El clavo del que uno se ahorca

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Juan José Millás

¿Guarda un hombre memoria de las escaleras que subió o bajó a lo largo de su vida? ¿Podría llegar a saber —en el tramo final de su existencia— si eran todas la misma o si algunas de ellas, aunque distantes entre sí, conducían a idénticos espacios?

Esta preocupación por las escaleras me ha asaltado de golpe, sin que yo haya puesto ninguna voluntad en ello. Porque sobre lo que pretendía escribir era sobre los domingos y, más concretamente, sobre sus largas e inquietantes tardes. ¿Adónde lleva la tarde de un domingo? ¿Adónde la suma de todas las tardes de todos los domingos de una existencia media?

Debo decir que ese día festivo de la semana me ha parecido siempre un día cruel, quizá porque está hecho para una pereza imposible, pero también porque en sus tardes anida la desazón y el miedo a preguntarse qué es la vida o para qué sirve, al fin, el esfuerzo desarrollado durante el resto de la semana.

Tengo cuarenta y cinco años y arrastro este temor a los domingos desde la niñez. Él ha determinado mi existencia, que ha carecido de otro objeto que no fuera el de escapar a la maldición de ese día festivo que en los calendarios suele señalarse con una mancha roja. Así, cuando era adolescente, en lugar de salir con mis amigos, pasaba las tardes de los domingos en mi cuarto, realizando trabajos manuales que me ayudaban a hacer frente a ese momento en el que la luz del día parece sufrir una vacilación, como si dudara entre la posibilidad de durar eternamente o la de entregarse a la noche.

No me casé, aunque tuve más de una oportunidad, por la misma razón, es decir, para no padecer las tediosas reuniones familiares de los domingos por la tarde. Más adelante, en fin, cuando me tuve que ganar la vida, elegí trabajos cuyos periodos de descanso no se ajustaran al ritmo general, para ver si de este modo perdía la noción de los días y conseguía saltar sin abrasarme desde el sábado al lunes.

Mi vida está marcada, pues, por esta huida que comienzo a planificar la víspera del martes y desarrollo luego a lo largo de toda la semana hasta alcanzar el día innombrable con su fracaso consecuente. Y digo fracaso porque, pese a todas mis maniobras, no ha habido un solo domingo de mi vida en el que, llegado a ese punto indeterminado de sus tardes, mi conciencia haya dejado de advertir en qué lugar de la semana nos encontrábamos. Hace poco, por ejemplo, pasé unos días en Estambul, intentando vender una determinada marca de aparatos de aire acondicionado cuyos intereses represento en esa zona de Europa. Pues bien, había perdido ya la noción del tiempo, cuando un día —tras permanecer siete horas en el hotel realizando un complicado informe comercial— salí a la calle con el objeto de admirar la ciudad desde el mar. El espectáculo era sobrecogedor, pues las cúpulas, al atardecer, parecen construcciones liberadas del peso de la gravedad. Enseguida, advertí que mi placer comenzaba a enturbiarse por un malestar indefinido, como si una extrañeza inquietante se apoderara de las zonas más vulnerables de mi pecho. Mi mirada adquirió un tono plomizo, que proyectaba sobre los objetos de su interés, y hasta el propio mar se contagió de una especie de solidez que se traducía en una amenaza difusa, pero cierta. Efectivamente, era domingo y atravesábamos en ese instante uno de los lugares más difíciles de sus misteriosos confines.

Hace algunos años, en uno de mis numerosos intentos por librarme de este doloroso mal, cayó en mis manos un manual de psicología, cuyo autor no recuerdo, en el que había un artículo titulado «Las neurosis de los domingos». Gracias a él, supe que esta rareza mía afectaba a importantes núcleos de la población, pero lo cierto es que no he conocido a nadie que padezca esta «neurosis», al menos en el grado con que la sufro yo. Por otra parte, creo recordar que las causas que se señalaban en aquel artículo me parecieron algo simples y la argumentación, muy mecánica. El caso es que no me curé tampoco con aquella lectura.

Creo que bastarán las líneas anteriores para transmitir una idea aproximada de la magnitud de mi daño y para señalar también las carencias que le debo, carencias que a estas alturas de la vida comienzan a cobrar la calidad de una amputación no visible, pero tan eficaz como la ausencia de una mano frente al deseo de intercambiar una caricia: no tengo mujer, ni hijos, ni amigos, ni un trabajo mínimamente llevadero. Vivo solo, aferrado a la tarde de todos mis domingos con el abrazo de un condenado a su verdugo. Ahora, antes de colgarme del clavo que desde la pared me llama, voy a relatar lo que me sucedió el domingo último, que parece el final de una larga pesadilla de la que quizá no he despertado todavía o de la que quizá no pueda despertar por la simple razón de que no se trata de un sueño, ni siquiera de un mal sueño.

El caso es que llegué al sábado un poco aturdido por el exceso de trabajo de los días anteriores (la semana es una especie de escalera sin luz —cada día, un peldaño— por la que algunos ascienden en dirección al descanso, pero por la que otros, como yo, ruedan hasta abrirse la cabeza en el festivo). No había tenido tiempo, ni ganas, para preparar adecuadamente la huida del domingo. Por otra parte, el fin de semana me sorprendió en mi medio habitual, lo que sin duda agravaría el tránsito al lunes. Decidí, pese al justificado cansancio que sentía, pasar la noche del sábado en vela, emborrachándome de manera metódica, al objeto de dormir todo el domingo y alcanzar el lunes sin sufrir daños importantes. Este sistema había demostrado ya sus virtudes en otras ocasiones y confiaba en perfeccionarlo graduando adecuadamente las dosis de alcohol ingeridas durante la víspera y la madrugada del penoso día cuya presencia intentaba evitar.

Me acosté a las nueve de la mañana del domingo, moderadamente ebrio, y tras un recorrido nocturno por los bares de la ciudad que solía frecuentar en ocasiones como ésta. El sueño me venció con relativa rapidez y me hundí en él con placer, sintiendo la respuesta agradecida de cada uno de los músculos de mi cuerpo. Creo que tuve, en esos primeros instantes, un sueño relacionado con una peluquería: alguien entraba en el establecimiento y pedía que le afeitasen y le arreglasen el cabello para asistir con la corrección debida al entierro de su madre. Yo contemplaba la escena desde algún lugar que ahora no recuerdo, pero que es irrelevante de cara a los sucesos que a continuación relataré.

El caso es que en algún momento determinado de este sueño adquirí la conciencia de que estaba dormido y eso, paradójicamente, me devolvió a la vigilia, si bien era una vigilia atenuada por los vapores del alcohol y por la bruma del agotamiento físico del que intentaba recuperarme. No abrí los ojos, por temor a despejarme demasiado, y entonces sucedió una rareza que consistía en la incapacidad de la memoria para saber a qué zona de mi propia existencia debía despertar. ¿Debería salir del sueño a mis primeros años, protegidos por la presencia olorosa de mi madre? ¿Debería hacerlo a la adolescencia tenebrosa, marcada por la particularidad de no ser un niño sin haber alcanzado por eso otro estado conocido? ¿A mi servicio militar, cuyos permisos coincidían con el único día no hábil de la semana? ¿A aquella apasionada historia de amor que terminó un domingo por la tarde, cuando sentado frente a Laura (Laura, Laura) en una cafetería advertí que el peso de aquel día maligno se sobrellevaba mejor solo que acompañado? ¿A mi primer trabajo? ¿A la universidad?

Permanecí durante un tiempo que no podría calcular, pero que tuvo que ser necesariamente breve, especulando sobre estas y otras posibilidades, sin que los registros de mi conciencia señalaran a qué lugar de la vida debería volver si en ese momento abriera los ojos. No debe interpretarse esta duda como una pérdida de identidad; por el contrario, ésta parecía haberse multiplicado por partición, sin perder por eso el denominador común, representado por el propietario de todas esas partículas, cada una de las cuales marcaba un límite, una frontera, por la que discurría mi conciencia.

Levanté, al fin, los párpados y comprobé, con una mezcla de decepción y alivio, que mis ojos se abrían al dormitorio habitado por el sujeto de cuarenta y cinco años que me representaba en el mundo con la relativa fidelidad con la que nos representamos a nosotros mismos. Así pues, las leyes de la lógica y la sucesión, por esta vez al menos, parecían a salvo. Miré el reloj y comprobé que apenas habían transcurrido dos horas desde que me acostara.

Cambié de postura y volví a hundirme en las fantasías que preceden al estado de reposo. Curiosamente, recuperé el sueño de la peluquería. Entraba el sujeto de antes, sólo que ahora parecía más viejo y más cansado. Quería que le cortaran el pelo, pero exigía que le perfumaran luego la cabeza con una colonia cuya marca no reconocí.

—Esa colonia es muy antigua —decía el encargado—. Ya no la sirven.

El hombre era bajo, llevaba una chaqueta desflecada y una corbata negra. Parecía soportar un peso excesivo sobre la conciencia y daba, en general, la impresión de encontrarse bajo los efectos de un ataque de angustia. Decía:

—Es que tengo que ir al cementerio, a llevar flores. El año pasado sólo fui por mi madre, pero este año están los dos. Ahora tendré que ir todos los años por los dos.

—No tenemos esa colonia —insistía el encargado.

Desde dondequiera que me encontrara, miré las manos del sujeto y observé que no había en ninguno de sus dedos una alianza matrimonial. Creo que me identifiqué con él, sin llegar a sentir por eso ningún tipo de afecto. Inmediatamente añadió:

—A mi madre le gustaba mucho esa colonia.

—Es muy antigua —concluyó el encargado.

Volví a sentir que me despertaba. Con los ojos cerrados, viajé desde la peluquería hasta la cama, aunque no hubiera sabido decir hasta qué cama, pues ignoraba de nuevo a qué zona de mi vida estaba condenado a despertar. Alargué la mano para ver si sentía el suave tacto del camisón de mi madre, pero no encontré ningún calor ajeno al mío. Durante algunos minutos me entretuve en el juego anterior, hasta que la angustia de no saber en qué tramo de la existencia me encontraba me empujó de nuevo a levantar los párpados. Y de nuevo también, entre la desilusión y el consuelo, comprobé que era un hombre de cuarenta y cinco años sin otra responsabilidad que la de ponerse a cubierto de sus miedos. Miré el reloj: eran las cuatro de la tarde.

Cerré los ojos y caí en un sueño ligero, epidérmico, del que desperté varias veces con una sensación idéntica a la ya descrita. Luego me olvidé de mí mismo y permanecí sobre la huella del colchón con la indiferencia de una piedra grande en el lecho de un río seco.

Finalmente, amanecí otra vez y abrí los ojos con un gesto de espanto, como si hubiera recibido previamente un misterioso aviso de la rareza que me iba a suceder. Porque lo primero que vi fue la ventana de mi habitación de niño (nunca olvidaré aquellas cortinas). Y después, el escritorio, y la pequeña librería, y los libros de texto, pero también la cama, y la mesita baja de madera sobre la que hacía toda suerte de trabajos manuales, desde el modelado de arcilla hasta la construcción de ingeniosos aparatos mecánicos que se mostraban tan útiles en el interior de mis fantasías como torpes e inhábiles en los recovecos de la realidad extramental. Yo mismo, en ese instante, construía una nave de carácter anfibio con la que había decidido atravesar la vida. Miré mis manos, mis dedos cortos, pero expertos, y deduje que se trataba de los miembros de un niño pequeño. Me incorporé, destilando un sudor disolutivo, para hacerme cargo de mi estatura y elevar el horror unos centímetros. Era, efectivamente, un niño, pero conservaba una memoria nítida de mi pasada madurez. Una revelación sin contenido verbal estalló en mi conciencia: los hombres no duran de forma sucesiva, sino que amanecen caprichosamente a un lugar u otro del círculo formado por sus vidas. La existencia, como la Tierra, es redonda; carece, pues, de abismos y se puede alcanzar el mismo punto partiendo en direcciones opuestas. La rareza de mi caso provenía de un error de cálculo, de un desajuste, basado en la conservación de una memoria que debería haber perdido al instalarme en este pedazo de mi esférica existencia.

Comprobé, por los libros de texto y los cuadernos escolares, que tenía doce años, además de un malestar difuso situado en esa zona del pecho cercana a la congoja. Abrí la puerta de la habitación y salí al pasillo, desde donde escuché voces provenientes del salón. Mis padres, al parecer, hablaban con unos amigos que no conseguí identificar. Me acerqué sigilosamente hasta situarme detrás de la puerta. Mi madre decía en ese instante:

—Yo nunca he comprado nada hecho. Prefiero elegir las telas y confeccionarlo yo misma.

Con la ayuda de la voz, evoqué su rostro, su melena de entonces, sus poderosas manos. Retrocedí sin ruido y entré en el cuarto de baño. Me sorprendió la altura del interruptor de la luz, el olor de las toallas, el diseño de la bañera. Me asomé al espejo y vi un rostro ovalado en el interior del cual navegaban unos ojos oscuros. Contemplé la geografía de mi cara por ver si su relieve delataba ya lo que iba a ser de mí. De súbito, una tristeza inconsolable me colocó al borde del llanto. Cogido al lavabo como un náufrago a una tabla, me entregué a las lágrimas con desesperación infantil. Afortunadamente, el hombre maduro que compartía con el niño aquel cuerpo pequeño restó importancia a mi llanto, consolándome con palabras suaves que fueron, poco a poco, devolviéndome a la normalidad. Una vez frenada esta acometida, me lavé la cara y regresé a la habitación. Estuve terminando de armar la nave, que tenía más piezas que un reloj, mientras con una esquina de los ojos observaba la luz de la ventana. Era una luz podrida, como la de un domingo por la tarde. Noté en el pecho la opresión que precede a la angustia. Pensé en acudir al salón, junto a mis padres, pero temí que mamá, que lo sabía todo, advirtiera que detrás de mi mirada infantil se ocultaba una experiencia muy superior a la edad representada por mis rasgos. Deshice la nave y, tras desordenar las piezas, comencé a organizar de nuevo su estructura con la paciencia y el amor con los que uno reconstruiría su vida, si eso fuera posible. Y a medida que las maderas encajaban, mi lentitud crecía y la tarde se evaporaba con el tono de una queja distante, de un dolor remoto, de un alarido subterráneo. «Dios mío —pensé—, qué raro es todo.»

Luego ya era de noche y la angustia comenzó a disolverse sin que mi voluntad interviniera en el proceso. Encendí la luz y observé el cuarto con curiosidad. Era tan cercano y a la vez tan ajeno… Oí que se abría la puerta del salón y la voz de mi madre en el pasillo:

—Luis, recoge tu cuarto, que cenamos enseguida.

Mi madre. Aún no la había visto. Ahora teníamos los dos la misma edad. ¿Lo notaría? ¿Me seguiría castigando si no me portaba bien? ¿Me gustaría a mí que me castigara? Durante algunos instantes fui feliz; me parecía bien volver a vivir con la ventaja que sobre los demás me daba la experiencia. Si supiera aprovechar ese capital, podría sin duda alcanzar posiciones importantes. Volvería a conocer a Laura (a Laura) y no tendría ninguna dificultad para ser el primero de la clase, aunque ahora me pregunto si quise serlo alguna vez. Me ocuparía más de mi madre en los días que precedieron a su fin. Cuántas cosas. Miré la librería y vi mis hermosos libros de aventuras, con los que viví tantas vidas que ya había olvidado y que podría repetir de nuevo. Disimular, tendría que disimular, pero eso ya lo había hecho antes, o después —según se mire—, con la diferencia de que ahora sabía con certeza qué es lo que tenía que encubrir.
De súbito, me acordé de los domingos, de los domingos que me quedaban por vivir, aunque ya los había padecido. De algunos de ellos guardaba una memoria minuciosa, de manera que me pareció insoportable la idea de atravesarlos otra vez. Se trataba de un precio demasiado alto para llegar al mismo sitio. Decidí suicidarme. Me colgaría de un clavo que había en la pared (en todas las habitaciones en las que he vivido había siempre un clavo, el mismo tal vez).

Cogí la cuerda de una vieja cometa y comencé a hacer los preparativos con una nostalgia tan grande que me di un poco de pena y volví a llorar, aunque en esta ocasión el adulto y el niño lloraron a la vez. Entre tanto, mis dedos manipulaban la cuerda con una destreza que ya había olvidado. Coloqué una silla junto a la pared, me subí a ella y alcancé el clavo, del que aseguré un extremo de la cuerda. Miré el lazo y me sentí satisfecho del trabajo realizado. He de decir que tuvo sus dificultades, porque lo hice con una cuerda doble por miedo a que ésta no resistiera mi peso o mi experiencia.

Cuando ya estaba a punto de dar una patada a la silla, pensé en mi madre, me hice cargo de su dolor, de su espanto, cuando entrara a buscarme para cenar y me viera colgando de la pared. Estuve a punto de desistir, pero inmediatamente también deduje que esa escena horrible había pasado ya muchas veces y seguiría pasando eternamente, pero que la olvidaríamos de nuevo hasta que volviera a pasar. De manera que apreté los dientes y empujé la silla hacia un lado. Sentí un dolor estimulante, escuché un crujido y luego una respiración forzada que me pareció ajena, como si hubiera otro cuerpo colgando junto al mío. Después, nada.

Escribo estas líneas desde la habitación de un hotel al que he vuelto al despertar después de suicidarme. Me suenan los cuadros, y la cama, y el clavo imprecisamente escondido detrás de las cortinas. Creo que estuve en esta habitación hace años, cuando representaba los intereses de una empresa de importación en la que trabajé algún tiempo. Debo de tener treinta y cinco años, pero guardo memoria de la experiencia anterior y de los diez años posteriores ya vividos.

Lo peor es que me parece que es otra vez domingo. Hay en el cielo unos jirones violetas en los que la luz intenta permanecer para durar. Huele a festivo y está atardeciendo. De manera que voy a suicidarme otra vez, a ver si tengo suerte y amanezco a un lunes, a un martes o a un miércoles; en el peor de los casos, a un viernes o a un sábado. El caso es que no sea domingo y que, si es posible, haya perdido la memoria.

(De Una vocación imposible, Seix Barral, 2019)