El cerebro musical

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por César Aira

Yo era chico, tendría cuatro o cinco años. Era en mi pueblo, Coronel Pringles, a comienzos de la década de 1950. Una noche habíamos ido a cenar al hotel, debía de ser un sábado, no era frecuente que comiéramos afuera, vivíamos casi como pobres, sin serlo, por los hábitos austeros de mi padre y la invencible desconfianza de mi madre a cualquier comida que no hubiera hecho ella. Quién sabe qué circunstancias nos habían llevado esa noche al lujoso restaurante del hotel, a sentarnos alrededor de una mesa de mantel blanco, cubiertos de plata, copas altas, platos de porcelana con una guarda dorada, tiesos e incómodos: estábamos vestidos de punta en blanco, lo mismo que todos los demás comensales presentes. En aquel entonces había reglas bastante estrictas con la indumentaria.

Recuerdo que reinaba un movimiento incesante, porque todos se estaban levantando todo el tiempo para ir a una mesita como un altar que había al fondo del salón, llevando cajas con libros. Eran cajas chicas, la mayoría de cartón aunque también de madera, y algunas hasta de madera pintada y laqueada. Atrás de la mesita había sentada una mujer pequeña, de pelo blanco peinado en forma de huevo plumoso, el rostro empolvado, collar de perlas y un vestido celeste con reflejos. Era Sarita Subercaseaux, la que muchos años después, durante todos mis años de colegio, sería jefa de preceptores. Recibía las cajas, examinaba el contenido, tomaba notas en un cuaderno. Yo seguía todo este movimiento con la mayor atención. Algunas de las cajas iban tan llenas que la tapa no cerraba bien, otras medio vacías, con unos pocos libros que se sacudían adentro haciendo un ruido ominoso. Sin embargo, el valor no dependía tanto de la cantidad de libros que contenían (si bien la cantidad importaba) como de la variedad de títulos. Lo ideal habría sido que todos los libros dentro de una caja fueran distintos; lo peor, que fueran todos ejemplares del mismo libro; pero esto último era lo más frecuente. No sé quién me había explicado estas cosas, o si eran resultado de mis propias elucubraciones y fantasías; habría sido muy característico de mí, inventarlo todo, porque siempre estaba inventando historias y maquinaciones para lo que no entendía, y no entendía casi nada. ¿Quién iba a explicármelo? Mis padres no eran muy comunicativos, yo no sabía leer, en aquel entonces no existía la televisión, y mi banda de amiguitos del barrio eran tan ignorantes como yo.

Vista a la distancia, esa escena de las cajas de libros tiene algo de onírico, lo mismo que estar vestidos como para una foto. Pero estoy seguro de que pasó tal como lo cuento. De vez en cuando la recuerdo y he terminado por encontrarle una explicación razonable. En esos años debía de estar formándose la Biblioteca Pública de Pringles, y alguien habría organizado una velada de donación de libros, con el apoyo de los dueños del Hotel, quizás «Una cena por un libro» o algo por el estilo. Es verosímil. Va en su favor el hecho, que pude comprobar hace unos meses en mi última visita a Pringles, de que la fecha de la fundación de la biblioteca corresponde a esa época. Otro dato coincidente es que su primera directora fue Sarita Subercaseaux. Durante toda mi infancia y adolescencia fui cliente asiduo de la biblioteca, creo que el más asiduo de todos, un libro o dos por día. Y siempre fue Sarita la que llenó mi ficha. Lo cual tuvo su importancia cuando empecé el colegio secundario y ella era la jefa de preceptores y figura de gran predicamento en la sala de profesores. Ella difundió el dato de que pese a mi corta edad yo era el pringlense más lector, y eso me hizo fama de prodigio y me simplificó mucho las cosas: hice todo mi bachillerato sin estudiar, y con excelentes notas.

En mi visita al pueblo que mencioné, hace unos meses, quise terminar de confirmar mis recuerdos y le pregunté a mi madre si Sarita Subercaseaux vivía. Soltó la risa.

—¡Murió hace muchísimos años! Murió antes de que vos nacieras. Ya era vieja cuando yo era chica…

—¡No puede ser! —exclamé—. Me acuerdo perfectamente de ella. En la biblioteca, en el colegio…

—Sí, trabajó en la biblioteca y el colegio, pero cuando yo era soltera. Te debés de confundir con cosas que yo te habré contado.

Fue imposible sacarle nada más. Su seguridad me desconcertó, sobre todo porque nunca se equivoca, y yo sí. Cuando estamos en desacuerdo sobre algún punto del pasado, indefectiblemente ella tiene razón y yo no. Pero entonces, ¿cómo podía ser? Se me ocurrió que quizás Sarita Subercaseaux había tenido una hija, idéntica a ella y que había repetido su destino y profesión. Pero era imposible. Sarita había muerto soltera, y además era el prototipo de la mujer sola, la solterona clásica de Pringles, siempre meticulosamente arreglada, maquillada, peinada, fría, reticente, la imagen misma de la esterilidad. De eso sí me acordaba bien.

Volviendo a la escena del hotel: el ir y venir entre las mesas y la mesita altar en la que se acumulaban las cajas no sucedía sin interrupciones. Todos los presentes se conocían, porque en Pringles todos se conocían, y entonces los que se levantaban de su mesa para llevar su caja al fondo se detenían en otras mesas a intercambiar un saludo y un comentario con los conocidos. Éstos abreviaban los diálogos así entablados, creando el supuesto cortés de que el interlocutor de pie iba cargado con una caja de peso considerable (aunque en los hechos llevara una patética caja semivacía). A su vez el portador respondía con una cortesía mayor, cual era la de prolongar la conversación, dando a entender que el placer que le daba charlar con ese vecino compensaba con creces el esfuerzo de soportar el peso. Este tira y afloja, envuelto como estaba en la sincera curiosidad que sentían todos los pringlenses por la vida ajena, resultó rico en informaciones, y fue así como supimos que el Cerebro Musical se estaba exponiendo al lado, en el hall del Teatro Español. De otro modo, es probable que no nos hubiéramos enterado y nos habríamos ido a dormir sin más. La noticia sirvió de excusa para abreviar el trámite de la cena, que nos tenía fastidiados a todos.

El Cerebro Musical había aparecido en el pueblo tiempo atrás, y una asociación informal de vecinos se había hecho cargo. El plan original había sido darlo en préstamo a casas particulares, siguiendo la lista de pedidos, por períodos breves, más o menos como se había hecho otras veces con alguna imagen milagrosa de la Virgen. Salvo que los pedidos de albergar a ésta obedecían a enfermedades o problemas familiares, mientras que con este nuevo dispositivo mágico los motivos eran de pura curiosidad (si es que no intervenía una punta de superstición). Sin el respaldo de la religión, y sin una autoridad que formalizara la rotación, había sido imposible respetar los turnos: por un lado estaban los que querían sacárselo de encima el día siguiente de recibirlo, con el pretexto de que la música no los dejaba dormir; por otro, los que le habían construido elaborados nichos o pedestales y con el argumento de los gastos incurridos pretendían conservarlo indefinidamente. Al poco tiempo le habían perdido el rastro, y los que no lo habían visto, como era nuestro caso, terminaron por creer que era una patraña. De ahí la impaciencia que nos sobrevino cuando supimos que estaba visible a pocos pasos.

Papá pidió la cuenta y cuando se la trajeron sacó del bolsillo su famosa billetera, que yo admiraba más que ningún otro objeto en el mundo. Era muy grande, de cuero verde maravillosamente repujado en complejos arabescos, y con las dos caras externas cubiertas de sendas escenas coloridas, en mostacillas de cristal. Esa billetera había pertenecido a Pushkin, y según la leyenda la llevaba en el bolsillo el día que lo mataron. Un tío de mi padre había sido embajador en Rusia a principios de siglo, y había comprado muchas obras de arte, antigüedades y curiosidades, que a su muerte, como no había tenido hijos, la viuda repartió entre los sobrinos.

El Teatro Español, que era parte del complejo de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, estaba pegado al hotel. Aun así, no fuimos directamente sino que cruzamos la calle hacia donde estaba estacionada la camioneta, le dimos la vuelta y volvimos a cruzar al Teatro. Este rodeo obedeció a un escrúpulo de mamá, que no quería que los comensales del hotel, en el remoto caso de que miraran por las ventanas y pudieran ver algo, creyeran que ella iba al teatro.

Entramos al hall, y ahí estaba, colocado sobre un cajón, un vulgar cajón de madera que Cereseto (el concesionario del teatro) había disimulado con tiritas de papel blanco, de las que se usan para embalaje de objetos frágiles; no quedaba mal, porque parecía un gran nido, y aludía doblemente a la fragilidad: por los objetos que se embalan con precauciones y por los huevos que se ponen en un nido. El famoso Cerebro Musical era de cartón, del tamaño de un baúl. Reproducía con bastante realismo la forma de un cerebro, pero no su color, porque estaba pintado de rosa fosforescente, recorrido de venas azules.

Nos habíamos quedado en silencio, formando un semicírculo. Era de esas cosas frente a las que no se sabe qué decir. La voz de mamá nos sacó del ensimismamiento.

—¿Y la música?

—¡Es cierto! —dijo papá—. La música… —Frunció el entrecejo y se inclinó.

—¿Estará apagado?

—No. No se apaga nunca, eso es lo que tiene de raro.

Se inclinó más, hasta que yo pensé que se caería sobre el Cerebro, y de pronto se detuvo y volvió la cara hacia nosotros con una sonrisa cómplice.

—Sí. Ahí está. ¿La oyen?

Mi hermana y yo nos acercamos. Mamá gritó.

—¡No lo toquen!

Yo tenía unas ganas inmoderadas de tocarlo, aunque más no fuera con la punta del dedo. En realidad habría podido hacerlo. Estábamos completamente solos en el hall.
Hasta el boletero y el acomodador debían de estar en la sala, viendo la pieza que al parecer estaba a punto de terminar.

—¡Cómo se va a oír, con este barullo! —dijo mamá.

—Es apenas un susurro. ¡Y pensar que lo devuelven porque les molesta el ruido! Qué vergüenza.

Mamá asintió, pero estaban hablando de cosas diferentes. Papá, que era el único que había oído la música, seguía fascinado con el Cerebro Musical, mientras que mamá miraba a su alrededor y parecía más atenta a lo que sucedía adentro del teatro. De allí provenía un estruendo de risas que hacía temblar el edificio. Debía de haber un lleno completo. Se presentaba la compañía de Leonor Rinaldi y Tomás Simari, con una de esas comedias chabacanas y efectistas que recorrían durante años el interior del país y la gente no se cansaba de celebrar. La supuesta música que salía del Cerebro, trémula y secreta, no podía competir con las carcajadas y el pataleo.

Mi madre, orgullosa de su linaje familiar de melómanos refinados, recitadoras y trágicos, denostaba esas manifestaciones del gusto popular tipificadas por Leonor Rinaldi. Más que denostarlas, militaba contra ellas. El teatro sobre todo era su punto sensible, su campo de batalla, porque en él se libraba la guerra cultural de las clases sociales, al menos en Pringles. Un hermano de ella dirigía uno de los dos grupos filodramáticos del pueblo, el llamado Las Dos Carátulas, dedicado al teatro serio; el otro grupo, dirigido por Isolina Mariani, cultivaba el costumbrismo cómico. Esa noche los adictos a doña Isolina debían de estar todos en la platea, admirando el oficio demagógico de Leonor Rinaldi, aprendiendo de ella, bebiendo sus tics como un jarabe vigorizante.

A tal punto llegaba la aversión de mamá a ese tipo de teatro que más de una vez, cuando venía alguna compañía que lo practicaba, nos había hecho cenar temprano para ir a estacionarnos en el auto frente al teatro (pero a cierta distancia, disimulados en las sombras) a la hora del comienzo de la función, para registrar a los asistentes. Por lo general no había sorpresas, los que acudían eran gente humilde, de los barrios apartados, lo que ella llamaba «la negrada», y que le merecía apenas algún comentario despectivo, por ejemplo «qué esperar de estos ignorantes». Pero a veces se colaba alguien de la clase decente, y entonces sus críticas se hacían enérgicas, sentía que su espionaje valía la pena, y «ahora sabía a qué atenerse» respecto de ciertos hipócritas culturales. Una vez llegó a bajarse del auto a increpar a un culto odontólogo que subía las escalinatas del teatro en compañía de sus hijas. Le manifestó su decepción de verlo ahí. ¿No le daba vergüenza, alentar con su presencia esa vulgaridad? ¡Y con las hijas! ¿Ésa era su idea de la educación? Por suerte él no se lo tomó muy en serio. Le respondió sonriente que para él el teatro era sagrado, que todo teatro era teatro, aun en su versión más degradada, y sobre todo quería exponer a sus hijas a lo más crudo de la cultura popular, para darles perspectiva. De más está decir que sus argumentos no convencieron a mamá.

En fin. Para seguir con la velada memorable del Cerebro Musical: subimos a la camioneta y nos fuimos. Teníamos una Ika rastrojera amarilla, con la caja descubierta. Aunque cabíamos los cuatro en la cabina, lo habitual era que yo viajara atrás en la caja, al aire libre, en parte porque me gustaba, en parte para mantener la paz porque siempre estaba peleando ruidosamente con mi hermana; y en parte (principal) para hacerle compañía a mi gran amigo Geniol, que era el perro de la familia. Geniol era muy grande, blanco, de raza indefinida, cabezón (de ahí el nombre). No podíamos dejarlo solo en casa porque lloraba y hacía tal escándalo que los vecinos se quejaban.

En cambio en la caja de la camioneta se portaba bien.

Otro motivo más recóndito por el que me gustaba ir en la caja era que, aislado de las voces de la cabina, no sabía adónde nos dirigíamos, y el trayecto tomaba un cariz imprevisible de aventura. Sabía adónde nos dirigíamos al partir, si es que había prestado atención, pero mamá, no bien subía a la camioneta, se sentía asaltada por las más diversas curiosidades y le pedía a papá que diera la vuelta por tal calle o tal otra para ver una casa o una tienda o un árbol o un cartel. Él estaba acostumbrado y le daba el gusto, a resultas de lo cual lo más frecuente era que para un viaje de quinientos metros que deberíamos haber hecho en línea recta recorriéramos un enrevesado laberinto de diez kilómetros. A su modo, era un recurso de mi madre, que nunca había salido de Pringles, de ampliar el pueblo desde adentro.

Esa noche, no teníamos más que doblar en la esquina y bajar tres calles hasta llegar a casa; sin embargo, doblamos para el lado opuesto, cosa que no me sorprendió. Hacía muchísimo frío, pero no soplaba el viento. Los faroles en las bocacalles colgaban inmóviles suspendidos de los cuatro cables en diagonal que partían de los postes de las esquinas. Y arriba la Vía Láctea estaba toda encendida, llena de parpadeos. Abracé a Geniol y lo acomodé sobre mis piernas, contra el pecho. Él se dejaba hacer. Su pelo blanco como la nieve reflejaba la luz de las estrellas. Seguimos adelante hasta la plaza, y ahí tomamos por el boulevard. Sentado con la espalda contra la cabina, yo veía alejarse la torre cuadrada del Palacio Municipal, y supuse que íbamos a la estación, por algún capricho de mamá. La estación se encontraba lejos, y la mera suposición de que íbamos allí me dio sueño. Geniol ya se había dormido. A las pocas cuadras por el boulevard la edificación empezaba a ralear, y se abrían grandes baldíos oscuros invadidos de malvas y cardos. Eran terrenos sin dueño, misteriosos. Mis ojos empezaron a cerrarse…

De pronto el perro se sacudió, saltó de mi regazo y gruñó asomándose a un costado de la caja. Su nerviosidad me asustó y desconcertó. Miré yo también, sacudiéndome la maraña de sueño que me envolvía, y entendí el motivo del rodeo, y de que ahora papá disminuyera la velocidad de la camioneta hasta casi quedar detenidos: pasábamos frente al circo. En la cabina habían bajado la ventanilla de ese lado y mi hermana se asomaba gritando en su media lengua: ¡César, el circo, el circo! Por supuesto, yo sabía que había llegado un circo al pueblo, había visto los desfiles publicitarios por la calle, y ya teníamos la promesa de que nos llevarían, al día siguiente. Lo miré arrobado. La carpa de lona, que me parecía grande como una montaña, dejaba pasar líneas y puntos de luz intensa, y toda ella parecía impregnada de la iluminación interior. Había función, y se oía música fortísima y los gritos del público. A Geniol lo había puesto nervioso el olor de las fieras. Atrás de la carpa, en la oscuridad, creí ver pasar entre los carromatos sombras de elefantes y camellos.

Muchos años después, yo me fui de Pringles, como se van de los pueblos tantos jóvenes con inquietudes artísticas o literarias, sedientos de la oferta cultural que me prometía la capital. Muchos años después de esa emigración, a su vez, llegué a preguntarme si no había obedecido a un espejismo. En efecto, los recuerdos me traen desde mi infancia noches pringlenses tan abigarradas que es como para preguntarse si no renuncié a la riqueza por la pobreza. Esa noche que estoy recuperando es un buen ejemplo: una velada de donación de libros, una función de teatro, un circo, todo al mismo tiempo. Había de dónde elegir, y además había que elegir. Aun así, en todas partes había llenos totales. El circo no era la excepción. Cuando estuvimos justo frente al eje de la entrada tuvimos una fugaz visión de los palcos atiborrados de familias numerosas y las gradas que se venían debajo de tan cargadas. En la pista, los payasos habían hecho una pirámide humana que se derrumbaba provocando un estallido de risas. Todo el pueblo estaba en el circo. Los pringlenses debían de haber pensado que era el sitio más seguro.

Esto necesita una explicación. El circo había llegado al pueblo tres días atrás, y casi de inmediato la compañía se había visto sacudida por un escándalo de proporciones.

Entre sus atracciones contaba con la presencia de tres enanos. Dos de ellos eran varones, hermanos mellizos. La tercera era una mujer, casada con uno de los hermanos. Este triángulo peculiar tenía al parecer una rajadura que lo desequilibraba y que hizo crisis en Pringles: la Enana y su cuñado eran amantes, y por algún motivo eligieron nuestro pueblo para huir, llevándose los ahorros del marido engañado y abandonado. Los pringlenses no tendrían por qué haberse enterado de este grotesco enredo si no fuera porque a las pocas horas de constatado el hecho desapareció también el cornudo, llevándose la pistola nueve milímetros propiedad del dueño del circo, con la correspondiente caja de balas. Sus intenciones no podían ser más explícitas. Antes de que se produjera una desgracia se dio intervención a la policía. Los testigos (payasos, trapecistas y domadores) coincidieron en encarecer las manifestaciones de ira y resentimiento del enano por el engaño del que había sido víctima, y su firme decisión de hacer correr sangre. Le creían, porque era un hombrecito violento, con antecedentes de rabietas destructivas. El arma que había sustraído era le tal de cerca y de lejos, y no era necesario saber manejarla para matar. La policía puso todos sus efectivos en acción; a pesar de los vehementes pedidos de discreción que hicieron las autoridades del circo, la noticia se difundió. No podía ser de otra manera, pues se necesitaba de la colaboración del público para dar con el paradero de los fugitivos, tanto el de los amantes como el de su perseguidor. En un primer momento pareció una tarea fácil: el pueblo era chico, la descripción de los buscados fácil y definitiva, como que se reducía a la palabra «enanos». Los uniformados acudieron a la estación, a la parada de ómnibus de larga distancia y a las dos rotondas que, en los extremos opuestos del pueblo, distribuían los caminos de salida, por entonces de tierra. Lo único que lograron establecer estos trámites fue que los enanos seguían en Pringles.

No se hablaba de otra cosa, y no era para menos. Entre chistes, apuestas, batidas colectivas a baldíos y casas vacías, reinaba una efervescencia risueña y un delicioso suspenso. Veinticuatro horas después, el ánimo había cambiado. Se colaba por un lado un vago temor supersticioso, por otro uno muy real. El primero respondía a la extrañeza que provocaba la falta de solución del caso. Los pringlenses vivían bajo el supuesto, ampliamente comprobado, de la transparencia social y catastral del pueblo. ¿Cómo podía ser que en esa diminuta caja de cristal pudiera seguir hurtándose a la mirada un objeto tan conspicuo como tres enanos? Con el agravante de que no eran un compacto sino una pareja que se escondía y un tercero que los buscaba y a la vez se escondía también. Un matiz de sobrenatural empezó a cubrir el episodio. Las dimensiones de un enano se revelaron problemáticas, al menos para la perturbada imaginación colectiva. ¿Había que mirar bajo las piedras, en el revés de las hojas, en los capullos de los bichos canasto? Por lo pronto, las madres miraban bajo las camitas de sus hijos, y los niños desarmábamos los juguetes para mirar adentro.

Pero había además un temor más real. O, si no real del todo, al menos proclamado como tal para racionalizar el otro miedo sin nombre. Había una mortífera pistola cargada, en manos de un desesperado. Que matara a sus víctimas no preocupaba a nadie (sin necesidad de acusarlos de racistas o discriminatorios, es explicable que los pringlenses, en la alarmada emergencia, tuvieran a los enanos por una especie aparte, cuya vida y muerte se jugaba entre ellos y no concernía a la existencia del pueblo), pero los tiros no siempre dan en el blanco, y cualquiera puede encontrarse en un momento dado en la intersección de la trayectoria de una bala. Cualquiera, realmente, porque no se sabía dónde estaban los enanos, y mucho menos dónde se produciría el encuentro. No se prejuzgaba tanto sobre la puntería del marido como sobre la huidiza pequeñez de los adúlteros. La misma fantasiosa miniaturización con la que se justificaba el fracaso de la busca inducía a visualizar como errados todos los disparos. ¿Cómo acertarle a un átomo oculto, o a dos? En cualquier sitio, en cualquier momento, podía haber una andanada de balas perdidas segando vidas, propias o de seres queridos.

Otras veinticuatro horas, y los dos miedos se habían entrelazado tan estrechamente que ya reinaba el más agudo delirio persecutorio. Las casas no parecían seguras, la calle menos. Las reuniones públicas, cuanto más multitudinarias mejor, tenían algo tranquilizante: los cuerpos de otros podían hacer de escudos humanos, y como en las situaciones de angustia se tiran por la ventana los escrúpulos altruistas, a nadie le importaba que murieran acribillados los otros. Ahí debió de estar el motivo de que esa noche fuéramos a cenar afuera, cosa que no hacíamos nunca. Y, remontándose a otro nivel de motivación, ya decididamente mágico, debió de ser la causa de que papá llevara en el bolsillo la billetera de Pushkin, que reservaba para las grandes ocasiones. Como se recordará, Pushkin murió de una bala en el corazón.

Cierro el paréntesis explicativo y vuelvo al relato. Pero al hacerlo advierto que he cometido un error. Porque la historia siguió en el hall del teatro, lo que significa que la excursión por el boulevard y la visión del circo debió de pasar antes, cuando íbamos camino al hotel. Y efectivamente, ahora que lo pienso mejor, me parecer ver que el cielo al fondo del palacio y encima de la carpa no estaba del todo oscuro: era la Hora Azul, todavía con restos del rosa del crepúsculo y una fosforescencia blanca recostada en el Occidente. Las estrellas en el negro profundo debieron de ser una interpolación de los escalofriantes sucesos posteriores en el techo del teatro. Me disculpa, parcialmente, la rareza misma de la historia; sus distintos episodios, si bien se encadenan en un orden bastante fatal, también se aíslan, como los astros en el firmamento que fueron los únicos testigos del desenlace, a tal punto que las figuras que conforman parecen deberle más a la fantasía que a la realidad.

Las cosas pasaron más o menos así: satisfecha la curiosidad por el Cerebro Musical, mis padres enfilaron hacia la calle, en parte porque no había nada más que ver, en parte para haberse marchado antes de que empezara a salir el público de la sala; la representación debía de haber terminado, los aplausos se prolongaban pero ya no podían durar mucho más, y mamá no quería que la vieran salir junto con «la negrada» y algún despistado pensara que ella se había degradado al gusto peronista.

Tan decidido fue su gesto de retirarse, de dar la espalda, que sentí llegado el momento de darme el gusto y tocar impunemente el gran objeto rosado. Sin pensarlo más, lo hice, con la punta del dedo. Apenas si por una fracción de segundo la yema del índice de mi mano derecha tocó la superficie del cerebro. Por los motivos que se verá, tuve motivos para no olvidar nunca ese contacto, y no lo he olvidado.

Mi travesura pasó ignorada por mis padres, que seguían caminando hacia las puertas de la calle. La que sí la vio fue mi hermana, que tenía dos o tres años y me imitaba en todo. Mi arrojo la envalentonó, y quiso tocar ella también. Pero en su torpeza de pequeño demonio no se anduvo con delicadezas. La punta del dedo no existía para ella. Desde su minúscula estatura, que apenas si alcanzaba el nivel del cajón pedestal, estiró los dos bracitos y se apoyó con todo su peso. Contuve el aliento al adivinar lo que se venía, y lo solté en forma de grito al ver que el Cerebro se desplazaba. Mis padres se volvieron, y se detuvieron, y creo que llegaron a dar un paso o dos hacia nosotros. Para mí, toda la escena había tomado una precisión fantasmagórica, como la milésima repetición de un drama. El Cerebro Musical resbaló pesadamente por el borde del cajón, cayó al suelo, y se rompió.

Mi hermana se había largado a llorar, más por la culpa y el temor al castigo que por lo que había aparecido ante nuestra vista, que debía de escapar a su comprensión. La mía en cambio estaba madura para adivinar, pero lo hizo a duras penas, en medio de una confusión horrorizada que mis padres seguramente compartían.

La corteza rosa del Cerebro Musical se había pulverizado al sufrir el impacto, señal de su fragilidad porque no había caído de más de medio metro de altura. El interior era un compacto hialino, como una gelatina bien moldeada por la cáscara. Cierto aplastamiento, y no sé si cierto temblor quizás imaginado, remanente del golpe, indicaba que no era sólido. El color no mentía: era sangre semicoagulada, y no costaba mucho decidir a quién, o mejor dicho a quiénes, había pertenecido. Porque en medio de esa masa flotaban muertos, en posición fetal mutuamente invertida, los dos enanos hombres, los mellizos. Era como dos láminas, vestidos con sus trajecitos negros, la cara y las manos blancas como la loza; ese contraste de colores los hacía visibles en el rojo oscuro de la sangre. Ésta había salido por sendas heridas en las gargantas, que eran como bocas abiertas gritando.

Dije que yo veía la escena con una nitidez sobrenatural, y así la sigo viendo. Veo más de lo que vi. Es como si viera la historia en sí misma; no como una película o una sucesión de imágenes sino como un solo cuadro que se transformara, no con movimientos sino con una fijeza repetida. Aunque movimientos hubo, y abundantes: fue un vértigo, un abismo de átomos irracionales.

Los gritos de mamá, que tenía una pronunciada tendencia a la histeria, se perdieron en un repentino clamor proveniente de la sala. Era algo no previsto. La rutinaria ovación a la gran Leonor Rinaldi había pasado, lo mismo que las siete salidas del elenco a saludar; los actores se estaban retirando del último saludo, y el público ya se levantaba de las butacas; en ese momento en que los personajes se desvanecían de la piel de los actores, todos juntos en hilera en el escenario, cada uno con su parte de la comedia en la cara y el cuerpo, pero ahora la comedia, la trama, sus sorpresas y equívocos, todo puesto en desorden en la hilera de las reverencias sonrientes, como para que en el momento de los aplausos los espectadores reconstruyeran, pasando revista, la historia, y la despidieran como la ficción que era, junto con ese living comedor de fantasía, con los sillones, la falsa escalera, las ventanas pintadas y las puertas que se abrían y cerraban en oleadas de revelaciones cómicas, y todo el resto de la utilería… en ese momento de fin de fiesta, se desprendió el gran medallón de yeso que ilustraba en el ápex de la boca del escenario la cara de Juan Pascual Pringles. Los rasgos del prócer estallaron como una nova de tiza y mostraron a los ojos atónitos del público el ser más extraño que haya producido nunca un deus ex machina teatral: la enana. Ése había sido su escondite, y nadie la habría encontrado jamás. Alguien pudo pensar que había sido un accidente, por ejemplo que las vibraciones de los aplausos y bravos de la sala llena habían aflojado las viejas moléculas del yeso del heroico granadero; pero tal suposición no resistió a la evidencia de los hechos: el estallido había obedecido a causas internas, que no eran otras que el aumento de volumen de la enana. Crisálida asesina, después de haberse hecho fecundar se había escondido en un refugio seguro para dejar que la Naturaleza (porque los monstruos también la tienen) hiciera su trabajo. Y quiso el azar que esta labor culminara en ese preciso instante: unos minutos más y habría asomado en el Teatro vacío y oscuro.

Tal como sucedieron las cosas, fue una especie de «bis» como no lo tuvo ni tendrá jamás ningún espectáculo. Dos mil pares de ojos vieron desprenderse de los bordes del nicho una gran cabeza sin ojos ni nariz ni boca pero con una enrulada cabellera rubia, y brazos gordezuelos terminados en garras, y un par de senos rosados exuberantes, con ojos en lugar de pezones… Seguía saliendo, horizontal, cerca del techo altísimo, como una gárgola… Hasta que unas sacudidas convulsivas liberaron dos alas, primero una, después la otra, enormes membranas irisadas que batieron con ruido de cartón, y ya estaba en el aire. La parte posterior del cuerpo era una gruesa bola cubierta de vello negro. Pareció que caía (lo habría hecho sobre el foso de la orquesta), pero un rápido batir de alas la estabilizó a media altura, e inició un vuelo errático.

Ahí se desató el terror. Un incendio no habría producido tanto pánico como verse encerrados con ese mutante volador del que no se sabía qué esperar. Los pasillos se atascaron, las salidas quedaron bloqueadas, la gente saltaba sobre las butacas, las madres buscaban a los hijos, los maridos a las esposas, todos gritaban. Asustada por el tumulto, la enana revoloteaba sin rumbo, ella también buscando una salida. Si perdía altura se intensificaban los gritos en la platea, y cuando remontaba hacia los palcos era allí donde vociferaban más los espectadores sitiados por el embotellamiento de las escaleras. En su desesperación, algunos treparon al escenario, del que ya habían desertado los actores. Algunos refugiados en los palcos avant scéne también se descolgaron más allá del semicírculo de las candilejas. Al verlos, otros, que empujaban por los pasillos pero reconocían la imposibilidad de atravesar la masa humana descontrolada, cruzaron toda la sala en carrera frenética y saltaron al escenario; era como quebrar un tabú, invadir el terreno de la ficción, cuando habían pagado para no hacerlo; pero el instinto de supervivencia era más fuerte.

Y la enana alada, la gran libélula, después de cruzar varias veces con su clap-clap aterrorizante, cada vez más rápido, el espacio aéreo del teatro y chocar repetidamente contra el techo y las paredes, también se precipitó a la boca del escenario, lo que dentro de todo era lo más razonable. La escenografía pequeñoburguesa de la compañía de Leonor Rinaldi se la tragó, y después hubo un derrumbe generalizado de bambalinas.

Mientras tanto, el teatro se había vaciado, pero por supuesto nadie se quería ir a su casa. La calle Stegman se había vuelto un maremágnum de gente excitada. Del restaurante del hotel salieron los comensales, algunos con la servilleta al cuello, no pocos con un tenedor en la mano. La noticia había corrido por todo el pueblo; un mensajero oficioso la había llevado al circo, y como su llegada coincidió con el fin de la función, el público se trasladó masivamente. Cuando llegó la policía, haciendo sonar las sirenas, tuvo dificultad para abrirse paso. Lo mismo los bomberos, autoconvocados, y la ambulancia del hospital.

Al salir el malón enloquecido por el hall del teatro, habían hecho rodar y pisoteado sin consideración el glóbulo de sangre. Cuando el dueño del circo quiso recuperar los cadáveres de los enanos, le dieron dos arrugadas siluetas, que los payasos se pasaron de mano en mano haciendo el reconocimiento. Los payasos, igual que el resto del personal del circo, habían acudido con su ropa de trabajo, por la urgencia. Ecuyeres, trapecistas, faquires, se codeaban con los actores de la compañía de Leonor Rinaldi, y con la propia Leonor Rinaldi y con Tomás Simari, y todos ellos con sus respectivos públicos y los públicos ajenos, además de curiosos, vecinos y trasnochados. Ni en el carnaval se había visto nunca algo así.

La primera exploración que hizo la policía, a punta de pistola, en las profundidades del Teatro (pero encabezada por Cereceto, que era el único que conocía todos sus vericuetos) no dio resultado. La enana había vuelto a desaparecer, con alas y todo. Corrió la voz de que había encontrado una salida y volado; la hipótesis, que debería haber causado alivio, provocó decepción. Todos se habían puesto en clave de espectáculo, y querían más. Pero un suceso inesperado renovó las esperanzas: de la masa imponente del Teatro surgieron despedidos en todas direcciones innumerables murciélagos y palomas. Las palomas sobre todo, que nunca vuelan de noche, le dieron a esa desbandada un sesgo fantástico. Evidentemente, estos animalitos habían percibido la presencia del monstruo, y desalojaban de prisa.

Siguió un momento de suspenso, hasta que un grito y una mano alzada hicieron echar atrás todas las cabezas y dirigir las miradas a la crestería seudogótica de la fachada del teatro. Allí estaba, agazapada entre dos torretas, la enana alada, las alas desplegadas pero en reposo, el cuerpo sometido a un temblor visible aun a la distancia. El potente haz del fanal del carro de bomberos la enfocó. En la calle, dos de los payasos, con sus trajes de colores y sus sonrisas pintadas, se subieron a las capotas de sendos autos y agitaron por encima de sus cabezas, como estandartes, los cadáveres de los dos enanos.

Si bien los pringlenses nunca habían visto antes un mutante de estas características, eran en su mayoría gente de campo, familiarizados con los fenómenos de la reproducción. Y no importa cuáles sean las formas bizarras que adopten los seres en la Naturaleza, los mecanismos básicos de la vida se repiten en todas. De modo que no tardó en reinar la certeza de que la enana estaba en trance de «poner». El proceso y los signos coincidían: la clausura para que se operara la metamorfosis, el episodio sexual que había tenido lugar antes, los crímenes, la enorme bolsa ventral, la elección de un lugar inaccesible, y ahora la posición reconcentrada y los temblores. Lo que nadie podía prever era si pondría uno o dos o varios huevos, o millones; esto último parecía lo más verosímil, pues las características formales del caso lo acercaban al mundo de los insectos. Pero cuando la seda velluda de la bolsa empezó a rasgarse, vieron que asomaba un solo huevo, blanco y puntudo, del tamaño de una sandía. Un vasto «Ooohhh…» de admiración recorrió a la multitud. Quizás por estar fijas todas las miradas en la lenta extracción de esa perla fantástica, resultó más sorprendente la aparición junto a la enana de otra figura, que entró lentamente en el círculo de luz y se hizo del todo visible sólo cuando el huevo hubo salido por completo y quedó parado en esa vertiginosa cornisa. Era Sarita Subercaseaux, con su prolijo peinado batido, su rostro rosa bien empolvado, su vestido celeste, sus zapatitos de taco chino. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Qué se proponía? Estaba a centímetros de la enana, que terminada su faena levantó la cara hacia la de Sarita, como si la mirara sin ojos. Eran del mismo tamaño, las dos irradiaban la misma energía de decisión sobrenatural; un enfrentamiento parecía inevitable, quizás un combate. El pueblo contenía el aliento. Pero lo que pasó fue otra cosa. Con una sacudida, como si despertara de un sueño, la enana abrió las alas cuan largas eran, y de un solo clap se elevó varios metros; otro aleteo, y giraba, otro, y tomaba velocidad, y ya estaba volando, como un pterodáctilo, hacia las estrellas, que para la ocasión brillaban como locos diamantes. Se perdió entre las constelaciones, sin más. Sólo entonces la muchedumbre volvió a mirar el techo del teatro.

Sarita Subercaseaux no se había alterado con la parida de la Enana. Ella y el huevo estaban solos. Con movimientos muy lentos, apartó un brazo del cuerpo y lo levantó. Tenía algo en la mano. Un hacha. Surgieron gritos encontrados de la gente. ¡No! ¡No lo haga! ¡Sí! ¡Rómpalo! El sentimiento colectivo era inevitablemente ambiguo. Nadie quería que en el apacible pueblo pampeano se produjera un nacimiento monstruoso de consecuencias imprevisibles. Pero al mismo tiempo la ocasión de lo único encontraba posibilidades que era triste desperdiciar. Ya la misma fragilidad de un huevo tenía algo de precioso.

Pero el hacha, cuando el movimiento del brazo la puso a plena luz, resultó no ser un hacha sino un libro. Y la intención no era romper el huevo sino poner sobre él el libro en equilibrio, delicadamente. En la leyenda de Pringles, esa figura extraña se perpetuó como el símbolo de la fundación de la Biblioteca Municipal.

26 de julio de 2004

(De: Relatos reunidos, 2013)

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