El Fondo y la deuda que escritura la vida

Por Silvana Melo

(APe).- Casi quince millones de niños, niñas y adolescentes de 0 a 19 años afrontan un futuro chiquito, recortado, devaluado de sueños, mutilado en su génesis transformadora. Nacidos en una tierra promisoria, de trigos de oro y chocolate caliente, seis y medio de cada diez crecen en la pobreza y el hambre, en hacinamiento y sin recursos para planificar una vida de trabajo y dignidad. Al cuello tienen, estas niñas y estos niños, estos pibes y pibas, un collar de plomo que el sistema les colgó para que nunca asomen, para que nunca crezcan: la deuda que el macrismo tomó hace tres años, que es la más grande de la historia, la deuda que hipoteca la vida y la muerte de generaciones, la deuda que hoy, sin coraje ni ideales, los sucesores se aprestan a asumir y a honrar.

Ayer llegaron al país, como mimo caritativo del Fondo Monetario Internacional, 4.355 millones de dólares que cayeron en el Banco Central. Se trata de Derechos Especiales de Giro (DEG) que el FMI decidió enviar a los países más castigados por la pandemia, para que puedan comenzar a asomar de crisis dramáticas como la que vive la Argentina. Pero en estas tierras esa suma enorme, impensable para los sueños del hormiguero popular que vive, bufa y suda por debajo de las alfombras del poder, en estas tierras esa descomunal pila de dólares no se destinará a viviendas para que no haya que vivir en la calle ni alzar carpas bajo una autopista ni soñar con tierras propias en una toma con destino seguro de palo policial y desalojo. En estas tierras esa plata que cae al banco central como de milagro no irá a la salud pública deshilachada del día a día de los pobres, ni a la escuela languideciente desde la pre pandemia, ni a la panza maltratada de los niños alimentados a grasa, veneno y azúcar que es lo más barato en el país que se dijo alimentario por entraña.

Esos 4.355 millones de dólares que el FMI vuelca de su copa festiva para los parias del mundo, que entraron por la puerta grande del Central, saldrán más temprano que tarde por las puertas chicas de atrás para pagar los intereses de la deuda que hay que honrar, según los gobernantes bañados de moralidad que prefieren aplicar recetas de honestidad hacia acreedores que cobran deudas políticas y fraudulentas y no hacia un pueblo de 20 millones de pobres y 15 millones de niños que esperan, alguna vez, un futuro que amanezca.

La deuda que el macrismo hoy niega en campaña se apropió del futuro de generaciones. Y, después de la elección de noviembre, habrá la realidad: serán los acuerdos con el Fondo para decidir qué humillación y qué ajuste brutal se acepta con las manos atadas por responsabilidad propia. Decidir, en síntesis, con qué herramientas se claudicará y se empeñará con hipotecas imperecederas la vida de las gentes.

Los 4355 millones de dólares que entraron mágicamente ayer al país se irán sin siquiera hacer sombra en el hambre de millones. Después vendrá el acuerdo. Y los inviernos serán más crudos en este lado del mundo.

El macrismo gobernó para los suyos, en un capitalismo atroz y de elegidos; bajó los impuestos a los ricos y cubrió el déficit con la deuda que la sociedad de fomento, como casi casi define al FMI, le prestó para que fuera reelecto. No lo logró. Pero dejó una cruz que arrastrarán los 15 millones de niñas, niños, pibes y pibas que no tienen ni siquiera un terrón de azúcar que les engañe un porvenir menos marchito. Los que vinieron después hablaron de investigar la deuda, de «no arrodillarnos ante el Fondo». Pero el Ministro termina pidiendo rebaja en la sobretasa de interés a pagar ahora en lugar de pedir rebaja en la deuda.

O decidir no pagarla en un rapto de soberanía que disponga prioridades donde deben estar: en el hormiguero popular que vive, bufa y suda por debajo de las alfombras del poder. En las mayorías que sólo se ven cuando cortan el Puente Pueyrredón con las banderas de la impotencia.

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