El hombre que creía haber nacido para presidente

A los 81 años falleció el expresidente Fernando de la Rúa

Abogado, senador, intendente y Jefe del Estado. Una carrera gris en la que no dejó marcas de autor pero sí decenas de muertos en manos de la represión.

Foto: archivo

«Yo voy a ser presidente de la Nación», decía tras la guerra de Malvinas el gris abogado cordobés Fernando de la Rúa cuando la dictadura cívico-militar agonizaba y los partidos políticos comenzaban a reestructurarse con miras a la reanudación democrática del país.

La insistencia y el lugar de veterano que entonces ostentaba en la UCR (venía de haber sido senador nacional entre 1973 y 1976) lo colocaron en 1983 como candidato presidencial en la interna que, finalmente, ganó Raúl Alfonsín por amplio margen y que sería el pasaporte directo del radicalismo a la Casa Rosada.

Durante las presidencias de Alfonsín y de Carlos Menem, De la Rúa representó el papel del radical serio, fatalmente aburrido en sus conceptos pero amable. Acompañó las políticas de su partido entre 1983 y 1989 (con las reservas del caso ante el Juicio a las Juntas) y, ya con el peronismo en el poder, fue un férreo crítico de la corrupción menemista, al punto de instalarse con la ayuda de algunos medios como canon de honestidad y pulcritud.

Su trabajo para la ciudad de Buenos Aires, sumado a la fiesta del defalco a cargo de la intendencia de Carlos Grosso y los posteriores desbandes de las gestiones de Saúl Bouer y Jorge «Topadora» Dominguez, le allanaron el camino a «Chupete» para llegar a ser en 1996, tras la reforma Constitucional de 1994, el primer Jefe de Gobierno porteño elegido por el voto popular.

Al frente de la Capital Federal tuvo una gestión alineada con la centroderecha local pero también orientada a cierta mirada joven de la mano de funcionarios que llegaban de la Franja Morada, entre ellos Darío Lopérfido y Hernán Lombardi (en aquel momento algo así como el ala progre de la UCR), quienes armaron una movida cultural que incluyó los hoy arraigados festivales de cine, teatro y tango, además de masivos recitales populares en las calles.

El modo avión de su jefatura comunal, su perfil de honesto hombre de familia, las múltiples denuncias por corrupción contra el menemismo y la crisis económica que ya se mostraba como imparable, derivaron en el triunfo de la Alianza que formaron la UCR, los ex PJ del Frepaso y el Partido Socialista. Ahí finalmente logró lo que había prometido 16 años antes. En fórmula con Carlos «Chacho» Álvarez, Fernando de la Rúa llegó a la Casa Rosada para protagonizar uno de los dislates más sonoros de la política argentina del siglo XX.

Desocupación, números en rojo en todos los frentes, represión creciente, pobreza galopante, compra de voluntades en el Congreso y el golpe mortal que significó la explosiva renuncia del «Chacho» a la vicepresidencia derivaron en la debacle del 19 y 20 de diciembre de 2001, apenas dos años después de la asunción presidencial. Con decenas de muertos en calles tomadas por una Policía desatada, De la Rúa renunció a su cargo y abrió una de las etapas políticas más críticas de la historia del país.

Tras su salida de la Casa Rosada, la vida de De la Rúa se resumió en cuidar las plantas de su casa y visitar los tribunales de vez en cuando para dar cuenta de su responsabilidad en la masacre con la que se despidió del poder. Hasta estos últimos días, en los que volvió a las letras de molde y los titulares por su corazón que poco antes de su renuncia de 2001 ya estaba afectado y que lo mantuvo a raya durante los últimos lustros.

Su final fue, en cierta medida, una representación con ribetes casi tan trágicos y paulatinos como los de sus últimos días en el Poder Ejecutivo, como escenas que se van fundiendo a negro en una mala película, triste, solitaria, final.

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