El inexorable correr del tiempo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Yiyun Li

Foto: The Guardian

Habían jurado que serían hermanas del alma en el patio trasero de Ailin hacía cincuenta años, y Ailin era la mayor de las tres y a la que se le había ocurrido la idea. Tenían doce años, a punto de cumplir trece, sus cuerpos apenas empezaban a llenar las chaquetas Mao de color gris que habían heredado de sus madres. Por aquel entonces, hacerse hermanas del alma, igual que muchas otras tradiciones, había quedado tildado de nocivo legado feudal, y tuvieron que sobornar a la hija de un vecino para que se llevara a los hermanos pequeños de Ailin al mercado a comprar cañas de azúcar para que las tres niñas pudieran saberse libres de miradas indiscretas: los pequeños tardarían un buen rato en mascar las cañas de azúcar de punta a punta. Mei había robado un poco de licor de batata del armario de su padre, y cada una dio un sorbo de la fuerte bebida antes de verter un poco en el suelo. «Que el cielo y la tierra sean testigos del comienzo del resto de nuestras vidas», leyó Ailin, una promesa que había adaptado de viejas novelas en las que hombres y mujeres elegían a sus hermanos del alma más allá del vínculo de la sangre misma, y Mei y Lan repitieron, igual que Ailin, que ellas, en adelante hermanas del alma, permanecerían unidas en lo bueno y en lo malo hasta el día en que abandonaran juntas el mundo terrenal.

Después fueron al único fotógrafo de la localidad para hacerse una foto. Iban vestidas con sus mejores ropas: blusas de un blanco luna con lazos del mismo color atados en la punta de sus trenzas y pantalones con estampados florales de colores suaves. El fotógrafo, un soltero de casi cuarenta años, vio a las tres niñas soltar risitas de emoción mientras colocaba los focos, y en sus rostros vislumbró algo que ellas hubieran sido incapaces de comprender en ese momento y que lo conmovió. En las copias finales escribió con trazo fino un verso de un antiguo poema: «Tan inocentes como brotes nuevos, no sabían que el tiempo corre inexorable como un río». Molestas pero sin atreverse a enfrentarse al fotógrafo, las niñas fingieron no reparar en aquella apostilla en su juramento fraternal.

Nueve años después, el fotógrafo, con sus cámaras de fabricación alemana como prueba de que era un espía capitalista, fue el primero de la localidad en morir de una paliza a manos de jóvenes Guardias Rojos. Por aquel entonces, tanto Mei como Lan esperaban ambas su primer hijo, y Ailin, presionada por los progresos de las otras dos, se apresuró a casarse con un hombre al que apenas conocía y del que tardaría años en enamorarse. No era el primer hombre que le había presentado la casamentera, tampoco su familia era la que podía permitirse mejores regalos nupciales, pero ya lo decía el viejo refrán: «El que llega en momento oportuno, hasta a los más madrugadores adelanta».

La mañana de la boda, mientras sus dos hermanas del alma la ayudaban a maquillarse, Ailin se acordó, para su sorpresa, de cómo los largos y amables dedos del fotógrafo le habían tocado la barbilla cuando le recolocaba el ángulo del rostro, años atrás. Si cerraba los ojos, casi podía sentir el fugaz frescor al verse protegida de la brillante luz de los focos, grandes y pequeños, por los brazos alzados del hombre. ¿Os acordáis de lo que escribió el fotógrafo en nuestro retrato?, preguntó Ailin, y entonces dijo que era muy cierto que el tiempo corría de manera inexorable cuando una menos lo esperaba. Mei y Lan, radiantes las dos con su próxima maternidad, se rieron de Ailin por ser tan sentimental. Tú espera hasta esta misma noche para descubrir lo que no sabes de la vida, dijo Mei, siempre la más directa, sin bajar la voz; Lan se sonrojó, pero enseguida la secundó con una tímida sonrisa, y Ailin se sintió cohibida por un vacío amenazador del que sus dos hermanas del alma no parecían ser conscientes.

La fotografía quedó enterrada junto a unas cuantas prendas de soltera en un baúl que rara vez había abierto en su vida de casada, y cuando salió de nuevo a la luz no fue Ailin quien la recuperó, sino Ying, su nieta, de catorce años, que había regresado de Lisboa para pasar con ella las vacaciones de verano. ¿Quiénes eran estas niñas?, le preguntó Ying a su abuela mientras dejaba a un lado la fotografía y se probaba una blusa del baúl. La seda de un blanco luna había cogido un tono amarillento, igual que la gastada fotografía de cincuenta años atrás, pero la niña parecía impresionada al ver cómo le quedaba la anticuada blusa. Se peinó la melena teñida de rubio rojizo con la raya en medio y luego se hizo dos trenzas, pero la permanente le había dejado el pelo rebelde y, tras algunos intentos, desistió y se concentró en un peine de concha al que le faltaban algunas púas.

Habían sido las mejores amigas del mundo, las otras dos niñas y ella, dijo Ailin, pero no le explicó el ritual del juramento de hermanas del alma por miedo a que se riera de ella, lo cual sucedía a veces cuando le hablaba del pasado. Ying volvió a coger la fotografía y la miró con detenimiento.

–Son una monada –dijo, como quien habla de unos perritos.

Si su nieta había regresado en busca de historias, le contaría historias, pero sabía que aunque la niña actuaba con indiferencia cuando sus amigas de la infancia admiraban las fotografías que traía consigo y en las que salía posando en una ciudad exótica junto a edificios majestuosos, estatuas grandiosas y puertos azules con barcos blancos, Ying ya tenía demasiadas historias propias con las que cargar. Cinco años antes, tras la muerte del marido de Ailin, su único hijo había decidido emigrar a Portugal, y Ailin, consciente de que su opinión sería lo último que querrían de ella, le había dado el dinero que le había pedido sin poner ni un solo reparo. Ailin había pensado proponerles que le dejaran a su única hija para que ella la criara, pero Ying era la que más ganas tenía de marchar hacia una vida en el extranjero.
Era una gran ayuda en el restaurante, había explicado el hijo de Ailin al cabo de poco en una llamada telefónica, y resultó ser más útil aún porque enseguida aprendió el portugués y supo cómo enfrentarse a toda la burocracia y los funcionarios para que sus padres no tuvieran que hacerlo. Todos los veranos regresaba dos semanas a casa de Ailin por vacaciones, un premio por su contribución al próspero restaurante, pero aparte de presumir discretamente de su nueva vida ante amigos y vecinos, Ying también tenía que encargarse de comprar manteles y servilletas de artesanía, decorados con esos bordados por los que la provincia había sido famosa durante los últimos mil años y que seguían siendo baratos si sabía una a qué pueblo acudir.

Llevaban una buena vida y el negocio nunca había ido mejor, explicaba Ying todos los veranos, cada año con menos detalles, y Ailin aprendió a no pedir más de lo que le ofrecían. Si la niña quería contarle historias, Ailin era toda oídos, pero Ying estaba en una edad en la que la línea entre lo real y lo imaginario se difuminaba, y los relatos que ella creía impresionantes siempre aburrían a Ailin, aunque ella tenía mucho cuidado de no demostrarlo.

Hacia el final de la estancia de Ying, la niña llevó a casa una copia tamaño póster de la fotografía de Ailin con sus hermanas del alma. En la tienda la habían pasado por Photoshop para mejorarla, explicó Ying. Las tres niñas de la fotografía color sepia sonreían con aire soñador, como si un misterio compartido hubiese levantado una niebla que las separaba del resto del mundo. ¿Para qué la has hecho?, preguntó Ailin, y su nieta respondió que la fotografía formaría parte de la nueva decoración de una sección del restaurante separada del comedor principal. Colgarían también otras fotos que había recopilado, dijo Ying, viejos retratos que les había pedido a los padres de sus amigas y que la tienda tendría listas dentro de uno o dos días.

Ailin miró la fotografía. Estaba sentada en un banco de piedra, con las rodillas pegadas al cuerpo y sujetas con ambas manos, tal como le había dicho el fotógrafo. Mira un poco hacia arriba como si alguien te hubiese llamado, le había indicado, aunque no le había dicho quién. Mei y Lan estaban de pie detrás de ella, cada una con una mano posada en sus hombros y señalando con la otra hacia ese lugar al que se suponía que todas estaban mirando. Todo estaba preparado, y la escena de árboles de bambú con cascada del telón de fondo, deslucida ya incluso cincuenta años atrás, no era ahora reconocible más que, quizá, para los ojos de Ailin. Aun así, esos detalles olvidados hacía tanto regresaron a ella con la imagen ampliada: los extremos rizados de sus trenzas, algo quemados aunque resultara difícil verlo en la fotografía, eran el resultado de un rizado impaciente con un par de tenacillas calientes; las flores de jazmín que llevaban en el ojal eran del vecino de Mei, un niño de su edad con una sonrisa vergonzosa a quien le gustaba ofrecerle a Mei las flores recién abiertas del jardín de su madre, pero antes de que los aromáticos presentes pudieran resultar en una relación fructífera, el chico tuvo que mudarse cuando la madre, viuda, volvió a casarse con un hombre de otra provincia; a Lan, la más guapa de las tres, el fotógrafo tuvo que rogarle una y otra vez que no volviera la cara hacia un lado aunque, si se miraba con atención, podía detectarse la forma en que su rostro huía tímidamente del objetivo, y el fotógrafo había captado hábilmente su mirada justo antes de que ella la apartara.

–¿Cuánto cuesta hacer esto? –preguntó Ailin, señalando con el dedo el lienzo de la copia.

Ying le dio a Ailin una cifra que la dejó atónita, y Ailin comentó que, a pesar de la cantidad de dinero invertida, la fotografía incluso parecía más antigua de lo que era.

–Ése es el efecto que necesito.

–¿Has hablado con tus padres antes de hacerlo?

–¿Para qué? –dijo Ying–. Les encantará si les digo que es justo lo que han estado pidiendo los clientes. Además, dicen que el restaurante será mío un día, así que ¿por qué no puedo tomar ya esta decisión?

Ailin pensó en darle a su nieta una lección sobre el respeto que se les debía a los padres, pero Ying sólo habría puesto los ojos en blanco y se habría reído de sus costumbres anticuadas e inservibles.

–No entiendo por qué va a querer nadie mirar a unas niñas de hace siglos mientras comen en vuestro restaurante.

–Las tres estáis muy jóvenes y se os ve muy inocentes. Muy chinas.

–Está claro que no nos hicimos la fotografía para entretener a unos fulanos extranjeros –dijo Ailin, compungida.

–Pero no te importa, ¿verdad? –preguntó Ying–. Y a tus amigas… ¿se lo contarás? No quiero que vengan luego a pedirme dinero.

La niña era demasiado joven para preocuparse de esas cosas, pensó Ailin, entristecida por el hecho de que su nieta tuviera menos espacio y tiempo para soñar de los que la propia Ailin había tenido a esa edad. Respondió que no les contaría el secreto a sus amigas, pero Ying no parecía muy convencida.

–Es que a lo mejor se te olvida –dijo–. Ya sé cómo sois los viejos. Un día prometéis algo y al día siguiente esa promesa no significa nada porque no sabéis qué hacer con tanto tiempo y tenéis que contaros hasta el último detalles más insignificante.

–Nunca volveré a verlas.

–¿Están muertas?

No vivían en la localidad, aunque ninguna de las dos se había mudado muy lejos. Las distancias podían recorrerse sin dificultad con apenas dos horas de autobús, pero Ailin no había avisado a Mei ni a Lan del funeral de su marido. Ailin ya había pensado antes que pérdidas similares podían no haberle sido comunicadas tampoco a ella, aunque siempre había creído que, en caso de muerte de una de las tres, la noticia llegaría a las otras dos de algún modo. ¿Qué motivos tenía para estar tan absolutamente segura?, reflexionó entonces, y Ying, observando a Ailin con fría compasión, volvió a preguntarle si se le habían muerto las amigas. Seguro que seguían gozando aún de buena salud, contestó Ailin; sólo que ya nunca hablaban. Pero ¿por qué?, insistió Ying. Las circunstancias, repuso Ailin, y añadió que cincuenta años eran muchísimo tiempo para seguir en contacto.

A Ying no pareció satisfacerle esa respuesta.

–No dejas de ser amiga de alguien por las circunstancias –dijo.

Ella misma seguía estando en contacto con un par de amigas gracias a las llamadas por internet, las tarjetas de felicitación por sus cumpleaños y los días que pasaban juntas en vacaciones. Todos los veranos les compraba regalos a sus amigas con el dinero que ganaba, ropa y zapatos que, por lo que parecía, estaban de moda en Europa.
La vida estaba repleta de multitud de pequeñas preocupaciones que podían transformar una amistad en indiferencia: comidas que preparar, pañales que cambiar y lavar, suegros criticones y jefes a quienes apaciguar, enfermedades y agotamiento de los que recuperarse; y además de eso estaba lo que el fotógrafo había llamado «el inexorable correr del tiempo», pero Ying tenía razón en que a unas hermanas del alma no se las abandona porque sus circunstancias sufrieran pequeños cambios.

–Hace tiempo sucedió algo –explicó al final Ailin–. Les gasté una broma muy pesada, y ninguna de ellas quiso continuar siendo mi amiga.

–Las amistades a tres bandas pueden ser despiadadas e inestables –dijo Ying–. ¿Qué broma les gastaste?
–Las dos tuvieron a su primer hijo antes de que yo tuviera a tu padre: un niño y una niña, así que les propuse que concertaran un matrimonio entre los pequeños –dijo Ailin–. Lo dije como una broma.

–Y seguro que una de las familias se lo tomó más en serio que la otra. Fue una broma muy tonta, si te interesa mi opinión, pero aún más tonto es dejar de ser amigas por eso. Así que no te eches la culpa, abuela –dijo Ying. Ailin nunca había visto a su nieta actuar de una forma tan terminantemente protectora, pero a lo mejor era lo que se requería de ella cuando tenía que hablar tanto por sí misma como por sus padres–. «No habría problemas en el mundo de no ser por los tontos que cometen errores tontos» –añadió Ying.

Sólo que no lo había propuesto en broma, ni tampoco había sido recibido como tal. Los dos niños habían nacido con un día de diferencia, ambos tan hermosos como sus madres. Más niños llegarían a las tres familias, pero los dos primeros eran especiales. Sus madres eran hermanas del alma, y ¿qué destino podía haber mejor que un matrimonio? Así, los dos pequeños podrían continuar queriéndose más que como compañeros de juegos, más que como hermano y hermana. Tenía sentido cuando concertaron extraoficialmente el matrimonio entre los dos; y a Mei y a Lan les hacía más felices aún que fuese Ailin quien lo había propuesto… les preocupaba que se sintiera apartada, comprendió ésta, así que preparó con más entusiasmo que ninguna de las dos madres todo un banquete para la pequeña ceremonia. Ninguno de los tres maridos asistió a ella, todos trataron el tema con cierto desprecio burlón, como si fuese una inofensiva fantasía femenina. Los tres se llevaban bien, pero no habrían decidido ser amigos de no ser por sus mujeres; ninguno de ellos sabía nada del juramento de hermanas del alma.

–¿Qué sucedió? –preguntó Ying–. ¿Cambió de opinión una de las familias?

–Sucedió algo horrible –dijo Ailin–. El crío mató a la cría por accidente.

Ying ahogó un grito, pero el espanto se vio reemplazado al instante por la fascinación.

–¿Cuándo sucedió eso? ¿Por qué lo hizo? ¿Cuántos años tenían?

–No eran mucho mayores que tú –dijo Ailin, y enseguida lamentó haber hecho esa comparación–. Tenían dieciséis años. Habían salido de excursión al campo ellos dos solos y él la estranguló por accidente.

Ying profirió una exclamación en una lengua extranjera.

–No pudo ser un accidente. Podría haberla empujado a un río por accidente, pero ¿estrangularla? ¿Cómo puede suceder por accidente algo así?

Ailin sacudió la cabeza. No había hecho falta preguntarle mucho al chico. El hecho de que le hubiera rasgado la blusa hablaba por sí solo. Los dos jóvenes habían sabido durante toda su vida que existía un acuerdo de matrimonio; el chico se había hecho ilusiones, naturalmente, pero la chica se había resistido y le había arañado la cara y los brazos, a lo mejor por miedo a la rudeza imperiosa que lo había convertido en una criatura irreconocible.

–¿La violó?

La tranquilidad con que la niña pronunció esa palabra turbó a Ailin. A los catorce años, sus hermanas del alma y ella no sabían gran cosa de la crueldad que les reservaba la vida.

–No pretendía hacerle daño –dijo Ailin en defensa del chico. Siempre quiso a ese niño, que había sido un hermano mayor de lo más generoso con su propio hijo, seis años más pequeño; Ailin había sentido un alivio egoísta porque su hijo no fuese lo bastante mayor para comprender la situación cuando el escandaloso asesinato copó los periódicos locales.

–Pero la mató. Seguro que pasó lo de siempre: él quería sexo, ella no y él perdió el control –dijo Ying–. ¿Lo sentenciaron a muerte?

Ailin asintió con la cabeza.

–Cometió un error tonto, aunque quizá no lo bastante como para merecer la pena capital –dijo Ying–. Pero, claro, esto es China: una vida por otra.

Lo mismo había dicho Lan cuando Ailin le había suplicado que se apiadara del hijo de Mei. Una vida por otra, dijo Lan sin mirar a Ailin a los ojos; ¿por qué iba a pensar en darle una segunda oportunidad al chico cuando su hija ya no la tenía? Sin saber qué contestar, Ailin encendió un poco de incienso frente al retrato con marco negro de la chica y le rezó para que sus padres cambiaran de idea; en el retrato, la niña tenía los hermosos rasgos de Lan y su cohibida sonrisa, y Ailin se preguntó si no existiría otro chico del que ninguna de las tres sabía nada y si no sería él el responsable de la vehemente resistencia de la chica.

Mira lo que nos has hecho, le gritó Mei a Ailin frente al juzgado, después de que leyeran la sentencia. Mientras Mei le gritaba a Ailin a la cara, Lan, ganadora pero sin nada que compartir ya con sus hermanas del alma, pasó a toda prisa junto a ellas, desviando la mirada. Fue la última vez que Ailin las había visto. La noticia de que las dos familias se habían trasladado a otro lugar le llegó a través de su marido mucho después de que se hubieran marchado; luego el hombre se puso a juguetear torpemente con su hijo en el patio de atrás para que ella pudiera pasar un rato llorando sin que nadie la molestara.

Ying volvió a contemplar a las niñas de la fotografía y le pidió a Ailin que le señalara a la madre de la niña asesinada y a la del hijo asesino.

–Me pregunto cuál de tus amigas odia más a la otra –dijo.

–No se odian tanto como te imaginas –repuso Ailin. Diez años después, Ailin le había escrito a Lan una carta con la esperanza de recuperar el contacto y ella le había contestado diciendo que les debía un hijo a Mei y una hija a ella, y que no importaba qué excusa encontrara para defenderse, Ailin era la única de las tres que seguía en deuda con las otras dos–. Las dos me culparon a mí –terminó de explicar Ailin.

Ying contestó que era ridículo que las amigas de Ailin pensaran aquello, y que la propia Ailin tendría que estar loca para aceptar una responsabilidad que no le correspondía. Ailin sacudió la cabeza y no discutió con la niña, que, a pesar de haber acumulado más sabiduría de la que le correspondía a su edad, era demasiado joven para comprender que el odio, tanto como el amor, no procedía de la razón sino del impulso ciego de una fuerza que queda más allá de toda comprensión. Que Mei y Lan hubieran perdido a sus hijos no habría bastado para mantener vivo su odio. Concertar el matrimonio había sido idea de Ailin; había sido idea suya hacerse hermanas del alma, para empezar.
Ying parecía tener ganas de seguir discutiendo con Ailin, pero Ailin ya no estaba de humor para ofrecerle a la niña la ocasión de discutirle algo que no entendía. Si Ailin no se hubiese obstinado en aferrarse a su infancia para que ningún hombre pudiera reemplazar a sus dos hermanas del alma, bien podría haberse casado y tenido un hijo a la vez que Mei y Lan; bien podría haber sido el hijo de Ailin el que se hubiera prometido en matrimonio con la hija de Lan, y puede que el chico hubiese abocado a las tres familias a la tragedia, o puede que no, aunque la chica hubiese decidido romper el acuerdo. Puede que Ying no hubiese nacido, pero a lo mejor habría nacido otra niña en su lugar, con su nombre, que a lo mejor se habría contentado con vivir su vida en esa ciudad de provincias, pero ¿cómo iba a hacerle entender Ailin a la niña que todas las existencias que la rodeaban, por muy sólidas y razonables que parecieran, podrían ser otras si a Ailin no se le hubiera ocurrido soñar con un juramento de hermanas del alma para toda la vida aquella tarde de primavera de hacía cincuenta años?

Después de esperar un buen rato en vano, Ying pareció darse por vencida.

–Bueno, pues si te odian tanto como dices, más razón para colgar la fotografía y que las miren en mi restaurante sin que ellas lo sepan –dijo.

Y desde la pared podrían sonreír a los ojos indiferentes de extranjeros desconocidos, como si el tiempo se hubiese detenido en ese abarrotado estudio del fotógrafo cincuenta años atrás, pensó Ailin, y apartó la mirada del póster antes de que sus hermanas del alma pudiesen entrever sus ojos llorosos.

(De: Muchacho de oro, muchacha esmeralda, Galaxia Gutenberg, 2013. Traducción: Laura Martín de Dios)

 

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