tercer lugar es claro que Putin no se arriesgó a tomar la decisión de hacer avanzar las tropas rusas sobre Donetsk y Lugansk creyendo que las consecuencias internacionales de dicha determinación serían menores, manejables tanto en lo interno como en lo externo o hasta intrascendentes para su estabilidad y su seguridad en los años por venir. Haber procedido de tal manera, sin embargo, luego de que la política exterior de Estados Unidos descartó sus propuestas de negociación y de que la presidencia de la OTAN, a cargo de Jens Stoltenberg, recrudeció su retórica belicista, parece haberle llevado a concluir que una avanzada militar sobre el Donbás era, de todas las posibilidades, el menor de los males, en general; y sin duda un precio razonable a pagar si con ello la amenaza de la OTAN en las fronteras rusas se atenúa.

Hasta ahora, que la respuesta de Estados Unidos y de sus principales socios en el seno de la OTAN gire alrededor de la imposición de sanciones y de un cambio de narrativa que pretende colocar a la Organización y al gobierno de Biden como las víctimas del expansionismo ruso parece confirmar esa hipótesis y lo acertado de los cálculos del gobierno ruso. Sin embargo, de avanzar esta retórica victimista, lo que se podría estar observando en los meses por venir podría ser un endurecimiento de posturas (bajo el argumento de que están actuando en legítima y justa defensa ante la agresión originaria de Rusia) que si bien no alcanzaría a escalar lo suficiente como para desencadenar una guerra generalizada entre grandes potencias (Ucrania no es pretexto suficiente para una guerra de tales proporciones) sí, por lo menos, podría conducir a repetir en la región un escenario bélico como el que Estados Unidos desencadenó en Siria, a manera de proxywar.

Sería ingenuo, por otro lado, creer que Estados Unidos y la OTAN no eran conscientes de las consecuencias que podrían tener sus negativas a las iniciativas rusas de salida negociada del conflicto, previas a la movilización de sus tropas en Donetsk y Lugansk. En retrospectiva, de hecho, ahora hace mucho más sentido el golpeteo mediático de los últimos meses en los medios occidentales: al negarse sistemáticamente a atender los llamados de Rusia a darle una salida política al conflicto, Occidente se aseguró de convencer al gobierno de Putin de que la ocupación del Donbás era la única opción que le quedaba, y así, la operación militar confirmó lo que con anterioridad los medios de comunicación se propusieron: instaurar la idea, el sentido común generalizado, de que la agresión sería unilateral, premeditada e injustificada. Ahora, Estados Unidos y sus aliados sólo tienen que sacar réditos de esa campaña mediática para convencer al mundo de que hay que reaccionar en proporción a los actos de Rusia en su frontera.

Ahora bien, ¿qué sucede en relación con el segundo punto aquí planteado, es decir, en lo concerniente a la legitimidad del acto en cuestión? Aunque es claro que el razonamiento estratégico en el seno de la planeación de la política exterior rusa tiene su principal motivación en la idea de salvar la integridad geográfica de esta gran potencia y de evitar a toda costa cualquier escenario futuro de guerra que pudiese llevarse a cabo dentro de sus fronteras, ello no debe de conducir al resto del mundo a justificar y legitimar una agresión —o su lógica subyacente— como la puesta en marcha en estos días. En particular, desde la perspectiva de una sociedad periférica y desde la óptica de cualquier nación que haya sufrido las consecuencias irreversibles del colonialismo y del imperialismo occidental, las necesidades de seguridad de las grandes potencias no deben de llevar a justificar, de ninguna manera y bajo ningún supuesto, que éstas se valgan de la balcanización de Estados periféricos y/o excoloniales para así contener cualquier posible o proyectado avance militar terrestre sobre su geografía, por parte de una potencia enemiga.

En este caso en específico, cobrar conciencia de que las necesidades de las grandes potencias siempre colocan a otras sociedades, a otras naciones, a otros pueblos y otros Estados bajo el riesgo de quedar en medio de la línea de fuego y sufrir un lento aplastamiento de su existencia invariablemente debería de invitar a poner en tela de juicio tanto la postura estadounidense (y atlántica) de preparación militar en Ucrania, en contra de Rusia, cuanto la posición adoptada por el gobierno de éste último Estado en lo concerniente al reconocimiento que hizo de la soberanía de esas provincias que hoy reconoce como repúblicas populares, autónomas y soberanas. Y es que, en efecto, tan condenable es conceder en la postura rusa, que dice que no ha invadido a Ucrania porque sus tropas se desplegaron sobre territorio soberano de dos repúblicas independientes, como lo es el aceptar la interferencia militar atlántica en dichos territorios para generar un escenario de conflicto. Es cierto: en Donetsk y Lugansk (también en Crimea) se celebraron referéndums relativos a la autonomía de dichas poblaciones respecto de la soberanía ucraniana. Sin embargo, el contexto en el que se llevaron a cabo y la manera en que se procedió (sobre todo en el Donbás, no así en Crimea) deja mucho que desear de un procedimiento que hoy por hoy no tiene la fortaleza suficiente como para decir de sí que fue democrático y legítimo desde su origen.

Para el mundo periférico y excolonial, pues, es crucial comprender que ningún sentimiento antiestadounidense será jamás pretexto suficiente para consentir actos de signo idéntico cometidos por su principales rivales en la arena internacional: tan ilegitimo e imperialista es lo que en estos días decidió hacer Rusia en el Donbás como lo es la intervención de la OTAN en Ucrania para preparar a la población para un escenario de guerra que no estaba en el horizonte de la política exterior rusa con anterioridad. El imperialismo es imperialismo con independencia de si la potencia que lo practica es Estados Unidos, Francia, China o Rusia. Y un Estado periférico no puede consentir ningún acto en tal sentido: después de todo, para que el imperialismo sea tal, éste se debe de cometer en contra de una sociedad que no es potencia internacional. Es ésta una relación jerárquica en donde una de las partes considera a la otra como potencial colonial o botín de guerra.

¿Qué decir, finalmente, de las consecuencias que se desprenderán del contexto actual? Es muy pronto aún para dilucidar tendencias de largo aliento, pero un par de coordenadas de lectura parecen relativamente claras. En primera instancia, la narrativa belicista de la OTAN ya fue sustituida por un tono mucho más moderado que apela a las sanciones económicas y a la demonización de Rusia como principal reacción a articular a nivel internacional, bajo la dirección de la política exterior estadounidense. Es evidente que Occidente nunca estuvo dispuesto a arriesgar una guerra generalizada sólo por Ucrania cuando éste era un conflicto que perfectamente se podía regionalizar o, para decirlo en otros términos, contener localmente en la frontera compartida con Rusia. En segundo lugar, aunque la mayor parte de la Europa que forma parte de la OTAN ya respondió en sintonía con la retórica estadounidense, se nota que está procurando matizar las sanciones a imponer, toda vez que sus efectos negativos impactarán mucho más sobre sus propias poblaciones (en materia comercial, financiera y energética) que sobre la economía y la población estadounidense. En tercera instancia, a pesar de que actores de enorme peso internacional (como China) abiertamente han manifestado respaldar a Rusia en estos sucesos, es previsible que el compromiso establecido no sea tan profundo como se piensa (pensando en que China iría a la guerra contra Occidente de la mano de Rusia). La política exterior china ha demostrado mucha más mesura cuando de enfrentamientos militares se trata. De ello da cuenta, por ejemplo, su actuación en casos tan concretos y parecidos, aunque con una importancia mucho mayor para sus planes y sus estrategias geopolíticas regionales, como lo es la guerra en Siria; su participación ahí, a lo largo de los años, ha sido mucho más discreta de lo que llegó a ser la intervención rusa directa (con todo y que Siria es pieza clave de las rutas comerciales chinas que atraviesan Asia Central y Oriente Medio con dirección a Europa).

Analizar el impacto de los sucesos en curso en los mercados rebasa por mucho los alcances de estas reflexiones, pero no debe de obviarse que esos impactos son deseados y perseguidos por actores concretos (capitales con inversiones en energía, en divisas, en armamentos, etc.). En un contexto global en el que se busca la recuperación de lo perdido en diferentes áreas por las contingencias sanitarias decretadas a lo largo y ancho del planeta, los efectos que se hagan sentir en diversos sectores productivos y en distintos mercados nacionales deberán de ser leídos y comprendidos no como parte de los efectos normales que toda crisis tiene, sino, antes bien, como estrategias que buscan contener desajustes estructurales de más largo aliento.

*Ricardo Orozco, internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Blog del autor: https://razonypolitica.org/

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