El «error» de Cristina

Por Edgardo Mocca

Imagen: Cristina Fernández de Kirchner, durante un acto en la provincia del Chaco. Presidencia / EFE

El martes último se cumplieron tres años del video de CFK, ese discurso que produjo un desbarajuste total en los cálculos y en los movimientos de las fuerzas más enemigas del sector político que la actual vicepresidenta encabeza. Sin embargo, tres años después, la recordación del acontecimiento no produjo ningún alboroto especial, ni a su favor ni en su contra. No hubo una campaña mediática a propósito de un recordatorio que se produce, además, en medio de una grave crisis en el frente aquel video empezó a construir.

El contenido del mensaje del año 2019 es, sin embargo, una clave para comprender la crisis del Frente de Todos. En su texto está la mirada de un mundo y una región que cambiaron para peor, los enormes daños que el partido del establishment había hecho en el tejido social, político y cultural argentino, la necesidad de una unidad muy amplia para terminar con esa ominosa experiencia y de una coalición más amplia todavía que la unidad electoral para ejercer el gobierno. Está en el mensaje, también, la única explicación pública que Cristina dio a conocer sobre los motivos que tuvo el «pedido» a Alberto Fernández para que encabezara la fórmula: que incluían su capacidad -demostrada en el tiempo que fue jefe de gabinete de Néstor Kirchner- de ampliar la base de apoyo de un gobierno. ¿Fue un error? Hoy contesta afirmativamente, de modos más o menos público, una parte del segmento más fiel al liderazgo de Cristina.

No es la función de esta nota proveer argumentos a unos ni a otros de quienes están envueltos en este dramático diferendo. La pretensión -más modesta- es preguntarse y preguntar al lector, ¿dónde habría estado «el error»? ¿En la necesidad de la mayor amplitud en el frente electoral? ¿En la necesidad de una unidad «más amplia aún» para el ejercicio del gobierno? ¿O en la persona elegida? Por supuesto que entre la mayoría de los cristinistas críticos del gobierno cunde la opinión de que el error tiene nombre y apellido: Alberto Fernández. Por otro lado, desde el último discurso público de Cristina ha quedado totalmente clara la naturaleza política e ideológica de la diferencia. La vicepresidenta considera que el presidente no toma medidas más profundas en materia de redistribución del ingreso a favor de los sectores más pobres del pueblo y que eso se debe a su renuencia a desarrollar batallas políticas contra el establishment.

No me es posible recusar ese razonamiento, la preferencia del presidente por el diálogo (con o sin comillas, según se prefiera) y la renuncia a una iniciativa política gubernamental más enérgica, más bien me parece un hecho inobjetable y un hecho negativo. La situación política nacional y mundial está exigiendo medidas más enérgicas y más arriesgadas que este gobierno no desarrolla. Sin embargo, de modo menos evidente, las objeciones críticas al gobierno contienen una incógnita: ¿Cómo se hace para combinar una unidad «lo más amplia posible» con la exclusión de un sector que está fuera del espacio kirchnerista? El problema es que no es el sector más fuerte del Frente el que tiene las riendas del gobierno. La decisión de que así sea la tomó Cristina hace tres años, aunque hubiera sido -y podría ser aún ahora- que el gobierno comprenda esta anomalía y contribuya a disminuir sus costos.

Está claro que estamos ante un problema que está más allá del talante personal de uno u otro dirigente: es el problema de la compaginación entre amplitud en la unidad y profundidad de las políticas transformadoras. Con saberlo no resolvemos nada, pero ignorándolo podemos deslizarnos hacia un modo de entender la política que absolutiza la voluntad e ignora los problemas que presupone la construcción de un frente más amplio políticamente que lo que expresa su segmento principal. Desde la mirada de quien esto escribe, la designación de Alberto construye una jugada política de gran audacia, algo así como la personificación de lo que se pretendía: la articulación entre la campaña electoral (AF apareció como la carta más seguramente ganadora) y el ejercicio del gobierno sobre la base de una política de «amplios acuerdos».

La necesidad de los «amplios acuerdos» formulada por CFK no es un viraje circunstancial. Quienes asistimos a la presentación de su libro «Sinceramente» recordamos el modo en que Cristina reconstruyó una época muy trascendente de nuestra historia que fue el corto período que va desde el regreso de Perón y su rápido ascenso a la presidencia y la muerte del líder. Fue, a su manera, una mirada generacional y autocrítica; algo así como que entonces no supimos valorar el avance que significaba la reconquista de la democracia y la victoria peronista en un tiempo en que se prepararía, rápida y a la vez precisa y exitosa, la dictadura terrorista del gran capital corporativo, de los enemigos del pueblo y de la nación. Acaso sea justo decir que la generación a la que también yo pertenezco no encontró la síntesis necesaria entre voluntad transformadora y cálculo político.

También en su famosa intervención sobre las «tres certezas», Cristina dijo que el problema principal de la economía argentina era su condición bimonetaria y que eso solamente podía resolverse con un amplio acuerdo social, económico «y mediático». Es decir que la cuestión de cómo superar la condición neocolonial del país (agravada sin duda por la deuda legada por Macri) estaba indisolublemente asociada a la unidad más amplia. Hay que decir que la cuestión va más allá de la política argentina: todo indica que el intento de armar amplias coaliciones recorre la región; quien lo dude puede averiguar la historia política reciente del hombre que Lula ha elegido como su candidato a vicepresidente. Chile también atraviesa una experiencia muy compleja en la materia y lo mismo Perú a su manera. No se trata, claro, de convertir las «unidades amplias» en el secreto oculto del éxito político. Ninguna de las experiencias que transcurren hoy carece de esa dificultad.

En nuestro caso aparece claramente un vacío político de origen: el de la elaboración antes de la campaña electoral de un programa mínimo común que tome la forma de un compromiso de TODOS los que integraron el frente que lleva ese nombre. Pero aún cuando hubiera existido ese compromiso, se sabe muy bien que la política real no se subordina pasivamente ante los programas, por inteligentes que estos sean o pretendan ser. De hecho, en el caso de nuestra experiencia, asistimos a un brusco agravamiento del ambiente dentro del cual transita nuestra vida política con la experiencia de la pandemia (que claramente no ha terminado, aunque algunos se atrevieron a asegurarlo) que agravó el desastre social que dejó el macrismo y ahora se engarza con un período de la historia de la humanidad en la que estamos expuestos a gigantescas hambrunas a través del mundo.

El Destape