El desafío de gobernar una sociedad rota

El regreso del peronismo

Por Pablo Semán | Foto Esteban Collazo

La política argentina tiene movimientos pendulares: gobernará el Frente de Todos porque, así como en 2015 los neoliberales retornaron, los peronistas también vuelven. Pero a pesar del supuesto empate, Alberto Fernández recibirá una sociedad deteriorada y más violenta, con odios que van más allá de polarización política e incluyen la fobia a la pobreza, racismos agudizados y venganzas machistas. ¿Cuánto hará falta para recuperarnos de estos cuatro años? Pablo Semán analiza los desafíos de la nueva gestión.

Para saber adónde podemos ir tal vez sea bueno saber en dónde estamos. A su desigualdad históricamente colosal las naciones latinoamericanas suman otra pesada tarea: procesar el reflujo (¿parcial?) y el retorno (¿débil?) de los gobiernos que intentaron reparar los efectos del neoliberalismo de los 90. La nueva oleada progresista y nacional popular ocurre en un momento en que el agotamiento del modelo exportador da una vuelta de rosca más y vuelve a las elites cada vez más agresivas. En el oficialismo o en la oposición estas fuerzas luchan contra los neoliberalismos radicalizados que tomaron vuelo en el último lustro, justo cuando el mundo ya no sólo deprecia nuestras materias primas sino también cuando la humanidad empieza a despreciar la humanidad.

Con más o con menos desigualdades, con más o con menos violencia, con más o con menos vigencia de las instituciones democráticas América Latina presenta, salvo excepciones, el mapa de las sociedades rotas. Ya no se trata solo de la polarización socio política, sino de la emergencia de una violencia excluyente que atraviesa la vida política y social y toma las más variadas formas y combinaciones: fobia a la pobreza, racismos agudizados, venganzas machistas, “anticomunismo”. Es esa coyuntura histórica la que está por detrás y condiciona en mayor o menor medida los tableros políticos y electorales, más allá de que elecciones, partidos, sistemas políticos tengan una eficacia notable en asentar de maneras muy variables este viento negro de la historia.

En estas sociedades rotas, a no olvidarlo, los rupturistas, los anti-institucionales no están en el bando que ganó las elecciones de este domingo en Argentina, aunque no todos los derrotados sean futuros agitadores del helicóptero. Los más de 50 años de la revolución de los ricos, el fin de los estados de bienestar activado por la militancia de Thatcher y Reagan, “la sociedad no existe”, han cuajado en un asedio continuo y en una intención disolvente. Los herederos multiplicados y silvestres del thatcherismo llevan en su mochila el bastón de mariscal o, más bien, un bidón de nafta para quemar mendigos y un mensaje de odio contra todo niño que no sea capaz de solventar la educación que lo haga competitivo en el mercado. Desde esa posición todo les parece opresión y autoritarismo: los impuestos, la educación pública, quién sabe si algún día no les parecerán excesivos los semáforos.

Violentos: la acumulación originaria permanente

En ese contexto el gobierno de Macri fue, entre otras cosas, el de la renovación del más antiguo resentimiento anti-igualitario que bajo las más diversas formas está presente en casi toda América Latina. La mezquina y condicional aceptación de un marco democrático por parte de la derecha, la apropiación de las nuevas tecnologías y las virtudes y defectos de la experiencia 2003-2015 -las reparaciones, el hastío que causa la duración que puede tragarse hasta un Churchill que gobernaba, la prescindencia estratégica del otro- hicieron el milagro. Durante cuatro años gobernó un partido un partido que obró en el estado y en toda la sociedad como un jefe de personal generalizado: verdugueo, aumentos de tarifas, recortes a la inversión pública, más verdugueo, más recortes y nuevos aumentos hasta llegar a un hartazgo que no fue mayor porque a último momento los neoliberales radicalizados decidieron quemar las reservas y hacer asado con el roble de eslavonia de las salas del banco central.

Nuestras clases dominantes son, hasta cierto punto, trotskistas. Pero en vez de procurar la revolución permanente buscan reeditar en cada periodo y en cada día las condiciones sociales de la acumulación originaria del capital. Aquellas en las que vale todo y la sujeción absoluta de la fiuerza de trabajo es la regla, No es por nada que, siempre que pueden, pretenden regresar ya no a las décadas previas al peronismo sino, también, a las que regían antes de cualquier módica mejora de la condición de los trabajadores. Pareciera ser que su horizonte utópico es la reducción de los seres humanos a mero insumo del capital y que cualquier desvío de esta norma debe ser atacado impiadosamente bajo el título de subversión, ineficiencia, parasitismo.

Hay otra violencia a la que el macrismo nos intentó someter: la tentativa de obligarnos a discutir lo obvio, la baja del piso de derechos que le ponen a la política pública. A cielo abierto el macrismo silvestre grita lo que de forma encriptada dicen los Bullrich, Pichetto y el instagram de Juliana Awada: ¿los pobres merecen sobrevivir?, la educación pública es asistencia social, ¿no? ¿si hacemos donaciones y limosnas podemos prescindir del estado? ¿todos los desempleados pueden poner una cervecería artesanal?

El péndulo y el tobogán

Aparentemente todo pasa y todo vuelve. Los peronistas se van y vuelven y, también, lo hacen los neoliberales. Como en la poesía de Machado, cualquiera podría augurar que todos retornan como retorna la cigüeña al campanario. Pero como también lo decía Machado “todo pasa y todo queda” y nuestro movimiento pendular talla en el suelo de la historia un deterioro brutal y hasta cierto punto abrupto de la estructura social. Cada vez es mayor el porcentaje de pobreza, de unas pobrezas que se acumulan y hacen inerciales. Si los mejores cinco años del kirchnerismo (2003-2007), aquellos de sostenido empleo, el salario y transferencias monetarias incluidas las jubilaciones, apenas alcanzaron para revertir la crisis de los últimos años de la convertibilidad, ¿cuánto hará falta para recuperarnos de estos cuatro años que han sido crueles no solo en los números sino, peor, en las estructuras económicas que esos números reflejan? ¿Cuántos años harán falta para recuperarnos de estos devastadores últimos dos meses? A golpes de mercado que concentran la propiedad y vuelven estructural la pobreza en oleadas cada vez más altas, nos olvidamos de los niveles de integración e igualdad que teníamos hace apenas 40 años cuando todo, también, era un desastre y sin embargo era infinitamente mejor.

¿Momento Guasón?

La violencia excluyente, más que las prácticas de gobierno negadoras de todo signo, aunque estas también, barre bajo la alfombra lo que periódicamente estalla al acumularse. Sucederá así hasta que no nos programen para suicidarnos cuando, convencidos por el discurso de las elites, creamos que nuestra pobreza es falta de ahínco. Hoy, en el cielo aparentemente sereno de la transición neoliberal, el rayo del cuestionamiento a la desigualdad vuelve a poner en la agenda la posibilidad de un impuesto a los ultra ricos o los bienes personales. Hasta cierto punto y como bien nos hace reflexionar @lavronsky tal vez sea el guasón un signo de estos tiempos. Nos dice la autora acerca su origen como personaje en el siglo XIX que “el hombre que ríe, escrito por Víctor Hugo en 1869, cuenta la historia de Gwynplaine, un aristócrata mutilado de niño en un hecho de enorme violencia que le deja una cicatriz facial en forma de risa estática, de mueca involuntaria y ominosa. Víctor Hugo usó a Gwynplaine como espejo autobiográfico y lo hizo dar un discurso contra la miseria y las injusticias -análogo al que él dio en 1849 en la Asamblea de París- con la intención de despertar las conciencias de los poderosos”.

Pero si aquel Guasón fracasa porque su risa “genera un rechazo cruel escudado en la mueca extraña, incómoda e inamovible del enunciador que invalida, por el solo hecho de existir, cualquier posibilidad de poner en conflicto un estado de cosas profundamente injusto”, el Guasón protagonizado por Joaquin Phoenix y su repercusión mundial parecen conectar de forma productiva, al menos parcialmente, con una nueva oleada de crítica al capital financiero y a su dinámica y su ética desigualadora. ¿Será este el significado de lo que ocurre en Ecuador y Chile? ¿Quién se atreve decir que en Brasil no estallara en unos pocos años? ¿Se conectará con el fracaso de Macri en su intento de reelección (como sí pudieron, en cambio, casi todos los presidentes latinoamericanos que se propusieron ese objetivo desde la transición a la democracia), fracaso que habla de una rebelión masiva y paciente que en vez de estallar en las calles se hizo una apuesta política y electoral que revela la -hasta ahora- excelente condición de nuestras instituciones?

Expandir el poder democrático en la sociedad de los oficialismos muertos

Algo de eso hay, pero no solo eso. Porque también es cierto que en Argentina desde 2007, cuando se reinauguró la “normalidad electoral”, los oficialismos perdieron las elecciones en 2009, 2013, 2015 y 2019. Hay algo más que rebeliones plebeyas en la dinámica de cambios políticos locales: las dificultades de gestión desgastan todas las ventajas que una fuerza política puede tener cuando es oficialismo en las elecciones.

El 40 por ciento de Cambiemos, probablemente liderado por Macri en su faz de “estadista no comprendido”, le dará rienda suelta a todas las posibilidades de erosión que le queden a mano: desde la recolección electoral del descontento inevitable por el marasmo que él mismo ha generado hasta la promoción de ese mismo enojo con las más arriesgadas y cloacales conspiraciones que se puedan imaginar. En el bluff de querer instalar “la remontada de Macri” como un triunfo es preciso ver que este resultado pone a la sociedad agredida en la necesidad de resolver el problema que apareció en 2007: la continuidad de las políticas de reparación y afirmación nacional tiene menos que ganar con un golpe de mano que con una lenta, persistente e incluso sinuosa lógica de construcción en la que hay confrontaciones y acuerdos. Y por eso, ante la activación de la nueva fase del péndulo político el nuevo oficialismo enfrenta un desafío enorme. Alberto Fernández necesitará modular la fractura social y reequilibrar las cargas que el macrismo distribuyó de forma tan despareja para recomponer la economía.

La unidad peronista en su estado actual no alcanzará para semejante esfuerzo. Pero en ella habita un ejemplo a multiplicar: ella no se construyó como la apuesta a una figura de síntesis capaz de condensar en sí misma todo lo que era oposición. Más bien fue la generación de un dispositivo que obligó a convergencias y agregaciones que no son renuncias a las identidades ni a los repertorios precedentes. La unidad peronista no consolidó ni podría consolidar una pirámide o una flotilla alineada sino una constelación como tal vez deban serlo, más ampliamente, el nuevo oficialismo, su programa, su esquema de gobernabilidad y sus alianzas. Tal vez en ese mecanismo que produjo esa unidad y que presupone más bambalinas pacientes que fotos anticipatorias esté la posibilidad de lograr la hazaña que este momento exige: armar el barco mientras se va navegando. Y de alcanzar un desafío que, más profundamente, propone la historia: ponerle coto a la pendularidad que nos hace oscilar entre la voluntad de país y la de disolución nacional.

PD: mientras más sea con todos, más aislados estarán los violentos. En esas condiciones el 40 % será una foto más de la película del retroceso la ofensiva del neoliberalismo autoritario. Depende en buena parte de nosotros.

Revista Anfibia

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