El cráter del segundo semestre

Por Ricardo Aronskind

Pasado junio, el escenario económico tendrá un aspecto lunar: gris, polvoriento y frío

Una de las características inconfundibles del gobierno de Cambiemos es la de generar permanentemente expectativas optimistas, usando hasta el límite la disposición a la credulidad de la población.

Los segundos semestres se transformaron en un faro de esperanza –un faro con rueditas, tal vez— que permitía pasar los sinsabores del primer semestre, que era el momento de la siembra de los brotes verdes que ya se avizoraban, pero que se reconocerían plenamente en la segunda parte del año.

En 2016 no había elecciones y no llegaron ni la lluvia de inversiones, ni el crecimiento, ni la estabilidad… pero estaba muy fresca la pesada herencia que impedía que todo ello ocurriera. Resultó que no nos habíamos dado cuenta cuán tremendo era el legado kirchnerista, que era capaz de revertir completamente los resultados de las buenas políticas del macrismo.

Pero en 2017, el segundo semestre fue mejor que el primero. Claro, había elecciones, y el gobierno se permitió el pecado del keynesianismo utilizando la obra pública para activar la economía, y usó el globalmente difundido keynesianismo financiero, que consiste en apelar al endeudamiento como palanca para el consumo de bienes muebles e inmuebles. Los recién nacidos créditos UVA –sin importar el devenir explosivo de las deudas futuras— fueron la estrella de un conjunto de transacciones que movieron la actividad económica e hicieron percibir un anticipo de la prosperidad que estaba en camino.

Claro, después del 42% de inflación del primer año de la esperanza, el 2017 con su 25% de inflación y módico crecimiento del 2,5% era el preanuncio de un futuro venturoso que ahora sí, en ese verdadero segundo semestre, se comenzaba a ver. Decían los economistas oficialistas que había que consolidar el crecimiento en 2018, lo que rompería el maleficio de los años pares (que no sabíamos que existía), y nos proyectaría en una senda de progreso permanente.

Ahora, en 2018, estamos acercándonos al borde del segundo semestre. En este año, que no es electoral, los estrategas del oficialismo habían calculado un apretón del acelerador de las reformas hacia el neoliberalismo. Que incluían caída salarial, aumento del desempleo, achicamiento del mercado interno y reformas institucionales para crear las bases del reino de las corporaciones. Como dato menor, se seguía insistiendo en atacar la inflación con una receta absurda (contracción monetaria), y además usar el reaseguro de un techo salarial supuestamente equivalente a la inflación que se proyectaba para el año.

Los brillantes técnicos del Banco Central, embebidos de las prácticas bancarias globales más actualizadas, habían provocado la llegada de capital financiero volátil y un festival de negocios especulativos en torno a las LEBACs y otros instrumentos financieros preferidos por este gobierno, como gesto de amistad hacia los míticos mercados.

Si bien la lluvia de inversiones seguía demorándose, se apuraban los acuerdos –ruinosos— con la Unión Europea, el grado de país emergente que sería otorgado por Morgan Stanley a mediados de año, lo que habilitaría más financiamiento y más barato para los programas de Participación Público-Privada (PPP), y el ingreso a la OCDE. Todos títulos nobiliarios de primer nivel para el orden neoliberal global, pero que siguen sin garantizar las inversiones básicas para que pase algo productivo en serio en el país, y mucho menos para que haya genuino desarrollo social.

Tres escalones para abajo

Desde comienzos del año, la política macroeconómica de Cambiemos empujaba la actividad en dirección al sótano.

El primer peldaño lo habíamos observado antes del desmadre financiero de las últimas semanas. El gobierno estaba creando presiones recesivas mediante dos instrumentos que lo obsesionan: poner un techo del 15% al aumento salarial nominal del año, en línea con su fantasía seudo-técnica llamada metas de inflación, y avanzar con los violentos aumentos tarifarios sin considerar la capacidad de pago de nadie.

La macroeconomía convencional preveía que si el gobierno lograba cumplir con esos dos objetivos, el horizonte previsto de crecimiento para este año menguaría significativamente.

El segundo peldaño lo estamos bajando en este momento.

A las tendencias contractivas claras y evidentes previas, se sumaron los episodios sorprendentes y al mismo tiempo previsibles de la corrida cambiaria de abril-mayo.

Los hechos están en pleno desarrollo, pero ya podemos observar algunos de los efectos de este insólito tropezón del gobierno más amigo de los mercados que haya tenido nuestro país: a) se apreció el dólar, lo que en la distorsionada mentalidad nacional significa inmediatamente nuevos aumentos de precios y tarifas; b) se incrementó fuertemente la tasa de interés, como parte de las reacciones inconducentes del insondable Banco Central; c) se anunció un recorte en la obra pública por 30.000 millones de pesos, lanzando una puja amarga sobre quienes serán los sectores y regiones afectados; d) creció notablemente la incertidumbre sobre el conjunto de las variables económicas y la volatilidad económica general, a partir de la instalación de un clima de corrida protagonizado especialmente por los amigos más entrañables del gobierno en paralelo a la retención de la soja en silobolsas por parte de sectores agrarios.

Todos estos datos recientes apuntan exactamente en la misma dirección que los datos previos: la contracción económica. Observemos que los dos elementos movilizadores de la actividad interna del exitoso año 2017, la obra pública y el crédito UVA, salen fuertemente golpeados de este episodio. Refuerzan una tendencia precedente a la sub-ejecución presupuestaria, o sea una práctica generalizada en esta administración que burla la Ley de Presupuesto votada por en el Congreso.

Pero el tercer peldaño hacia el sótano aún está por venir: se trata del eventual acuerdo con el FMI.

Independientemente del monto de crédito que se obtenga, las condiciones son absolutamente previsibles en materia de contracción económica. Es imposible pensar que ese organismo recomiende alguna acción expansiva o vinculada con el desarrollo económico. Puede haber una combinación de ajustes acelerados al gasto público y al nivel del tipo de cambio, con otra medidas más estructurales como el cambio del régimen de jubilaciones, una reforma del sector público conducente a su achicamiento, cambios drásticos en las regulaciones laborales, mayores liberalizaciones y concesiones al capital multinacional, y creciente pérdida de soberanía sobre aspectos estratégicos de la economía.

En concreto, en el corto plazo, el FMI será un acelerador de muchas decisiones que están inscriptas en el ADN macrista, pero que eran administradas con cierta prudencia por el ala política con el lógico fin de mantener establemente a Cambiemos en el timón del barco nacional más allá de 2019. Desbordado por una situación que no estaba en los planes, Macri está recurriendo a las apuradas y las improvisadas a una transfusión de fondos líquidos para las reservas y de respaldo de seriedad fondomonetarista para poner bajo control el corto plazo.

El problema político es que su querido FMI lo presionará fuertemente a avanzar en medidas que refuerzan la contracción económica y la pendiente recesiva en los próximos meses, en un contexto de malestar que se extiende y que ya perfora las filas del encantado voto amarillo.

El tercer segundo semestre

La acumulación de la caída del salario real inducida por el gobierno, los incrementos tarifarios que tienen en muchos casos características expropiatorias de los ingresos de los usuarios, la contracción significativa de la obra pública salvo en los distritos PRO, la elevación a la estratosfera del costo del crédito interno con efectos devastadores para las PyMEs, además del reciclaje de la inflación por la práctica remarcatoria dolarizada de los formadores de precios, apenas son mitigadas hoy en la atención pública por el lanzamiento del debate sobre el aborto o por la pronta llegada del mundial de fútbol.

Pasado junio, el escenario económico tiene un aspecto lunar: gris, polvoriento y frío.

El meteorito de un fuerte deterioro económico parece pronto a impactar de lleno en la economía nacional, como resultado directo e inevitable de la aplicación de las recetas y los negocios que se propician desde el poder ejecutivo.

Todo el manual del optimismo sin sustento, la impostura tecnocrática embebida en jerga financiera, la amistad inquebrantable con los mercados, la invisible catarata de inversiones que llegarían desde el Norte, y el crecimiento vertiginoso de la mano de un mundo que sólo busca invadirnos con sus productos, están desembocando para sorpresa y desilusión de los creyentes, en la canaleta de la timba financiera, la corrida cambiaria y la contracción económica grave que se presenciará en el segundo semestre de 2018.

Los sueños, sueños son

En diciembre del año pasado, cerca de dos tercios de la población se mostró insatisfecha con los cambios propuestos en el régimen de jubilaciones y pensiones.

En los primeros meses de 2018, cerca del 70% de la población estaba en contra de la política tarifaria oficial, obligando al bloque empresarial más concentrado a jugarse políticamente, salir en público a sostener dicha política y develar su profunda convicción antisocial.

El retorno improvisado a las políticas propiciadas por el FMI, en un clima de hecatombe y fuego amigo, es visto por casi el 75% de la población como un elemento perjudicial, aunque el aparato comunicacional público-privado busque presentarlo como un nuevo mojón del sendero triunfal que venimos recorriendo.

Se están produciendo hechos económico-sociales que erosionan el corte K-anti K, tan favorable para la política de la derecha en Argentina, y que provocan alineamientos inesperados con porcentajes de los que no hablábamos hace rato en el país.

Los episodios de las últimas semanas han hecho aflorar un cuadro de impericia e incapacidad que no era percibido por una parte de la sociedad. Amigos estrechos del gobierno hoy lo critican, sumiendo en el desconcierto a la feligresía que apostó a un cambio para bien y cree aún en los comunicadores autodenominados independientes.

No es nuevo el comportamiento indisciplinado de diversas fracciones empresariales que operan en el escenario político argentino. Ya Menem sufrió, luego de haberle cedido el ministerio de Economía al grupo Bunge y Born, una remarcación de precios que destruyó el programa macroeconómico del ministro Roig durante la primera semana de su gestión.

La reaparición de la indisciplina del gran capital bajo un gobierno propio revela malestares, tensiones y juegos sectoriales que no se resuelven con la retórica política oficial. Además del consenso contra el polo del trabajo y contra la regulación estatal, las fracciones corporativas que convergen en Cambiemos no parecen tener ningún punto coherente de unificación.

El nuevo semestre que se avecina, más allá de los fuegos artificiales que pueda inventar la máquina publicitaria del PRO, traerá un escenario económico y social duro para amplios sectores poblacionales. Será también el momento de avanzar en una reflexión colectiva sobre la necesidad de un modelo de país que no esté conducido por el endeudamiento, la especulación financiera y los negocios entre amigos.

El Cohete a la Luna

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