El coronavirus y el discurso neoliberal

Circo

Por Luis Bruschtein

El presidente norteamericano Donald Trump sugirió que si el desinfectante resultaba tan eficaz contra el virus, por qué no se lo inyectaban a las personas . Mario Vargas Llosa y el ex presidente Mauricio Macri publicaron una declaración contra las cuarentenas porque son propias del “autoritaritarismo ” y Jair Bolsonaro llegó a decir que los brasileños son tan duros que resisten cualquier epidemia. Es sabido que resulta mortal inyectarle lavandina a una persona, está demostrado que es mortífero levantar las cuarentenas y que los brasileños no son inmortales. Contrastadas con el peligro de muerte real, estas posiciones aparecen como estupideces soberanas. Sin embargo, las ideas primitivas que las sostienen encuentran receptores en muchas personas con grandes dosis de conveniencias individualistas e ignorancia y fueron manipuladas hasta convertirlas en un cuerpo de pensamiento hegemónico ligado al neoliberalismo. La idiotez pudo ser convertida en verdad superior que tuvo sus mejores representantes en estos y otros personajes.

Lo de Trump parece un chiste, pero es el hombre más poderoso del planeta; Macri fue elegido presidente de Argentina, igual que Bolsonaro en Brasil. El pensamiento que desarrollan tan penosamente entre los tres se reduce a una colección de lugares comunes de prepotencia o resignación ante el más poderoso. Toda la genialidad del neoliberalismo para ganar elecciones fue adornar la ley del gallinero: el que está más arriba jode al de abajo. Y así Macri y Bolsonaro se comportaron como empleados de Trump y como patrones o capataces en sus países.

Una situación límite como la que representa la pandemia pone en evidencia lo mejor y lo peor de las personas. La propuesta del neoliberalismo ante la catástrofe ha sido brutal y estremecedora. Porque la negación de las cuarentenas es simplemente la negativa de los grandes empresarios a que sus trabajadores se queden en sus casas.

Conciben a la muerte de sus trabajadores como “daños colaterales”. Está implícito en esa propuesta que morirán los que tengan que morir. Nunca serán ellos, porque ellos ponen el capital y se quedan en sus casas. Son los trabajadores, que ponen el trabajo.

La declaración que firman Macri, Vargas Llosa, Patricia Bullrich, Darío Lopérfido, Ricardo López Murphy y otros personajes representativos de la derecha local e hispanoamericana está dirigida contra las cuarentenas, contra el impuesto a las fortunas más grandes, como se anunció en Argentina, y contra posibles estatizaciones de la salud privada, de aerolíneas y de bancos, como se anunció en algunos países europeos.

Macri dejó sin funcionar a trece hospitales que estaban prácticamente terminados en todo el país. Macri retiró de sus reuniones de gabinete al encargado de la salud pública, al que rebajó de ministro a secretario, y redujo un 25 por ciento el presupuesto dedicado a la salud con lo que desabasteció de insumos a los hospitales nacionales. No tiene autoridad moral para firmar una declaración así con el dedo acusador levantado.

En el motivo que impulsa a la persona que requiere ayuda médica o que aplaude a los trabajadores de la salud, a que después incendie el auto o apedree la casa de la enfermera o del médico para expulsarlos por temor al contagio; en la contradicción elemental de que los mismos médicos de la salud pública voten en su mayoría contra la salud pública, está la semilla para que germinen personajes como Trump, Bolsonaro o Macri.

Con esas mezquindades se teje el discurso neoliberal. Los argumentos del que escribió la nota amenazadora al médico que vive en el edificio son parientes de los que dicen que “pobreza hubo siempre”, que los desocupados “son todos vagos”, “a mí nadie me regaló nada” o “les sacan a los que trabajan para dárselo a los que no trabajan”.

Y también están conectados con la motivación de productores y exportadores rurales que especulan con el dólar en medio de una epidemia en la que todo el mundo aporta una cuota de sacrificio.

Esa conexión sigue con los que aumentan el precio de los alimentos sin que haya una razón más que especular con las necesidades básicas que crea la epidemia. Son buitres que se alimentan de la desesperación, igual que los bancos que prefieren especular antes que respaldar a la producción.

El comerciante que votó al macrismo por esos argumentos ahora es víctima de ellos cuando los bancos se resisten a facilitar los créditos que promueve el gobierno nacional.

La declaración dice al final que rechazan el falso dilema entre el “Ogro filantrópico y la muerte”. Para ellos, el Ogro filantrópico es el Estado y, en el caso de la pandemia, sería la salud pública. Ellos dicen que es falsa esa antinomia cuando la experiencia demuestra que la única respuesta confiable contra la muerte de la covid-19 ha sido la salud pública.

No es casual que uno de los firmantes sea el multimillonario argentino Alejandro Roemmers, dueño de la mayor fábrica de remedios de la región y de una de las fortunas más importantes del país, quien durante el macrismo llevó 600 invitados a la fastuosa celebración de su cumpleaños en Marruecos. En esos cuatro años de macrismo, los remedios aumentaron el 460 por ciento y algunos de los más comunes, más del mil por ciento. Le dicen Ogro filantrópico al que da gratis los remedios a los jubilados.

La declaración que firmó Macri parece un servicio de Vargas Llosa al millonario ex presidente. Es inusitada la cantidad de argentinos que la firman cuando se trataría de un documento internacional. La estrategia de Macri ha sido moverse con sigilo en el país y dosificar sus apariciones en el escenario mundial, relacionadas con el fútbol a veces y otras con la política, como ahora. La declaración es un espaldarazo al sector de oposición dura que encabeza o disputa con los radicales-PRO.

El proyecto de impuesto extraordinario a las fortunas mayores de tres millones de dólares, contra el que apunta esta declaración, enrareció el ámbito legislativo. Los radicales-PRO quieren forzar una sesión plenaria presencial del Congreso y se oponen a una sesión virtual. El problema es que en el Senado hay por lo menos 70 personas mayores de 65 años, a los se pondría en riesgo de muerte. En esta franja etaria el índice de defunciones supera el 70 por ciento de los infectados y la sesión debería realizarse en el pico del proceso de infección.

Los radicales-PRO saben que la propuesta es inviable pero la utilizan para acusar al Gobierno de gobernar sin el Congreso. Son las formas “autoritarias” a las que se refiere la declaración. Por su inviabilidad aparece como una chicana para obstaculizar el debate de este impuesto que afectaría apenas a doce mil personas, pero con el que se podría recaudar lo que se necesita para invertir en la lucha contra la epidemia y liberar otros fondos para sostener la economía.

25/04/20 P/12

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