El maestro

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Enrique Medina

Los condenados podrán morderse cada uno la propia lengua para olvidar más agudos dolores, pero no por ello constituyen una comunidad. Se odian, se desprecian, se insultan entre sí, con las peores palabras, y las más sucias aparecen precisamente en labios de aquellos que en el mundo solían emplear el más fino lenguaje. El regodeo del pensamiento en la más extrema suciedad es parte de sus penas y corrompidos deleites.
Thomas Mann
Doktor Faustus

El Mozo Pelado se acercó lentamente y tiró sobre la mesa el platito de manises, apenas destapó la botella Gaitán sirvió los dos vasos con mucha espumita.

—¿Ves?… Dejás el pico en el borde y no se vuelca.

Se lo mandó de un saque, sin respirar. Al tiempo que el culo del vaso sonó sobre la mesa, soltó la respiración mezclándole unos eructos; aflojó la corbata y desprendió dos botones de la camisa, se echó hacia atrás, apoyó el brazo en el respaldo de la silla.

Mientras masticaba unos manises sus ojos fotografiaban todo el bar, sector por sector.

—Es muy importante saber dónde estás… y con quién…

Se quedó mirando fijo a un grupito que estaba ubicado junto a la vidriera. Tenían la mesa llena de botellas y líquido desparramado. Uno grandote, vestido de negro con una campera de botones plateados, hablaba por las orejas y reía muy fuerte y el que no le festejaba los chistes recibía un mamporro en el mate.

En una mesa aparte, pero integrando el grupo, estaba sentado un rubiecito que con una mano sostenía dos muletas, haciéndolas balancear como siguiendo el ritmo de un vals que únicamente él oía.

Del otro lado del bar estaban las mesas con mantel, de ahí se levantó una pareja que se sintió molesta por las sonrisas maliciosas de la barra. Al salir no tuvieron más remedio que pasar cerca de ellos y soportar las miradas nada santas que los desnudaron hasta las tripas. Apenas traspusieron la puerta se largaron las carcajadas.

Cuando el Mozo Pelado les llevó otra botella, el Grandote le pidió que limpiara la mesa. Pasó el trapo sucio con desgano, sin mirarlos; al pasar cerca de nosotros nos dijo:

—Ya me tienen hasta acá.

Yo, circunstante, le guiñé el ojo como respuesta, para demostrarle que estaba en la cosa. Gaitán me miró fiero.

—Nunca te pongas a favor de los mozos.

—¿Por qué?

—Porque no tienen que existir.

—¿Por qué?…

—¡Porque no!

Y así era como yo me quedaba en babia. Eso no. Eso sí. ¿Por qué? ¡Porque se me cantan las bolas! Y bueno, para eso estaba yo ahí…

Un morochito petiso con un mantel por camisa era el que más jodía y al que menos atención se le daba; le afana las muletas al Rubiecito y se pone a cojear entre las mesas. Todos se ríen. Yo también. Gaitán observa con la cara fría. El Grandote le dice al Rubiecito que se acerque, que no haga rancho aparte; éste pone una carita sonriente y hamaca la cabeza.

Llega uno con cara de dormido y se les une, tiene pantalones ajustados arriba de los tobillos, camisa floreada con el cuello roto muy abierto, el saco le queda demasiado chico y lo lleva con los tres botones prendidos: parece una salchicha pasada de hervor. Saluda a todos y se sienta. Le palmean las gambas y festejan.

Ay, bruto…

Devuelve las palmadas con palmaditas: levanta la mano hasta el hombro y la sacude, como si se descolgara de la muñeca, como tirando plumas… El Grandote se levanta, derriba una silla sin querer, va hacia la mesa del Rubiecito, lo agarra de las axilas y lo arrastra a la mesa de ellos. En el trayecto, el Rubiecito se pone colorado y con los ojos grandes dirige miradas de disculpas a las mesas vecinas. El Mozo Pelado trae otra botella echando espuma por la boca, se las deja y vuelve a pasar por nuestro lado.

—Mugrientos de mierda, a la primera que hagan chapo el fono…

Esta vez no le guiñé el ojo. No porque Gaitán me lo hubiese prohibido sino porque el tipo empezó a desagradarme. El Gordo de Moñito que estaba detrás del mostrador no le quitaba la mirada de encima a la barra. El Mozo Pelado se le puso a la par y formaron los cuatro ojos de la muerte.

—¡Petiso, vení para acá! Y el Petiso, que seguía escorchando entre las mesas, giró las muletas y se encaminó a los saltos. Le alcanzaron un vaso. Bebió y lo dejó.

—Todo, te lo tenés que tomar todo.

Y se lo tomó todo. Los segundos del Grandote le sacaron el saco al Salchicha y en el forcejeo se cayó un vaso. El ruido de los vidrios rotos los paralizó un segundo pero enseguida siguieron la joda. El que exhibía el saco como un trofeo se escudó detrás del Grandote y el Salchicha se vio imposibilitado de quitárselo. El Mozo Pelado trataba de calmarlos mientras el saco pasaba de mano en mano.

—No sean malos, no sean malos…

Repetía el Salchicha su ruego. El Gordo de Moñito levantaba el tubo con una mano y con la otra discaba.

—¿Nos vamos?…

Mi pregunta fue ansiosa.

—No… Cuando la cana tiene un objetivo preciso no jode.

El Grandote se había parado, con las patas abiertas, trataba de convencer al Mozo Pelado que no estaba pasando nada fuera de lo normal; el otro no quería entender razones, pedía que le pagaran y se fueran. El resto seguía la joda con el saco.

—No sean malos, no sean malos…

El Salchicha, al ver que sus lamentos no eran escuchados, se puso a llorar y patalear como un bebé falto de teta. Dos viejos que hasta ese momento habían observado con interés el espectáculo se cambiaron a una mesa más lejana. El Gordo de Moñito prendió un toscano y se apoyó del lado de la hilera de botellas, negras de grasa. El Salchicha, ya en el colmo de la orfandad y la desesperación, se subió a una silla y con los ojos apretados y el culo salido nos gritó a todos los espectadores:

—¡¿No hay nadie que me ayude?!…

Visto y considerando que nadie intentó hacerse el muchachito de película, se desesperó hasta el punto de tirarse de los pelos y trompearse las gambas y el culo, y desde lo más profundo de su corazón nos taladró el alma con el aullido punzante de un viejo lobo perdido en medio de la selva.

—¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAhhhhhhhh!!!!!…

Gaitán cambió de pierna y ahora era la izquierda la que descansaba sobre la derecha. Me pareció que sus labios habían amagado una sonrisa, inmediatamente controlada. Agarró el vaso sin desviar la vista, lo vació.

—¿Nos vamos?…

—Quedate piola.

El Grandote abrazó por las caderas al Salchicha y lo bajó de la silla, se fueron para atrás y con otro que intentó sostenerlos rebotaron en el suelo. El Salchicha se puso a caminar en cuatro patas y se metió debajo de la mesa, utilizó un puño de martillo y se desquitó con las baldosas; su estribillo no variaba:

—¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAhhhhhhhh!!!!!…

El Grandote, ayudado por otro, consiguió pararse y atendió al Mozo Pelado qué le insistía que pagara, en eso vio al resto del boludaje llenándole el culo de patadas al Salchicha y se le desbordó el vaso, pegó un grito que fue el trueno mayor de la noche:

—¡¡¡Basta, carajo!!!…

Se calmaron todos, hasta el Mozo Pelado. Buscaron las sillas y acomodaron sus culos. Gaitán volvió a cambiar de pierna. El Gordo de Moñito mascó el toscano y apoyó los codos en el mostrador, expectante. Yo volví a llenar los vasos. El Mozo Pelado le dio el vuelto al Grandote y se llevó unas botellas vacías.

—Ojalá los revienten…

Gaitán le respondió con un gesto que quería decir: no te calentés que podés quedar preñado.

—Ahora sos vos el que le da pelota…

—Cuando la cosa está agitada uno tiene que pasar desapercibido.

Y así era como yo me quedaba en babia… no me decía nada más, era al pedo que pidiera mayor explicación. De todas maneras para eso estaba con él, para descifrarlo, para entenderlo, para aprender…

El boludaje volvió a tomar ánimos y reinició el ballet: uno le acarició la cabeza al Salchicha y éste retrucó con su AAAh, aunque un poco más suave; el Rubiecito se mandó otro vaso a la bodega y el Petiso repitió su papel de payaso usando las muletas. El Grandote obligó que le devolvieran el saco al Salchicha y la tranquilidad reinó. Gaitán se apoyó en la mesa, me miró a los ojos.

—¿Qué fue lo más importante que pasó?…

Carajo, ya empezábamos…

—La llamada a la cana…

Movía la cabeza a los costados y cerraba los ojos.

—Que el Grandote se coje al…

Yo trataba de acertar por infinidad de puntas pero él siempre movía la cabeza y cerraba los ojos.
Por fin largó:

—Cuando el imbécil pagó… sacó un fajo gordo de colores muy fuertes.

No me avivaba más. ¿Cómo no lo vi?… Intenté una débil justificación.

—Es que aquí no se puede ver…

—Vos tenés que ver.

—Está bien, Gaitán; pero nosotros habíamos entrado para tomar algo y nada más…

—Vos tenés que estar siempre atento, siempre preparado… si no no vas a llegar nunca a nada, vas a morir en los colectivos… la liebre salta donde uno menos se lo piensa.

Me callé la boca. Por lo menos le demostraría que esto sí lo sabía hacer.

El Petiso seguía jodiendo las bolas con las muletas, traspuso la puerta y se puso a cojear por la vereda. Todos se cagaban de risa menos el Salchicha; descubrió que le habían afanado algo del saco. Comenzó a revisarlos uno por uno pero nadie le daba pelota y lo sacaban carpiendo. Del otro lado de la vidriera el Petiso perfeccionaba su actuación y estiraba el brazo pidiendo limosna a los transeúntes. El Salchicha amenazó con volver a armar lío y para calmarlo uno le señaló al Petiso. Volando fue a la vereda y justo que el otro estaba recibiendo unas monedas de unas viejas se puso a revisarle los bolsillos sin preocuparse que los que pasaban miraban la escena con horror. La barra celebraba con risas y aplausos. El Petiso, luego de superar la sorpresa, usó las muletas de arma mientras las viejas se retiraban ofendidísimas. El Salchicha era más grande y consiguió desarmarlo. El Petiso rajó para adentro y se colocó detrás del Grandote que se mataba de risa. El Salchicha lo corrió alrededor de la mesa y lo alcanzó con una trompada. El Grandote se irguió furioso y de un empujón mandó al Salchicha al suelo.

—¡Al pendejo no lo vas a tocar, ¿sabés?, él no lo tiene, yo sé quién lo tiene, pero al pendejo no lo tocás!

El Salchicha arremetió a las trompadas contra el suelo.

—¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAhhhhhhhh!!!!!

El Grandote lo agarró de un brazo y lo acomodó en una silla.

—Te callás porque si no te voy a sacudir yo.

Y él también se sentó porque le era medio dificultoso mantener la verticalidad. Uno le dio una libretita y él se la alcanzó al Salchicha, que así dejó de llorar. El Rubiecito, nuevamente dueño de las muletas intentó apartarse de la barra.

—¿Adónde vas?…

—Aquí nomás, voy a ver la mina que pasó…

Quería adoptar una actitud piola para disimular el calor en la cara. Se apoyaban los dos palos y la zapatilla azul izquierda, los dos palos y la zapatilla azul izquierda, la derecha no existía. ¿A qué altura tendrá cortada la pierna? Si se deja todo el pantalón es porque le falta solamente el pie… ¿Se pondrá las dos medias?… Empujó la puerta vaivén para salir pero se quedó quieto, sus dos manos se aferraron fuerte a las muletas; un patrullero acababa de detenerse frente al bar, la puerta vaivén retrocedió a su sitio y golpeó al Rubiecito. Tres canas entraron, con dos metralletas
en ristre, las moscas hicieron mutis.

—¿Éstos son?

—Sí, esos atorrantes.

—¡¿Qué están jodiendo acá?!

—Nada agente…

Los tenían cercados y las jetas se les pusieron blancas a todos. El Rubiecito había quedado fuera del grupo.

—¡Arriba! ¡Levántense todos!

—¡Rápido, carajo!

—Ay, suelte que me duele…

De un trompazo el Salchicha fue al suelo.

—¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAhhhhhhhh!!!!!…

—¡Párenlo a ese hijo de una gran puta!

El que lo había trompeado se le fue al humo.

—¡Te callás o te doy en la cabeza!

El Salchicha podría ser puto, boludo no. Siguió llorando lágrimas de sangre en silencio prudencial.

—Oficial, escúcheme unas palabras…

—¡¡Vos te callás hasta que yo te diga!! ¡Vayan saliendo! ¿Ya pagaron?

—Sí, oficial; y dejamos buena propina…

—¡Vamos afuera!

El Rubiecito seguía paralizado en la puerta. Los que salían tuvieron que empujarlo un poco para que dejara lugar. A pesar de su aturdimiento tuvo la mágica inteligencia de recibir el fajo de billetes y guardarlo en el bolsillo sin delatarse.

—¡Y vos correte! ¡¿O también querés que te llevemos?!

El Mozo Pelado lo miraba al Rubiecito sin decidirse a mandarlo también en cana, éste con la mejor cara de espanto que pudo lograr volcó el partido a su favor; el otro se fue a barrer los vidrios rotos.

—Rajate a dormir que no te quiero ver más por acá.

Sentados unos arriba de otros entraron todos en el patrullero. Ya arrancando, el Grandote alcanzó a guiñarle el ojo al Rubiecito. Gaitán cambió de pierna y siguió al Mozo Pelado con la mirada.

—Terminá, así nos vamos a joder por ahí… A los mozos, a los porteros, a los colectiveros habría que despellejarlos en vivo y luego cortarlos en rebanaditas con una yilé… oxidada…

Algunos viejos del bar festejaban con el Mozo Pelado el incidente. El Rubiecito estaba parado en la vereda mirando el suelo. El pelo bien cortito, el saco marrón con toda la espalda brillosa, los hombros levantados hasta las orejas, los puños de la camisa rotos, el pantalón con mil arrugas y un sol luminoso en el culo, la zapatilla azul izquierda y dos palos cuidándola.

Gaitán volvió a cambiar de pierna y echó la cabeza para atrás. ¿Qué pensaría? ¿En mis adelantos? ¿Estaría satisfecho conmigo? Él tenía razón, si yo no prestaba más atención nunca iba a llegar a nada, sería un gil. ¿Y por qué no me prueba ahora? ¿Se le habrá pasado? No creo. ¿Por qué no me dice ahora, qué es lo más importante que ha pasado? ¿Se habrá dado cuenta que yo me avivé? ¿Querrá que yo me le deschave solo? Seguro que me está probando. Sí, seguro.

—Ya se fue.

—¿Quién?

—Y quién… ¡El pibe!

—¿No viste nada?…

—…

—En serio que no viste nada o me estás cargando…

—No sé qué me querés decir…

Ahora era él que estaba pendiente de mí, era él el que me miraba interrogante para aprender.
Pocas veces en mi vida me sentí tan feliz como cuando le dije:

—¿Qué fue lo más importante que pasó?

Gaitán se quedó serio tratando de acomodarse los brazos cruzados. Primero me miró extrañado y luego agachó la cabeza para apoyar los labios en el dedo pulgar derecho. En el centro le estaba raleando un poco el pelo y en los costados pugnaban por copar la situación unos pelos blancos.
Levantó los ojos resplandecientes.

—¡No me digas que le pudo pasar la guita!

Sonreí feliz. Él también se puso contento. Soltó el dinero sobre la mesa y nos levantamos. Hasta que salimos dejó su brazo apoyado en mis hombros.

El Rubiecito cruzó la esquina en diagonal, justo en la mitad de la calle la luz del farol caía tan recta que no le produjo sombras laterales. No sé si fue real o yo lo imaginé, pero vi que se detuvo un instante y que el polvo volvió a asentarse suavemente, no sé si fue un segundo, un minuto o una hora; lo único que tenía iluminado eran los hombros y la nuca, pero al pararse, la luz sobre la nuca se fue corrigiendo lentamente, y empezó a brillarle el centro de la cabeza. Gaitán me tuvo que agarrar del brazo para frenarme. Era como si el Rubiecito me estuviera llamando para decirme algo. Yo sentía dentro de mi cerebro que las ideas se desordenaban, que alguna pequeña ruedita había dejado de marchar o que otra estaba acelerando demasiado.

—Lo principal es no pensar.

El Rubiecito siguió andando y la tierra revivió. Volví a sentir el sabor agrio de lo que había bebido. Cruzamos dos veces la calle para no pasar debajo del farol. Seguimos dos cuadras. Una luz detrás de una ventana. Tres cuadras. Una canción lejana. Cuatro cuadras. Ladrido de perros. Cinco cuadras. Un gato que salta de un tacho de basura. Lo único que rompía el silencio eran las muletas; a veces golpeaban juntas, a veces a destiempo, a veces aceleraban un poco, por momentos aminoraban la marcha.

—Metámosle.

Sí, era el momento de apurar la operación, cada vez la oscuridad era mayor, el terreno empezaba a ser desconocido, y el Rubiecito podía desaparecer en cualquier momento. Gaitán sabe caminar rápido sin hacer ruido. Va orgulloso de sí.

—El secreto es hacer las cosas con ganas.

Acelero mis pasos para no quedarme atrás. ¿Por qué me apuro si lo que quiero es retrasarme? Ya casi estamos corriendo. Nuevamente los perros nos ayudan con sus ladridos. ¿Cómo puede ser que corramos tanto y lo tengamos cada vez más lejos? ¿Las muletas? ¡¿El ruido de las muletas, dónde está?! Ah, te parás cojo de mierda. ¡Rajá, rajá mientras estás a tiempo! ¡No te des vuelta, hijo de puta! ¡Carajo, te estoy diciendo que no te des vuelta! Por más grande que abras los ojos no me vas a asustar. ¡Sí, sí, rajá a los saltos con esas muletas de mierda!

—¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAhhhhhhhh!!!!!…

Es como si en medio de lo negro de la noche un rayo blanco penetrara en mi cabeza y me abriera en dos. Sé que estoy corriendo y no avanzo. Veo que Gaitán le abraza la boca y los dos caen al suelo. Veo las muletas tiradas, una en el mármol del escalón de una puerta y la otra junto a un árbol. La zapatilla enloquecida que parte la tierra. El pantalón derecho sin forma, chato; ah cojo de mierda, así que usás el pantalón entero sin necesidad, me habías querido engañar que tenías toda la pierna y solamente tenés un pedazo de carne arriba de la rodilla; ahora vas a ver, cojo hijo de puta. Eso, Gaitán, duro en el mate con la culata. Acá abajo, aquí, ¿te gusta que te entierre el puño?, de este costado, así, este golpe bien ubicado deja nocaut.

—¡¡AAAAhh!!…

Eso, otro culatazo más, otro más así se deja de joder. Acá en este bolsillo, el fajo, chau…

—¡Ah!…

Basta, hijo de puta, vas a batir la cana antes que podamos rajar. ¿Por qué se te agrandan los ojos? ¡Cerralos de una vez! ¿Dónde está todo lo demás? No puede ser que solamente estén tus ojos blancos. Tus ojos blancos y esta muleta. ¿Tu cuerpo dónde está? ¡Cerrá los ojos dios santo cerrá los ojos! Si vos no los cerrás te los cierro yo con esta muleta que tanto te gusta. ¡Tomá! ¿No ves?, ni para hacer ruido servís. Soltame Gaitán, soltame, uno más para que cierre los ojos, solamente un muletazo más y nos vamos. Uno solo, por favor, así nunca más me volvés a preguntar ¿qué fue lo más importante que pasó?…

(De: Las hienas, Ed. Milton, 1986)

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