El Estado violador es un blanco opresor

Por Pablo García*

Pobladores de la comunidad wichí de San Luis, en el noreste de Salta. Foto: Telam

Hace casi un año, luego de escuchar en el Programa Todas las Voces, de FM Noticias 88.1, sobre la muerte de un joven llamado Fidel Frias, perteneciente al pueblo wichi de la provincia de Salta, escribí una nota en Tiempo Argentino.

El viernes, 24 de enero, el diario Buufo de Salta, a raíz de la muerte del quinto niñe wichi en el año, publicó declaraciones repudiables del flamante Secretario de Salud de la Provincia, Antonio de los Ríos.

Este funcionario, al parecer víctima de la ignorancia de las leyes vigentes, intentó culpar a las víctimas del despojo cultural y territorial diciendo: «Esto ocurre por múltiples factores relacionados con la forma de vida de las comunidades aborígenes, especialmente wichis, que son reacias a la atención médica”.

Mientras el Estado provincial se da el lujo de culpar a las víctimas de su desidia e ignorancia de los deberes que como funcionarios tienen, otro gobierno estatal, en este caso el Estado Nacional, prioriza en sus políticas detener las muertes por hambre en todo el territorio

Al parecer hoy conviven dos miradas en los Estados: el nacional, que intenta avanzar con el ejercicio del derecho, al menos el derecho a no morir de hambre, y el salteño, que pareciera tener como objetivo dar explicaciones marketineras para que el tiempo pase y todo se olvide hasta la próxima indignación espasmódica. Recordemos que cada verano la muerte por desatención en comunidades wichi se eleva al menos a una decena.

Como ejemplo de las políticas provinciales que parecen ser constantes podemos recordar las declaraciones del concejal Lozano en marzo del 2019 cuando explicó: «A cambio de estas tres vidas que perdimos recientemente, ahora la Secretaría de Asuntos Indígenas de Salta nos trajo algo de leche y dulces, pero esto durará un mes, dos y luego vamos a volver a lo mismo. Ya pasó hace dos años y fue así, vinieron un mes y nunca más. Ahora volvió a pasar».

En este contexto surge una pregunta obvia, pero poco frecuente, ¿por qué los wichi están en emergencia alimentaria y territorial permanente?

El pueblo wichi es el último colonizado por el Estado en su permanente avanzar sobre territorio indígena. Desde que dejamos formalmente de ser colonia, se continuó con la expoliación e invasión a los territorios libres que quedaron dentro de las fronteras estatales.

Lejos de ser el final, la Conquista al Desierto fue el punto cúlmine de un proceso que llega hasta nuestros días y empezó con la llegada de Juan de Garay al Río de la Plata.

Basta leer los escritos de Ulrico Schmidel en su Viaje a las Indias donde remontaban el rio Paraná junto a una expedición de Pedro de Mendoza en el 1500. Ulrico describe allí a cada pueblo a partir de los alimentos y riquezas de las que se pueden servir. El alemán cuenta que la expedición se queda donde pueden recibir comida y agua mandando, casi esclavizando, a cada pueblo en su derrotero.

El territorio wichi no fue muy importante para la expoliación hasta la revolución tecnológica de Monsanto en los años ’90 que llenó de soja tierras antes llamadas estériles.

Es por esa tardía invasión que este pueblo conserva en un alto porcentaje su idioma y a su vez es menor el número de personas que habla el español.

Hoy, algunos jóvenes que ya manejan el español e incluso llegan a cursar estudios terciarios levantan su voz ante la discriminación. Pero estas voces y acciones que son potentes se pierden en medio de la maraña de medios xenófobos que por error u omisión los criminaliza y estigmatiza.

En ese plano, el de la comunicación que es imprescindible para la defensa de sus propios derechos, otro Ulrico Schmidel, pero del siglo XXI, un cronista al servicio de la corona, un viejo casi olvidado periodista argentino dijo hace no mucho:»¿Quién carajo va a escuchar la radio de los wichís?» Y lo que es peor: «¿Quién va a poner avisos en la radio de los wichís? ¿Y cómo les van a pagar el sueldo a los operadores?”

Los dichos de Jorge Lanata fueron en medio de un proceso de reconocimiento del derecho indígena a la propia comunicación, en línea con los pactos y convenciones con rango constitucional.

Como sabemos, nadie defiende un derecho que no conoce. Pensemos las respuestas más simples a la violenta provocación que hiciera este señor operador del poder y veamos si estas nos ayudan a entender.

A la primera pregunta podemos responder: en un pueblo donde la mayoría habla un idioma que no es el que utilizan los medios de comunicación ni los funcionarios, la lógica sería que los que van a escuchar una radio wichi, son los wichís.

A la segunda pregunta se le podría contestar fácilmente: el Estado,al no saber el idioma wichi y tener la obligación de promocionar mediante campañas de bien público la prevención sanitaria y de derechos debe pautar y producir o traducir piezas en radios wichi en ese idioma. Esas piezas deben ser producidas y traducidas por ellos mismos en sus medios y cobradas como cualquier traductor.

A la tercera cuestión: los wichís podrían pagar cualquier sueldo siempre que el Estado cumpliera con sus propias leyes .

Ahora bien si estas respuestas hubiesen sido dadas en su momento por el Estado nacional o provincial y las radios wichís hubieran proliferado en su territorio, no solo hubiese existido una generación de empleo genuino en las comunidades, sino que esos mismos medios podrían haber fortalecido la visibilizacion hacia afuera, y la consolidación hacia adentro del pueblo, de los derechos que les asisten.

Tal vez un sistema de medios wichi en idioma wichi podría haber frenado de alguna manera el desmonte por las pocas empresas que destrozan los territorios volviéndolos casi inhabitables con aguas contaminadas y sin vegetación.

Tal vez el conocimiento cabal de sus derechos podría haber colaborado para que sus propias organizaciones se vieran fortalecidas.

Quizás un sistema de medios wichi tendría como eje defender las vidas que el monte alberga y al menos en parte podrían haber parado las causas de su hambre y falta de atención médica, o mejor aún, quizás podrían haber reclamado intervenir en la medicina y asistencia sanitaria occidental con la suya propia.

Está bueno y da algo de esperanza que el Estado argentino se permita ver la situación actual de las víctimas de sus políticas e incluso de su ideología fundacional de eliminar y despojar al otro diferente.

Está bueno que una nueva administración empiece con lo más urgente, como frenar el hambre en un país que produce alimentos para 400 millones de personas.

Más bueno va a estar cuando podamos superar ese frase común y comencemos a ver de qué forma la Argentina produce alimentos para 400 millones de personas, cuál es su costo ambiental, cultural y humano y quiénes son los que acumulan la riqueza de esa producción de alimentos.

Mientras no se fortalezca y promueva desde el Estado la propia organización wichi en un plano de igualdad, promoviendo el ejercicio de su cultura, el acceso al territorio y la libre determinación, no dejaremos de indignarnos espasmódicamente ante cada crisis que nosotros mismo generamos

La contrapartida de estas prácticas culturales del Estado monocultural y neocolonial también salió a la luz este verano en múltiples hechos como el brutal asesinato en manada en Villa Gesell o las expresiones artísticas por parte de jóvenes que exaltan la figura de Hitler o ridiculizan la lucha de las mujeres por no ser asesinas a palos.

En definitiva: todas hijas de la cultura dominante de exacerbación del ganador, macho, blanco y violento al que no le deben importar los métodos y costos de ser un triunfador que llega al modelo de hombre idealizado en medios e instituciones de la sociedad.

*Director del documental Mapuche, Nación que vuelve

Tiempo Argentino

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