El chico de al lado

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Ana María Matute

A veces basta la cadencia de una voz, el súbito remolino del polvo de un sendero, para recordarnos algo. Algo grande o pequeño —da lo mismo: grande para nosotros, pequeño para los demás—, pero que supone un jirón de nuestra vida.

El mes de junio, por ejemplo, trae a mi memoria la figura de un muchacho. Ni siquiera me acuerdo de su nombre; pero sé que vivía en la casa de al lado, y nuestras vidas estaban separadas por una efímera valla de madera. Tenía cierta semejanza con un gallo de pelea, porque su pelo se arremolinaba sobre la coronilla en forma de plumero. Pero como en aquellos tiempos yo estaba abrumada bajo la humillación de un aparato para enderezar los dientes, el áspero mechón de cabello del chico de al lado tenía a mis ojos una atracción semejante a las plumas multicolores de un guerrero piel roja.

Había en el jardín vecino un árbol raquítico que ponía sobre la arena amarilla su pequeña mancha sombría. Los niños pequeños de la casa corrían, persiguiéndose, a su alrededor, levantando nubes de polvo reseco, llenando el aire con sus vocecitas chillonas. También había una caseta para el perro, pero vacía —porque el perro murió de viejo— y despintada.

Todos los días, después de comer, el chico de al lado iba a sentarse a la sombra del arbolillo, con un libro debajo del brazo. Se extendía en el suelo, efectista: porque en un mes había llegado a ser el más alto de la familia.

—Hola…

—Hola… —decíamos. Y me deslumbraba con cualquier historia, casi verdadera. Los primeros triunfos, todavía desdibujados, hervían en su pecho de adolescente; y cuando menos lo imaginaba cortaba en seco la conversación con un: «Y ahora déjame, por favor; tengo que estudiar…».

Yo me alejaba, aparentando indiferencia, intentando revestir de dignidad la amargura de las trenzas y los calcetines. Y él se sumergía en las páginas de aquel libro feo y pesado como el edificio del Ayuntamiento.

Su cabeza mojada, su roja nariz, sus manos nudosas, respiraban un hondo, perenne desprecio. Un desprecio que abarcaba el mundo entero, pero que se volcaba irreprimible sobre nuestras casas, nuestros jardines colindantes, nuestros familiares. Y había en su voz un deseo palpable de darme a entender:

—Te hablo, te tolero, pobre lagartija, gracias a la amistad de los «viejos».

Él y sus amigos, con sus zapatones destructores, el humo presuntuoso de sus primeros cigarrillos, sus discusiones, pertenecían a una raza distinta. Llamaban a Kant «el destructor de la filosofía», y cada cuarto de hora echaban mano, por lo menos una vez, de la palabra «complejo».

El chico de al lado fanfarroneaba durante todo el año. Y cuando acompañaba a una niña rubia que estudiaba con él —balanceando las carteras, chupando un helado de vainilla, arrastrando los pies—, fingía no reconocer a nadie.

Solamente el mes de junio le obligaba a refugiarse bajo el árbol del jardín…, y siempre lograba vencer a los libros.

Su victoria anual llenaba de regocijo a la familia —especialmente a su madre, que venía a comunicárnoslo como al azar—. Y, de paso, dirigía miradas intencionadas a mi hermano. Porque mi hermano era una nulidad que se pasaba las horas muertas pintando en su estudio del ático.

Desde siempre le había admirado, pero llegó un día en que la admiración se deformó en una inexplicable humillación. Ya no me deslumbraba el sonido de su voz, ni el espectáculo del humo saliendo en columnas azules por debajo de su nariz, ni el parpadeo de sus ojillos negros. Empecé a alimentar un pueril deseo de venganza. ¿De qué?… ¿Por qué?… No lo sabía. O por lo menos, ya no me acuerdo.

Si en su jardín crecía un árbol raquítico, en el nuestro, por el contrario, reinaba un frondoso abeto desplazado de su leyenda de nieve. Una primavera me aproximé a la valla de madera y le dije:

—¿Por qué no pasas a estudiar a nuestro jardín? Ya verás: estarás mucho más cómodo y tranquilo… Además, nadie te molestará.

Y miré significativamente al otro lado, donde sus hermanos pequeños estaban levantando una fortaleza de piedras y arena, dando gritos, con unos gorros de papel en la cabeza.

Nosotros no teníamos hermanos pequeños.

Ya empezaba a sentirse el calor de la tierra seca, y el muchacho se quedó mirando la humedad silenciosa de nuestro jardín recién regado. Dudó sólo un instante.

Cuando hubo saltado, nos contemplamos un momento, sin saber qué decir. Llevaba una camisa listada de azul, que infantilizaba sus hombros y acentuaba la largura absurda de sus piernas. Y tenía la piel cubierta de gotitas brillantes. Pero, de pronto, me fijé en su proyecto de bigote y me hizo tanta gracia, tanta, que me marché deprisa para que no me viera reír.

A aquella edad nuestra bastaba a veces sólo un día para crecer bárbara, monstruosamente.

Después ya no fue necesario invitarle a pasar. Cada vez más temprano oía su silbido peculiar en el jardín, cuando aún estábamos sentados a la mesa. Mi madre decía:

—Ya tenemos ahí al chico de al lado… ¿Quién le dijo que viniera aquí a estudiar?

Mi hermano —que hablaba cada día menos y, además, acababa de «descubrir» la pintura surrealista— se encogía de hombros lentamente, ignorante del brochazo verde que le manchaba la nariz.

Aquel año los libros vencieron al chico de al lado, y no pudo ir a la playa. Se quedó en su jardín estudiando, estudiando…

Por aquellos días yo me corté las trenzas y el dentista liberó mis dientes de su opresión. Empezó a venir a mi casa un amigo de mi hermano que se llamaba Teo —no sé si era Teodoro o Doroteo— y era una criatura especial.

Se adueñó casi por entero del estudio de mi hermano. Pronto los caballetes se llenaron de sus famosos bodegones cargados de bermellón, cuyos modelos naturales engullía acto seguido implacablemente. Mi madre acabó dando órdenes terminantes, y plátanos y manzanas eran ocultados apresuradamente a su paso. Pero tuvo la gentileza de aleccionarme en los misterios de la pintura. Un día me dijo que llegaría a superar a Rubens. Esto no me importaba poco ni mucho; pero Teo tenía el cabello de un rubio oscuro, hablaba poco y levantaba las cejas al final de sus frases. Además, sentados en el columpio del jardín, saboreábamos juntos el modelo del día.

En esto llegó la víspera de nuestra partida; hacía ya mucho calor y nos marchábamos a un pueblo de la costa. Estábamos sentados a la sombra del abeto, mordiendo a partes iguales una manzana, cuando oí la voz del chico de al lado:

—¿Os vais mañana?… Oye, ¿es que os vais mañana? —preguntaba. Y lo sabía perfectamente… Estaba allí cerca, detrás de la valla blanca, con su blusa rayada y su pelo húmedo.

Dos o tres veces nos interrumpió con sus necias preguntas. Y consiguió que Teo se pusiera en pie y que, levantando las cejas, me invitara a «dar una vuelta».

Salimos, y la verja chirrió fuerte, muy fuerte. Casi sin darnos cuenta nos cogimos de la mano.

Atardecía, se levantaba una suave brisa y sentía la caricia hasta entonces desconocida del viento jugando con mi cabello corto.

El chico de al lado se quedó parado junto a la valla, mirándonos fijamente:

—Oye, oye. Cuando volváis de la playa, yo ya no estaré aquí —decía; pero su voz se perdía. La suya y la de los niños pequeños que se perseguían, y el crujido de la arena bajo las sandalias… Aún me volví a mirarle dos veces: tenía la cabeza levantada y aquel mechón enhiesto de la coronilla, ¡qué lamentable! Y, haciendo como que nada le importaba, se encogió de hombros.

«¡Qué niño es!», pensé. Y hasta su jardín parecía que se reducía y se borraba…

Cuando volvimos en otoño, nos dijo su madre que estudiaba fuera de nuestra ciudad.

De vez en cuando yo pasaba a su jardín y me sentaba bajo el árbol raquítico. La caseta del perro había desaparecido, y el pequeño de los niños me dijo:

—¿No sabes? La quemamos la noche de San Juan… ¡Huy, más bonito!…

Claro que esto son bobadas de adolescencia. Ahora todo es muy diferente.

(De: La puerta de la luna)

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