El escándalo de los cadetes

Por Osvaldo Bazán
(De Historia de la homosexualidad en Argentina, Marea Editorial, 2004)

«Fotografiaban a las víctimas y con las fotos, los amorales amenazaban a los cadetes»

Algunos se habían reído en misa. Solía suceder. Toda la semana en la Escuela Militar y el domingo a escuchar el sermón de un cura que cada tanto hablaba de esa guerra que parecía contaminarlo todo, a pesar de estar tan lejos. Se miraban, se tentaban por nada. Eran adolescentes en un tiempo rígido y era domingo. Los cadetes salieron en alegre montón de la celebración obligada y se fueron a caminar por la Avenida Santa Fe. Allí los conoció, nada casualmente, Sonia. Era linda Sonia, simpática. Diecinueve años.1

Y los chicos con fiebre en la sangre. Nada hacía prever lo que vendría, las tapas de los diarios, el escarnio público, los suicidios, los documentos de Estado, los discursos patrióticos inflamados, el golpe.

Por ahora era nada más que una aventura.

La invitación de Sonia era tentadora. Les dio la dirección y les dijo que los esperaba en Junín 1.381. Ahí nomás. Un estudio fotográfico, dijo. Pueden ganarse unos pesos, soltó. Y prometió algunas cosas más que después todos quisieron olvidar.

Los chicos fueron. Y ahí entendieron que se trataba de otra cosa. Que no todo era como Sonia había contado.

Lo que ocurría en realidad en la calle Junín eran fiestas sexuales en las que varios cadetes tuvieron lugares destacados. El dueño del departamento, Jorge Horacio Ballvé Piñero, era aficionado a la fotografía y perpetuó las orgías en ellas. En esas fotos –hoy inhallables– se veía a varios cadetes con elementos militares, como las gorras o los cinturones, en poses provocativas. Se contó en su momento que esas fotos sirvieron para chantajear a los cadetes, obligándolos a que volviesen a los encuentros y trajesen otros compañeros. Amigo de Ballvé Piñero era Rómulo Naón, un muchacho de 35 años quien también puso a disposición de las fiestas su departamento de Berutti 2.576. Tanto Jorge Horacio como Rómulo pertenecían a reconocidas familias de abogados.2 Pero habían ido demasiado lejos. El clima de la época no permitiría ese tipo de diversiones. Pensaron que la pertenencia al establishment judicial porteño los salvaría. Se equivocaron.

La Prensa, que desde su creación apenas había permitido el registro homosexual en sus páginas y que en el caso Comas3 había sido tan austera, se hizo un festín y fijó para todo el siglo el peaje que la homosexualidad debería pagar para poder ser publicada: solo sería posible en la modalidad «escándalo». Esa característica recién comenzó a resquebrajarse al finalizar el siglo XX, aunque todavía existe.

Todo comenzó a explotar cuando, en agosto de 1942, tres señores de clase alta, Fernando Cullen, Andrés Bacigalupo Rosende y Franklin Dellepiano Rawson formalizaron una denuncia por corrupción, tomada por el fiscal Luciano Landaburu (h) y el juez de Instrucción Narciso Ocampo Alvear.

Hubo una sesión secreta en el Senado. Allí se formó una comisión especial «para investigar las actuaciones policiales, judiciales y administrativas en torno del asunto»4 integrada por quien había pedido la formación de la comisión, Sánchez Lago, más González Iramaín y el futuro candidato a la presidencia en 1946, el radical José Tamborini.

El asunto estalló en los diarios del 30 y 31 de octubre. Noticias Gráficas publicó la nómina completa de las personas que participaron en el caso.

«Como hemos informado en distintas oportunidades, en el juzgado de instrucción a cargo del doctor Narcisco Ocampo, secretaría Sagarna, se radicó hace unos dos meses una querella entablada por el fiscal del crimen doctor Laureano Landaburu (h), contra varios sujetos amorales que habrían hecho víctimas del delito de corrupción a muchos menores de edad de ambos sexos y entre los cuales figuran algunos cadetes del Colegio Militar. La índole delicada del asunto dio pábulo al comentario maledicente, y en consecuencia se propalaron absurdas versiones respecto de gran número de personas sobre cuya honorabilidad no existió nunca la menor duda. Fue por ello que en distintas oportunidades señalamos la conveniencia de hablar claro sobre el asunto para poner coto al venticello, por doloroso que resultara para los culpables y sus allegados, pero en defensa de reputaciones intachables. Pero el secreto sumarial y la seriedad del juzgado impidieron la publicidad de los nombres de las personas complicadas en el desagradable episodio, hasta tanto se produjera la esperada resolución judicial que concretara la culpabilidad o inocencia de aquellos. […] El estado actual de la investigación permite anticipar los nombres de los procesados y detenidos, pues la prueba producida es suficiente para autorizar una decisión judicial que no demorará en producirse. Durante la investigación de los hechos contenidos en la querella del doctor Landaburu se comprobó que en el domicilio de Adolfo Jorge René de Bryn, argentino, de 54 años, casado, industrial, habían ocurrido hechos que importaban una infracción al artículo 125 del Código Penal, que reprime la corrupción con pena hasta de quince años de prisión.

«LA DENUNCIA. El proceso principal se inició por querella del fiscal Dr. Landaburu, quien recibió una denuncia sobre los escandalosos sucesos, de los que se había [hecho] partícipes y víctimas a varios cadetes del Colegio Militar. Simultáneamente se producía la intervención de la División de Investigaciones de la Policía y el comisario José Salinas, con la cooperación del auxiliar Rogelio Bazán, jefe de la sección Moralidad, procedieron a investigar la denuncia, procedente del Colegio Militar. En este instituto, un cadete, al comprobar las actividades de algunos compañeros, formuló la denuncia a las autoridades5 que de inmediato dispusieron una amplia investigación, la que dio por resultado la comprobación de los cargos y la separación de todos los culpables. Desde luego que las comprobaciones judiciales permitieron evidenciar que dichos cadetes fueron, más que todo, víctimas de las maquinaciones y extorsiones de los que después resultaron procesados.6

«ANTROS DE PERVERSIÓN. Las investigaciones ordenadas por el juez instructor Dr. Ocampo y realizadas en el juzgado a su cargo a costa de una labor intensa y prolongada diariamente hasta altas horas de la noche, permitieron establecer la existencia de distintos focos de corrupción donde sujetos amorales se reunían en pretendidas ‘fiestas’. Fue así como se cometieron numerosos delitos de corrupción que el proceso ha puesto en evidencia. El procedimiento seguido contra los menores fue extorsivo, puesto que como muchos de estos, luego de concurrir a la primera reunión resolvían no reincidir, era necesario presionarlos para que continuaran haciendo acto de presencia con argumentos convincentes. A este efecto, en la primera de las ‘fiestas’ se los fotografiaba en situaciones comprometedoras y luego se los amenazaba con difundirlas entre sus allegados o familiares si se resistían. En el domicilio de Jorge Horacio Ballvé Piñero, uno de los procesados, fueron secuestradas 170 fotografías de esa índole.

«LOS PROCESADOS Y DETENIDOS. A pesar de la reserva del juzgado instructor, hemos logrado establecer que la nómina de los acusados, sometidos a proceso, que adelantamos como primicia en nuestra 5a edición de hoy, es la siguiente: Jorge Horacio Balvé [sic] Piñero, argentino, de 22 años, soltero, estudiante; Andrés Augusto Lucantis, argentino, de 32 años, empleado; Horacio Alberto Cabrera, argentino, de 40 años, soltero, abogado; Romeo José Luis Spinetto, argentino, soltero, de 32 años, empleado; Adolfo J. Goodwin, argentino, de 22 años, soltero, estudiante; Rómulo Sebastián Naón, argentino, de 38 años, soltero, escribano; Mario Indalecio Villafaño, argentino de 30 años, soltero, empleado; Jorge Helmut Lenk (a) ‘Barón Hell’, alemán de 27 años, soltero, empleado; Carlos Alberto Podestá Méndez, argentino, de 31 años, soltero, empleado; Ernesto Bartolomé Ludovico Brilla, argentino, de 27 años, soltero, empleado; Jorge Olchansky (a) ‘Jorge Celeste’ o ‘Celeste Imperio’, ruso, de 23 años, soltero, empleado; Horacio Alberto Arata, argentino, de 28 años, soltero, empleado; Jorge Duggan, argentino, de 38 años, soltero, arquitecto; Eduardo Salvador Pérez Alien, argentino, de 55 años, casado, comerciante; Alejandro Rafael Ponferrada, argentino, de 38 años, soltero, empleado; Eduardo D. Creimping, peruano, de 35 años, casado, rentista; Javier Calvo, boliviano, de 30 años, soltero, abogado; Juan Sgambelluri (a) ‘La Juanona’, italiano, de 36 años, soltero, empleado; Luis Fernando Pérez Sucre, argentino, de 52 años, divorciado, rentista; Carlos Zubizarreta, paraguayo, de 38 años, casado, abogado; Blanca Nieve Abratte (a) ‘Sonia’, argentina, de 19 años, soltera, empleada; Adolfo Jorge René de Bruyn [sic] argentino, de 54 años, casado, industrial; Italo Salas (a) ‘Italo Gil’, español, de 48 años, soltero, fotógrafo; Walter Cabeza Serrano, boliviano, de 31 años, soltero, comerciante; Horacio Eduardo González, argentino, de 34 años, soltero, comerciante; Alberto Ricardo Frías, argentino, de 45 años, soltero, empleado; Fernando Enrique Emery (a) ‘Pepe’, argentino, de 38 años, soltero, empleado; Juan Bautista Mihura, argentino, de 33 años, casado, abogado; Miguel Angel Brest Miranda, argentino, de 27 años, soltero, dibujante; Leopoldo Pérez Lloverás, argentino de 21 años, soltero, empleado; Luisa Moreno, argentina, de 28 años, soltera, artista; Lucio Ripoll, argentino, de 25 años, empleado. Los tres últimos fueron puestos en libertad por no considerar el magistrado indispensable, por el momento, su detención. El delito que se imputa es el de corrupción de menores reprimido por el artículo 125 del Código Penal. La pena aplicable puede ser de 10 a 15 años, por haber mediado engaño, violencia, amenaza, abuso de autoridad o cualquier otro medio de intimidación y coerción.»7
La cacería fue inmediata. Algunos lograron escapar al Uruguay, hasta que la causa prescribió. Hubo diez cadetes expulsados, seis dados de baja, tres arrestados y dos destituidos.

Los cadetes del Colegio Militar pasaron a ser los nuevos templarios. Se los podía humillar si eran homosexuales. Los civiles se hicieron cargo de la tarea y así, en la noche del sábado 26 de septiembre, cuando los cadetes gozaban de su franco semanal, fueron objeto de todo tipo de pullas y vejámenes. No importaba si habían estado o no en las fiestas de la calle Junín. Podían ser acusados de homosexuales. El centro de la ciudad fue una batalla campal. De un lado, los civiles que acusaban a los militares de homosexuales, por supuesto con términos menos elegantes. Del otro, los militares que se defendían negando la imputación. El sábado siguiente no encontraría descuidados a los nuevos templarios. Los cadetes salieron ya preparados, en pequeños grupos, dispuestos a agredir a cualquiera que los mirara torcido. Y entonces, para demostrar que no eran homosexuales sino personas decentes como todas las demás, agarraron entre quince a un menor que, aseguraron «los había mirado sonriente». Lo molieron a palos. Ese sí era homosexual, no ellos. Y así lo estaban demostrando.

La Policía supo qué hacer. Detuvo al menor.

Seguramente al día siguiente los cadetes comulgaron, como todos los domingos.

El arquitecto Duggan, después de cumplida la sentencia, se suicidó.

En las sombras un grupo de militares viendo las fotos eróticas de los adolescentes, se relamía.

Habían encontrado una excusa más. El golpe estaba en marcha.

NOTAS
1 Sebreli, quien se ocupa extensamente del caso en Escritos sobre escritos, asegura que Sonia tenía 23 años. Los recortes periodísticos a los que tuve acceso hablan de 19.
2 Rómulo era hijo de Rómulo S. Naón, ministro de Justicia y Educación pública de José Figueroa Alcorta entre 1908 y 1910, cuando fue designado ministro ante Estados Unidos por Sáenz Peña. Fue intendente porteño entre febrero y noviembre de 1932, gracias al fraude patriótico. El busto de Rómulo S. Naón puede verse aún hoy frente a Tribunales.
3 Más allá de que exista una notable relación entre la homosexualidad y las Fuerzas Armadas a lo largo del siglo -ratificada por el protagonismo del Ejército en los dos escándalos mayores vinculados al tema-, no hay que olvidar que todo el siglo XX la Argentina estuvo teñida por la relación de omnipotencia, autoridad y dominio de las Fuerzas Armadas por sobre la sociedad civil.
4 Sebreli: Escritos sobre escritos, p. 310.
5 Sebreli cuenta: «El hilo de la pesquisa se logró al hacer una requisa en los roperos de los cadetes, que permanecían abiertos en tanto estos tomaban su clase de ejercicios físicos, hallándose la carta que un cadete le había entregado a otro donde se excusaba por no poder asistir a la fiesta del departamento de Junín ese fin de semana por sufrir arresto». O. cit., p. 311.
6 Puede o no haber sido así pero lo que denota claramente el prejuicio del diario es el «desde luego». Los cadetes del Colegio Militar solo podrían haber participado en una orgía homosexual como «víctima de las maquinaciones y extorsiones». Jamás por propia voluntad. Todo el proceso estuvo dirigido a «comprobar» este prejuicio. El licenciado Carlos Barzani en Uranianos, invertidos y amorales dice irónicamente que «de las crónicas se desprende la ‘inocencia’ de los jóvenes cadetes ante la astucia de los ‘amorales’ que organizaban estos ‘antros de perversión’ y ‘habían provocado la desviación de los cadetes’».
7 «Otro [sic] resolución del Juez», Noticias Gráficas (Buenos Aires) (30.9.1942).

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