El fusilamiento de Dorrego

Por Hernán Brienza

Imagen: Rodolfo Campodónico, fusilamiento de Dorrego, mural en la Municipalidad de Trenque Lauquen (1998).

13 de diciembre de 1828.

… Lavalle, ese general de pocas luces, esa espada sin cabeza, ese cóndor ciego, ya no duda. Embriagado por la promesa de la gloria —promesa de la cual desconfía y por eso su gesto taciturno en la sala de la estancia Almeyra— toma la decisión de fusilar a Dorrego. De esa manera, el granadero de los Andes, el que hizo callar a Bolívar, el que hizo temblar a los imperiales en Ituzaingó, deviene en poco más que un mero asesino.

A lo lejos, Lavalle oye un grito. Es la voz de Dorrego que sentado en la escalinata del carruaje oye la orden de la boca de Elías. Automáticamente, se golpea la frente con la palma de la mano y estalla en un «¡Santo Dios! ¡Santo Dios!».

Con los ojos asaltados por las lágrimas, Manuel le pide a Elías que llame al sacerdote Castañer y a su compadre Lamadrid para que lo socorran en esos últimos minutos de vida que le quedan. Pálido, desvaído, con los ojos vidriados por la impotencia y la tristeza de saber que en un par de minutos nada más desaparecerá de la tierra, que ya nada más quedará de él, que perderá absoluta e irremediablemente todo, mira a los ojos de su interlocutor y ensaya una resignada protesta:

—Compadre, se me acaba de dar orden de prepararme a morir dentro de dos horas. A un desertor al frente del enemigo, a un bandido se le da más término y no se lo condena sin oírlo y sin permitirle su defensa. ¿Dónde estamos? ¿Quién ha dado esa facultad a un general sublevado? Proporcióneme usted, compadre, papel y tintero, y hágase de mí lo que se quiera… ¡pero cuidado con las consecuencias!

Son las dos y diez de la tarde cuando pide papel y lápiz para escribir sus últimas cartas, que retratan perfectamente la hidalguía de ese hombre que, aun en los momentos límite no pierde la nobleza. Sentado en su carruaje, Manuel escribe una primera carta a Estanislao López: «Mi apreciado amigo, en este momento me intiman a morir dentro de una hora. Ignoro la causa de mi muerte; pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese usted por mi parte todo preparativo, y que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre. Su afectísimo amigo. Manuel Dorrego».

Luego de poner en orden la causa política, Manuel decide escribir sus cartas íntimas, escuetas pero con la ternura de un hombre sentenciado que sabe que nunca más verá a las mujeres que ama. La primera va dirigida a su esposa y dice: «Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; mas la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: Educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía de tu desgraciado Manuel Dorrego. Mi vida: Mándame hacer funerales y que sean sin fausto. Otra prueba de que he muerto en la religión de mis padres».

Acto seguido, le escribe a sus hijas: «Mi querida Angelita: Te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado padre» y «Mi querida Isabel: Te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre». Finalmente, escribe otras dos cartas a su amigo Miguel J. Azcuénaga y a su sobrino Fortunato Miró, a quien le encarga que disponga de sus bienes materiales y organice sus negocios particulares para la herencia.

Una vez terminadas de escribir las cartas, Manuel se quita con lentitud la chaqueta bordada con trencilla y muletillas de seda que lleva puesta, se la da a Lamadrid y le dice:

—Esta chaqueta se la presentará con la carta a mi Ángela, de mi parte, para que la conserve en memoria de su desgraciado esposo.

—Y acto seguido se quita los tiradores y agrega—: Estos, déselos a mi hija mayor y el anillo a la menor.

Un silencio lúgubre envuelve a los dos hombres. Hasta que Manuel lo hace astillas con su voz quebrada:

—¿Tiene usted, compadre, una chaqueta para morir con ella?

—No tengo otra chaqueta que la puesta, me cambio y se la traigo —contesta Lamadrid, que sale corriendo a quitársela y ponerse una casaca. Cuando vuelve le entrega la chaqueta y Manuel lo mira extrañado:

—¿Qué pasa, compadre, que usted no se pone mi casaca?

—Es que la he guardado…

—Hágame ese favor, vaya usted a buscarla y póngasela…

Lamadrid da media vuelta y rumbea para su cuarto a buscar la casaca de Manuel, mientras Dorrego se confiesa ante el padre Castañer, su primo. Luego de quedar reconciliado, ve cómo su compadre se acerca al carro con su prenda puesta.

Extraño pedido el de Manuel, es cierto. Pero constituye todo un símbolo político. El asesinado pide la chaqueta de uno de sus asesinos y le solicita, a su vez, que se ponga la suya. Como si se tratara de un cambio de roles o de una cofradía en la muerte. De una complicidad en la que víctima y victimario son igualados, hermanados para siempre. La chaqueta unitaria quedará manchada con sangre federal. Acaso, la mejor metáfora en ciento cincuenta años de guerra civil que se haya dado en estas tierras. Y la prenda federal será usada por un unitario: el mejor símbolo del violento drama argentino.

Cerca de las dos y media de la tarde, Manuel, en su carro, le pide a Lamadrid que lo acompañe hasta el patíbulo. Pero el oficial unitario se niega y estalla en llantos incontenibles. Niega con la cabeza. Dorrego siente que flojea, sus ojos se anegan de lágrimas y pregunta:

—¿Por qué, compadre? ¿Tiene usted a menos el salir conmigo? Hágame el favor que quiero darle un abrazo al morir…

—No puedo, no puedo, no tengo valor, compadre —suplica Lamadrid con la cara desencajada por el dolor y las lágrimas—. De ninguna manera tendría yo a menos el salir con usted. Pero el valor me falta y no tengo corazón para acompañarlo en ese trance. Abracémonos aquí y Dios le dé resignación.

Lamadrid baja del carro y huye hacia sus aposentos, mientras Manuel desciende tomado de los brazos del sacerdote. Un centenar de metros lo separan de su patíbulo. Y hacia allí va contando uno a uno los pasos de vida que le quedan.

Manuel se detiene frente al pelotón de fusilamiento y mira uno por uno a sus ejecutores. Hasta que un pañuelo amarillo lo ciega.

Poco queda ya.

El capitán Páez da la orden de fuego.

Suena la descarga fatídica.

Manuel gime y cae de rodillas.

Lavalle aprieta los dientes y cierra los ojos.

Lamadrid llora la muerte de su compadre.

Manuel se revuelca en el suelo. El plomo quema su cuerpo. Un dolor ya conocido le anuncia que la muerte le muerde el pecho. Piensa en su madre. Piensa en su padre, sus hermanos, su mujer, sus hijas. Piensa en el sinsentido de la vida. Y en el absurdo de la muerte. Hasta que el dolor ya no lo deja pensar. Un soldado se acerca con un machete y corta el cuello de Manuel. Lavalle mira a Elías y le dice: «Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable». Pero no es él la víctima de ese holocausto. Sobre la gramilla de Navarro yace ese cuerpo destrozado.

El General rubio reúne a sus oficiales y les anuncia: «Estoy cierto de que si yo hubiera llamado a todos los jefes a consejo para juzgar a Dorrego, todos habrían sido de la opinión que yo. Pero soy enemigo de comprometer a nadie, y lo he fusilado por mi orden. La posteridad me juzgará». Sus subordinados bajan la cabeza y se produce un áspero silencio.

El general Lavalle se sienta a una mesa y escribe a Díaz Vélez: «Señor Ministro. Participo al gobierno delegado, que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido morir o no; si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirme el pueblo de Buenos Aires, que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio».

Con sus manos blancas, le escribe a Brown repitiendo las palabras que había escuchado: «Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra, ya sólo la carta de Vuestra Excelencia puede hacerme trepidar un largo rato […] Yo, mi respetado General, en la posición que estoi no debo tener corazón. Vuestra excelencia siente por mí mismo, que los hombres valientes no pueden abrigar sentimientos innobles, y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exijen los intereses de un gran pueblo». Lavalle repite las palabras de Salvador María del Carril. Las repite para convencerse de su verdad.

En Buenos Aires, Del Carril, Agüero, los hermanos Varela y otros tantos unitarios festejan en las sombras y se ríen. Habían logrado sacar de en medio al líder popular con más visión política nacional y estrategia continental de esos primeros años de vida histórica. Habían logrado recuperar el poder que, según ellos, jamás deberían haber perdido y lo habían hecho de un golpe de mano, sin legitimidad ni legalidad. Habían logrado también que sus nombres quedaran en las sombras y que un hombre se alzara con toda la responsabilidad de los hechos: el general Juan Galo de Lavalle.

En el campo de Navarro, el 13 de diciembre de 1828, el cuerpo abierto de Manuel Dorrego se deshace sobre la gramilla con los ojos abiertos detrás del paño amarillo. Por quinta y última vez, su sangre tiñe de bermejo el suelo de su patria. Allí, junto a ese cadáver absurdo, yacen también los sueños de Mayo. Y la posibilidad de un país.

(Fragmento de «El loco Dorrego. El último revolucionario«, Hernán Brienza, 7º edición, Marea Editorial, 2011)

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