El doble de Dorian Gray

Por Ricardo Ragendorfer

Pasada la medianoche, el Polaco arremetía con el último acorde de “Fueye”, el tema de Homero Manzi, acompañado por Aníbal Troilo.

En el invierno de 1969 ellos eran el gran atractivo de Caño 14, el mítico sótano de la calle Talcahuano. Y esa noche allí no cabía un alfiler.

“No andés goteando amargura/ Vamos; hay que saber olvidar”, rezongó su voz, cuando los aplausos se desataron como un repentino aguacero sobre un techo de zinc.

Tal sonido persistió mientras él enfilaba hacia el baño. Troilo lo seguía. En ese tránsito, su mirada se topó, a lo lejos, con un espectador inesperado: el cantor Nito Mores, que ocupaba una mesa del fondo con una rubia que no era Claudia, su esposa.

Ya ante un mingitorio, el Polaco sonrió al recordar que la boda de ellos en el Club Hípico había sido televisada por Canal 9 con picos de 60 puntos de rating. Entonces exclamó:

–¡Qué barbaridad!

Pichuco, desde el mingitorio contiguo, lo miró en silencio.

Lo cierto es que ese muchacho era la joya del “clan Mores”. Una figura familiera que provocaba furor entre las madres y las novias. Ese, precisamente, era su público, que lo seguía en el ciclo Sábados de la bondad, donde actuaba a dúo con su flamante cónyuge; o desde una butaca del Teatro Alvear, donde integraba el elenco del musical Buenos Aires canta al mundo. Un gran suceso de cartelera ideado por su papá, el talentoso Mariano Mores.

Al salir del toilette, el Polaco vio que el joven Mores besaba con suma pasión a la rubia que no era su esposa.

Y se lo comentó a Mamucho Martino, el ex jugador de San Lorenzo que regenteaba ese lugar. El tipo soltó una risita, antes de decir:

–¡Querido! Ese no es Nito sino un sosias que lo imita.

El Polaco sintió curiosidad. Y terminó invitando al falso Nito a su mesa. Así conoció a Rodolfo Caraggiolo y a Nilda, su esposa y pareja artística. Ellos ofrecían su numerito en ciertos piringundines del Bajo.

 

DOBLE DE RIESGO

Caraggiolo había nacido en 1944 (al igual que el joven Mores). Se trataba de un ex seminarista cuya vocación religiosa tropezaría con su destino artístico.

De modo que comenzó a tomar clases de actuación con Juan Bertelegni, un veterano comediante que supo brillar con el seudónimo de Semillita. Pero un día este le dijo al discípulo:

–Vea, no le quiero robar la plata. Usted no sirve para esto.

La desazón de Rodolfo fue absoluta.

Por un tiempo, su existencia fue como un barco sin timón. Hasta que, a punto de cumplir 20 años, su vida dio un giro al ver por TV a Nito Mores.

El parecido físico entre ambos era en algún punto escalofriante; lo cierto es que desde entonces Caraggiolo fue otro.

No se perdía ni un solo programa donde actuara el cantor. Recortaba los artículos que publicaban las revistas TV Guía y Radiolandia sobre él. Y asistía a sus presentaciones en vivo. Pero además intentaba emular su gestualidad, la forma de hablar y hasta de vestirse. El artista se había convertido para él en un objeto de estudio. Para eso solía esperar su salida en los estudios de televisión y en los teatros. También lo espiaba a través del ventanal de los restaurantes a los que Mores acudía con sus colegas de elenco después de la función. Y vio infinidad de veces la película Sucedió en el fantástico circo Tihany, la única protagonizada por él.

Un día no le quisieron cobrar su consumición en un bar. Y para su grata sorpresa, le pidieron un autógrafo. Lo habían confundido con Mores.

Ese día, Rodolfo tocó el cielo con las manos. A partir de entonces, su personalidad experimentó un notable cambio, al sentir que él en realidad era el propio Mores.

Y cuando este comenzó a noviar con su futura esposa, Rodolfo sedujo a Nilda, que en rigor no era muy parecida a Claudia, pero sí rubia como ella. Al mes la desposó.

Como es usual en estos casos, su obsesión le produjo una salida laboral: imitador del hombre que encarnaba la razón de su existencia.

Ahora, en Caño 14 con Goyeneche ante sus ojos, palpitaba la ilusión de haber ingresado en las ligas mayores.

 

EL TIRO DEL FINAL

El Polaco no tardó en olvidarse de ese pintoresco personaje. Pero años más tarde, durante una calurosa madrugada de 1979, luego de una presentación en Michelangelo, recaló con los músicos en el Pussycat, un tugurio de la calle 25 de Mayo. Allí, de repente, apareció Rodolfo con Nilda en el escenario.

Caraggiolo lucía smoking y su parecido con la estrella del momento no podía ser mayor. La apócrifa Claudia no desentonaba.

En esa ocasión desgranaron tres temas: “Cafetín de Buenos Aires”, “Uno” y “Adiós, pampa mía” (todos compuestos por don Mariano). Pero el problema fue que desafinaban como felinos en celo.

El público reía. Pero al Polaco el espectáculo le causó cierta tristeza. Y no tardó en retirarse.

Los años fueron pasando. Caraggiolo seguía cantando para un público conformado por marineros ebrios. Y cada tanto aparecía en algún programa de televisión, donde, más que por su talento, era presentado como una curiosidad circense. Nilda aún lo acompañaba.

Ya durante la primera mitad de los 80, el auténtico Nito viajó a México con su padre, en una extensa gira que incluyó la grabación de un disco. Pero debieron regresar con urgencia a Buenos Aires puesto que el cantor comenzó a sufrir un súbito malestar. Entonces le diagnosticaron una enfermedad terminal.

Fue un duro golpe para Rodolfo.

El tipo comenzó a engordar y se dio a la bebida. Lo primero destrozó su parecido con Nito; lo segundo hizo añicos el vínculo con Nilda. Y su vida se fue perdiendo. Era como si se hubiera contagiado la agonía del enfermo.

En esas circunstancias, Nilda lo abandonó. Pero él insistía en volver con ella. Tal pretensión derivó en un acoso insoportable.

Tras nueve meses de padecimientos, Nito Mores falleció el 2 de mayo de 1984, a los 39 años.

Caraggiolo, ya muy desmejorado, asistió a su velatorio en una funeraria del barrio de Colegiales.

Dos semanas más tarde, Goyeneche se tomaba un whisky en un bar mientras repasaba el resumen de un partido de Platense en el diario Crónica.

Y luego de estudiar la tabla de posiciones, pasó a la sección de Policiales. Entonces se detuvo en una noticia sobre un asesinato seguido de suicidio en una pensión de Villa Crespo.

Y palideció al leer los nombres de sus protagonistas.

El texto, fríamente, describía las muertes de Rodolfo y Nilda Caraggiolo como fruto de “un asunto pasional”.

 

Caras y Caretas

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