El derecho de vivir en paz

Por Al-Dabi Olvera*

La canción más escuchada en Chile durante estos días insurrectos es El derecho de vivir en paz, compuesta por el teatrero y cantautor Víctor Lidio Jara en 1971, contrapone una reivindicación esperanzadora ante la invasión estadunidense de Vietnam. Hoy, la población chilena, que resiste en las calles al régimen militarizado del magnate neoliberal Sebastián Piñera, la actualiza en un giro de discurso con eco para todo el continente.

Y es que el discurso bélico de las derechas en América se ha renovado. Junto con medidas de profundización del capital y el control de la población, surge un nuevo lenguaje, uno que es producido y que a la vez produce la paranoia guerrerista.

«Una guerra es, además de sus actos y sufrimientos, un torrente de palabras», escribe el traductor y ensayista Adán Kovacsics en su libro Guerra y lenguaje. Ahí relata cómo el Imperio Austrohúngaro generó el primer cuartel de prensa durante la primera conflagración mundial: poetas, periodistas, narradores desfilan por ahí cantando loas a la patria y a la guerra. Kovacsics contrasta este acto con el tratamiento mediático de la invasión estadunidense a Irak, y argumenta la complicidad entre la guerra y la palabra.

A lo largo del continente, la derecha ha actualizado el lenguaje bélico, primero contra el comunismo, después ante la práctica del narcotráfico, aunque su rivalidad real sea con las insurrecciones populares. El lenguaje bélico ruega por el régimen de excepción de fronteras cerradas (México), el intervencionismo colonial-humanitario (Haití y Venezuela), los toques de queda (Ecuador y Chile). Es reproducido en las calles, en los diarios, y especialmente en su nuevo campo de disputa: las redes sociales, y activado cuando se le reproduce, aun a manera de denuncia.

En Culiacán, durante el fallido operativo para detener al capo Ovidio Guzmán –el hijo de El Chapo Guzmán–, las etiquetas «Irak», «Siria» y el videojuego Call of Duty ocuparon Twitter. Sumida en un lenguaje bélico desde el calderonismo, la discusión pública en México volvió a estancarse en representación exótica de la guerra sin mencionar al factor común de las etiquetas: la invasión estadunidense. En los días siguientes, Twitter no salió de los mensajes que llamaban al presidente «pocas bolas» y de representar a Culiacán como ciudad «en llamas».

Al mismo tiempo, las redes sociales fueron ocupadas por imágenes de subterráneos en llamas en Santiago de Chile, y el discurso bélico colonial y racista de la derecha en Ecuador, atrincherada detrás de policías y palabras frente a la «turba», o frente a los pueblos indígenas, el primer objetivo histórico del discurso guerrerista.

El clímax del lenguaje bélico de estas semanas fue simultáneo a su primer descalabro.

Cuando el magnate Piñera apareció en medios de comunicación para decir «estamos en guerra», la población chilena rompió hábilmente el lenguaje y trazó de inmediato un símil con la retórica pinochetista de la amenaza interna y externa. Ante las balas y los gases lacrímogenos, tuvieron gestos, algunos humorísticos y otros conmovedores, y así fueron conformando su lucha con dos mensajes: #NoEstamosEnGuerra, y el título de la canción de Jara.

Estas frases orbitan en un lenguaje desobediente en lo lingüístico. No es la guerra, es el de «hartazgo generalizado» y el «levantamiento» de las ideas que recorren desde abajo el continente. En Uruguay se alzan las palabras “ milicos nunca más” en protesta ante la creación de una guardia nacional que deja en el ejército funciones de seguridad pública. Costa Rica y Colombia podrían comenzar a generar protestas con representaciones muy alejadas de la total negatividad y la turbamulta salvaje de los medios y el cine de Hollywood.

De esta manera, las nuevas protestas, en su potencia de romper con el dependentismo del Fondo Monetario Internacional, se acompañan con la posibilidad de fracturar las representaciones hasta de la propia protesta, la administración de la solidaridad e incluso de la paz, palabra utilizada históricamente por la derecha para perpetuar, invisibilizar y actualizar otras violencias.

Así como la canción de Víctor Jara habla de un derecho, un otro derecho a la paz en un sentido concreto: la vida, quizá podríamos repensar los apellidos del movimiento que en 2011 irrumpió en México para descarrilar la retórica bélica calderonista, y actualizar las pa-labras tomadas del mensaje labrado en la entrada del caracol zapatista de Oventik: sí, paz, pero con justicia y dignidad.

*Cronista

 

La Jornada, México

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