El Estados Unidos empresarial presiona a favor del desastre climático

Es irresponsable torpedear los esfuerzos de evitar una crisis que amenaza a la civilización por ahorrar en la factura fiscal

Por Paul Krugman*

Imagen: Las propuestas de Biden son un impulso a la descarbonización.Anton Petrus / Getty Images

¿Por qué quiere Mickey Mouse destruir la civilización? Bueno, probablemente no sea eso lo que los ejecutivos de Disney creen estar haciendo. Pero el grupo Walt Disney, junto con otras grandes corporaciones como ExxonMobil y Pfizer, supuestamente se prepara para apoyar una gran campaña de presión contra el plan de inversión de 3,5 billones de dólares propuesto por el presidente Biden, un plan que bien podría ser nuestra última oportunidad de tomar medidas serias contra el calentamiento de la tierra antes de que se vuelva catastrófico.

Por decir algo que debería ser obvio, los peligros del cambio climático ya no son hipotéticos. Los fenómenos meteorológicos extremos que hemos visto últimamente en todo el mundo –graves sequías e incendios forestales en el oeste de Estados Unidos; intensificación de los huracanes; inundaciones en Europa; olas de calor que suben las temperaturas en Oriente Próximo por encima de los 48 grados– son exactamente el tipo de cosas que los expertos climáticos nos advirtieron que deberíamos esperar a medida que el planeta se calienta.

Y este es solo el comienzo de la pesadilla, la vanguardia de una oleada de desastres, y un presagio de la crisis hacia la que nos dirigimos si no actuamos con rapidez y contundencia para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Qué puede hacerse para evitar la catástrofe? Muchos economistas defienden el establecimiento de incentivos de base amplia como el impuesto sobre el carbono para limitar las emisiones. Hay un debate interesante y serio sobre si realmente esa es la mejor política, o en todo caso si los impuestos sobre las emisiones bastarían por sí solos como política. Sin embargo, a efectos prácticos, el debate es irrelevante: los impuestos sobre el carbono, o algo similar, no serán políticamente factibles en un futuro próximo.

Lo que podría ser políticamente factible –por los pelos– es un conjunto de medidas específicas, en especial un esfuerzo por descarbonizar la generación de electricidad. La generación es, en términos económicos, un objetivo relativamente fácil, porque el descenso casi milagroso en los costes de la energía renovable hace que tengamos ya la tecnología necesaria para eliminar de manera bastante barata los combustibles fósiles. Y no es solo que la generación de energía eléctrica sea directamente responsable de aproximadamente la cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos; si la electricidad se convierte en una fuente de energía limpia, eso abriría la puerta a grandes reducciones en las emisiones de vehículos, edificios e industria, mediante una electrificación generalizada.

La buena noticia es que las propuestas de Biden proporcionarían un gran impulso a la descarbonización. Como subraya el periodista experto en clima David Roberts, en estas propuestas hay dos importantes elementos relacionados con el clima: un conjunto de multas y subvenciones que proporcionarían a las empresas eléctricas incentivos para dejar de quemar combustibles fósiles, y un aumento de las desgravaciones para las diversas formas de energías limpias. Estas políticas solo cubrirían parte de la lista de deseos de los ecologistas, pero serían un gran avance.

La mala noticia es que, si no se promulgan estas propuestas, es probable que transcurra mucho tiempo –posiblemente una década o más– antes de que tengamos otra oportunidad de establecer una política climática significativa.

Afrontémoslo: hay bastantes probabilidades de que los republicanos controlen una o las dos cámaras del Congreso después de las elecciones de mitad de mandato. Y a estas alturas, el negacionismo climático ejerce un control mortal sobre el Partido Republicano, un control que no es probable que afloje hasta que tengamos la catástrofe completamente encima de nosotros, y puede que ni siquiera entonces. Fíjense en las órdenes contrarias a las mascarillas y a las vacunas en las que se obstinan los gobernadores republicanos, a pesar del aumento de hospitalizaciones y muertes por covid-19.

De modo que el proyecto de ley de reconciliación presentado por los demócratas, que prosperará o fracasará en las próximas semanas, tal vez sea de hecho nuestra última oportunidad de hacer algo significativo para limitar el cambio climático.

¿Por qué se movilizan entonces las grandes empresas estadounidenses contra esta ley? Porque los demócratas proponen compensar en parte el aumento de gasto subiendo los impuestos de sociedades a las grandes empresas, y en menor medida usando la capacidad negociadora de la Administración Pública para lograr una bajada de precios en los fármacos de prescripción médica. Esta estrategia es necesaria por cuestiones políticas: si hay que subir los impuestos, la ciudadanía quiere que se los suban a las grandes empresas. Pero estas, como es lógico, no quieren pagar.

De modo que es comprensible la oposición empresarial al plan de Biden. Pero también es imperdonable. Y a lo mejor puede hacerse algo al respecto. Los republicanos, me temo, son completamente inabordables en este punto. Pero tal vez las grandes empresas y el puñado de demócratas tentados a defender sus intereses sean sensibles a la presión.

Al fin y al cabo, ya no vivimos en la época en la que William Henry Vanderbilt, el magnate de los ferrocarriles, declaraba “al diablo con la gente”. Las grandes empresas de hoy en día quieren presentarse como socialmente responsables; pagan anuncios frívolos proclamando el bien que hacen. Pero resulta difícil encontrar algo más irresponsable que torpedear los esfuerzos de evitar una crisis que amenaza a la civilización por querer ahorrar en la factura fiscal.

De modo que habría que mencionar y abochornar a las empresas que se unan a esta propuesta. Y también a los demócratas “moderados” dispuestos a plegarse a sus intereses. (“Mercenarios” sería un término mejor para los políticos que se oponen a medidas que deberían saber que son necesarias y populares).

Recuerden que esta no es una disputa política normal que pueda retomarse en otro momento. Es la hora cero, y quienes no hagan lo correcto ahora no tendrán una segunda oportunidad.

*Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2021. Traducción de News Clips.

El País

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