El diario global de Yrigoyen

Genios intoxicados por sus propios medios

Por Oscar Guisoni

Los mismos capos de los medios y las finanzas globales que hoy despotrican contra el fracaso económico de Macri son los que lo apoyaron. Esto de las lecturas endogámicas entre medios y poder financiero ayuda en todas las catástrofes.

En una de las denuncias más importantes que se han realizado contra los desmanes del macrismo, el periodista Horacio Verbitsky planta la sospecha en la última edición de El Cohete a la Luna de que el acuerdo con el FMI está «flojo de papeles». De confirmarse la larga serie de «negligencias» que informa su nota, nos encontraríamos ante un hecho inédito que puede ser explicado, desde el punto de vista criollo, como una típica «avivada argentina». Aunque para entenderlo desde la óptica de una institución como el FMI hay que hurgar en otro fenómeno que tiene alcance mundial y sobre el cual las élites de poder en Occidente no parecen haber tomado registro adecuado: la intoxicación que les produce consumir su propia prensa distorsionada.

Cualquier líder de la elite mundial, como podría ser el caso de Christine Lagarde mientras ocupaba la presidencia del FMI, tiene ciertos modos de funcionamiento cotidiano que incluyen la lectura de un informe de prensa hecho por sus colaboradores de confianza, que le brinda los insumos noticiosos necesarios para tomar las decisiones del día. Los mismos insumos fueron administrados a los funcionarios que ejercieron presión dentro del propio FMI para que la institución brindara en tiempo record el mega préstamo a la Argentina, algo que no había ocurrido nunca antes con otro país, en tan pocos días. ¿Qué decían esos insumos? No hay que hacer un gran trabajo de archivo para darse una idea: hasta que la burbuja macrista no estalló, la mayor parte de la prensa especializada económica a nivel mundial (Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal) hablaban maravillas de las políticas que se estaban aplicando en Argentina.

 

 

Es decir, había un amplio consenso entre las elites globales acerca de lo beneficioso que era para los intereses del capitalismo financiero sostener a un gobierno como el de Mauricio Macri a cualquier precio. El gobierno de Donald Trump, otro que se caracteriza por haber hecho saltar por los aires cualquier atisbo de «institucionalidad», jugó estas cartas con fuerza para que el FMI terminara financiando la campaña de Cambiemos sin dilaciones. La opción, decían los macristas desesperados que eran enviados a Washington a pasar la gorra luego de los «mercados» le cerraron la financiación voluntaria y privada al gobierno a comienzos de 2.018, era terminar como De la Rúa en 2001, lo que abriría la puerta al temido «retorno del populismo».

Se vino el estallido

Pero las PASO de agosto hicieron estallar todo por los aires. Y, a juzgar por lo que dice ahora la famosa prensa especializada mundial, todo es culpa de Macri que, oh, al fin lo descubrieron, es un tipo bastante trucho y su gente ha cometido desmanes, rifándose en fuga de capitales y otros espantos ni más ni menos que la mitad de la cartera de préstamo actual a nivel mundial del FMI. Y como bien se sabe en el mundillo financiero, cuando el acreedor es tan grande, tiene más poder que el que prestó el dinero. O para decirlo en términos ingleses: too big to fail (algo así como demasiado grande para fallar, o fracasar). Así es como la Argentina se ha colocado ahora en una rara posición: si cae, su caída puede arrastrar a una institución del tamaño y la importancia del FMI, que expresa acuerdos de poder internacional que surgieron de la Segunda Guerra Mundial y que hoy parecen estar estallando en todas partes.

Ahora bien, cuando esta historia se cuente en un futuro, habrá que tomar debida cuenta del rol que han jugado los medios de comunicación aliados al poder hegemónico en esta caída. Desde el derrumbe del muro de Berlín, en 1.989, el capitalismo entró en una rara fase que fue desde la victoria sin fin anunciada por Francis Fukuyama, a la consecuente ofensiva para acabar con cualquier atisbo de redistribución y estado de bienestar, llevada a cabo por los aplicados Chicago Boys en todo el planeta. El neoliberalismo se volvió «la única política económica posible» y cualquiera que se interpusiera en su camino era acusado (y lo es todavía) de «atrasar» irremediablemente. Para instalar semejante clima de victoria fue necesario un coro de medios hegemónicos amigos que fueron adquiridos, durante las últimas décadas, en su mayor parte por fondos de inversión y empresas del sector financiero, que eran las más interesadas en promover esta construcción de sentido a nivel mundial.

La crisis griega y el derrumbe de las experiencias neoliberales en América Latina a comienzos de siglo hicieron irrumpir movimientos políticos con un punto en común: el cuestionamiento al rol que juegan estos medios en los desastres económicos que produce el capitalismo financiero desregulado. Todo eso lo conocemos muy bien nosotros, que estamos mirando la película de este lado. Para las élites que siguieron tomando las decisiones a nivel mundial, el pataleo contra los medios era sólo un capricho de izquierdistas desquiciados y nostálgicos que no valía la pena tener en cuenta.

Mientras tanto, en las redacciones, se ponía en marcha el famoso «periodismo de guerra» reconocido por el editor de Clarín Julio Blanck en su póstuma autocrítica profesional antes de morir, para tratar de neutralizar a estos movimientos políticos que cuestionaba el status quo surgido de la caída del Muro. De la España de Podemos al Brasil del PT, de la Argentina del kirchnerismo a la Bolivia de Evo, del Ecuador de Correa a la Grecia de claudicante Syriza, se pudo apreciar esta actitud guerrera de la prensa del «sistema» que no dudó en utilizar armas de doble filo, como las famosas fake news para destruir a sus enemigos. Una vez que prendiste fuego la credibilidad en pos de tus objetivos políticos, es muy difícil que luego puedas apagar el incendio.

Cuidate de lo que les, corresponsal

Ahora bien, los movimientos populares fueron expulsados del gobierno, fueron cooptados como en Grecia o neutralizados como en España, pero los medios de comunicación no cesaron la guerra, sino más bien la continuaron con saña, como si se hubieran vuelto adictos a su propio veneno. Cualquier corresponsal extranjero que resida en Buenos Aires y pertenezca a alguno de los pocos medios importantes a nivel mundial que se puede permitir tener personal en el exterior hoy en día (El País, BBC, The New York Times, y un puñado más), se nutre, como ocurre en todas partes, de los medios locales para informar luego a su público sobre lo que ocurre en el país. El fenómeno es lo más parecido a una serpiente que se muerde la cola.

«Macri se ilusiona en ganar en primera vuelta», sostenía por ejemplo Joaquín Morales Solá en una columna publicada en La Nación el 16 de junio pasado, luego de la fulgurante incorporación del senador Pichetto a la fórmula presidencial, algo que fue vendido a «los mercados mundiales» como garantía de triunfo del macrismo en las elecciones de octubre. El mismo tipo de optimismo podía leerse en las páginas de Clarín o verse en las pantallas de TN. Por si faltaba una frutilla al postre, la gran mayoría de las encuestas pronosticaban un ajustado triunfo de Alberto Fernández en primera vuelta y una posterior derrota en un eventual ballotage. ¿Por qué dudar entonces de cómo marchaban las cosas? ¿A qué colaborador de Lagarde se le iba a ocurrir, por ejemplo, filtrarle una columna de Alfredo Zaiat o de Claudio Scaletta en su resumen de noticias cotidiano? ¿Por qué amargarle la mañana a la pobre Christine?

En una reciente entrevista concedida al diario Página/12 el sociólogo Gabriel Vommaro, autor del libro La larga marcha de Cambiemos, sostiene con acierto que «el gobierno se contaminó con el discurso que construía para afuera». En el mismo matutino, el periodista Werner Pertot traza un perfil el pasado domingo sobre el jefe de gabinete, Marcos Peña, al que señala como uno de los responsables de haber encapsulado al presidente, filtrándole incluso los artículos de prensa que debía leer y cuáles no, «así no se preocupaba». «Una suerte de «teoría del cerco» versión amarilla» concluye. No hay que ser muy duchos para imaginar de qué medios procedían los materiales a los que Macri tenía acceso.

La ligereza legal y la velocidad record con la que el FMI entregó a la Argentina el mayor préstamo de su historia hace pensar que el problema de la intoxicación noticiosa trasciende y mucho nuestras fronteras. La visión que difundió la mayor parte de la prensa mundial de que con Alberto Fernández volvían las hordas chavistas a apoderarse de la Argentina, no sólo provocó el cimbronazo en los mercados que sacudió los cimientos de la frágil economía macrista después de las PASO, sino que llegó hasta la lejana Venezuela, donde un desencajado Henrique Capriles grabó un mensaje furioso con el Frente de Todos, demostrando hasta qué punto su visión se halla contaminada por los medios que consume.

Lejos han quedado los tiempos del Watergate, donde periódicos pertenecientes a familias prestigiosas como The Washington Post, se daban el lujo de ocupar el lugar de un contrapoder indispensable para asegurarle a las elites que los consumían una mínima cercanía con la realidad y así evitar que derraparan. Subidos al tren del «periodismo de guerra», hoy los medios han contribuido sin darse cuenta a dejar a sus propios dueños al desnudo y al poder que los consume perdido en su propia nube de fantasías ideologizadas.

Socompa. Periodismo de frontera

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