El intruso

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Stephen Dixon*

Entro en el departamento. La están violando. Los dos están desnudos. Él encima de ella, pero sin penetrarla. Le aprieta un cuchillo contra la garganta. Digo: “Vamos, levántate”. Ella dice: “No, Tony”. Él dice: “Quédate quieto, amigo, y tu noviecita no saldrá lastimada”.

–He dicho que te levantes.

–Tony, no hagas nada. Me matará. Lo dice en serio.

–¿Quieres que mate a tu noviecita?

–No.

–¿Cómo te llamas? –le dice a ella.

–Della.

–Della no quiere que la maten –dice.

–Levántate y vístete y lárgate de aquí y no te denunciaremos.

–Primero voy a disfrutar y después veré si me voy o no.

–En ese caso, tendré que matarte –digo.

–Tony, no intentes nada. Deja que haga lo que quiera. No pasa nada.

–Esta chica usa bien la cabeza –dice–. Ahí voy. Tú no te muevas.

–Quédate ahí, Tony.

–Levántate –grito.

–Ábrete –le dice a ella.

Ella se abre.

–No hagas eso –le grito a él.

Apoya la punta del cuchillo en el costado de su cuello.

Ella dice: “Ay, duele”. Yo digo: “Déjala en paz. ¿Qué te ha hecho?”. Él dice: “Pues quédate en el lugar y no te vayas de la habitación o le rebano la garganta y después voy por ti”.

–No me importa lo que me hagas a mí.

–No te hagas el héroe, muchachote, que la chica muere si te acercas un paso más.

–Por favor, quédate donde estás –me dice ella.

–No puedo quedarme aquí mirando.

–Pues vuélvete.

–Mejor tú te das la vuelta –dice él–. Ya me está doliendo el cuello de tener que vigilarlo mientras lo hago contigo. –Se pone de pie.

–¿Qué quieres que haga? –dice ella.

–Tú arriba. –Él se acuesta de espaldas. Ella se pone encima de él.

–¿Y ahora? –dice ella.

–No hagas nada –digo.

–Cállate, Tony. Será cosa de un momento.

–Será estupendo –me dice él–. Y así puedo pasarla bien y mirarlo a él al mismo tiempo. Ahora métetelo –le dice a ella.

Ella lo intenta.

–Duele –dice.

–No me mientas.

–Pero me hace mal –dice ella. Me doy vuelta.

–No vayas a ninguna parte –me dice él. Voy al cuarto de al lado.

–Tony –dice ella–. Vuelve aquí o me mata. –Vuelvo. Miro. Hacen el amor. Él dice: “Rebota”. Ella rebota. “Más lento”. Ella lo hace. Me tapo los ojos con las manos. Oigo ruidos de los dos. Jadeos. Después él grita. Ella también. Creo que la ha lastimado. Miro. La estrecha contra su pecho, dejándola sin aire. Ella sigue encima de él. Él le apoya el cuchillo en la nuca. Tiene los ojos casi cerrados, pero aun así me mira. “Por ahora terminamos”, dice. Se sale. Ella dice: “¿Puedo levantarme?”.

–Levántate y límpiate y después volvemos –dice él–. Y tú quédate ahí –me dice–, o Della cae muerta. –Entran en el baño–. Démonos una ducha –le dice a ella–. Me gusta ducharme con una chica. Abre la canilla. –Ella abre la canilla–. Tibia. –Ella gira la llave y dice:

–Está tibia. –Él pone la mano debajo del agua.

–Un poco más caliente.

–Así está caliente –dice ella.

–¡Más caliente! –dice él. Ella gira la llave del agua caliente.

–Ahora está más caliente –dice ella. Él prueba el agua.

–Muy bien, metámonos debajo. –Se meten bajo la ducha–. Lávame –dice él–. Y tú quédate al lado de la puerta –me dice a mí. Me quedo al lado de la puerta. Ella lo lava–. Ahora ponte detrás de mí y frótame la espalda. –Ella le frota la espalda–. ¿Sin esponja? –dice él.

–¿Tenemos una, Tony? –dice ella.

–Ninguna limpia –digo.

–Con tus manos alcanza, entonces –le dice a ella–. Ahora lávame el pelo, pero sin meterme jabón en los ojos. –Ella le lava el pelo–. ¿Tienes champú?

–Sí –dice ella.

–Pero cuidado con los ojos.

Le enjabona el pelo con champú. Él se lo enjuaga.

–Lávamela. –Ella lo hace–. Ahora la tuya. –Ella se lava la entrepierna. Él sale–. Ahora abre la llave del agua fría al máximo y cierra la del agua caliente.

–No me gusta fría –dice ella.

–Al máximo. –Ella cierra la llave del agua caliente y abre la del agua fría. Está temblando. A él le encanta. Ella dice:

–Está demasiado fría. Ya no la aguanto.

–Sal rápido de la ducha –digo.

–Si lo hace, muere. Ahora, abre la caliente al máximo después de cerrar del todo la fría.

–No puedo. –Cierra el agua fría–. Me voy a quemar viva.

–Dije caliente.

–No, con la fría alcanza. –Ella sigue temblando.

–Si la obligas a abrir la caliente, salto y te mato –digo.

–Recuerda que tengo un cuchillo.

–Y yo, la pata de una mesa. –Y tiro la lámpara que está sobre una mesita ahí al lado, levanto la mesita en el aire y la estrello contra la pared. Se rompe. Un pedazo de tabla se queda pegado a una de las patas. Las otras tres siguen agarradas a la superficie. Arranco la tabla y tengo mi pata de mesa–. Puedo partirte la cabeza muy fácilmente, muy fácilmente.

–No lo hagas, Tony –dice ella.

–Solo si te obliga a meterte bajo el agua caliente.

–No me importa. Quiero decir: me importa, pero al menos voy a estar viva.

–No sabes si después te dejará vivir.

–Me arriesgaré. No hagas nada. Déjalo que haga lo que quiera.

–No –dice él–. Nada de agua caliente. Era una broma. De muy poco me servirías llena de quemaduras. Sal de ahí. –Ella sale de la ducha–. Sécame. –Ella lo hace–. Sobre todo, el miembro. –Ella lo hace–. Ahora, volvamos a la cama. Y tú quédate a unos cuantos pasos de distancia –me dice. Lo hago. Vuelven a la cama.

–Tú –me dice–. Tírate al suelo y quédate panza abajo al lado de la cama. Quiero asegurarme de poder verte cuando esté arriba de ella.

Me quedo en el lugar.

–Hazlo, Tony –dice ella. Me acuesto en paralelo a la cama, del lado derecho.

–Esta vez ponte de espaldas –le dice a ella. Ella lo hace. Él se le sube encima–. Y tú –me dice– deja los brazos debajo de la cabeza y la vista clavada en el suelo y no te muevas de ahí. –Miro el suelo–. Ahora, haz que se me ponga dura de nuevo –dice. No veo nada. Lo oigo excitarse–. Así está bien, sabes lo que haces –dice. Oigo los resortes del colchón. Oigo que los dos hacen ruidos. Jadeos y gemidos. Él grita. Ella no–. Muévete un poco más –grita él. Oigo que los resortes traquetean con más fuerza. Después se detienen. Dice–: Estuvo muy bien. De primera. Eres estupenda. Eres un bomboncito que quisiera comerme siempre. Ojalá fueras mi chica por mucho tiempo. Lo haría contigo todo el tiempo y, cuando digo todo, quiere decir todo. No tendrías de qué quejarte.

Ella no le responde.

–¿Estás bien, Della? –digo.

–Estoy bien. Pero me estoy hartando de este asunto.

–¿Quieres que le salte encima?

–Eh, ¿dónde has puesto ese palo? –dice él–. Mírame. –Lo miro–. Soy un idiota, me olvidé de tu palo. ¿Dónde está?

–Lo dejé en el baño.

–Dile la verdad –dice ella.

–Debajo de mí.

–Arrójalo lejos –dice él. Le acerca el cuchillo a la garganta.

–Podría usar una lámpara, otra pata de la mesa, mis manos.

–Arrójalo lejos.

Lo arrojo bajo la cama.

–Ahora levántate y acércate y haz que se me ponga dura y fuerte de nuevo –dice.

–No, gracias –digo.

–Era una broma una vez más. ¿Crees que querría que un hombre me toque ahí abajo? Estás loco. Pero, si te digo que tu novia muere si no lo haces, lo harías.

–No.

–Tu novia muere si no lo haces.

–Hazlo, Tony –dice ella.

–¿Ves?, quiere que lo hagas. –Me pongo de pie. Se la agarro. Es como la mía. Sé qué hacer. Se le queda blanda.

–Métetela en la boca.

–No serviría de nada.

Pone la punta del cuchillo en la garganta de ella.

–Hazlo –me dice ella–. Todo terminará pronto.

Lo hago. Cierro los ojos. Se le endurece.

–No está mal –dice–. Nunca lo hice con un tipo, pero no está nada mal. Ahora –le dice a ella–, frótala con la mano hacia arriba y hacia abajo mientras él sigue haciendo lo suyo. –Ella lo hace. Cada tanto, siento que su mano me roza los labios. Como si tratara de calmarme con una caricia. Rozándome los labios y la base de la nariz y la nariz. Conozco su manera de tocar. Me concentro en ello–. Epa, esto es una maravilla –dice él–. Un privilegio de reyes, sin duda. Algo que todo hombre debería probar al menos una vez en la vida. Tú también deberías probarlo. Salvo que yo nunca se lo haría a un hombre. Salvo si amenazaran a mi chica con un cuchillo. A mi chica o a mi bebé. Únicamente en tal caso. –Acaba–. Mierda, quería guardármelo para ella. Lo has hecho demasiado bien. Los dos lo han hecho. Felicitaciones, pero ya es suficiente. –La mano de ella se detiene. Escupo en el suelo.

–¿Puedo ir al baño? –pregunto.

–No, quédate ahí.

–Déjalo ir –dice ella.

–Bueno. Te dejo porque tu chica me lo pide. Pero te estoy vigilando, así que no te pases de listo ahí dentro o ella muere.

–Lo sé. –Me lavo en el baño.

–Quítate toda la ropa y sal –dice. Me quito toda la ropa. Salgo del baño y me hace señas de que me pare al lado de la puerta del baño. Siguen en la cama. El cuchillo contra su garganta–. Creo que ya es hora de irme –dice. No decimos nada–. Apuesto a que les gustaría que me fuera. –Nada–. Entonces díganlo, maldita sea.

–Sí –dice ella–. Quisiéramos que te fueras.

–No hay razón para que me quede –dice–. Tres veces. ¿En cuántos minutos, dirían? No es que estemos llevando la cuenta. En cualquier caso, es suficiente. Pero a lo mejor me caliento de nuevo si los miro a ustedes dos hacerlo. Cuatro veces estaría bien. Cinco estaría mejor, pero hay que ser realistas. Pero con cuatro podré decir que realmente valió la pena. Vamos. Háganlo ustedes dos. –Se baja de la cama, se queda parado ahí al lado con el cuchillo junto al cuello de ella–. Hazlo tú de espaldas –me dice a mí–. Así contaré con ventaja.

–No tengo ganas –digo.

–Yo tampoco –dice ella.

–Dije háganlo.

–No puedo así como así –digo–. No soy como tú. Tengo que tener ganas y ahora no tengo.

–Yo tampoco. Márchate de una vez –le dice ella–. Por favor.

–Dije que lo hagan –me grita–. Ahora. Esfuérzate. Haz que se te endurezca. Hazlo con ella. Luego, si se me endurece, sigo por ti.

–Pero no me da ganas.

–Frótasela –le dice a ella.

Me la frota. Nada.

–Cuando no quiere, no puede –dice ella–. Lo conozco.

Él me agarra. Me la frota. Nada. Se la pone en la boca, con el cuchillo contra mi pene. Nada.

–¿Qué esperabas? –digo–. Es imposible. Nada, ¿ves?

–Si yo no tuviera el cuchillo, no sería nada –dice.

–Entonces, guarda el cuchillo –digo.

–Tú haz lo que acabo de hacer –le dice a ella. Se pone de pie, le acerca el cuchillo al cuello. Ella lo hace. No hay caso. Él me la frota mientras ella hace lo suyo. Nada.

–Dile cosas bonitas –dice él.

–Tony, te amo. Tony, me encanta. Esto. Lo que estamos haciendo. Lo que te hago. Vamos. Haz que se te levante. Ya querrás hacerme el amor. Ahora lo voy a intentar de nuevo, así que haz que se te levante.

Lo hace. No hay caso.

–Es imposible –digo.

–Es imposible –dice ella–. Créele.

–Si no logras que te funcione, te la voy a cortar –me dice.

–Lo intentaré. –Me concentro. Nada–. Quizá ahora. Espera.

–Ponte duro –dice ella–. Te matará si no lo haces. Después me matará a mí. Concéntrate.

Me concentro. Cierro los ojos. Nada.

–Lo lamento –le digo a él–. No puedo. Pero no hagas nada brusco. Quizá pueda. Espera un poco.

–No le hagas nada a Tony –dice ella–. Nos hemos portado bien. Hicimos lo que pediste. No haremos la denuncia en la policía. Ni siquiera los llamaremos.

–Mentiras.

–Tienes razón –dice ella–. Por supuesto que los llamaremos. Pero no hagas nada ahora. Átanos y márchate.

–Quiero hacerlo una vez más –dice–. El cuatro es mi número de la suerte. No, no de la suerte, pero un buen número. Y nunca lo he hecho cuatro veces seguidas en tan poco tiempo. Y me siento estafado. La vez con él no cuenta. Así que ni siquiera tuve tres veces. Y tres es el mínimo indispensable. Lo absolutamente necesario. Y a mí tampoco se me levanta. Dame una mano –le dice a ella–. Haz lo que puedas. –Ella lo intenta–. Todo lo que puedas. –Ella prueba todo lo que probó conmigo. No hay caso–. Inténtenlo los dos. –Lo intentamos. Cosas que nunca he hecho. El cuchillo contra la garganta de ella. Igual, no hay caso. Él sigue como antes–. Son los dos unos inútiles –dice. Se pone de pie–. Tú ven conmigo. –Ella se pone de pie–. Tú quédate ahí –me dice. Me pongo de pie–. Dije quieto.

Avanzo hacia él. Le pone el cuchillo contra la espalda. Me agacho y estiro la mano bajo la cama y recupero la pata de la mesa.

–Ya no me importa la vida de ella –digo–. Solo quiero partirte la cabeza.

–Mentiras –dice.

–Tony, suelta el palo.

Lo suelto.

–No lo decías en serio –dice–. Una pena. Hubiera estado bueno clavárselo a ella y sacarlo rápido y librarme de ti con un par de fintas y movimientos rápidos y después clavártelo. Quizá no bueno. Pero sí distinto. Y soy capaz de hacerlo. Estoy listo. Créeme. Claro que me crees. Y manejo muy, pero muy bien este cuchillo. Así que a lo mejor tendrías que hacer la prueba –me dice–. Vamos. Levanta el palo y trata de darme un golpe.

–No lo hagas, Tony.

No lo hago.

–De todas maneras, no tenía pensado pegarte –digo–. Márchate de una vez. Déjanos en paz.

–No, vamos –dice–. Si no me atacas con el palo, le clavaré el cuchillo en el cuello a Della.

–No. –Me siento en la cama.

–¿Quieres que se lo clave en el cuello?

–No.

–¿Dónde quieres que se lo clave?

–En ninguna parte. Solo quiero que te vayas.

–Quédate ahí y no hagas nada, Tony –dice ella–. Este asunto llegará a su fin muy pronto. O en una hora. O en un día. Y entonces habrá acabado. Pero estás actuando con sensatez. Incluso si me acuchilla, no lo ataques y pongas en riesgo tu vida. Atácalo solo si se te viene encima. Pero ahora déjalo tranquilo. Acabará por irse.

–No estés tan segura –dice–. Vamos, grandote, ven e intenta darme un golpe con ese palo tuyo.

Me recuesto en la cama, la cabeza sobre la almohada, los brazos sobre el pecho.

–En ese caso, se lo voy a clavar en la espalda o en el cuello.

–No lo hagas, por favor –dice ella.

–Si lo haces, se lo clavarás en el cuello y ella morirá. ¿Qué ganaría con arriesgar mi vida por ella, como dijo ella?

–Tendrías más chances de agarrarme y pegarme en la cabeza mientras le clavo el cuchillo en el cuello y trato de sacarlo para agarrarte a ti. Tienes que pensar de esa manera.

–Es cierto –digo. Me pongo de pie.

–Siéntate –dice ella–. Tony, recuéstate.

Me recuesto.

–Ustedes dos son unos aburridos –dice él. Se viste–. No te muevas –le dice a ella–. Quédate a mi lado. –Se sienta–. Ponme los calcetines y los zapatos y átamelos bien apretados. –Ella lo hace–. Ahora, dame tu dinero –dice–, y el de él. –Ella lo reúne mientras él la sigue bien de cerca–. Ahora, acompáñame a la puerta. Y tú quédate en la cama o intenta atacarme con o sin el palo –me grita.

–Quédate en la cama, Tony –dice ella.

Van hasta la puerta. No los veo.

–Ahora, un beso de despedida –dice él.

–Vamos, déjate de estupideces y vete –dice ella.

–Tienes razón. Eres mucho más lista que él. ¿A quién le hace falta un beso? Dáselo a él. Le hace falta. –Abre la puerta y se va.

No tenemos teléfono. Voy al departamento de al lado y llamo a la policía. Della dice:

–Voy a darme una ducha de una hora y no quiero que nadie me moleste –y se mete en el baño. Viene la policía.

–Sal cuando puedas –grito hacia la puerta del baño. Ella sale. La policía hace muchas preguntas. Le contamos todo. Un policía dice:

–Debería ir de inmediato a ver a un médico. –Ella dice:

–No, estoy bien. Sé cuidarme sola. –Vamos a la comisaría y respondemos más preguntas y miramos fotos. Ninguna es de él. Digo a la policía que estamos exhaustos. Dicen que claro. Volvemos a casa. Esa noche, la comisaría pega una circular en el buzón del vestíbulo y la desliza por debajo de la puerta de todos los inquilinos. Es una advertencia acerca del hombre de hoy, que últimamente ha estado violando y robando a mujeres del barrio en sus departamentos. Dan una buena descripción de él, la nuestra combinada con la de otros. Varios atuendos y sombreros distintos. Figura el atuendo y el sombrero que llevaba hoy. La circular dice que en general se mete en los departamentos diciéndole a la mujer por el portero eléctrico que viene a entregar un ramo de flores.

–¿Te dijo por el portero eléctrico que venía a entregar un ramo de flores? –le pregunto a ella.

–No, al otro lado de la puerta.

 

[Título original: “The Intruder”. Del libro 14 Stories, 1980].

(De: Calles y otros relatos. – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Eterna Cadencia Editora, 2015)

 

*Nació en 1936 en Nueva York. Es autor de más de una veintena de libros de ficción, entre ellos, las novelas Frog (1991) e Interstate (1995), finalistas del National Book Award. Trabajó como periodista en Washington D.C. pero a los veintiséis años dejó el periodismo para dedicarse a trabajos que le permitieran concentrarse en la escritura de ficción. Desde entonces, sus relatos han ganado la mayoría de los premios literarios más importantes, incluyendo el O. Henry Award y el Pushcart Prize. Asimismo, ha sido acreedor de los honores de la Fundación Guggenheim, la Fundación Nacional para las Artes y la Academia Americana de las Artes y las Letras. Hasta el 2007 dictó clases de escritura en la Johns Hopkins University.

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