El hombre que no amé

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Nicolás Correa*

A los quince años me pregunté si me gustaban los hombres.

No fue sencillo, nada es sencillo en la vida, eso es fácil saberlo. Me lo pregunté una noche, casi sin querer, escuchando Crazy, y me di cuenta que estaba pensando demasiado en el otro nueve.

Ya ni recuerdo cómo se llamaba y tampoco recuerdo cómo fue que llegué a pensar que me gustaba, sólo sé que se me apareció varias veces en la cabeza y lo vi correr, con la nueve en la espalda, y sin querer mi vista iba descubriéndolo con timidez, casi con miedo. Era morocho y tenía el pelo largo, rasgos gruesos. Sus piernas largas tenían pelos que se volvían imperceptibles a simple vista y sólo se los había podido distinguir con la luz del sol. Cuando entrábamos al vestuario evitaba bañarme delante de él, me producía una sensación extraña que nunca pude identificar, era una electricidad que me recorría los brazos, las manos y no encontraba palabras para definirla. Una vez escuché que la abuela, mientras mirábamos una película de muertos vivos, dijo que los zombis vivían en una zona indefinida entre la vida y la muerte, la abuela nunca decía nada interesante, pero esa vez le pregunté si el abuelo se iría al mismo lugar, respondió que el abuelo no iba a resucitar, y pudo ponerle algunas palabras a lo que me pasaba cuando lo veía.

Quince años. También pensaba en Sandra, en sus tetas. La imaginaba caminando por alguna calle de Tierra del Fuego, donde vivía su hermana con la familia, y también su novio, mayor que nosotros. El tipo tenía como treinta años. Cada vez que se iba me decía que su corazón se quedaba acá, conmigo, y que sabía que era más duro para el que se quedaba, yo le creía.

Entonces llegó ese verano, Sandra en sus pagos, lejísimo del barrio y yo haciendo la pretemporada. Me levantaba todos los días a las seis, desayunaba con mi papá, que iba a trabajar a la fábrica, y salía medio dormido a tomar el bondi. El ciento sesenta y tres de las seis y treinta y cinco le ponía una hora y media, bajaba donde terminaba y caminaba nueve cuadras hasta la cancha de San Miguel. Yo todavía no conocía a nadie en el club, porque había llegado del Deportivo Morón hacía cinco meses y sólo había tenido la posibilidad de jugar un par de amistosos, casi no era tenido en cuenta por el entrenador, el otro nueve me opacaba por completo. Brillaba su cara, brillaba su piel, brillaban sus piernas. La pretemporada era el momento para que el grupo me conociera y para que Moreno me diera una oportunidad en el plantel.

Tipo nueve ya estábamos corriendo como unos animales. Tres pelotones en orden, los cuerpos se achicharraban bajo el sol. Yo no hablaba con nadie, excepto algunos chicos que a veces me encontraba de camino al club. Fue un verano muy caluroso, algunos se desmayaban en el medio del entrenamiento, y a veces eran tan duras las jornadas que terminábamos vomitando, insolados o con llagas en la piel. La exigencia era altísima, todos nos esforzábamos al máximo para estar bien afilados. Se corría el rumor de que primera iba a entrenar con nosotros y aunque ninguno del grupo lo decía, nos matábamos para estar entre los once titulares, o al menos, entre los citados, se notaba en nuestros ojos el hambre que escondíamos a los demás.

El final de los entrenamientos era un alivio, como el viento que corría en pleno verano, un viento caliente, medio mentiroso, a la sombra de un mediodía sofocante. Volvía con el mismo colectivo que me llevaba y llegaba a casa como a las cinco y media. Dejaba la ropa sucia para lavar, ponía el bolso y los botines a tomar aire. A eso de las seis me sentaba con papá y mamá a darle al mate en el fondo de casa, a la sombra del ciruelo, que el abuelo decía que estaba podrido por dentro, y mamá le retrucaba que cómo iba a estar podrido si seguía dando ciruelas, tenía unas flores blancas y todo.

Papá en ese verano estuvo con miedo. Dormía mal. Se levantaba a mitad de la noche y le decía a mamá que le trajera agua, a él nunca le pasaba eso. El tema de la posible convocatoria de acreedores lo tenía espantado. Le habían asegurado que no tocarían a ninguno de los antiguos, pero él sospechaba algo. Mamá le decía que el gallego no los iba a poner de culo en la calle, si habían trabajado como burros durante veinticinco años, desde que la fábrica era un galpón con tres tornos hasta eso en que se habían convertido.

Siempre me preguntaba qué onda los entrenamientos, si me había podido mostrar, y también si había pensado qué iba a estudiar. Yo le decía cualquier cosa, que pensaba seguir el profesorado de Educación Física y estudiar un idioma: italiano, por ahí. Asentía y chupaba de la bombilla, mientras mamá le pedía que se secara la transpiración de la frente y después, a mí, que tenía que hacer lo que me hiciera feliz.

Yo no tenía idea de nada. Los miraba a los dos y afirmaba con la cabeza.

Lo que me pregunté el día que escuchaba Crazy fue muy simple: ¿te gusta?

Y jamás le confesé a nadie mi pregunta, ni siquiera a mi primera novia, y eso que le había confesado todo lo que se puede confesar en un momento de inocencia y juventud. Me lo pregunté así como así, sin saber qué responder, estaba Sandra dando vueltas en mi cabeza, sus tetas, no sé.

Una mañana Moreno nos avisó que íbamos a entrenar con primera al día siguiente. Agarró un papel y en voz alta, cavernosa y cansina, nombró muchísimos apellidos que no recuerdo, y entre esos nombró el mío. Nos pidió a los citados que nos pusiéramos a su izquierda, porque íbamos a entrenar diferenciados. En el momento en que se producía la división, a mí me pareció que el mundo se dividía en dos, de alguna manera, estar en esa lista era todo lo que podía necesitar para ser feliz, formaba parte de una elite que nada tenía que ver con el resto, y pude verlo en los ojos de los otros citados, ahora mirábamos todo desde un lugar distinto. habíamos llegado a una especie de cima donde nadie nos podía tocar, y no era una cima frágil, una torre de cristal o algo así, cada uno de nosotros era capaz de entregarse a la lucha más encarnizada para no caer de ahí, era una cima llena de vida, sacrificio y juventud. Rápido busqué sus ojos entre ese recorte humano que Moreno había hecho, y los encontré: estaba haciendo jueguitos, encarando el arco con el formoseño, que jugaba de cinco y me acuerdo de él porque era de Pirané, igual que el abuelo, y se llamaba Valdez. Papá había decidido enterrar a Saturnino, así se llamaba mi abuelo, en su pueblo, y como si fuera hoy, recuerdo aquel agosto del noventa y cinco, le llevó uno de mis trofeos y otro de mi hermano. El viejo siempre decía que me iba a llevar a Boca porque tenía unos contactos fuertes.

Valdez le devolvía la pelota y él seguía haciendo jueguitos. Entrenamos con primera varias veces, cuatro o cinco, pero nunca me acerqué a él. Lo máximo fue una vez que quedamos solos en el vestuario, porque a todos los delanteros nos habían hecho quedar hasta después de hora pateando penales, éramos cinco, y ahí descubrí que nos disputábamos el mismo puesto. Los otros se fueron y vi cómo guardaba cada cosa de manera ordenada. Estaba en calzoncillos, el pelo mojado le caía sobre la espalda fibrosa, era de huesos grandes, se notaba a simple vista. Todavía no me había cambiado, me secaba y lo miraba de reojo. Creo que no quería aceptar que lo miraba. Puso las medias sucias dentro de una bolsita, enrolló las vendas y las metió adentro de los botines, a los que antes les había echado talco. Después sacó una bolsa más grande y puso los botines y la bolsita. Dobló la ropa sucia y la puso a un costado del bolso. Terminó de cambiarse y antes de salir me dijo: “Chau, hasta mañana”, sin darse vuelta. Le respondí a medias: “Ta ma- ñanaԅ

Yo pensaba que él tenía más probabilidades de jugar de titular, porque si bien era alto, como yo, tenía piernas largas y su contextura física era fibrosa. Yo siempre fui morrudo, como comentaba mamá cuando era chiquito y evitaba decirme gordo para no herirme, y era un poco más lento, como decía el tano, mi entrenador de Veintiuno de Agosto, era más pillo. Tenía más potrero encima. Ese día volví alegre a casa, en realidad era una alegría extraña que no podía explicar con palabras, más bien era una sensación que me pasaba en el cuerpo, tenía una especie de cosquilleo en las manos, como si la sangre estuviera revolucionada. Fui pensando todo el camino en cualquier cosa, y aunque Sandra no había vuelto al barrio, me pareció que no estaba tan enamorado de ella como creía, es más, podía quedarse con el tipo de treinta, había otras mujeres para mí. Como decía papá, el mundo estaba lleno de mujeres para un pibe.

Antes de llegar a casa fui a la esquina. Demi y el botija a la sombra del paraíso. hacía como dos meses que no pasaba y me quedaba un rato, llegaba muerto de entrenar y lo único que podía hacer era dormir, hacerme la paja con las tetas de Sandra o mirar alguna película. Me cargaron un rato, que la estrella no viene más con su amigos del barrio, pero me supe aguantar sin decir una palabra. Me preguntaron por Sandra, y no se dejó esperar el comentario de sus increíbles pechugas, terribles pechos, y la turca que te debés hacer con la Sandra, y antes de que pudiera responder en su defensa pasó el aparatudo corriendo hacia el arroyo.

El botija le preguntó qué pasó y el otro le dijo que iban a lo del Vega. La hermana lo había llamado porque la estaban pasando mal. Salió corriendo y nosotros detrás de él. Encaramos los cuatro al arroyo y vimos que seis chicos estaban cagando a cascotazos la casa. Desde el puente le tiraban con el barro seco que se formaba en la calle de tierra, que al chocar con las paredes se deshacía y estallaba en cualquier dirección. una y otra vez tiraban contra la casa, de adentro se escuchaba que la hermana del Vega gritaba. Yo pensé en él, habíamos ido juntos al jardín y a la primaria, también jugaba en Veintiuno de Agosto, era arquero. En el barrio era famoso porque le gustaba pelear, aunque una vez mi hermano le rompió la cabeza cuando lo empujó contra el canasto de basura y el Vega ni siquiera lloró, se reía mientras se miraba la sangre en la mano. El aparatudo se acercó a uno de los pibes y le preguntó qué pasaba, pero no tuvo respuesta por- que el otro estaba concentrado sacando una piedra que estaba clavada en el barro. Varios vecinos habían salido a mirar, pero no se atrevían a acercarse. Me senté en el puente, no podía hacer nada para impedir que siguieran tirando contra la casa. Entonces escuché que el botija preguntó qué había pasado, el chico se detuvo, giró:

–El Vega le quiso chupar la pija al gordo Gustavo.

No dijo más nada, siguió tirando piedras igual que los otros, y enseguida Demi se unió a ellos.

Volví a casa antes que los demás. Fue difícil sacarme de la cabeza la imagen. Por algún motivo me acordé de la tarde en que estábamos jugando a las escondidas cerca de la Virgencita de los muertos, que brillaba de noche porque la llenaban de velas; el Vega, Demi, el aparatudo, mi hermano y yo. El aparatudo se apoyó contra la pared y empezó a contar. Mi hermano se metió atrás del pilar de la gorda puta, yo, en cambio, decidí meterme en la cabina del camión de Formiga, el viejo siempre estaba borracho y lo dejaba abierto casi siempre. La ventana del camión me dejaba ver cada movimiento del aparatudo y el asiento trasero me escondía de él. Fue entonces que escuché ruidos en la cúpula. Miré por la ventanita y vi que la luz débil del poste reflejaba dos figuras. Las dos me daban la espalda, una de ellas de cara a la puerta del camión, la otra pegada, se sacudían despacio y se escuchaba una respiración agitada, los movimientos eran confusos y torpes. Tenían puesto los pantalones, sin embargo se entregaban a ese acto como si lo hicieran de cuerpo y alma. Cuando la luz me dejo ver, me esforcé por entender que eran el Vega y Demi, y lo hice cuando pude ver que el Vega entre abría la puerta para ver si había alguien cerca. Después vi que le frotó la pija al Demi por arriba del pantalón, el otro no dijo nada, ni se movió, el reflejo de la luz apenas me dejaba ver su cara. Busqué al aparatudo y escuché que gritaba desde la esquina que así no jugaba más, salí despacio, evité cerrar la puerta para no ser descubierto, y corrí hasta la pared. Sentí una intriga terrible por saber qué pasaba adentro del camión, mi mente estaba con ellos, viendo sus manos, sus movimientos, el roce de los pantalones manchados con pasto. El viento helado me pegó en la cara, sentí que alguien llegaba corriendo y al darme vuelta vi que mi hermano enfilaba también hacia la pared. Por eso siempre recuerdo las piedras chocando contra la casa, el barro explotando en las paredes y manchando de negro en cada golpe. Desde aquel día hubo un tipo de feli- cidad que no volví a conocer.

Mamá me miró y preguntó qué pasaba, le conté, pero cambié las cosas, le dije que le cascoteaban el rancho por haberle pegado a un pibe más chico. Papá negó con la cabeza y le comentó a mamá que ese chico siempre igual.

Al otro día me levanté y le dije a papá que no quería seguir jugando. Se atragantó con el mate, me miró y preguntó si estaba seguro de lo que le decía. Asentí. Dijo que si era lo que quería hacer, estaba bien. Agarró el bolso y se fue.

Ya estaba terminando el verano, el día era un poco más corto, el chillido de la chicharra casi no se oía, aunque los grillos seguían cantando de noche, las cosas volvían a empezar para nosotros, excepto para papá. Lo habían echado de la fábrica y se había puesto a trabajar de noche en un remís: yo también tendría que haber saqueado al chino, y ahora no nos cagaríamos de hambre, flaca, le decía a mamá, sentados en la cocina, mientras tomaban mate.

Esa fue la noche que me puse a escuchar música y cuando llegó Crazy me acordé del otro nueve. una y otra vez puse la canción, la repetí mil veces. La voz se reproducía en el eco de la casa. Me pasó que mientras pensaba en él, yo mismo me imponía a Sandra, y trataba de buscar el momento en que por primera vez le toqué las tetas. Sin embargo, a pesar del recuerdo del tacto de sus pechos, algo me seguía pasando en el cuerpo cuando pensaba en él. Me daban ganas de apretar la pija contra algo, entonces me froté por arriba del pantalón hasta que imaginé a los zombis caminando en esa zona indefinida entre la vida y la muerte.

* Nicolás Correa nació en Morón, Provincia de Buenos Aires, en 1983. Tiene editados los libros Made in china (2007), Engranajes de sangre (Milena Caserola, 2008), Súcubo (WuWei, 2013), Íncubo (WuWei, 2015) El camino de la siesta (La bola editora, 2015), Rosa Gamarra (Ministerio de Cultura de la Nación, 2015), entre otros. Participó en varias antologías y revistas.

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