El bultito de Mangacha Spina

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Aurora Venturini

Mangacha Spina nació con un bulto pequeño en el cuello, que pude apreciar por ser nueve años mayor que ella, y asustarme de la bolsa color brea que palpitaba al ritmo de la respiración de la beba. Pensé que con tal excrecencia nunca sería bonita. A la esmirriada criaturita le aplicaron los tests que la nivelaron normal en la totalidad de sus reflejos. Ella creció hermosa, una vera madonna del sur de Palermo, Sicilia, con las manos en oración.

Cubriéndose el cuello con pañuelos y gorgueras, cursó la primaria y la secundaria y aquello pasaba milagrosamente inadvertido porque la belleza de la niña, de la adolescente, desviaba la atención hacia el magnetismo de los ojos y la sensualidad de los labios.

Mangacha cantaba con voz de contralto, acompasado el ritmo con el latir, aparentemente musical, del bulto intruso, y la belleza extrema de la cantante distraía a los invitados de la rareza.

Yo pensaba, con obsesión, en un apelotonamiento de petróleo o algo bituminoso anidado en el cuellecito de Mangacha, que cuando cumplió quince años, y la vistieron de organdí con voladitos que la aligeraban y cubrían desde la garganta hasta los talones, recibió el primer beso a la luz plena de la enorme araña de cristal de la sala, de un señor maduro que se lo estampó sobre la excrecencia, que si bien no estaba visible, latía como un corazón enamorado.

Y como en los cuentos de hadas, el señor maduro, aunque no fuera un aparecido rey entre los reyes, lo era, y llevando gran ventaja a sus colegas, excelso cirujano entre los cirujanos; con la presión de sus apasionados labios sobre el cuellecito atrofiado en parte, verificó algo allí que clamaba el bisturí reparador de algún escarnio que el vientre materno suele donarnos, es decir restos embrionarios o lunares de dudosa peligrosidad.

Este doctor tenía esposa e hijos estudiantes de medicina; de vuelta al hogar comentó el caso con tanto interés y tanta emoción que uno de los descendientes, el más avispado, sospechó calentura senil.

—Papá, ¿está buena la piba?

—Un cirujano sólo debe mirar al enfermo… Y usted no sea atrevido.

Buscó en la guía telefónica el número de la familia Spina y concertó una cita con Mangadla, que aún padecía el desvelo del primer beso bajo la luz del cielo de vidrio y caireles. Se encontraron en una confitería de moda. Ella, el cuello cubierto con un chal dorado que la hacía aun más bella a pesar de lo que ocultaba.

—Si usted no se opone…

—No me opongo, doctor.

Entraron a la clínica y egresaron tuteándose.

Previos análisis la operaría la semana de fines de otoño, buena época.

Y estaba en condiciones, la dulzura quinceañera, para que le extirparan la bolsa; las radiografías no denunciaban sino una sombra, lo cual preocupó a los médicos.

Los padres de la menor estuvieron de acuerdo y agradecieron al doctor, además de la operación sin cargo, la promesa de un nombramiento de ayudante de instrumentista en la clínica.

La joven paciente sentía vocación por la carrera de medicina.

La noche anterior a la operación el doctor soñó con el caso del Marqués de Vientre de los anales de medicina, una de las tantas rarezas que parecen cuentos de ficción.

Relataremos sumariamente el tema del noble florentino que nació con su hermanita adicionada a su vientre: cabeza abajo, la marquesita afianzaba cada pie en cada hombro del fratello y cada mano en cada antebrazo del mismo.

Personajes de un grabado, vestidos con el lujo de su rango, él sonriente y gordo, aparentemente satisfecho, ella seria y horripilante, engalanado el escuálido cuerpecito a duras penas ya que la delantera trajeaba más al marqués que a la mitad de nobleza femenina que la mala suerte le donara.

El marqués de vientre y su monstruosa hermana, el título que desvela al cirujano desquiciándolo y, al hablar consigo mismo, se dice que los monstruos compartían órganos en común y que el señor había contraído nupcias, pero que el artículo no expresaba la consumación del connubio.

Transpirado por la pesadilla que no es tal, que es reedición de algo leído y comentado en época bastante lejana, riéronse del caso porque suele ser así la reacción de los jóvenes ante lo estrambótico; bajo la ducha, suspira y teme por Mangacha Spina.

El mejor equipo se hará cargo del evento que la muchacha espera ya en el quirófano iluminado a pleno y que le trae reminiscencias del fanal del primer beso. El mejor equipo comandado por el doctor enamorado comienza a cortar y desgarrar aquella carne dormida por la droga en uno de cuyos canales duerme y despierta una pequeña cabeza humana con rasgos faciales semejantes peregrinamente, a pesar de su inmadurez, a los de la portadora, que permanecen impasibles pero incorruptos, orlada la testa de pelos abundantes y un minúsculo seudopodio ungulado incrustado en la zona de las cuerdas vocales.

Tratarían de desencolar el resto embrionario, en lugar de operar, tironeándolo cuidadosamente; cortar significaría peligro de que alguna raicilla infectara la zona.

La cabezuela estaba fresca por irrigación sanguínea, situación fuera de lo común que sería publicada en anales científicos porque un suceso de tal calibre redundaría en favor del equipo y de la clínica.

Con rumor de seda que se rasga, aquello abandonó el fraternal recurso de supervivencia y el seudopodio desprendido abrió una inusitada patita de gorrión, herida y arrugada.

La enfermera advirtió que de los ojillos verde agua del engendro rodaban dos lágrimas coincidentes con las vertidas por Mangacha.

(De: El marido de mi madrastra, Tusquets, 2012)