El fantasma de Ariel recorre Nuestra América

Las ideas precursoras de la Reforma: la influencia de José Martí y José Enrique Rodó a partir de Nuestra América y Ariel

Por Juan Godoy*

“No seréis fundadores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente la preceden. La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza más allá del horizonte visible. Yo os pido una parte de vuestra alma para la obra del futuro”. (José Enrique Rodó)

Introducción

La Reforma Universitaria del 18 fue un movimiento político-cultural complejo que tenía fines diversos, que incluso varían de acuerdo al lugar donde se desarrolla. Así lleva adelante un conjunto de reivindicaciones que van desde cuestiones más atinentes a la organización de las casas de altos estudios como el co-gobierno, al vínculo con el estado, la iglesia, el gobierno y/u otras entidades como la autonomía, y otras relacionadas con la función de la misma en la sociedad, los contenidos que se dictan, el vínculo con el pensamiento europeo, el papel del imperialismo, la relación con los otros países del Continente, etc.

Entre estos fines, claramente la reforma logró en mayor o menor medida los primeros aspectos señalados, y fracasó en los otros, lo que nos lleva a considerar a la misma como un proceso inconcluso y todavía en discusión. Cabe resaltar asimismo que la autonomía fue rápidamente desfigurada y llevó a una cerrazón de la institución, contribuyendo al fracaso referido. La falsificación de la historia pretende reducir la reforma a cuestiones relacionadas con la “vida interna” de las universidades, al mismo tiempo que simplificar la autonomía al enclaustramiento de la institución y a desligarla de las necesidades nacionales.

Las banderas que apuntaban a integrar la universidad al país y al continente son dejadas de lado, negadas e invisibilizadas. En este sentido, Arturo Jauretche manifiesta que “el reformismo, en la desnaturalización del movimiento original, ha terminado por ser un concurrente a la función negadora (…) la Reforma universitaria, creada por la primer presencia del pueblo en el Estado, se vuelve contra aquel, una y otra vez (…) fue uniformemente anti-yrigoyenista, volviéndose contra el movimiento nacional que la generaba, como después fue anti-peronista, en la misma medida que perdía contacto con la realidad que le parteaba. El fracaso de la reforma es que no supo integrar la universidad en el país”. (Jauretche, 2004: 136)

Por su parte, Juan José Hernández Arregui, desarrolla una crítica similar a partir de la cual sostiene que “no hay universidad nacional en un país colonial. Tampoco universidad autónoma en país alguno (…) sólo la abolición revolucionaria del colonialismo devolverá a la Universidad no su autonomía sino su misión nacional. Es decir, su autonomía real frente a la servidumbre extranjera”. (Hernández Arregui, 1973: 148)

En estas páginas recorremos algunas de las ideas y pensadores precursores e influyentes en la reforma que apuntan a la creación de una mirada propia sobre nuestra realidad, retoman la senda de la unidad latinoamericana, reivindican la historia y las voces silenciadas de nuestro continente, y apuntan a que la universidad encuentre soluciones propias a nuestras problemáticas.

Romper con el eurocentrismo, el enciclopedismo, la dicotomía sarmientina entre “civilización y barbarie” que todavía recorre los pasillos de las universidades, la desvinculación de las universidades con las problemáticas nacionales aparece en la reforma y hoy también presiona en nuestras conciencias como un imperativo. Asimismo, estos pensadores pregonan el anti-imperialismo presente en la reforma.

Ahora bien, si uno de los reclamos más fuertes de los reformistas es la falta de una visión latinoamericanista en nuestras universidades, nos preguntamos ¿de dónde emerge la conciencia de lo nacional, la Patria Grande, el anti-imperialismo, y otras ideas “novedosas” presentes en los jóvenes reformistas? Esa aparición tiene múltiples causas, desde acontecimientos históricos como la Revolución Mexicana o el yrigoyenismo, hasta pensadores e ideas que van impregnando a esa generación como Rubén Darío, José Martí, Manuel González Prada o José Enrique Rodó.

En este último punto es en el que nos queremos detener aquí. Rastrear algunos casos de pensadores que hayan sido precursores e influencia en los estudiantes latinoamericanos, pues resulta difícil comprender las características que asume la reforma sin indagar en los pensadores que van conformando los cimientos del ideario de la misma. La reforma es fruto de esa matriz de pensamiento que anida, entre otras, en las ideas que germinaron unos años antes y que nosotros tenemos como objetivo dar cuenta en este trabajo.

En el recorrido que hacemos retomamos a dos de los máximos exponentes e influencias en los reformistas, a saber: al cubano José Martí, y al uruguayo José Enrique Rodó. Estos dos pensadores si bien fallecieron antes del estallido de la reforma, el caso de Martí muere combatiendo en 1895, y en el de Rodó fallece un año antes del estallido de la reforma, no obstante sus ideas están fuertemente presentes en el ideario de los reformistas, tan así que éstos le otorgaron el “título” de “maestros de juventud”.

La reforma que estalla en el “grito de Córdoba”, pero se extiende a lo largo y ancho de nuestro continente, difícilmente hubiese nacido y tenido ese desarrollo sin las ideas de estos precursores que se hacen conciencia política en nuestros pueblos. Más específicamente vamos a retomar a estos pensadores a partir de dos trabajos emblemáticos en el pensamiento latinoamericano, y que sus ideas están claramente presentes en la reforma y los reformistas, a saber: Nuestra América de José Martí y Ariel de José Enrique Rodó.

Vale aclarar que no nos interesa un análisis pormenorizado de todos los aspectos de estos libros, ni tampoco de toda la obra de los autores, en tanto nuestra intención es recorrer los aspectos que consideramos aparecen en los reformistas en estos trabajos que resultan emblemáticos al respecto. Estos dos escritos que nacen del amor al continente y a los compatriotas se encuentran sin dudas entre los que más influencia han ejercido en el pensamiento de las ideas más preclaras de los reformistas.

Lo que nos interesa observar es la presencia de las ideas que levantan los reformistas en estos dos textos emblemáticos, no así los vínculos diferentes que también se podrían rastrear, pero no es nuestra intención. Vale destacar, de todas formas, que el vínculo más directo es con Ariel, no obstante la relación en tanto similitud de ideas, es más estrecha en Nuestra América.

La reforma, en sus banderas más profundas, fue nacional, latinoamericanista, anti-imperialista, vinculada a la historia y las problemáticas de nuestro continente. Revisamos así esas ideas en estos dos pensadores que estrechan vínculos con las banderas aún inconclusas de la reforma, que le dieron a la misma la potencialidad hace cien años, y nos marcan un rumbo posible para construir universidades nacionales, latinoamericanas y comprometidas con nuestro pueblo.

José Martí y la hora de la universidad nuestroamericana

“las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de esta generación. El vino, de plátano, y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales”. (José Martí)

Uno de los pensadores que más se vincula con el ideario de los reformistas es sin dudas el cubano José Martí. Fundamentalmente a partir de las páginas de Nuestra América que es el trabajo que tomamos fundamentalmente nosotros. Allí, y en otros textos desde ya, aparecen ideas fundamentales para pensar/nos como una Patria Grande y también en relación a la universidad en particular y su función en nuestro continente. Además es una de las plumas más exquisitas que ha dado el pensamiento latinoamericano. Vale destacar, como lo hicimos en la introducción, que esta vinculación es más que nada por las similitudes que se encuentran entre su pensamiento y los reformistas, en tanto en los años 20 se difunde más el pensamiento martiano en nuestro continente.

Martí advierte tempranamente que a la liberación nacional cubana de España, también es menester la precaución en relación a los Estados Unidos que pretenden penetrarnos culturalmente y al mismo tiempo dominarnos económica y políticamente. Por eso advierte, un día antes de caer combatiendo por la emancipación: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber (…) de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. (Carta Martí-Mercado. En Martí, 2005: 157) Brota en el pensador cubano la una mentalidad anti-imperialista.

Resonaban probablemente en su conciencia la palabras de Simón Bolívar en carta al Coronel Patrik Campbell, donde había dicho que los Estados Unidos “parecen destinados por la Providencia para plagar de miserias a nombre de la Libertad”. (Carta Bolívar-Campbell, 5-8-1829. En Bolívar, 2009: 431) Seguramente también la experiencia de haber vivido en el Norte de América es fundamental en esta idea, pues en vinculación a ese tiempo dirá viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David” (Martí, 2005: 157) ¡Qué diferencia con el viaje que hace Sarmiento!, donde éste vuelve embelesado por el país del norte, e incluso tiempo más tarde concreta el proyecto de traer al país maestras norteamericanas.

En el manifiesto escrito por Martí: Nuestra América1 se encuentra el espíritu de la Reforma Universitaria, pues en el mismo se parte de la afirmación de lo particular en relación al mundo, es decir afirma lo nacional en vinculación a lo universal. Reconoce la particularidad de la Comunidad Latinoamericana que va a llamar como Nuestra América. Es un manifiesto para nuestro continente, es un llamamiento al despertar del mismo, la emergencia del continente como comunidad autónoma

La idea es la reafirmación de lo propio, pues Nuestra América se opone a la América que no es nuestra, es decir, a la América Anglosajona, a los Estados Unidos de Norteamérica. Martí no parte de un ideal abstracto, sino del análisis de la realidad concreta, así no quiere a la humanidad en abstracto, sino al hombre de “carne y hueso”, el cubano llama a amar a sus compatriotas. Hay incluso una visión geopolítica podríamos decir, la idea que el orden mundial es desigual, pues considera que hay gigantes, vale decir, países desarrollados, opresores, y hay otros “pequeños”, en tanto, países subdesarrollados, coloniales, semi-coloniales, al fin y al cabo oprimidos.

Es un manifiesto que pone en el centro las ideas, por eso dice que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”. (Martí, 2005: 8) Es un llamado a construir ideas desde acá, a valorizar lo propio, tener fe en nuestra propia capacidad, romper con la autodenigración, pues “los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses”. (ibídem) También entiende Martí y pone de relevancia el desconocimiento de lo propio, de la propia historia, de nuestra cultura. No es casual este desconocimiento, pues uno no puede defender ni querer lo que no conoce. Ahora bien, surgen las preguntas acerca de ¿cómo conocer la historia de nuestra región?, ¿cómo estrechar vínculos entre las ideas de las diferentes Patrias Chicas?, ¿qué estrategias son más adecuadas para lograr avanzar en este camino?

De esta forma, piensa que los pueblos deben conocerse a sí mismos, y ahí también conocer a los pueblos del continente, su historia en común, la identidad compartida, los lazos que nos unen de modo de avanzar en la unidad para luchar juntos, “los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos”. (ibídem) Un llamado a la “emancipación mental de Indoamérica” como establece años más tarde el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. La necesidad de conocernos brota como una urgencia ante el avance de las potencias sobre nuestros países.

Este conocimiento de los lazos compartidos es fundamental para la unidad, para retomar el proyecto de la Patria Grande que parecía enterrado con Bolívar en Santa Marta. La integración también como una alianza defensiva y ofensiva, pues “los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas”. (ibídem) Es que el peligro del avance imperialista se vierte sobre la región. A principios de siglo XX Manuel Ugarte, luego de su viaje a Estados Unidos, escribe un libelo bajo el título urgente: “el peligro yanqui”, donde también advierte el expansionismo norteamericano y la necesidad de la unidad de nuestros países.

Es un llamado a crear la propia voz, resuenan las palabras de Simón Rodríguez: “o inventamos, o erramos”. No debemos ser “calco y copia” de lo ajeno, sino que tenemos que conocer y reconocer/nos para poder construir. Por eso la emprende contra “¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan porque llevan delantal de indio, de la madre que los crió y reniegan! ¡bribones!, ¡de la madre enferma y la dejan sola en el lecho de las enfermedades!”. (ibídem) Si nos miramos en el espejo ajeno, solo podemos tener una mirada desfigurada de lo que somos. El colonialismo cultural apunta a desvalorizarnos y a impedir que reivindiquemos nuestra historia, la del pueblo, la cultura nacional y la identidad propia.

El espíritu, la orientación del gobierno debe ser la del país piensa Martí. Vale decir, debe ser una política nacional, que responda a nuestros intereses, más nunca a los extranjeros, por eso “el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país (…) El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país”. (Ibídem: 9) Cuántos gobernantes han buscado en Europa o Estados Unidos el ideal a seguir para nuestros países. En gran medida la conformación de los mismos se hizo en base a un esquema ajeno a la realidad nacional. La creación de naciones a imagen y semejanza de las europeas o de Estados Unidos, donde las mayorías y la conformación de la identidad de los pueblos de Nuestra América es desechada. En el pensador cubano el mestizaje aparece como un elemento fundamental en esta conformación.

El pensamiento de Martí avanza en la ruptura con el eurocentrismo y el enciclopedismo. Hay que construir rastreando la historia del pueblo, reconstruyendo y fortaleciendo los lazos que conforman la identidad del mismo. No fijar caminos ajenos a la capacidad creativa de las masas populares. Hay que conocer el suelo que se pisa, adaptar las ideas a la realidad, y no al revés. Al mismo tiempo que avanza sobre la crítica a lo que Arturo Jauretche años más tarde llama la colonización pedagógica y a la dicotomía entre civilización y barbarie.

Esa crítica es más clara aún cuando establece que “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”. (Ibídem) El hombre que piensa despojado de la colonización cultural, a partir de la aplicación del sentido común. Esas ideas que parten del sustrato profundo de nuestra patria derrotan o debieran derrotar a la importación acrítica de ideas y valores realizadas en otro tiempo y/o realidades. Esta oposición a civilización y barbarie resulta fundamental porque nos da otro punto de partida para el análisis y la construcción política. Gobernar, en países como los nuestros, considera Martí, es crear nuestras ideas, nuestro propio camino de construcción vinculándolo a la tradición popular.

Nos interesa particularmente este texto que recorremos, porque allí se hace referencia, además de lo esbozado hasta aquí, a las universidades de nuestro continente en particular y su relación con las problemáticas latinoamericanas. De ahí que Martí se pregunte “¿cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? (ibídem: 10) Es por esas universidades penetradas por el colonialismo que “a adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir a un pueblo que no conocen”. (ibídem) Piensan en términos europeos o yanquis antes que nacional-latinoamericanos. En el mismo sentido, Leopoldo Lugones reclama en la década del 30 “ojos mejores para ver la Patria”.

La necesidad que la universidad estreche vínculos y se integre a la realidad nacional aparece en tanto establece que “el mejor premio no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país”. (ibídem) Que la universidad indague en las cuestiones fundamentales de la Patria. Estudie las problemáticas nacionales para advertir soluciones a las mismas. Así las universidades encuentran una función transformadora en las naciones y un lugar en un proyecto nacional.

Continua en la misma línea de pensamiento, poniendo de relevancia que no todo conocimiento es positivo en tanto hay conocimiento que es contra nosotros mismos, es decir que no apunta a la liberación, sino más bien a mantenernos y afianzar los lazos de opresión tanto a nivel individual como colectivo, así “resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país y gobernarlo de conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías”. (ibídem) La universidad de esta forma en el marco de un proyecto de liberación.

Conocer nuestra historia antes que la ajena es primordial. Hay un reconocimiento a que nuestros pueblos hacen historia, tienen cultura, justamente lo que se buscó despreciar. No es rechazar lo extranjero, pero sí no incorporarlo como absoluto en tanto desvalorización y reemplazo de lo propio, sino en lo que pueda servir al desarrollo de la propia cultura, por eso reclama que “la universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y calle el pedante vencido, que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”. (ibídem)

Además de la ruptura de la dependencia colonial en materia política y económica, Martí hace hincapié en un cambio de espíritu, en la cultura, en los valores. La independencia demanda no un cambio de formas, sino de espíritu. Esto es central, cómo construir una sociedad “nueva” con los mismos valores que la sociedad que se quiere derribar. El oprimido no puede construir un “mundo nuevo” con los valores del opresor. Por eso hay que “¡bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos!¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada!¡Echar, bullendo y rebotando por las venas, la sangre natural del país!”. (ibídem: 13)

José Enrique Rodó y cómo hacer brotar la conciencia latinoamericana y anti-imperialista en la juventud

“Si ha podido decirse del utilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación del verbo utilitario. Y el Evangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de los milagros materiales del triunfo. Hispano-América ya no es enteramente calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La poderosa federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral. La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes y, aún más quizá en el de las muchedumbres, fascinables por la impresión de la victoria”. (José Enrique Rodó)

El pensamiento de José Enrique Rodó, parte fundamental de la Generación del 900, resulta central para la conformación de una conciencia latinoamericana y anti-imperialista. Vale destacar aquí que el uruguayo no culmina sus estudios formales superiores, sino que es autodidacta en su formación. Asimismo que Ariel tuvo una repercusión fenomenal en nuestro continente, es largamente leído por las juventudes y la intelectualidad, llegando en pocos años a imprimir varias ediciones en diferentes países.

La explosión del Maine en Cuba en 1898, acontecimiento que sembró la indignación en nuestro continente, detona que Rodó escriba Ariel dos años más tarde (a nueve años de la aparición del texto de Martí). La lectura y reinterpretación fundamental es sobre el libro La Tempestad de Shakespeare, que inspiró varios escritos en Nuestra América. El libro relata una historia novelada en la que un maestro que llaman Próspero (en referencia al sabio mago de La Tempestad), se despide al finalizar el año de sus discípulos, la juventud de Nuestra América, los estudiantes universitarios latinoamericanos.

Es significativo que Ariel esté dedicado “a la juventud de América”, en tanto “pienso también que el espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de la palabra oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación”. (Rodó, 1956: 163) No obstante, advierte que “sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad. De la naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero es de las ideas que él sea fecundo”. (Ibídem: 165) Es acertado también este “hablarle a la juventud” en tanto, recordemos que los reformistas reclaman (reclamo que aparece claramente en el Manifiesto Liminar), por los métodos de enseñanza, contra la instrucción impartida en forma magistral, fría, sin amor por lo que se enseña y por los estudiantes, con quienes se comparte el conocimiento. Es decir, estas cuestiones aparecen como una problemática presente. De ahí que consideramos que resulta importante destacar esa dedicatoria, y la forma de interpelación a los estudiantes latinoamericanos.

Ariel es un llamado al despertar de la juventud, pues “si con relación a la escuela de la voluntad individual, pudo Goethe decir profundamente que sólo es digno de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día a día para sí, con tanta más razón podría decirse que el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste, por la perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución de las ideas”. (Ibídem: 163) La fe resulta fundamental para la movilización, la creencia en un ideal para la transformación de la realidad. Es un deber de la juventud que en la concepción de Rodó no debería eludirse. Es un llamamiento al despertar de Nuestra América.

Interpela a las juventudes a la adopción de un proyecto que apunte a un cambio de raíz en nuestros países. El ideal encarnado en un proyecto transformador es lo que conmueve y pone en movimiento el espíritu. Scalabrini Ortíz, años más tarde, afirma que en la creencia se encuentra la magia de la vida, es lo que le da sentido. Sin una creencia que sustente un proyecto la vida se ahonda en un vacío que no conmueve la existencia, el sujeto se queda sin algo que lo sostenga diariamente y apunte hacia el porvenir. Y la interpelación se hace más clara en tanto Rodó explica: “yo creo que América necesita grandemente de su juventud. He ahí por qué os hablo. He aquí por qué me interesa extraordinariamente la orientación moral de vuestro espíritu”. (Ibídem: 168)

Los dos personajes simbólicos del escrito de Rodó refieren también a la obra de Shakespeare. En Rodó, Ariel representa “el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia” (Ibídem: 162), que se levanta contra Calibán que representa el “símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida”. (Ibídem) Esta contraposición resulta fundamental, pues es la representación en Ariel de Hispanoamérica contra la América anglosajona de Calibán.

Reclama Rodó contra la “escasa originalidad” (Ibídem: 168) de las ideas germinadas en Nuestra América, pues lo que prima es la copia, es el encandilamiento con las ideas extrañas a nuestra realidad. Es necesario avanzar en la construcción de un esquema de pensamiento propio. Esa originalidad apunta a la conformación de un pensamiento autónomo. Es un manifiesto por la soberanía cultural.

En este mismo sentido profundiza en tanto la emprende contra “cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus”. (Ibídem: 169) La crítica al utilitarismo recorre el texto de Rodó. Ese utilitarismo cercena el espíritu creativo, coartando la libertad, no permitiendo la autonomía del sujeto, ni del pensamiento. No obstante el autor reconoce la importancia del bienestar material para que el espíritu logre desenvolverse plenamente en nuestra sociedad.

Asimismo, este utilitarismo es fustigado por Rodó, en tanto se deja de lado el desinterés por la meditación y el conocimiento, quedando reducido meramente a su utilidad, al interés por lo material. Ese utilitarismo “anhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos, que, incapaces de considerar más que el único aspecto de la realidad con que estén íntimamente en contacto”. (Ibídem: 169) El sometimiento al materialismo y al automatismo de una actividad cercena la libertad interior, el sentimiento y el espíritu.

El posicionamiento contra el utilitarismo marca los límites del acceso al conocimiento como mera aspiración individual, estableciendo fines más amplios, ligados a lo colectivo, una visión integral, y más estrechamente ligada a las raíces y a la sociedad latinoamericana.

El autor hace una invitación a la creación de un pensamiento propio, a encontrar nuestra voz, un “pensamiento emancipado de todo innoble yugo”. (Ibídem: 173) Un pensamiento libre del coloniaje, de la repetición burda, y despojado de la tutela económica, un ideal para la emancipación. Una matriz de reflexión que tenga como principio fundamental la integridad de la condición humana. Es por esto mismo que expresa el rechazo a la imposición de la uniformidad cultural, y a “la falsedad de lo artificial (que) vuelve efímera la gloria de las sociedades que han sacrificado el libre desarrollo de su sensibilidad y su pensamiento”. (Ibídem: 174) La expresión y desarrollo de la cultura nacional es un puntal donde se asienta la identidad colectiva. Es un manifiesto contra la indiferencia del ser humano, contra el desprecio por los demás, abogando el amor por los semejantes.

Es necesario preservarse de la mutilación de la propia identidad que impide el desenvolvimiento del propio ser en su plenitud. Se debe educar para inculcar un sentimiento de justicia. La educación debe estar ligada a la dignificación del ser humano. La enseñanza no debe ser una imposición del pensamiento, no obstante en el pensamiento de Rodó es necesaria para inculcar una ética, para la idea del deber.

La educación, y la escuela en particular son colocadas por Rodó en un lugar central, en tanto “por cuyas manos procuramos que pase la dura arcilla de las muchedumbres, donde está la primera y más generosa manifestación de equidad social, que consagra para todos la accesibilidad al saber”. (ibídem: 186) Vale recordar que Gabriel del Mazo, pilar de la Reforma del 18, entiende que la misma apuntaba finalmente a reconfigurar todo el sistema educativo y a transformar de raíz la matriz cultural.

Rodó también avanza contra la idea que la civilización se encuentra en los países centrales en relación a su grado de desarrollo, en Europa y/o los Estados Unidos, por lo que Nuestra América no entraría en esa categoría, advierte que “la civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de prosperidad o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ellas son posibles”. (ibídem: 183)

Es un manifiesto por la búsqueda de la fisonomía latinoamericana, por la afirmación de lo propio en detrimento de lo que Arturo Jauretche denomina como autodenigración de lo nacional. Nos habla del “doloroso aislamiento en que viven los pueblos” (Ibídem: 168) que componen Hispanoamérica. Hay más conexión entre las “patrias chicas” y las potencias que nos dominan, que entre los países hermanos.

La balcanización impuesta a nuestros pueblos luego del proceso de emancipación, nos marca la tragedia continental por el fracaso del ideal de la Patria Grande, en tanto emancipación a medias por caer bajo la dominación anglosajona, pero al mismo tiempo nos indica el proyecto, el camino para construir el futuro, la reconstrucción de los lazos de unidad entre nuestros pueblos.

Rodó pone en consideración, como venimos viendo, la manía de imitación predominante en nuestros países, busca las raíces de dicha actitud, y encuentra que “se imita a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree. Es así como la visión de una América deslatinizada por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir”. (ibídem: 190) Es la creación de un pensamiento enajenado a la realidad local. El espíritu de la imitación impone la renuncia a la originalidad en pos de la consagración idolátrica del extranjero. Se pretendió crear Europa en América dirá Arturo Jauretche.

La adopción de una mirada penetrada del culto por lo ajeno, y la copia de esos modelos por considerarlos superiores a los que emergen de la propia realidad, no necesariamente se manifiestan por cálculo premeditado de obturar la expresión de nuestra identidad (aunque la penetración cultural tenga esa finalidad), sino por la conformación de una matriz de pensamiento que lleva a valorar positivamente aquellos modelos en detrimento de la posibilidad de crear uno propio. La identidad también se manifiesta por oposición a lo que no somos. Es una búsqueda de la autonomía cultural de Nuestra América.

El pensador oriental va a denominar a esta actitud que venimos describiendo como nordomanía, a la cual considera que es necesario oponerle los límites del pensamiento propio. Ahora bien, cabe llamar la atención que no es un cierre absoluto de las ideas surgidas en otras realidades lo que se propone: “no doy yo a tales límites el sentido de una absoluta negación”. (ibídem) Sino que es posible aplicar esas ideas a la realidad nacional, pero en cuanto las mismas no sean incorporadas como absolutas en reemplazo de las propias, más bien en lo que puedan aportar a nuestra conformación a un esquema de pensamiento propio, y a la cultura nacional. Incorporarlas, pasándolas por el tamiz de nuestra realidad, en cuanto aporten a la solución de las problemáticas locales.

Las realidades no son iguales, responden a diferentes conformaciones históricas, sociales, económica y culturales, por eso las ideas no se pueden trasladar mecánicamente. La importación acrítica de ideas produce la obturación de la expresión de la propia identidad, y la eliminación de los rasgos característicos como comunidad autónoma. Rodó expresa: “no veo la gloria, ni en el propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos –su genio personal-, para imponerles la identificación con un modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irremplazable de su espíritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de imitación”. (ibídem: 190-191) Es un engaño reproducir instituciones y costumbres ajenas.

Rodó tiene esperanza en la generación que nace con el nuevo siglo. Piensa que la regeneración del ideal latinoamericano necesita de precursores que la empujen. La estatua de Ariel que acompaña a Próspero en su despedida simboliza el espíritu de la Patria Grande, su Ariel es la esperanza en la juventud en la cual él tiene una gran fe para la construcción del porvenir, dice: “yo creo en vuestra voluntad, en vuestro esfuerzo; y más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida y transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embriagarme con el sueño del día en que las cosas reales harán pensar que la Cordillera que se yergue sobre el suelo de América ha sido tallada para ser el pedestal definitivo de esta estatua, para ser el ara inmutable de su veneración”. (ibídem: 209-210)

A modo de cierre – Influencia y actualidad de los planteos

“A cien años de distancia del heroico gesto de nuestros antecesores, el homenaje más grande que podemos y debemos tributarle es confirmarlo de modo indestructible en esta hora de suprema incertidumbre, de angustia universal. Nunca instante más propicio que el presente para afirmar ante la faz del mundo que si Europa ha llenado veinte siglos de la Historia, el Futuro pertenece por entero a la gloria americana. ¡Cien años hace que nos dijimos libres comencemos a serlo! Seamos americanos. Seamos americanos por la obra y la idea. Ahora o nunca. ¡Ahora o nunca más! ¡O simples factorías al servicio de Europa, o pueblos independientes al servicio del ideal! He ahí la alternativa. ¡América, la hora!” (Saúl Taborda)

Como se puede observar a partir del recorrido que realizamos en estos dos pensadores, y más específicamente en los dos escritos que tratamos, anidan muchas de las ideas que van a ir germinando a través de esos primeros años del siglo XX para florecer a lo largo y ancho de nuestro continente en el espíritu y las banderas levantadas por los reformistas. Ese espíritu y esas banderas que ante su fracaso hicieron que la reforma quedara inconclusa y vigente aún en la actualidad.

Así, pensamos que los textos de José Martí y José Enrique Rodó representan lo mejor de la tradición del pensamiento latinoamericano. Son textos que están cargados de futuro, no sólo porque sus ideas serían retomadas años más tarde, sino también porque esas ideas nos marcan un camino para un futuro en el presente. El caso de Martí, se vincula más al reformismo que al momento inicial de la reforma, sobre todo en tanto su pensamiento se difunde más fuertemente cuando en 1925 se publican en Madrid ocho tomos de su obra; el caso de Rodó sí está más relacionado con el momento mismo del estallido del grito reformista en el 18, porque como indicamos el texto recorrió mucho las manos de los jóvenes latinoamericanos.

La reforma, si queremos abordarla en su magnitud e importancia, excede el ámbito meramente reducido a las universidades, e impacta en la vida cultural y política de nuestros países. Hacer ese reduccionismo es parte de la falsificación de la historia, y es limitar el alcance y la potencialidad de un movimiento que adquiere relevancia e interés si lo abordamos desde ese punto de vista.

Nos interesa también establecer vínculos entre las generaciones porque resulta fundamental no solo para la compresión de los hechos, sino también por su importancia en el restablecimiento de los lazos entre las diferentes luchas del pueblo latinoamericano, al mismo tiempo que adquiere centralidad por la reconstrucción del tejido social dañado no casualmente por la penetración extranjera, y las usinas generadoras de cultura ajena al interés nacional. Esa recuperación de la identidad nacional tiene una importancia sustancial en el marco de la creación de un pensamiento original.

Los escritos que repasamos están atravesados por un conjunto de ideas que, como decíamos, aparecen en la reforma y los reformistas. Esas ideas fundamentalmente son: el latinoamericanismo, la necesidad de integrar la universidad al país, la crítica al eurocentrismo, la urgencia de conformar un pensamiento original contra la imitación, la dependencia, el papel del colonialismo y/o el imperialismo, la función de la universidad en la sociedad, el vínculo con el pasado y con la cultura nacional, entre otros.

Hay entonces varias preguntas que atraviesan los textos acerca de cuál es el lugar a partir del que se construye el conocimiento, cuál es la función del mismo en nuestros países, si es posible o es falso el universalismo, para qué queremos conocer, cuáles temáticas centrales y secundarias a indagar, si hay posibilidad de conformar una matriz de pensamiento propia, una forma de interpelar el mundo desde los países periféricos, cuál debe ser nuestro posicionamiento en el mundo, cuáles nuestras tradiciones e identidad cultural, etc.

Nos interesa rescatar la crítica de Jorge Abelardo Ramos al Ariel, donde a pesar del rescate del grito de alarma que significa, resalta que en Rodó hay cierto retiro a la meditación contemplativa en una América Latina semi-colonial, dependiente, donde reina la miseria, urgente de justicia social, al mismo tiempo el otorgarle, simbólicamente refiere, al espíritu más poder que a la siderurgia, se vuelve un pensamiento conservador, así “propone un retorno a Grecia, aunque omite indicar los caminos para que los indios, mestizos, peones y pongos de América Latina mediten en sus yerbales, fundos o cañaverales sobre una cultura superior”. (Ramos, 1968: 373)

Esta generación precursora, sobre todo Rodó y la Generación del 900, no así Martí (lo decimos no sólo por ser anterior a esta generación y no formar parte de la misma, sino también por su posicionamiento), goza de cierto idealismo. Son las juventudes reformistas comienzan a romper en la acción con el mismo. La figura más destacada en este punto, según establece Miguel Barrios (2007), es el gran latinoamericano Manuel Ugarte (pilar y principal orador de la reforma del 18), que supera este primer anti-imperialismo latinoamericano del 900 (y también el de la Generación ibérica del 98).

No obstante los límites del reformismo, constituyen a su vez una generación precursora de los nacionalismo-populares, mucho más profundos por el componente popular, el anti-imperialismo concreto, y más aún en la parte Sur de Nuestra América la develación del papel de Gran Bretaña (en detrimento del enorme espacio dedicado al águila norteamericana). No es casual que Marcelo Gullo (2013) afirme que Haya de la Torre es la profundización de los componentes que traen los reformistas, y éstos una de las influencias en su pensamiento.

También es menester señalar en relación a esto último, que Martí haya decidido, unos años antes, pasar a la acción es una diferencia fundamental con Rodó, y que el cubano le otorgue un papel fundamental en su proyecto político a los trabajadores, en relación a que en Rodó (al igual que los reformistas), el rol principal se liga más a los sectores medios. Carlos Piñeiro Iñíguez sostiene al respecto de Martí que “el motor de su proyecto político cubano es la clase trabajadora, lo que le otorga un carácter de nacionalismo revolucionario (…) la idea de Nuestra América no se limita al análisis crítico; es un ensayo propositivo, que releja un proyecto nacional de acción (…) que conjugue lo tópico con un programa inmediato”. (Piñeiro Iñíguez, 2006: 395-404)

La guerra de la independencia cubana, la intervención norteamericana sobre el final y la continua penetración del imperialismo británico, en la parte sur de América revela una influencia en los acontecimientos y sobre esa generación antes y/o después de la reforma. Al respecto del papel británico, más aún por las características particulares que adquiere mayormente se devela en la década del 30 a partir de algún/os personajes ligados en mayor o menor medida al reformismo, y también, claro, de otros no vinculados a ese movimiento.

En estos dos pensadores hay algo fundamental, que también recorre la tradición del pensamiento latinoamericano, que es que la nación aparece como un proyecto, lo que se vincula ya sea a la situación colonial, o mayormente a la semi-colonial, a la dominación invisible que no por eso deja de ser menos dañina para la soberanía nacional, y se desenvuelve de forma más sutil y asegura por otros mecanismos ya no basados en la fuerza de coerción externa en la vida interior del país oprimido, sino más bien que encarna en el plano cultural. De ahí la importancia y la centralidad de las ideas que pujen por la ruptura del orden dependiente, pues éste se asienta en la matriz cultural que hace invisible la dependencia, la justifica, y al mismo tiempo obtura la aparición de una mentalidad nacional que piense en la solución de las problemáticas nacionales a partir de la aplicación de un criterio propio.

Para este desarrollo, según aparece en estos pensadores, resulta esencial la ruptura con la actitud tan presente hasta el día de hoy que es, a saber: la “autodenigración de lo nacional” que apunta a destruir la autoestima como nación. Ningún pueblo que pretenda emanciparse y encarar un destino de grandeza lo puede hacer sin valorar las propias capacidades para realizarlo. Aquí la fe en la posibilidad de un porvenir de dignidad para la Patria Grande y venturoso para nuestros pueblos se revela fundamental.

De este último punto se deprende que la creencia en nuestra capacidad como nación es lo que moviliza el espíritu, y asimismo la revalorización de la cultura nacional es un pilar donde se asienta la identidad nacional, y ésta un puntal para restablecer la autoestima como pueblo, al mismo tiempo que actúa como oposición a la penetración extranjera y basamento para la construcción de un pensamiento original. La ruptura del sometimiento al pensamiento europeo o norteamericano partiendo de la falsa dicotomía, la madre de todas las zonceras: civilización y barbarie. Es claro, vale destacar, que no es un rechazo a las ideas germinadas en otras realidades y/o tiempos, sino la adaptación de las mismas a nuestro interés.

Aparece también en la influencia de estos pensadores, la necesidad de conocer y rastrear la historia y las creaciones culturales del Continente. Pues, del desconocimiento de estas cuestiones deviene la debilidad en tanto la posibilidad de defensa, dado que no se tiene aprecio sobre lo que no se conoce, y no se defiende lo que no se ama. En este marco renace el pensar/nos en unidad, renace el proyecto de la Patria Grande de la gesta emancipadora triunfante en la ruptura de las cadenas coloniales, pero derrotada en la unidad, lo que trae aparejado la caída en otras cadenas no menos perniciosas. Retomar la senda de la unidad renace como una urgencia.

La educación no es aséptica, sino que encarna valores. Básicamente, en tanto la condición de nuestros países, hay una educación colonial, y una para la emancipación. Desde ya, nuestro caso se enmarca en el segundo grupo. Una educación que establece una ética y pretende inculcar un ideal de justicia. Ahora bien, no hay imposición de un pensamiento aquí, sino libertad creativa.

La conformación de una matriz de pensamiento latinoamericana como base donde se pueda asentar una política nacional. La formación de una clase dirigente que se digne a pensar en nacional, desechando la posición servir de los intereses extraños. La búsqueda de un esquema de pensamiento que oriente las respuestas en función de nuestro beneficio, y no del ajeno. Ambos manifiestos abogan por la autonomía del pensamiento nuestroamericano.

Aparece el humanismo que encarna los grandes movimientos transformadores, pero no se trata de un humanismo universal, sino más bien situado en la realidad concreta, se trata de un humanismo encarnado en los hombres latinoamericanos que se levantaban contra el utilitarismo que destruye la creación original sometiéndola al materialismo. Este utilitarismo, al mismo tiempo, cercena la relación del conocimiento con la transformación de la realidad.

Estos pensadores apuntan al rompimiento del coloniaje económico y cultural. Es una respuesta a la balcanización impuesta luego del proceso de emancipación. Reconstruir lo que se desintegró como proyecto político. Así, procuran la ruptura con el pensamiento elitista de cuño eurocentrista a través del cual se conforman las “patrias chicas” dependientes. Para ello resulta esencial la búsqueda de la historia y la cultura que la matriz iluminista niega. Son una indagación por la fisonomía latinoamericana. Una afirmación de lo nacional, y la conformación de un pensamiento situado.

Es significativo que estos escritos, y sobre todo el de Rodó, le hable e interpele directamente a las juventudes. Es por eso que los textos que revisamos por un lado y como es evidente en las reivindicaciones y reclamos de los reformistas: interpelaron fuertemente a la juventud universitaria de principios de siglo, y nosotros pensamos que debieran hacer lo propio con las juventudes actuales (y no solamente con los jóvenes), universitarios o no. Esas ideas, por las características que tenemos como naciones semi-coloniales con una cuestión nacional irresuelta tienen plena vigencia.

El espíritu de Ariel despertó en los últimos años. La conciencia latinoamericana ha vuelto a recorrer como un soplo de aire fresca desde Tierra del Fuego hasta México, el cóndor se ha elevado a la altura de los Andes nuevamente, los imperios y los dueños de todas las cosas quieren volverlo a encerrar, y soltar el águila del Norte para enterrar nuestro sueño. Es tarea de nuestros pueblos mestizos que este despertar se vuelva conciencia política, para lograr la definitiva emancipación continental.

Bibliografía

Barrios, Miguel. (2007). El latinoamericanismo en el pensamiento político de Manuel Ugarte. Buenos Aires: Biblos.
Bolívar, Simón. (2009). Doctrina del Libertador. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Galasso, Norberto. (2001). Manuel Ugarte y la lucha por la unidad latinoamericana. Buenos Aires: Corregidor.
Gullo, Marcelo. (2013). Haya de la Torre: la lucha por la Patria Grande. Buenos Aires: EDUNLa.
Hernández Arregui, Juan José. (1973). Peronismo y socialismo. Buenos Aires: Corregidor.
Jauretche, Arturo. (2004). Los profetas del odio y la yapa. Buenos Aires: Corregidor.
Labaké, Juan Gabriel. (1999). Líderes latinoamericanos. Buenos Aires: Ciudad Argentina.
Martí, José. (2005). Nuestra América y otros escritos. Buenos Aires: El Andariego.
Piñeiro Iñíguez, Carlos. (2006). José Enrique Rodó: El Arielismo latinoamericano. En Pensadores Latinoamericanos del siglo XX. Ideas, utopías y destino. Buenos Aires: Siglo XXI (editora iberoamericana)
Piñeiro Iñíguez, Carlos. (2006). José Martí: la dignidad de América. En Pensadores Latinoamericanos del siglo XX. Ideas, utopías y destino. Buenos Aires: Siglo XXI (editora iberoamericana)
Ramos, Jorge Abelardo. (1968). Historia de la Nación Latinoamericana. Buenos Aires: Peña Lillo.
Rodó, José Enrique. (1956). Ariel. En Obras Completas. Buenos Aires: Zamora.

1 El texto Nuestra América se da a conocer el 10 de enero de 1891 en La revista Ilustrada de Nueva York.

* Magíster en Metodología de la Investigación (UNLa). Licenciado en Sociología (UBA). Docente universitario.

Fuente: https://patria-si-colonia-no.wixsite.com/juangodoy

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