El hombre nuevo

Por Luis Bruschtein

El Che aventurero, el de las remeras, el galán heroico, el revolucionario, el guerrillero, el funcionario y el Che escritor. El Che se multiplica cada año dejando una estela de semidios surcando el cielo. El Che de las poesías, el de las batallas, el fraile misterioso de los encuentros con Perón, el jefe riguroso con sus subordinados, el médico blanco del Congo, el dentista desmelenado en Bolivia. El Che que tiene en la mira de su fusil a un soldadito boliviano y prefiere no disparar. El Che cadáver en La Higuera, la belleza de la muerte sobre la mesa de la morgue campesina. El Che sombra que se encarna en las luchas de los pueblos en todo el mundo. El Che del rugby y del asma, el del leprosario y el de la resistencia en Guatemala a la invasión norteamericana. Ninguno es la mentira del otro y entre todas esas caras se arma la del Che.

El Che era un revolucionario en la acción. Y dejó muchos escritos, algunos teóricos muy interesantes. En realidad, lo interesante es revisitar esos textos con la consciencia de esa doble condición del autor como político y como teórico.

Ese cruce le otorga a las ideas una intensidad de arma de demolición que no es tan fácil encontrar en el intelectual puro. Y al mismo tiempo es notoria la urgencia, el requerimiento apremiante de operar sobre la realidad en forma inmediata. Por eso casi no se incorpora el factor tiempo en esos desarrollos teóricos.

Y esa urgencia, lleva en sí la importancia que tiene que darle el protagonista a esas opciones que se toman en el camino, los debates y sacrificios que insumieron esas decisiones que influyen en la tentación de darles a cada una de ellas un carácter ideológico. Los escritos de Lenin tienen también esa marca de cruces permanentes de práctica política y teoría, de táctica y estrategia.

De la misma forma que Lenin hizo con el partido de vanguardia y el centralismo democrático, el Che convirtió en aspecto ideológico a la lucha armada, y sobre todo al foco guerrillero, como divisoria de aguas entre revolución y reformismo. Fue la faceta de su ideario que centró la atención durante los años ’60 y ’70 y que ahora muchos toman para descalificarlo.

Pero hay otros trabajos muy interesantes que por lo general son olvidados o dejados de lado. En toda la producción del Che hay una preocupación por un andarivel que va paralelo al de lo económico, que era excluyente en aquellos años en la producción de los teóricos marxistas.

En realidad es prácticamente el único de los autores de izquierda más leídos por la militancia de esos años que planteaba su preocupación en lo subjetivo, en los procesos culturales que transformaban esa subjetividad. No lo decía con esas palabras, pero la idea persistente del Hombre Nuevo está desplegada a lo largo de toda su vida como revolucionario.

Los clásicos marxistas planteaban que el valor de lo comunitario surgía de la inserción del proletariado en la producción. Pero esa relación no era tan mecánica ni inmediata y la revolución soviética debió cambiar muchos de sus presupuestos iniciales para organizar la economía e incorporar estímulos materiales individuales en la producción.

En Cuba el Che planteó un debate muy fuerte sobre los estímulos morales y materiales y fue un defensor de los primeros. En todo momento está presente esa idea de que si la subjetividad de las personas no cambiaba, no habría proceso revolucionario sustentable.

Mientras Estados Unidos armaba un gran shóping de lujo en Miami como propaganda y contracara de la revolución, el Che veía que el proceso revolucionario no podía competir con ese Walhala del súperconsumo.

Pensaba que el pueblo revolucionario tenía que ser motorizado por la aspiración de convertirse en mejor ser humano, más solidario, más estudioso y más útil a la sociedad, que por el paradigma de la capacidad de consumo o de convertirse en millonario. La discusión era más compleja porque intervenía en el sistema de producción, donde el Che impulsaba la desaparición del dinero. O, al menos, que apareciera recién en el último momento de la cadena de producción hasta que pudiera desaparecer en forma definitiva.

Detrás de esa idea impulsó masivamente el trabajo voluntario, por el cual cada trabajador ofrecía parte de su tiempo de trabajo a la sociedad. El Che perdió esas discusiones porque la revolución cubana necesitaba imperiosamente hacer eficiente su economía y esas ideas hubieran provocado al principio ralentizaciones y grandes pérdidas.

Pero Fidel, como el sintetizador de todos esos debates que se producían al calor revolucionario, nunca lo menospreció. Descartó algunos de los mecanismos que proponía, pero entendió la finalidad que buscaba, quizás porque sintonizaba con su pensamiento. Por eso, a pesar de que perdió ese debate, gran parte de la marca de identidad de la revolución cubana está en ese andarivel, paralelo a los tecnicismos económicos, que se centra en el corazón cultural de los pueblos.

Esa discusión que desvelaba al Che se ha convertido ahora en el eje del gran debate sobre el poder de los medios de comunicación, la disputa por el sentido común, la transformación cultural y lo que se definió como la “batalla de ideas”, nombre que le puso Fidel.

09/10/19 P/12

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