El falso plátano autógamo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Lionel Shriver

Foto: The New Yorker

Jeannette nunca había imaginado que las plantas pudieran inspirar tanto odio.

Había dejado durante años que Wyndham se ocupara del jardín. Los fines de semana al aire libre proporcionaban un antídoto al estado de estancamiento que reinaba en el laboratorio sin ventanas de su marido. Aunque la parcela era de un tamaño considerable solo para los criterios de Londres, Jeannette le había seguido la corriente. (¿Qué había que hacer allí? Regar un poco las plantas durante las épocas secas, diez minutos de segadora manual por el césped.) Como no le había envidiado al pobre ni su soledad ni su inútil dedicación a la cerámica, atesoraba las instantáneas de Wyndham con sus pantalones caqui manchados de barro, haciendo sabe Dios qué con la expresión decidida que lo caracterizaba. Ahora, por supuesto, sabía exactamente qué había estado haciendo. Y todo el trabajo que le había ahorrado.

Si bien seguía mimada por una existencia conyugal compartida, Jeannette había leído por encima, con una mezcla de indiferencia y resentimiento, artículos en primera persona sobre la fiereza con que la gente evitaba a los afligidos por la muerte de un ser querido —una revelación que sus propios amigos llevaban un año o más ilustrando ampliamente—. No les echaba la culpa. Sin querer, Wyndham y ella habían construido inconscientemente esa hermética unidad de dos que tan desagradable resulta desde fuera. Si entonces no había necesitado amigos, no tenía derecho a exigir sus atenciones ahora. Además, se había vuelto menos cautivadora incluso a sus propios ojos. Una viuda de cincuenta y siete años tenía aún por delante mucha historia, y no suficiente historia a la vez. Narrativamente, una pesadez; una elipse de, quizá, treinta años durante los que no ocurriría nada grande. Solo cosas pequeñas, y la mayoría serían una mierda.

Tampoco era interesante la gran historia que había terminado. Páncreas. Rápido y horrible. Así y todo, el relato proforma incluía un detalle conmovedor. Dos años antes, Wyndham y ella se habían acogido a la jubilación anticipada; él, de la investigación bioquímica en el sector privado, y ella, de encargada de compras en los grandes almacenes Debenhams. Algunos colegas habían desaprobado la idea en silencio, y pronto a nadie se le permitiría dejar de trabajar a los cincuenta y cinco, pero para Jeannette y Wyndham esa perspectiva sugería que iban a saltar por la ventana antes de que se cerrara. No se habían conocido hasta los cuarenta, y habían hecho alocados planes de viajes para los años en que aún gozaran de buena salud. El razonamiento era sólido; la aritmética, no. El diagnóstico llegó apenas diez semanas después de la fiesta de despedida de Wyndham.

Ella no se había ocupado de registrar si cincuenta y siete años eran los nuevos cuarenta y siete, o treinta y cinco, o sesenta y cuatro, pero en cualquier caso, fuera cual fuese la edad que había alcanzado, no era la que tenía. No mucho tiempo antes, los dos aún habían llorado por cada pelo que atascaba el desagüe y por cada nueva arruga que aparecía en el cuello de ella cada vez que bajaba la vista. ¿Ahora? No conseguía envejecer lo bastante rápido.

Convencida de que un jardín se cuidaba solo —crecía, florecía, se marchitaba y el ciclo se renovaba sin tener que hacer nada—, en lugar de contratar a un chico que cortase el césped, durante el año que siguió a la muerte de Wyndham dejó que la parte de atrás de la casa se las apañara sola. En realidad, echaba de menos la intensidad de esos primeros meses de duelo, un dramón que habría sido imposible de prolongar sin que se convirtiera inadvertidamente en una farsa humillante, un numerito para sí misma. Si bien seguía fluyendo libremente, de una manera natural, el dolor había sido tan total, tan puro y concentrado, con la opacidad de un cabernet, que rayaba en el placer. No obstante, desde el principio la angustia se había visto agudizada por el espantoso conocimiento previo de que la pérdida se iría suavizando hasta desembocar en otra, una pérdida de la pérdida. Llegaría, sin duda, el momento en que se amortiguaría, suave y sordamente, como si a ella la respaldara un exceso de equipaje. A diferencia de los días del dolor en carne viva, cuando se saltaba las comidas y se quedaba en cama como afectada por la fiebre, el estado de amortiguamiento podía durar para siempre, y probablemente así sería.

En efecto, las punzadas de dolor fueron perdiendo fuerza y una tortuosa presencia residual cedió el paso a la ausencia. Jeannette se refugió en la autosuficiencia. No aceptaría ni esperaría nada. Debía de haber millones de británicos así, grupos sociales absolutamente neutrales que iban de compras y limpiaban la casa en silencio. Se cuidaría a sí misma, igual que el jardín.

A finales de abril se sorprendió al advertir, durante un paseo sin rumbo que la llevó hasta más allá del patio, cubierto de huellas de babosa, sencillamente para escapar un rato de las cuatro paredes de la casa —que nunca le había resultado agobiante cuando la compartía—, que las matas que florecían sin ser ya jóvenes eran montículos cubiertos de sucias flores color rosa, podridas ya, debajo de las cuales se ocultaba, pasando casi desapercibida, una maraña de hierba moribunda, o muerta ya, de un amarillo orina. Jeannette rastrilló en vano con los dedos las pilas de pétalos que cubrían el césped moribundo, vanamente asombrada al comprobar que las flores podían matar. El mantillo sedoso tenía una bonita humedad pesada que a ella le recordaba cómo se le ponían las mejillas tras una tercera y no aconsejable copa de vino. El perfume original, junto con un aroma menos intenso, se parecía a dulces pero borrosos recuerdos que se entremezclaban con su actual autosuficiencia.

Observó atentamente los arriates por los dos lados. Las flores eran lo de menos. Indiferente a las atenciones «superfluas» de Wyndham, el ceanoto había crecido formando extrusiones desordenadas, un arbusto en toda regla, una melena afro que no había pasado nunca por las manos de un peluquero. Ahora ya bloqueaba el sendero de piedras que llevaba al cobertizo de las herramientas y se le metía en los ojos. La hiedra ahogaba las hierbas; los helechos estaban cargados de caracoles. El césped tenía trozos secos por las meadas de los zorros; Jeannette había sido demasiado apática para ahuyentar a esas alimañas. No podía hablar por la esfera humana, pero al parecer en el mundo botánico, sin la intercesión constante de un poder superior y benévolo, el mal triunfaba.

Angustiada al principio por arrancar tal o cual planta que había sido la preferida de su marido, Jeannette no tardó en hacer suyo el lema del jardinero: cualquier cosa que crece rápido y con fuerza es maligna. Mientras quitaba los hierbajos, la atormentó un tópico que se repetía en su cabeza como un eficaz jingle publicitario: La naturaleza tiene horror al vacío. Llegó a identificar cada invasor con una aversión que tenía un sabor inconfundible. Escarbando la argamasa de la pared de ladrillo que indicaba el límite de la propiedad, una planta pretendidamente atractiva, de hojas pequeñas y sinuosas, le inspiró disgusto e impaciencia; si las raíces permanecían detrás, la trepadora, astuta y baja, volvería al cabo de una semana. Como le había permitido, en la pasividad de su sufrimiento, crecer hasta alcanzar los dos metros, una especie larguirucha parecida a las margaritas, con unas flores sin gracia, amarillas y desproporcionadamente pequeñas, había desplegado tan rápido unas sogas blancas de raíces laterales, y tan gruesas que al cabo de otro mes esas plantas imponentes e insípidas habrían ocupado el mundo. Esa aversión estaba surcada de miedo; Jeannette se dedicó a exterminarlas con la entereza denodada y estoica del genocida. En esa despiadada acumulación de desechos, la instauración de su política personal de tierra quemada se pareció a la alegría más de lo que había conseguido hacerlo en diecisiete meses.

No obstante, Jeannette reservaba su odio más desmesurado para unos racimos de plantones de aspecto inocente que parecían brotar de común acuerdo en un solo día, como si obedecieran un plan de batalla. Oh, sí, por sí sola, una muestra de ese invasor anónimo parecía inocua y fácil de vencer. Apenas ocho centímetros de alto, dos hojitas insignificantes en un vástago raquítico; pero cuando se la arrancaba de la tierra, hete aquí que la diminuta asta había echado raíces en su propiedad, unos buenos doce centímetros y, virtualmente, de la noche a la mañana.

Además, cualquier organismo en cantidad suficiente es burdo. Esos racimos gordos, empujándose entre sí en su amontonamiento ciego e ignorante, retoñaban en bloque por la capa de corteza que rodeaba el cobertizo. Esos impertinentes aspirantes a árboles afloraban en la oscuridad, bajo los matojos, donde no llegaba la luz. Perforaban el césped cada cinco centímetros, penetraban en la hiedra que había matado los cebollines y la amenazaban, también.

Así pues, en mayo, cada hora que pasaba en el jardín la dedicaba a masacrar miles de plantones y levantaba montículos funerarios con las hojas marchitas caídas. Y seguían brotando. La matanza recordaba cierta clase de guerra asimétrica en la que un ejército mejor equipado y tecnológicamente más avanzado acaba vencido por unas tropas andrajosas y armadas con palos; la mejor arma del adversario era que los líderes no hacían el menor caso del número de bajas, que se registraban a una escala pasmosa.

Si dejaba de dar muerte al instante a un niño soldado, este reclamaría su territorio. Al cabo de unos días, un gajo al que no había prestado atención brotaba con un follaje agresivo y puntiagudo, con el pelo áspero y la variegación de auténticas hojas de árbol. El frágil tallo se endurecía hasta formar un tronco macizo; la raíz principal se hundía en la tierra y le salían pelos pegajosos. Sus intentos de arrancar esos intrusos de un tirón no eran más eficaces que los débiles esfuerzos del Ministerio del Interior para deportar a los solicitantes de asilo.

El origen de ese ataque no era ningún misterio. Al otro lado de la pared divisoria, un árbol enorme, monstruoso, se alzaba hasta una altura que sobrepasaba los tres pisos, con el tronco a apenas unos centímetros de los ladrillos, suficiente para que casi la mitad de las ramas invadieran su jardín. Era un árbol sin encanto alguno; bloqueaba la luz del lecho de hierba, ya se lo veía preñado de más vainas y las ramas caían bajo el peso de sus grandes y horrendos racimos. Tan ciega se volvió su antipatía por ese vándalo verde que no advirtió una cosa, a saber, que esa aversión era más fuerte de lo que había sentido jamás por nada viviente desde la muerte de Wyndham.

El llameante arce japonés, un árbol mucho más seductor, crecía inexplicablemente falto de vida, por lo cual Jeannette concertó una hora con un cirujano de árboles. No la consoló mucho —«A este pobre árbol le ha llegado la hora, señora»—, pero antes de que el hombre se marchara, ella aprovechó para preguntar por el ogro que se elevaba por encima de su cabeza.

—Hablando de árboles a los que habría debido llegarles la hora —dijo Jeannette—, ¿qué es eso?

El hombre sonrió.

—Un falso plátano. Se autorreproduce.

El nombre le trajo algo a la memoria. Wyndham debió de decirlo por lo bajo una o dos veces. A Jeannette le dolió intuir que su paciente marido había erradicado medio millón de plantones cada primavera sin quejarse apenas. ¿Qué otro sufrimiento habría disimulado, sobre todo en esos últimos meses?

—Un voluntario —prosiguió el experto—. Nadie planta un árbol así a propósito. Es autógamo. Es una plaga. —El hombre miró al invasor de arriba abajo como si tomara las medidas para un ataúd—. Trescientas cincuenta y se lo corto.

La casa situada al este de la suya pertenecía a un hombre al que, según dedujo Jeannette, llamaban Burt Cuss por culpa de una solicitud de tarjeta de crédito mal entregada. Era un nombre feo, un derechazo seguido de un golpe con la izquierda. También cincuentón, quizá, era literalmente un armario, un hombre furibundo que bien muy rara vez salía de su casa, bien se marchaba por largas temporadas. Verlo no era lo habitual. Ella lo había visto siempre, en todas las estaciones del año, vestido con una camiseta negra de cuello redondo, tejanos negros, botas de neonazi y el pelo cortado al cero. Nunca había hablado con su vecino, cosa que podría considerarse inusual, pero en Londres no lo era. Wyndham y ella habían hecho conjeturas sobre el habitante de la casa de al lado; todo el mundo las hace. Vistos los bíceps y ese abdomen de acero, él lo había clasificado como exmilitar. Jeannette suponía que estaba divorciado. Poco después de instalarse, el tal Burt había quemado en el patio trasero una pila de papeles entre los que ella había distinguido algunas fotografías. Irracionalmente, le tenía un poco de miedo. Aunque solo fuera porque no habían hablado, Jeannette se metía corriendo en casa en las raras ocasiones en que él se animaba a salir al jardín, si era posible llamarlo así.

Porque el jardín de Burt se encontraba en un estado de abandono absoluto o casi. Nunca se había diseñado en lo más mínimo. Además del falso plátano que crecía sin freno, allí la única flora era la maleza, que llegaba a alcanzar unos treinta centímetros de altura antes de que Burt, no más de dos veces al año, la redujera a nudos amarillentos con una guadaña. Más cerca de la casa había trozos de muebles pudriéndose bajo la lluvia, y las bolsas de plástico que el viento arrastraba hasta el terreno largo y estrecho seguían ahí agitándose al viento semanas enteras.

La mayor parte de los londinenses habrían vendido sus primogénitos a tratantes de esclavos por un trozo de terra firma que midiera una fracción de esa parcela, un lienzo en blanco que rogaba que lo engalanasen con azaleas; en el pasado, esa deprimente tierra baldía la había dejado consternada. Desde el dormitorio principal, en el primer piso, tenía una vista panorámica de esa antiestética parcela, que podría haber hecho incluso que el valor de la propiedad adyacente bajara unos miles de libras. Sin embargo, ahora que había aceptado la oferta del cirujano de árboles —para que la librase de esos plantones malignos cada primavera, trescientas cincuenta libras era una ganga—, de repente el nulo interés del vecino por la horticultura pareció un golpe de suerte.

Como a veces pasaba días enteros sin decir una palabra, Jeannette tenía que armarse de valor cuando quería interactuar con alguien. Hasta el encuentro con el cirujano de árboles la había agotado. Había perdido el don para hablar de temas triviales. Con todo, tener un propósito firme le daba fuerzas.

Le pareció raro llamar formalmente a la puerta de la casa de al lado cuando a diario miraba boquiabierta el descuidado sanctasanctórum de su vecino. La mirilla se abrió. Muchas cerraduras.

—¿Sí? —dijo él, con brusquedad, vestido con el uniforme de siempre. De cerca tenía los ojos verdes.

—Disculpe, nunca hemos…

—Usted vive en el noventa y dos —la cortó Burt en seco, señalando con la cabeza la puerta de la casa de Jeannette.

Es que…, claro, mientras uno hace suposiciones sobre los vecinos, ellos las hacen sobre nosotros.

—Jeannette Dickson. —Burt la saludó secamente con la cabeza pero no se dignó decirle cómo se llamaba—. La verdad es que quería hablar con usted sobre su árbol.

—¿Qué le pasa?

Era asombroso constatar que Burt era consciente de que tenía un árbol.

—Pasa que lo odio.

Ningún británico que se preciara confesaría jamás tener sentimientos tan feroces por una planta. Jeannette conseguiría que la tomase por una chiflada.

—¿Y qué le ha hecho ese árbol?

—Más de lo que usted pensaría —dijo ella, tratando de no hablar como una loca—.
Los plantones. Salen por miles. Me paso horas y horas recogiéndolos.

—Huy…, debe de ser terrible —dijo él, y el comentario socarrón, dicho con cara de póquer, chirrió.

—Podría decirle que ahora sé qué significa una invasión de extraterrestres —dijo ella—. La cuestión es que estoy dispuesta a pagar para que lo corten.

—Parece una molestia. ¿Qué pinto yo en esto?

—Bueno…, imagino que usted también tiene ese problema con los gajos.

—Si no he visto ningún problema, no puede ser un gran problema.

—Los dos tendríamos más luz y… y su jardín se vería más grande y abierto.

En ese momento no podía hacerlo mejor.

—No se lo compro. Prefiero mi intimidad.

Jeannette empezó a sentirse nerviosa. Burt delante de ella, tan cuadrado, bloqueando la puerta con cara de pocos amigos, los brazos cruzados, los antebrazos tensos… Y esa camiseta ceñida, esos pectorales formidables. Se preguntó cómo podía estar tan bronceado un hombre que apenas parecía salir de casa. Era un bruto que hablaba con monosílabos; huraño, no se parecía en nada a Wyndham, alto, desgarbado y con un humor malicioso que reservaba para ella. Cierto, aparte de la cerámica no hacía demasiado ejercicio, pero era nervudo y no le sobraba nada; por eso, con tan pocas reservas para ir aguantando, el final llegó más rápido. Si bien tampoco era un gran conversador, había sido, a diferencia de este animal, un hombre brillante —todos los compañeros del laboratorio lo decían—, y cuando decía algo, lo decía en serio.

—Mi cirujano de árboles dice que nadie plantaría a propósito un árbol como el suyo, que es una «plaga»…

—¿Su cirujano de árboles?

—¿Qué tiene de gracioso?

—Yo ni siquiera tengo médico de cabecera.

—Lo que quería decir es que se trata de la opinión de un experto.

—Querida —dijo Burt—. Ya pasé por este lío antes, y ya les contesté. Pregúntele a su marido.

Ah…, por lo visto Wyndham había intentado negociar la misma solución. En vano.

—Me temo que mi marido falleció. Hace diecinueve meses.

Ergo, aquí me tiene, aún dolida, y me paso la vida arrancando los sucios gajos de su árbol.

Pero Burt no se avergonzaba así como así.

—Mala suerte —dijo, sin acalorarse.

—¿Podría considerar mi propuesta? Yo me ocuparé de todo. ¿Me haría el favor? Para mí sería muy importante.

—Señora, me pasé diecisiete años haciéndole favores a una pava que no se diferenciaba mucho de usted y al final le importó un cuerno.

Burt le cerró la puerta en las narices. Se confirma: divorciado.

Los días que siguieron, Jeannette, en un estado de rabia contenida, dedicó más de una agotadora tarde a refunfuñar por culpa del gilipollas de al lado mientras arrancaba plantones sueltos de una capa de madreselva cargada de flores, algo parecido a arrancar con pinzas pelos grises de una barba cerrada. Entretanto, y por increíble que parezca, los que ya había arrancado y dejado que se marchitaran seguían hundiendo sus raíces heridas en la capa de corteza. Por Dios, era como ver a soldados a los que la metralla les había arrancado las extremidades del torso ensangrentado, dispersas ahora por todo el campo de batalla, recoger los fusiles con los dientes.

Aunque parezca inverosímil, cuando espiaba por encima de la pared divisoria no podía distinguir, en la alta maleza de Burt, ni un solo vástago.

Armada con un fajo de páginas impresas, llamó un día a la puerta del vecino dispuesta a librar el segundo asalto.

—Ya sé lo que va a decirme —dijo él—. Se supone que debo derribar el piso de arriba para que usted tenga más luz en la sala.

—Hay cientos de ejemplos en internet —dijo Jeannette, blandiendo las hojas—. En blogs, en las redes sociales, en páginas de botánica. Todo el mundo odia esos árboles…

—Hablando de árboles… —la interrumpió, mirándola de reojo—. Veo que se ha arreglado hoy.

Jeannette se sonrojó. Era cierto. Desde la muerte de Wyndham había descuidado un poco el vestuario, y esa tarde había decidido aprovechar un elegante guardarropa de años de encargada de compras en Debenhams a la que los jefes animaban a llevarse muestras a casa. El apresurado maquillaje solo era más estrategia —parecer presentable, una vecina a la que cualquiera querría agradar—. Pues muy bien, sí, se había lavado el pelo.

—Ni siquiera son autóctonos —prosiguió Jeannette—. Es una especie invasora, del continente. Los falsos plátanos solo llevan en este país doscientos o trescientos años.

—Los encopetados de Downton Abbey solo llevan en Gran Bretaña «doscientos o trescientos años».

Jeannette frunció el ceño.

—No parece usted un personaje de un drama de época.

—¿Y qué parezco?

La torpeza la hizo ser sincera.

—Alguien que se pasa la vida haciendo flexiones.

Esa frase le valió media sonrisa, la primera, tal vez el preludio a una sonrisa completa que Jeannette descartó insistiendo en su caso.

—Si usted aceptara echar un vistazo a estos… —Le enseñó las hojas de DIN A4—. Solo le pido eso. Verá que el consenso es total, y le haríamos un favor a la comunidad.

—Usted es un terrier, señora. Conozco a la gente como usted. Agotan a los demás, pero conmigo ya no funciona.

Antes de que Burt tuviera oportunidad de cerrarle otra vez dando un portazo, Jeannette estalló:

—Casi la mitad de ese árbol está en el perímetro de mi propiedad, lo he consultado con el ayuntamiento. ¡Me asiste el derecho legal de cortar las ramas que pasan por encima de la pared!

Burt se encogió de hombros y dijo:

—¡Por supuesto! —sin oír, quizá, las palabras de despedida de Jeannette.

—¡Quedará ridículo!

Como si a él le importase.

Por desgracia, cuando volvió a contactar con el cirujano de árboles para decirle que el dueño del falso plátano se negaba a cooperar, el hombre rechazó el trabajo de la poda radical con un mensaje de texto, pero estaba claro que necesitaba el trabajo; seguía teniendo un móvil sin la función de autocompletar: Pliagud en tds los aspcts. Físicment dfícl. + Tien idea de las feas peleas q hay en este ps incls por unos hierbjs, y entr vcnos, dcho sea de pso? ¿Lee los peridics? Matan a la gnt por mcho mns! Prefr no hcerl.

Muy bien; pero Jeannette no pensaba postergar la tarea. La alternativa era pasarse un año tras otro abrumada y deslomándose a medida que una jubilada cada vez más mayor se dedicaba a algo que, en jardinería, equivalía a unas minas de sal únicamente para sacar otra cosecha de plantones que echaban brotes con el optimismo propio de un imbécil, asomando, repuntando y cayendo con una exagerada y verdeante ingenuidad. A menos que adoptara una postura decidida, cada año de su fútil exterminación sisífica lo acometería con un espíritu de sumisión e impotencia.

En primer lugar, demostraría el alcance de lo que Burt se negaba a llamar problema. Así pues, tras otro asesinato masivo de plantones junto al cobertizo de la leña —una estructura vacía que la hacía sentirse nostálgica y dejada, pues no había vuelto a pedir leña para la estufa junto a la que ella y Wyndham habían pasado muchas calentitas tardes de invierno—, Jeannette recogió la pila peluda de briznas aplastadas y raíces colgantes, se dirigió a casa de Burt y depositó el regalito en el escalón de la puerta con esta nota: «Lo siento; creo que esto es suyo.» Al cabo de unos minutos —es posible que el vecino la oyera escabullirse; estaba preparada para un estallido de ira e insultos—, llegó hasta su patio una carcajada clara, resonante y alegre.

A la mañana siguiente, Jeannette estuvo un buen rato revolviendo entre los trastos del cobertizo. Aunque Wyndham hubiese tenido una motosierra, cosa que al parecer no tenía, a ella le habría dado demasiado miedo usar esa monstruosidad. Con todo, consiguió desenterrar un serrucho seguro, de los de toda la vida, cuya técnica rudimentaria entendía y que era improbable que le amputara un brazo en un momento de distracción. No obstante, lo de «corte al hilo y transversal» en la funda de cartón sonaba apropiadamente violento.

Los shorts azul celeste con bolsillos decorados que se puso esa tarde para llevar a cabo su proyecto estaban bien para unos días cálidos de junio, aunque eran casi nuevos y dejaban al descubierto unas piernas poco venosas y bastante torneadas para una mujer de su edad. El top de color amarillo brillante también le daba un toque relajado y etéreo; en Debenhams siempre había defendido la idea de que un buen diseño no tenía por qué ser poco práctico. Desenvainando la espada de la venganza, pasó del banco a la pared antes de encaramarse al techo del cobertizo de la leña (ya bastante enmarañado por culpa de las vainas que caían en vuelo helicoidal, esperando ahí que pasase otro año). Desde esa posición disfrutaba de fácil acceso a la rama gruesa más baja del invasor, justo donde atravesaba con arrogancia la línea divisoria. Sujetándola con fuerza con la otra mano para no perder el equilibrio, hizo un primer corte con la punta de los dientes del serrucho. La hoja dio una sacudida.

Cuando consiguió abrir la primera muesca, ya estaba sudando; el top amarillo pronto podría declararse siniestro total. La madera verde frenaba invariablemente los dientes del serrucho y cada una de sus débiles acometidas. Al cabo de media hora de escofinado, y deteniéndose para tomar aliento, no pudo avanzar ni tres centímetros en una rama de quince centímetros de diámetro. A ese ritmo seguiría serrando ramas todo el año siguiente, las cuatro estaciones. El brazo ya le dolía, y se le había ampollado el índice de la mano derecha.

Lo que necesitaba era una satisfacción simbólica, por pequeña que fuese, y para eso tenía que cortar toda una rama, algo mucho más factible si seguía trepando para acercarse al árbol y atacar una más alta y delgada. Apuntando a una rama de aspecto vulnerable a unos tres metros por encima de su cabeza, Jeannette desempolvó sus destrezas de escaladora aprendidas en una infancia de niña poco femenina.

Por Dios, si debió de haber sido una chiquilla muy valiente. No recordaba haber sentido tanto miedo cuando trepaba árboles casi hasta arriba durante las vacaciones familiares en el Distrito de los Lagos. Esforzándose por mantenerse ahí arriba sin que se le cayera el serrucho, Jeannette recordó el día en que pintó el techo del baño durante la primera quincena de libertad que le procuró la jubilación… El miedo es el peor enemigo del equilibrio. Solo cuando llegó a acercarse de verdad a la rama a la que apuntaba recuperó la seguridad en sí misma (o, como mínimo, dejó de temblar).

Apoyada en el tronco, se agarró de la rama. El codo le rozaba otra que tenía detrás e impedía un ataque eficaz. El proyecto fue volviéndose tan tedioso que Jeannette se olvidó del vértigo. Finalmente, la rama cortada se abrió bajo su propio peso y se astilló con un crujido. Qué pena…, ella seguía firmemente agarrada al lado cortado de la rama…

Burt siempre tenía la sala a oscuras, las cortinas corridas, aunque en los largos días de verano la luz seguía entrando a las nueve de la noche.

—Debería irme a casa, en serio —dijo Jeannette con voz débil, desde el sofá.

—No diga estupideces. ¿No ve que no puede caminar? —dijo él, trayendo whisky—.
Mantenga la pierna en alto.

Un tobillo roto, una costilla partida, esguince en la muñeca derecha y, naturalmente, toda magullada. Decir que estaba muerta de vergüenza era poco.

No era exmilitar, sino médico de la Cruz Roja, de los que salen disparados en cuanto los llaman de Haití o de Sierra Leona. Un médico formado, sin duda alguna, para un vecino menos agorero que una jubilada que había sido la encargada de comprar ropa de mujer para unos grandes almacenes y que, además, era tonta. Burt había salido corriendo al jardín en cuanto Jeannette cayó; después le entablilló rudimentariamente el tobillo con cinta adhesiva y hojas del Independent (no, como ella habría esperado, del Sun). También la acompañó al trote varias calles hasta la clínica del barrio. Esas atenciones de experto mientras ella seguía tumbada medio atontada en el alto césped de su jardín se le agolpaban confusas en la memoria, pero sí recordaba la camiseta negra hecha un bollo que Burt le había puesto bajo la cabeza a manera de almohada, su perfume —rancio, inconfundible— y el jaleo de cargar con ella hasta Urgencias. Llevaba diecinueve meses sin sentir los brazos de un hombre. Con dolor o sin él, la emoción estaba asegurada.

Burt interrumpió sus inquietas ensoñaciones sobre las muchas actividades diarias de una mujer que reconocía «no recibir nada ni esperar nada» y que ahora no le resultaría fácil hacer sola.

—Necesitará ayuda. ¿Tiene hijos?

—No —dijo Jeannette—. Wyndham y yo no éramos autógamos.

Tenía sucios los ridículos pantalones cortos; como, además, eran demasiado cortos, agradeció que Burt le diera una sábana para cubrirse aunque hiciera calor.

—En parte me siento responsable —dijo él, tomando un sorbo de whisky—. Debería haberla detenido en cuanto la vi trepar por esa pared. Y con un serrucho, joder. Imaginé que debía dejar que aprendiera una lección. Pensé que tendría su gracia.

—Y supongo que la ha tenido.

—¿Y cuál era el plan? Nunca habría cortado más de una rama o dos.

—Con el tiempo, esperaba cortar las suficientes para matar ese árbol.

—Pero ¿qué importancia tienen unas cuantas plantitas? Usted es más grande que ellas.

—¿Unas cuantas plantitas? —Jeannette se volvió, a tientas, sin saber ella tampoco por qué—. Se lo dije, las odio. Tan alegres, asilvestradas, imposibles de desanimar. Están empezando a vivir, quieren probarlo todo, incluso en un trozo de corteza. Y la suciedad. Ese descontrol me saca de quicio. Se llevan por delante todos los cuidados y la disciplina de mi marido. Invaden mi terreno sin que nadie las invite, como locas. Y me siento obligada, para honrar el trabajo de Wyndham, en su memoria, a no dejar que el jardín se vaya al diablo, que todo crezca en vicio y degenere siendo yo la responsable. Hasta hace poco no tenía ni idea del trabajo que da un jardín, de todo lo que debió de hacer él y yo ahí, tan despreocupada, sin enterarme. Si hasta me burlaba. Además. Bueno, hay algo horrible. Esa manera de replicarse. Es grotesco que crezcan así. Puedo matarlos por miles, pero no vencerlos en bloque. Sé que son mucho más pequeños que yo, pero juntos, así, en esa abundancia, son más grandes y me hacen sentirme impotente y derrotada una y otra vez. —Eran la fatiga y el shock, y el efecto de los calmantes, pero el exceso de personificación debió de confirmar el veredicto. No cabía ninguna duda, era una chiflada—. ¿Y a usted? —añadió Jeannette—. ¿Por qué le importa tanto ese árbol? No parece que se tengan mucho aprecio.

—Creo que de tozudez femenina ya he tenido bastante. La tozudez engendra tozudez.
Se dispara y nunca acaba bien.

—¿No? —preguntó Jeannette, esbozando una sonrisa mientras él le servía una bebida que, como bien sabían los dos, era incompatible con las indicaciones de los calmantes que le habían recetado.

Después de compartir una de esas comidas preparadas que compraba, Burt le insistió para que pasara la noche en el sofá. Jeannette durmió largas horas como un leño hasta que la despertó un zumbido estridente que llegaba desde fuera. Por irónico que parezca, los del ayuntamiento debían de haber empezado, por fin, a podar los plátanos de las aceras de Londres.

A mediodía, tras levantarse de mala gana, Jeannette salió con la muleta de la Seguridad Social bajo el brazo bueno por las puertas dobles que daban al jardín trasero de Burt. Conocía el camino. Todas las casas de esa calle eran idénticas.

Al fondo del jardín, Burt estaba partiendo los últimos troncos grandes, usando de tajo el tocón del falso plátano. Maravillada, esto fue lo que pudo ver por entre las lamas de la persiana: en su lado de la pared divisoria, la caseta de la leña estaba casi llena, y todo perfectamente apilado. Un donativo (¿o era una proposición?). Mientras ella se acercaba, Burt tomó la precaución de poner el seguro de la motosierra. A la derecha, unas ramitas gruesas y sedosas —racimos de vainas caídas— formaban una pila suficiente para encender una hoguera.

Tras dar con el mazo un golpe decisivo en la cuña, Burt anunció, con voz áspera:

—Estos árboles se secan rápido, arden bien.

—Si he de creer a Wyndham —repuso ella—, yo también.

Cuando Burt no estaba en el extranjero tratando a enfermos de cólera, se tumbaban al resplandor de los troncos del falso plátano que ardían en la estufa de leña de Jeannette a ver el último programa especial de Navidad de Downton Abbey y, después, las reposiciones; aunque Burt tenía un límite: Poldark, de quien se burlaba diciendo que era un mojigato destripador de corpiños. Jeannette lo acusaba de estar celoso del capitán. Seguían viviendo cada cual en su casa, un acuerdo que permitía mantener una cortés distancia y una solicitación que los dos llegaron a apreciar. Los plantones reaparecían cada primavera. Según la página web de la Real Sociedad de Horticultura, el falso plátano crea un lecho de semillas que va aumentando a lo largo de los años. Pero esta vez también preparó el lecho de Jeannette. La naturaleza tiene horror al vacío.

(De: Propiedad privada, Anagrama 2020. Traducción: Daniel Najmías)