El caso Maldonado y el posperiodismo

Por Roberto Caballero

Foto: Edgardo Gómez

“¿Cómo era el periodismo?” La pregunta me inquietó. Atiné a responder, con cierto reflejo de periodista veterano, con una repregunta: “¿Cómo era el periodismo que se hacía antes?” El estudiante de Comunicación, apenas por encima de los 20 años, insistió con naturalidad: “El periodismo, ¿cómo era el periodismo?”. Lo suyo era auténtica curiosidad por el estado de un oficio destinado a recoger y comunicar información de interés público. Había inquietud arqueológica en la indagación, pero no sólo eso. Preguntaba qué quedaban de sus protocolos, de sus jerarquizaciones operativas, de sus imperativos éticos en medio del incesante tráfico hacia todas las direcciones de datos que disputan el sentido de la verdad sobre los hechos en igualdad de condiciones con el rumor, la gacetilla oficial, la mera sensación, el puro entretenimiento y hasta el simple deseo, lanzados a través de múltiples plataformas o aplicaciones.


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Los periodistas siempre supimos que el periodismo era un oficio en crisis. Pero hasta el día de la pregunta inquietante (“¿cómo era el periodismo?”), para mí, como para muchos colegas, todavía existía. Era individualizable. Resistía sin mucha explicación el azote tecnodeterminista. Es más, muchos suponíamos que las nuevas plataformas podían llegar, incluso, hasta a potenciarlo. Es duro admitir que una pregunta simple destile olor a cala sobre un trabajo construido alrededor de preguntas igualmente básicas: qué, quién, cómo, cuándo y por qué.

Esas preguntas, aplicadas en el contexto de la desaparición forzosa de Santiago Maldonado, son doblemente valiosas y sumamente dolorosas para los periodistas que amamos el oficio. Porque aunque cierto periodismo haya jugado un papel importante en la visibilización del caso y en su incorporación a la agenda de temas nacionales, poco pudo profundizar en su esclarecimiento. La injerencia oficial, a través de operaciones de ocultamiento y acción psicológica, en alianza con una comunicación mercantilizada, cada vez más concentrada y alejada de las prácticas deontológicas tradicionales, nos introdujo de lleno en la etapa del posperiodismo.

El posperiodismo podría ser descripto como una disciplina que busca implantar –por exceso de volumen de emisión, tráfico agitado en redes o ambas cosas a la vez– un relato predominante compuesto por una serie de datos indebidamente merituados, donde conviven lo cierto con lo incierto, lo potencial con lo probado y lo ajustado a la realidad con la temeridad prejuiciosa. Que no pretende iluminar nada sobre un hecho –como sí lo intenta el periodismo, por definición– sino alimentar un estado de frustración informativa mentirosamente saciado por nuevas y atormentadoras oleadas de versiones cada vez más espectaculares y menos reveladoras.

¿Puede un periodista militar el posperiodismo? ¿Cómo considerar colega a alguien que difundió como indudable la versión de que Santiago había sido herido por un puestero y luego ocultado, quizá muerto, por la comunidad mapuche, cuando había testimonios que señalaban otra cosa? ¿De qué manera se puede justificar que las voces de los funcionarios, en un caso de presunta desaparición forzada, reciban un trato de emisores confiables cuando la figura penal investigada, precisamente, puede llegar a involucrarlos como autores o encubridores del delito?

Si el periodismo es un oficio de preguntas, quizá haya que reconocer que la pregunta más efectiva para la resolución del caso provino del seno de la sociedad democrática: “¿Dónde está Santiago Maldonado?”. Se trata de una pregunta colectiva dirigida al gobierno macrista. Una interpelación nacida de la memoria de los años trágicos. Planteada con coraje cívico y conciencia histórica frente al negacionismo, la banalidad y el autoritarismo. Pregunta que primero ganó las calles y, recién después, la mayoría de las redacciones del país.

Cuando es la sociedad la que hace las preguntas que hay que hacer, el periodismo está en deuda. Podrá argumentarse que las empresas concentradas mantienen una sólida alianza con el gobierno que debilita la libertad de expresión, que la censura indirecta vía pauta publicitaria se hace sentir y que la desocupación genera un disciplinamiento asumido como fatalidad. Pero este es el gremio de Rodolfo Walsh y su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, no es cualquier otro.

Con esos antecedentes, tratar durante todo un mes una desaparición como un caso de extravío más, asumir el papel de vocería de las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia, funcionar como abogados defensores de los funcionarios bajo sospecha, caerle con el mote de “terroristas” a los miembros de la comunidad mapuche, señalarlos como si representaran una amenaza a la argentinidad, agitar discursos de odio político, étnico y racial, basarse en versiones inverosímiles para retratar a la víctima como victimaria, hacer llorar a la familia Maldonado en conferencia de prensa, desconocer los contextos en los que suceden los hechos, es situarse lejos de la búsqueda de la verdad y peligrosamente cerca de los encubridores.
“¿Cómo era el periodismo?”, preguntó el estudiante de Periodismo.

“Como la gente”, sería una respuesta posible. Con un agregado: “Hacía las preguntas que incomodaban al poder, no a las familias de las víctimas.”

Tiempo Argentino

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