El descarozador de cerezas

Centralismo y sesgo de clase en el sistema de medios argentino

Por Sebastián Fernández

Imagen: Padres y madres contra las restricciones sanitarias en el colegio Learning de Olivos. Foto: @decimononnica

Una amiga francesa nacida en las Antillas me contó hace muchos años que en la secundaria le enseñaron a fabricar un descarozador de cerezas. Era una escuela industrial, por lo que no parecía extraño que aprendiera a fabricar ese tipo de instrumento, salvo por un detalle: las pocas cerezas que se conseguían en las Antillas venían en frascos, ya descarozadas. Mi amiga se burlaba así del sistema educativo francés, de una centralidad napoleónica, que obviaba las diferencias de cultura, clima o latitud de cada partícula de su antiguo imperio. Las cerezas se debían descarozar, sea en París, Martinica o la Polinesia francesa.

En la Argentina padecemos una patología similar a la hora de festejar Navidad. Nuestros pobres Papás Noel deben mantener la sonrisa pese a cargar con disfraces polares y calurosas barbas en pleno verano. En Nochebuena optamos por pavita, vitel toné, mayonesa de ave, turrón y pan dulce, alimentos más adaptados al invierno nórdico que a nuestras temperaturas subtropicales. Aunque los arbolitos de Navidad con falsa nieve no representan el único aspecto que nos acerca al asombroso descarozador de cerezas caribeño: nuestro sistema de medios comparte una patología similar de centralidad geográfica. Los medios «nacionales» reflejan las preocupaciones porteñas como si nuestro país, de casi 3 millones de kilómetros cuadrados, se limitara a los 200 de su capital. Al mirar cualquier señal supuestamente federal, un jujeño, un misionero o un mendocino, advierten al unísono que la avenida 9 de Julio está cortada, que hubo un accidente en el Acceso Oeste o que el jefe de Gobierno inauguró un nuevo cantero, que en esta ciudad llamamos aliviador pluvial.

Pero el sesgo no es sólo geográfico sino también social. El 1% más rico del país logra que los medios transformen sus preocupaciones en sentido común. Los dramas de nuestros ricos terminan preocupando a miles de personas que jamás correrían el riesgo de padecerlos. O que, incluso, agradecerían padecerlos.

Así, unos cuantos miles de «varados», es decir ciudadanos que viajaron fuera del país en plena pandemia y que firmaron una declaración jurada asumiendo los riesgos de tomar esa decisión –como no poder volver en caso de un nuevo brote del coronavirus– se convirtieron en víctimas de un Estado autoritario que gozaba dejándolos en París o Nueva York. Desde el deck de un yate en Miami, una celebrity –término que designa a una persona que frecuenta los programas de panelistas– nos compartió su congoja por no poder volver a este «país de mierda».

Hace unas semanas, un grupo de padres porteños opuestos a las restricciones sanitarias en las escuelas, una especie de chat de papis y mamis que exigía la vuelta a las clases presenciales, fue presentado por algunos medios como el movimiento político más notable de los últimos años. Como tantos otros hechos relevantes relanzados por nuestros periodistas serios, este fenómeno se desvaneció al cabo de algunas semanas.

El año pasado, el debate por el impuesto a los grandes patrimonios ocupó una gran parte de la indignación mediática. Que en plena crisis social generada por la pandemia el Estado decidiera aplicar por una vez un gravamen acotado a las 10.000 mayores fortunas de la Argentina equivalía a una persecución inadmisible que tendría, además, efectos negativos.

En el generoso espejo de los medios, nuestros ricos se autoperciben víctimas de un Estado depredador que usa los recursos que les roba para alimentar a un ejército de «planeros» en lugar de dejar que los ricos administren su fortuna para favorecer el bien común. Por supuesto, los «planeros» son siempre los otros, nunca quienes consumen ese relato mediático.

A la vez que denuncia la «presión fiscal insostenible» de la Argentina, nuestro establishment pone como ejemplo a seguir «países serios», como los de la Unión Europea, que tienen una presión fiscal mucho mayor, en particular sobre los ingresos más altos. Es un pensamiento mágico reproducido generosamente por los medios: para lograr el desarrollo de Alemania o Francia debemos emular la presión fiscal, los sueldos y el gasto público de Burundi.

La ley de servicios audiovisuales, entre otros objetivos, buscaba desconcentrar los medios para federalizar la información. Fue una de las razones de su eliminación.

Tal vez sea hora de volver a debatir de estas cuestiones y dejar de fabricar descarozadores de cerezas en las Antillas.

Nuestras Voces
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