El fastidio nos matará antes que el coronavirus

Por Robert Fisk

Boris Johnson dijo: «Muchas más familias van a perder a sus seres queridos antes de su hora». Foto Xinhua

Junto con la infección del coronavirus ha llegado la infección del lenguaje. El Covid-19 pasará; la otra enfermedad podría ser más permanente. En cuestión no de días, sino de minutos –incluso segundos–, esta infección potencialmente más duradera de nuestro lenguaje pasó de los políticos a los reporteros y de allí al público. Pocos de nosotros cuestionamos ahora las frases capciosas, los viejos clichés puestos de nuevo en circulación, las gastadas metáforas y las fastidiosas referencias a la guerra y a los frentes… incluso, de modo inevitable, a la Segunda Guerra Mundial.

Si nos «autoaislamos», sospecho que no solo cerramos las puertas de la calle. También aislamos el significado, destruimos la semántica, damos mal uso al lenguaje, mezclamos clichés con gastadas metáforas. No servirá para alejar el virus, pero sí para aislar las palabras que decimos, tal vez por largo tiempo. Y de seguro habrá más de eso.

Me siento tentado, por supuesto, a comenzar con la literalmente mórbida «inmunidad de rebaño». Pero empecemos con la primera cobarde introducción de Boris Johnson a la idea de que los ancianos morirán antes que los jóvenes. Se podría pensar que un primer ministro maduro y adulto enfrentaría a su pueblo con las realidades de la muerte. La muerte, después de todo, es lo que hace tan aterrador al coronavirus. Si constituyera solo un catarro leve, no letal pero un poco más molesto de lo usual, no nos estaríamos escondiendo en casa por el miedo. La mayoría de nosotros, quiero decir.

Pero no: el primer balbuceo infantiloide de Johnson sobre el tema de la muerte fue como sigue: «Muchas más familias van a perder a sus seres queridos antes de su hora». Sometamos esta inmadura oración a un pequeño análisis lingüístico, en las inmortales palabras de un muy joven Noam Chomsky, cuando estudié su obra en la universidad.

Primero que nada, observemos que la palabra «muerte» no aparece en esta declaración casera. Johnson comienza hablando de las «familias» que «perderán» a quienes describe como sus «seres queridos». Las víctimas son las «familias», no las verdaderas víctimas que van a morir, y esas familias van a «perder» parientes, en vez de que se los arrebate cruelmente una repulsiva infección que los servicios de salud británicos pueden o no ser capaces de resistir.

Y luego llegamos al repugnante y pueril final de su oración: «antes de su hora». Nótese cómo esos «seres queridos» no se van a «perder» porque mueran de un cruel virus para el cual no tenemos cura. Meramente nos van a dejar antes de su partida programada. Su última hurra llegará antes de lo previsto. Su muerte –no pronuncien la palabra, pero esa es la inferencia de la disertación de Johnson– iba a ocurrir de todos modos. Es solo que la pérdida de los seres queridos ocurrirá antes de lo esperado. Su pérdida no se evitará, solo se adelantará. La fecha ha cambiado.

Todo lo anterior debe entenderse antes de que confrontemos la política de «inmunidad de rebaño» a la que en una etapa Boris Johnson y sus cuates médicos iban a condenar a su pueblo. La frase ciertamente añade un nuevo significado a la observación de Thomas Gray de que «el balar del rebaño cruza despacio el prado». Es, recordemos, la tarde evocada en la Elegía escrita en un cementerio de aldea, de Gray, aunque en una relectura uno solo puede suponer que el «rebaño» en cuestión es bastante viejo –cruza despacio, ha sido un largo día– y sin duda ha dejado atrás a algunos de sus queridos congéneres bovinos que, incapaces de esperar más, se han ido a pastar en los campos elíseos antes de su fecha normal de expiración.

Es necesario someter esta tontería de Johnson a una amarga ironía. Otros líderes políticos europeos dijeron la dura verdad. Por ejemplo, el taosieach irlandés, Leo Varadkar, expresó en su mensaje del día de San Patricio: «por desgracia algunos morirán… Casi con certeza, pronto estaremos en una situación en la que personas morirán cada día de este virus». Eso es darnos en el blanco. Nada de metáforas dulzonas en Irlanda, donde la cancelación del propio día de San Patricio estuvo más a tono con la emergencia que la ridícula decisión de Johnson de permitir que se realizaran las carreras de Cheltenham.

Pero, bueno, los irlandeses nunca han contemplado algo tan atroz como permitir deliberadamente que su población se infecte para quedar «inmune», es decir, los sobrevivientes. Sé que «inmunidad de rebaño» es un viejo término médico, pero es particularmente pernicioso en estos días. Muy aparte de la sola palabra «rebaño», que tal vez sea la desdeñosa expresión con que Johnson, Cummins y otros se refieran a los ciudadanos británicos, la «inmunidad» que estas vacas/ovejas/víctimas disfrutarán solo podrá obtenerse después de contraer, sufrir y en algunos casos perecer de coronavirus.

Si hubiera una vacuna para el Covid-19, la «inmunidad» ofrecida podría ser más fácilmente digerible, incluso si los miembros del rebaño no entendieran en realidad sus implicaciones. Pero, en el contexto del consejo inicial del médico forense, la inmunidad solo podría lograrse a un precio fatal: con el sacrificio de los pensionistas, los «de edad avanzada» entre el rebaño común. O esos que puedan ser lo bastante prescindibles –aunque no para sus «seres queridos»– para expirar «antes de su hora».

¿O serían –esperen a oír esto– los que también tienen «temas subyacentes de salud»? Me parece que esta frase inicua y cobarde surgió cuando comenzamos a informar del brote de coronavirus en China. No era solo que la mayoría de las víctimas en esa primera etapa fueran ancianos, sino que también padecían esos misteriosos temas subyacentes de salud. Por supuesto, para los pacientes mismos no eran «temas»: eran problemas, de hecho muy serios: del corazón, de los pulmones, de cáncer y leucemia.

Pero desde mucho antes de esta pandemia abandonamos la muy seria palabra problemas, porque los problemas necesitan ser entendidos, tratados, resueltos o por lo menos aliviados temporalmente. Los problemas, pues, se han vuelto «temas». Todo lo que necesitan es ser reconocidos; no se requiere mayor esfuerzo de nuestra parte. Podemos tener «temas de viaje» (si nuestro vuelo se retrasa) o «temas mentales» (si sufrimos de perturbación mental) o «temas laborales» (si no soportamos a nuestro jefe) o cualquier otro tipo de temas. Pero no requieren preocupar a los demás. Los temas son una explicación de algo en lo que no necesitamos concentrarnos. Han sido reconocidos.

Y si bien los temas de salud sin duda representan un problema para muchas personas, la sola palabra «salud» es inapropiada porque cualquier paciente dirá que sufre de «mala salud», y la mala salud claro que es un problema. Y, para las víctimas, esta mala salud no es subyacente: es la causa primaria de su sufrimiento, su hospitalización y la posible pérdida de su vida. Lo que intentamos decir (y fallamos) es que la enfermedad del paciente había debilitado fatalmente su sistema inmune hasta el punto de que el virus lo mató con facilidad. O lo mató con mayor facilidad que si la víctima que dio positivo hubiera sido un hombre o mujer joven sin temas de salud.

Lo que debemos decir es que los pacientes «ya sufren de serios problemas de mala salud, que los hacen más susceptibles al coronavirus»; dado el lamentable estado del sistema de salud, que no puede cuidar a todas las víctimas de la pandemia, muchos van a morir.

En los días recientes he detectado que la palabra «temas» va siendo sustituida por «condiciones». Ahora tenemos «condiciones subyacentes de salud», que es casi igual de malo. La palabra condición puede tener aplicaciones mucho más amplias. En tiempos victorianos, una embarazada podía estar en «condición delicada» (de hecho, el libreto de la película Titanic usa la palabra en ese contexto). Así pues, una condición no necesariamente es un problema o un tema.

Y en un mundo ordinario, debo agregar, jamás habríamos contemplado una frase tan insensata como «distanciamiento social», cuando lo que en verdad queremos decir es «mantener distancia física con otros» o, si usted lo desea, «distanciamiento físico». ¿Cómo se metió esa palabreja «social» en este concepto? Dada la plaga de las redes sociales, con su contenido a menudo lleno de odio, «distanciamiento social» sería una buena idea que adoptar para siempre contra la infección de ofensas que tantos de nosotros soportamos en línea.

Pero no, si es «social» debe de ser bueno, íntimo y afectuoso, y así tenemos que alejarnos de él en momentos como este y –he aquí el asunto, claro– «sacrificar» nuestra vida social en bien de la sociedad/la nación/la humanidad/el mundo.

De hecho, «distanciamiento social» es precisamente lo que no vamos a hacer. La Internet, el teléfono y las llamadas de video significan que la mayoría de las personas se acercan más unas a otras socialmente por medio de las maravillas de la ciencia y la comunicación moderna. Lo que tienen que hacer es mantenerse a metro y medio de distancia unos de otros durante los encuentros –podría llamarse «distancia de socialización», supongo– y no «congregarse», término apropiado y de viejo cuño que al parecer se les perdió a nuestros amos cuando comprensiblemente cerraron bares y clubes nocturnos.

Tengo cierta simpatía por las metáforas de guerra. Médicos, enfermeros, choferes de ambulancia y paramédicos están de hecho en «el frente», porque no solo están literalmente salvando vidas, sino que en cierta forma están bajo fuego al cubrir sus puestos, porque el virus devuelve sus disparos, los infecta y en algunos casos los mata. Están en peligro de ser eliminados por el enemigo al que tratan de destruir. Aunque quizá no debemos olvidar que también nosotros estamos en el frente: son los «heridos» entre nosotros a los que los médicos tratan de salvar.

Si continuamos desde una metáfora como esta, también podríamos evocar el consejo dado a mi papá y a otros soldados de la Primera Guerra Mundial cuando llegaban a las trincheras del frente occidental: agacha la cabeza, o los francotiradores te darán. Eso es lo que el metro y medio significa hoy día. Mantenerse aparte, más que agachado, o el virus te atrapará.

En cambio, soy menos tolerante con las constantes referencias al espíritu de la Blitz, no solo porque la Blitz fue invento de cierta nación que hoy libra la misma «guerra» contra el coronavirus que nosotros, sino porque esas alusiones se prestan a peligrosas exageraciones. Sé que las muertes por coronavirus en Gran Bretaña se acercan a 300, pero las bajas británicas en la Blitz alemana de 1940-41 llegaron a unas 40 mil. ¿No necesitamos un sentido de perspectiva en esto? Escuchar al secretario de salud Matt Hancock cantinflear acerca de nuestros abuelos tenía algo de obsceno, no solo porque Hancock nació más de treinta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial –y no puede tener un concepto de su tragedia épica–, sino porque elogiaba servilmente a una generación cuyos sobrevivientes deben de estar esperando no ser sujetos a la «inmunidad de rebaño». «Pese al golpeteo (sic) de cada noche, el racionamiento, la pérdida de vida, se unieron en un gigantesco esfuerzo nacional», nos informó Hancock el historiador. «Hoy nuestra generación enfrenta su propia prueba…»

Estas peroratas no importarían mucho si no las lanzaran con tanta frecuencia siempre que los atacantes suicidas o las crisis económicas golpean al Reino Unido. Huele como a un siglo de viejo. ¿No fue entonces cuando nos dijeron por primera vez (en un manual de mecanografía, por cierto) que «ahora es tiempo de que todos los hombres buenos (sic) acudan en auxilio del partido»? Y junto con el espíritu de «tiempos de guerra», ¿no es hora también de abandonar esa espantosa palabra «autoaislamiento»? ¿Qué tiene de malo decir solo «aislamiento», algo que los sacerdotes y santos, al igual que muchos lectores serios de libros, practican con frecuencia? ¿Qué necesidad hay de agregar «auto»?

Observo que esto empieza –en el caso de los ancianos– a transformarse en la idea de «capullo», otra sospechosa expresión que en un principio se aplicaba a los insectos. Actuar como insecto tal vez sea más seguro que ser miembro de un rebaño, pero la idea de capullo en su nuevo uso lingüístico implica un «despertar» que algunos de los dormidos podrían no disfrutar.

Me temo que no seremos capaces de evitar las ridículas invenciones de nuevas criaturas administrativas cuyos nombres llevan la intención de confundir a todos los que los escuchan, como los ridículamente llamados «foros locales de resiliencia», que fueron inventados –no se sorprenderán al saberlo– por el gobierno de Tony Blair. Estos foros hacen ahora su reaparición en jerga administrativa; supuestamente incluyen a toda clase de auxiliares policiacos, médicos y otros que supuestamente deben, bueno, mostrar «resiliencia» en casos de peligro.

Y sin duda necesitarán ustedes un poco de resiliencia si se dan un baño de retórica en Irlanda del Norte en estos días. Robin Swann es el ministro unionista de salud en Belfast, un tipo que trabaja duro y habla de la muerte como adulto, pero cuyos antecedentes como hombre de la Orden Naranja podrían haberle dejado una adherencia demasiado estricta a las escrituras durante la presente pandemia. Por ejemplo, hace poco más de una semana informó a protestantes y católicos que «la escala de la oleada (del virus) que viene hacia nosotros es de proporciones bíblicas».

A ver, espera un segundo, Robin, me dije cuando leí ese embuste. ¿De veras? La Biblia está llena de estadísticas, muchas de ellas imaginadas y la mayoría sencillamente ficticias. Las lluvias durante el Diluvio (el arca de Noé y todo eso) duraron 40 días y 40 noches, lo mismo que el retiro de Cristo en el desierto, cuando fue tentado por el diablo. Se ha calculado que dos millones de judíos realizaron el éxodo de Egipto. Se dice que Jesús alimentó a cinco mil personas con apenas cinco hogazas de pan y dos pescados. Tal vez Robin Swann pensaba en las diez plagas que según el Viejo Testamento fueron infligidas a Egipto: sangre, ranas, forúnculos, piojos, granizo, langosta, oscuridad, matanza de los primogénitos, moscas y una peste del ganado.

Todos hemos sido culpables de estas tonterías bíblicas en nuestro periodismo. Un diluvio o tsunami de «proporciones bíblicas» ha aparecido en muchos reportes en los medios. Un tal R. Fisk, lo reconozco, escribió alguna vez sobre una oleada de refugiados «de proporciones bíblicas» –¡quizá más de una vez!–, pero sin duda debemos dejar los libros sagrados fuera del Covid-19. Ese mismo ministro, Robin Swann, debo agregar, usó el peor cliché de todos cuando sugirió que Irlanda del Norte podría sufrir «el peor escenario de pesadilla», con 15 mil muertos.

«Pesadilla» es sin duda la más redundante e indigente de las palabras en tal lenguaje: ¿qué tiene de malo «el peor escenario» (siempre suponiendo que podamos digerir «escenario»)? Hay otras. Cada vez me hastían más «cierre temporal» y también «epicentro», que –en el caso de terremotos y tsunamis– solía estar en un lugar, pero que ahora puede emigrar de China a Italia, según debemos suponer. Incluso hemos padecido «el punto de no retorno», término nada científico que alguna vez fue aeronáutico (el momento en que un avión estaba más seguro si continuaba el vuelo que si volvía al punto de partida).

Y todo este lenguaje absurdo debe sin duda producir una reacción. ¿Sencillamente aturdirá nuestros sentidos ante la realidad? ¿O nos moriremos de fastidio antes de que el virus nos alcance?

Trump, a su manera confusa, sostuvo: «nosotros estamos en un lugar diferente». Pero ahora hemos escuchado la más cinemática y fatal de todas las frases de horror en un canal de televisión por satélite: «la vida tal como la conocemos». Como en «la vida tal como la conocemos ha sido cambiada para siempre/será cambiada para siempre/se ha ido para siempre», etc. ¿De veras?, pregunto una vez más. Sí, creo que podríamos salir de esto un poco escarmentados. Quizá, como me dijo un amigo la semana pasada, necesitamos una «pausa» en nuestras vidas, una oportunidad de evaluar nuestra historia presente, de leer y reflexionar en vez de reaccionar. ¿Libros en vez de pantallas?, pregunté. Sí, fue la respuesta. Esperemos que así sea.

Tal vez debamos referirnos al Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, publicado en 1665. Me siento en deuda con mi colega periodista Frank McNelly, del Irish Times, por recordarme ese volumen, tan claramente desprovisto de lugares comunes. Y sí, en los días de la peste bubónica los pubs no cerraron, pero las autoridades prohibieron «todos los juegos, hostigamiento de osos, cantos de baladas, duelos a espada, y otras causas de reunión… banquetes públicos y… comidas en tabernas, cervecerías y otros lugares de entretenimiento común».

Este vívido recuento se pone mejor. El alcalde de Londres, nos cuenta Defoe, solo decretó que «se debe vigilar con severidad la bebida desordenada en tabernas, cervecerías, cafés y bodegas, como el pecado común de este tiempo y la mayor ocasión de dispersar la peste. Y que no se toleraría que ninguna compañía de personas permaneciera o llegara a ninguna taberna, cervecería o café a beber después de las nueve de la noche».

Así pues, fue un toque de queda sobre las horas de funcionamiento, más que una clausura. Todas las casas infectadas en el siglo XVII debían ser marcadas con una cruz roja de un pie de largo en mitad de la puerta, junto con las palabras «Señor, ten piedad de nosotros». Los hogares podían ser cerrados y vigilados por la policía durante 20 días (lo cual sin duda adelgazaría el rebaño). Pero por lo menos Defoe no escribía clichés.

Sin embargo, me temo que pronto leeremos el encabezado definitivo: EL VIRUS ASESINO SE EXTIENDE POR EL MUNDO; LOS MÉDICOS NO LOGRAN DESCIFRAR EL SECRETO DEL MONSTRUO. ¿O será que está cerca de la verdad? ¿O ya lo hemos leído? Así pues –mirando hacia el mar verde azul en una bella tarde, la semana pasada–, llamé a mi cuñado, un verdadero y viejo amigo en cuyos consejos siempre confío. Es cirujano especialista en cáncer al otro lado del mundo, un hombre de 44 años que nunca ha titubeado en hablar conmigo acerca de su trabajo y de las decisiones que tiene que tomar sobre las vidas de los demás.

Desde luego, me repitió en la línea todos esos consejos sobre lavarse las manos y permanecer alejado de otros. Pero dime todo lo que sabes del coronavirus, le pedí. Y aquí, sin mayor comentario de mi parte, pongo su respuesta exacta, lectores, dicha con frialdad y sin titubeos ni clichés: «No hay vacuna y no sabemos lo suficiente de él. Es un virus muy poderoso. Se mueve muy rápido. Es fácil de contraer y el organismo requiere mucho tiempo para combatirlo… y dura mucho. Pronto morirán personas que conozcas».

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

La Jornada, México

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