El delirio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Clarice Lispector

El sol está alto y fuerte cuando se levanta. Busca las pantuflas debajo de la cama, palpando con los pies, mientras se abriga en el pijama de franela. El sol empieza a cubrir el ropero, reflejando en el suelo el amplio cuadrado de la ventana.

Siente la cabeza endurecida en la nuca, los movimientos tan difíciles. Los dedos de los pies son cualquier cosa helada, impersonal. Y los maxilares sujetos, cerrados. Va hasta el lavabo, llena las manos de agua, bebe ávidamente y esta se menea dentro de él como en un frasco vacío. Se moja la cabeza y respira desahogado.

Desde la ventana observa la calle clara y con movimiento. Los chiquillos juegan a las canicas a la puerta de la Confitería Mascote, un carro toca el claxon junto al bar. Las mujeres, con la bolsa en la mano, sudadas, vienen del mercado. Pedazos de nabos y lechugas se mezclan con el polvo de la calle estrecha. Y el sol, puro y cruel, extendido por encima de todo.

Se aleja con disgusto. Vuelve hacia dentro, mira la cama revuelta, tan familiar después de la noche insomne… La Virgen Madre destaca ahora, nítida y dominante, bajo la luz del día. Con las sombras, ella también como un bulto, es más fácil no creer. Va caminando despacio, arrastrando las piernas desganadas, levanta las sábanas, golpea la almohada grande y se mete de nuevo, con un suspiro. Se vuelve tan humilde delante de la calle viva y del sol indiferente… En su cama, en su cuarto, con los ojos cerrados, él es rey.

Se encoge profundamente, como si en el exterior lloviera, lloviera, y aquí unos brazos silenciosos y tibios lo atrajeran y lo transformaran en un niño pequeño, pequeño y muerto. Muerto. Ah, es el delirio… Es el delirio. Una luz muy suave se expande sobre la Tierra como un perfume. La luna se diluye lentamente y un sol-niño se despereza con los brazos translúcidos… Frescos murmullos de aguas puras que se abandonan a los declives. Un par de alas danza en la atmósfera rosada. Silencio, mis amigos. El día va a nacer.

Un quejido lejano viene subiendo desde el cuerpo de la Tierra… Hay un pájaro que huye, como siempre. Y esta, jadeante, se rompe de repente con un estruendo, en una amplia herida… ¡Ancha como el océano Atlántico y no como un río loco! Vomita borbotones de barro a cada grito.

Entonces el sol endereza el tronco y surge entero, poderoso, sangriento. Silencio, amigos. Mis grandes y nobles amigos, vais a asistir a una lucha milenaria. Silencio. Shhh…

De la tierra rasgada y negra, surgen uno a uno, ligeros como un soplo de un niño dormido, pequeños seres de luz pura, apenas tocando en el suelo los pies transparentes… Colores lilas flotan en el espacio como mariposas. Delgadas flautas se levantan hacia el cielo y melodías frágiles revientan en el aire como burbujas. Las formas róseas continúan brotando de la tierra herida.

De repente, un nuevo rugido. ¿La Tierra está teniendo hijos? Las formas se disuelven en el aire, asustadas. Las corolas se marchitan y los colores oscurecen. Y la Tierra, con los brazos contraídos de dolor, se abre con nuevas grietas negras. Un fuerte olor a barro triturado se arrastra en una densa humareda.

Un siglo de silencio. Y las luces reaparecen tímidas, todavía trémulas. De las grutas jadeantes y sangrientas nacen otros seres, ininterrumpidamente. El sol desgaja las nubes y salpica un tibio brillo. Las flautas deshilan cantos agudos como suaves carcajadas y las criaturas ensayan una danza ligerísima… Sobre las heridas oscuras pululan flores menudas y olorosas…

La Tierra continuamente agotada se marchita, se marchita en dobleces y arrugas de carne muerta. La alegría de los nacidos está en su auge y el aire es puro sonido. Y la Tierra envejece rápida… Nuevos colores emergen de las desgarraduras profundas. El globo gira ahora lentamente, lentamente, cansado. Muriendo. Un pequeño ser de luz nace todavía, como un suspiro. Y la Tierra se sume.

Sus hijos se asustan… Interrumpen las melodías y las danzas ligeras… Aletean en el aire las alas finas en un zumbido confuso.

Todavía brillan un momento. Después desfallecen exhaustos y, en una ciega línea recta, se sumergen vertiginosamente en el Espacio…

¿De quién fue la victoria? Se yergue un hombre pequeñito, desde la última fila. Dice, con la voz en eco, extrañamente perdida:

—Yo puedo informar quién ganó.

Todos gritan, repentinamente furiosos.

—¡La jaula no se manifiesta! ¡La jaula no se manifiesta!

El hombrecito se intimida; no obstante, continúa:

—¡Pero yo sé! Yo sé: la victoria fue de la Tierra. Fue su venganza, fue la venganza…

Todos lloran. «Fue la venganza» se aproxima, se aproxima, se agiganta cerca de todos los oídos hasta que revienta en un rabioso fragor. Y en el silencio brusco, el espacio está repentinamente gris y muerto.

Abre los ojos. La primera cosa que ve es un pedazo de madera blanca. Mirando hacia delante observa nuevas tablas, todas iguales. Y en medio de todo, colgando, un animal raro que brilla, brilla y mete las uñas largas y centelleantes en sus pupilas, hasta alcanzar la nuca. Es verdad que si baja los párpados, la araña recoge las uñas y se reduce a una mancha roja e inmóvil. Pero es una cuestión de honor. Quien se debe retirar es el monstruo. Grita y apunta:

—¡Salte! ¡Tú eres de oro, pero salte!

La muchacha morena, con vestido claro, se levanta y dice:

—Pobrecito. La luz lo está molestando.

La apaga. Él se siente humillado, profundamente humillado. ¿Entonces? Sería tan fácil explicar que era un foco… Solo para herirlo. Vuelve la cabeza hacia la pared y empieza a llorar. La muchacha morena da un pequeño grito:

—¡Pero no haga eso, mi bien!

Pasa la mano por su cabeza, la alisa despacio. Mano fresca, pequeña, que va dejando tras de sí una porción donde ya no permanece el pensamiento. Todo estaría bien si las puertas no golpearan tanto. Él dice:

—La Tierra se marchitó, muchacha, se marchitó. Yo ni sabía que dentro de ella hubiera tanta luz…

—Pero ya la he apagado… Vea si puede dormir.

—¿La has apagado? —procura mirarla a través de la oscuridad—. No, se apagó por sí misma. Ahora tan solo quisiera saber esto: si la Tierra pudiera haber escogido, ¿se negaría a crear, solamente para no morir?

—Pobre… Está pero con mucha fiebre. Si durmiera, estoy segura de que mejoraba.

—Después se vengó. Porque los seres creados se sentían tan superiores, tan libres, que imaginaron poder pasar sin ella. Pero siempre se venga.

La muchacha morena ahora mezcla sus dedos con sus cabellos húmedos, le revuelve las ideas con movimientos suaves. Él la toma del brazo, recorre sus dedos por aquellos dedos finos. La palma es blanda. Junto a la uña, un poco áspera. Recarga la boca en su dorso y la va pasando por todos los caminos, minuciosamente, con los ojos muy abiertos en la oscuridad. La mano procura huir. Él la retiene. Esta permanece. El pulso, fino y tierno, hace tic tic tic. Es una palomita que él ha aprisionado. La palomita está asustada y su corazón hace tic tic tic.

—¿Este es un momento? —pregunta en voz muy alta—. No, no lo es ya. ¿Y este? Ahora ya tampoco. Solo se tiene el momento que viene. El presente ya es pasado. Estira los cadáveres de los momentos muertos encima de la cama. Cúbrelos con una sábana blanca, ponlos en un ataúd de niño. Ellos murieron chiquitos todavía, sin pecado. ¡Yo quiero los momentos adultos!… Muchacha, aproxímate, yo quiero confiarte un secreto: muchacha, ¿qué es lo que hago? Ayúdame, que mi tierra se está marchitando… ¿Después qué va a ser de mi luz?

El cuarto está tan oscuro. ¿Dónde está la Virgen Madre que la tía le metió en la maleta, antes de venirse? ¿Dónde está? Siente al principio algo moviéndose junto a él. Entonces en su boca enjuta dos labios frescos se posan levemente, después con más firmeza. Ahora sus ojos ya no queman. Ahora sus sienes dejan de latir porque dos mariposas húmedas flotan sobre ellas. Vuelan enseguida.

Él se siente bien, con mucho, mucho sueño…

—Muchacha…

Se duerme.

Está ahora en la terraza de la habitación de doña Marta, la que da hacia el huerto grande. Lo llevaron para allá, lo sentaron sobre una silla de descanso de mimbre, con una manta enrollada en los pies. A pesar de haber sido cargado como un bebé, se cansó. Piensa que incluso un incendio no lo haría levantarse ahora. Doña Marta se seca las manos con el delantal.

—Entonces, joven, ¿cómo sigue de sus piernas? La pensión es mía, tengo el gusto de que usted viva aquí. Pero, negocio aparte, yo le aconsejaría volver al Norte. Únicamente su familia cuidaría de su reposo, de la hora exacta para dormir y comer… Al doctor no le gustó cuando le conté que usted se quedaba con la luz encendida hasta la madrugada, leyendo y escribiendo… No es debido a la electricidad, pero, válgame Dios, eso no es vida de gente…

Él apenas pone atención. No puede pensar mucho, la cabeza queda hueca de repente. Los ojos se sumen, cansados.

Doña Marta guiña un ojo.

—Mi ahijada ha venido a hacerle otra pequeña visita…

La muchacha entra. Él la mira. Ella se confunde, se ruboriza. ¿Qué ha habido, entonces? Él siente en las manos el toque de una piel medio áspera. En la cabeza… En los labios… La mira fijamente. ¿Qué sucedió? Su corazón se acelera, late con fuerza. La muchacha sonríe. Permanecen callados y se sienten bien.

Su presencia fue como una suave sacudida. Ahora ya la melancolía lo abandona y, más ligero, tiene el placer de estirarse sobre la silla. Estira las piernas, aparta la manta. Ya no hace frío y la cabeza no está tan vacía. Es verdad que también siente la fatiga que lo sujeta al asiento, blandamente, en la misma posición. Pero se abandona a esta voluptuosamente, observando con benevolencia ese deseo confuso de respirar mucho, muy fuerte, de descubrirse al sol, de tomar la mano de la muchacha.

Hace tanto tiempo no se observa, nada se concede… Está joven, viéndolo bien, está joven… Sonríe, de pura alegría, casi infantil. Algo suave brota del pecho en ondas concéntricas y se esparce por todo el cuerpo como ondas musicales. Y el buen cansancio… Le sonríe a la muchacha, la mira reconocido, la desea ligeramente. ¿Por qué no? Una aventura, sí… Doña Marta tiene razón. Su cuerpo también reclama sus derechos…

—¿Tú me hiciste antes otra visita? —arriesga.

Ella dice que sí. Se comprenden. Sonríen.

Él respira más profundamente, contento consigo mismo. Pregunta animado:

—¿Te acuerdas de cuando el hombrecito de la última fila se levantó y dijo: «Lo sé… y…»?

Se detiene asustado. ¿Qué está diciendo? Frases locas que se escaparon, sin raíces… ¿Entonces? Los dos se quedan serios. Ella, ahora retraída, dice cortésmente, con frialdad:

—No se asuste. Usted tuvo mucha fiebre, deliró… Es natural que no se acuerde del delirio… ni de otra cosa.

Él depara en ella desilusionado.

—Ah, el delirio. Disculpa, al final uno no sabe lo que sucedió realmente y lo que fue mentira…

Ella ahora es una extraña. Fracaso. La mira por detrás, observa su perfil común, delicado.

Pero esa desgana en el cuerpo… El calor.

—Pues yo me acuerdo de todo —dice de repente, resuelto a intentar la aventura de cualquier manera.

Ella se perturba, enrojece de nuevo.

—¿Cómo…?

—Sí —dice más calmado y repentinamente casi con indiferencia—. Me acuerdo de todo.

Ella sonríe. Apenas sabe, piensa él, cuánto significa esta sonrisa: una ayuda para que él entre por un camino más cómodo, en el que se permita más… Doña Marta tal vez tenga razón y, con la suavidad de la convalecencia, concuerda con ella. Sí, piensa un poco reluctante, ser más humano, despreocuparse, vivir. Corresponde a la mirada de la muchacha.

Sin embargo, no experimenta un alivio especial después de la resolución de seguir una vida más fácil. Al contrario, siente una ligera impaciencia, unas ganas de esquivarse como si lo estuvieran empujando. Invoca un pensamiento poderoso que lo haga posar sosegado sobre la idea de modificarse: otra enfermedad de estas y tal vez quede inutilizado.

Continúa, no obstante, inquieto, con una fatiga previa por lo que seguirá. Busca el paisaje, insatisfecho de repente, sin saber por qué. La terraza se llena de sombras. ¿Dónde está el sol? Todo se ha oscurecido, hace frío. Hay un momento en que siente la oscuridad incluso dentro de él, un vago deseo de diluirse, de desaparecer. No desea pensar, no puede pensar. Sobre todo, no decidir nada mientras tanto. Pospone, cobarde. Aún está enfermo.

La terraza da hacia la arboleda densa. A media luz, los árboles se balancean y gimen como viejecitas resignadas. Ah, se sumirá en la silla infinitamente, sus piernas se irán a deshacer, nada quedará de él…

El sol reaparece. Sale lentamente por detrás de la nube y surge entero, poderoso, sangriento… Salpica su brillo sobre el bosquecito. Y ahora su susurro es el canto suavísimo de una flauta transparente, levantada hacia el cielo…

Se endereza sobre la silla, un poco sorprendido, deslumbrado. Pensamientos de alborozo se entrecruzan de repente en su cabeza… Sí, ¿por qué no? Incluso el hecho de que la muchacha morena… ¿Todo el delirio le surge ante los ojos? Como un cuadro… Sí, sí… Se anima. Pero qué material poético encierra… «La Tierra está teniendo hijos». ¿Y la danza de los seres sobre las heridas abiertas? El calor le vuelve al cuerpo en leves ondas.

—Hazme un favor —dice ávidamente—, llama a doña Marta…

Ella viene.

—¿Me quiere traer un cuaderno que está encima de mi mesa? Y un lápiz también…

—Pero… Usted no puede trabajar ahora… Apenas se levantó de la cama… Está flaco, pálido, parece que le chuparon toda la sangre de adentro…

Él se detiene, de repente pensativo. Y principalmente si ella supiera el esfuerzo que le costaba escribir… Cuando empezaba, todas sus fibras se erizaban, irritadas y magníficas. Y mientras cubría el papel con letras nerviosas, mientras no sentía que estas eran su prolongación, no cesaba, extenuándose hasta el fin… «La Tierra, los brazos contraídos de dolor…» Sí, su cabeza ya se siente dolorida, pesada. Pero podría contener su luz, ¿para preservarse?

Sonríe con una sonrisa triste, una nadita de orgullo tal vez, pidiendo disculpas a doña Marta. A la muchacha, por la aventura frustrada. A sí mismo, sobre todo.

—No, la Tierra no puede escoger —concluye ambiguamente—. Pero después se venga.

Doña Marta menea la cabeza. Va a traer papel y lápiz.

(De: Todos los cuentos, Siruela, 2018. Traducción: Marcelo Cohen et al)