El Marabú con su misterio, Pichuco con su orquesta, la falopa y el nariguetazo

Evocación a 60 años de distancia de aquel templo sagrado del tango que quien esto escribe conoció de joven en una experiencia inolvidable.

Por Bruno Passarelli

Imagen: El Marabú y su famoso barman Manolete, en 1975.

No creo que, conmigo, sean muchos veteranos aún en vida que pueden jactarse de haber vivido la única y embriagadora experiencia de haber consumado una o más madrugadas en el Marabú, aquel mítico cabaret situado en Maipú 359, a pocos pasos de la Avenida Corrientes. Que era famosa entre los extranjeros, sobre todo los franceses, porque era la única calle que «nunca dormía».

Aquel cabaret, el más famoso y lujoso de la vida bohemia de Buenos Aires, cuando el tango era un indiscutido rey y señor, imperaba en un ambiente que, reducido a pocas manzanas, aglomeraba a otros locales nocturnos formidables: Tabarís, que estaba en Corrientes 829, Chantecler (en Paraná 440, con tres pistas de baile), Tibidabo (en Corrientes entre Talcahuano y Libertad), Casanova, Armenonville y otros. Pero ninguno tenía el misterio, la fascinación y el prestigio del Marabú.

Estoy hablando del período glorioso en el que estuvo abierto, o sea entre 1935 y fines de la década del 80, en el que hospedó a las más famosas orquestas típicas, desde Carlos Di Sarli -el que por más tiempo ocupó escenario- hasta Alfredo De Angelis, Juan D’Arienzo, Rodolfo Biagi y Angel D’Agostino con Angel Vargas.

Pero ninguna lo marcó más a fuego que la de Aníbal Troilo. No sólo por el ángel, la fineza y la pulcritud que transmitía aquel joven bandoneonista, con su rostro angelical y sus ojos soñadores, sino porque de su orquesta allí, en el Marabú, se catapultaron a la fama grande, sucesivamente, sus cantores Francisco Fiorentino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Aldo Calderón, Jorge Casal, Raúl Berón, Roberto Goyeneche y Angel Cárdenas, estos dos los últimos vocalistas «fijos» que tuvo la agrupación. Además, desfilaron Astor Piazzolla, los pianistas Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari, Osvaldo Manzi y Orlando Berlingieri, el violinista Reynaldo Nichele y otros músicos de primer nivel.

Pichuco debutó allí el 1 de julio de 1937, cuando acababa de cumplir 23 años. Fue enorme la aceptación que recibió de parte de los tangueros nocheros, que masivamente respondían al cartelón que, en la vereda delante del ingreso, los invitaba a asistir a la actuación del nuevo ídolo:

Todo el mundo al Marabú,
la boite de más alto rango,
donde Pichuco y su orquesta
le harán bailar buenos tangos…

A ese Marabú misterioso que encendía mi fantasía, acelerada por mis frescos 19 años, entré por primera vez en 1959, poco después que me entregaran mi Libreta de Enrolamiento que testimoniaba mi mayoría de edad. En Buenos Aires estaba haciendo el servicio militar un integrante de la barra de Napostá, el Cito Feliziani, y con Eldo Rubén Filipuzzi, el «Coco», decidimos ir a visitarlo. Fue un viaje en tren desde Bahía Blanca, con poca plata y muchas ilusiones, en una noche entera pasada en los entonces famosos asientos de madera de la segunda clase del Ferrocarril Roca que culminó , tras el arribo a Constitución, en un escuálido hotelucho de una estrella y media, recalada de laburantes del puerto.

La gran aventura con nuestro «fratelo» colimba, desprovisto de su uniforme, se concretó dos o tres noches después. Meta prefijada: el legendario y mitológico Marabú. En ese antro misterioso se penetraba bajando una escalera de mármol lustradísima, después de haber superado el control que en la vereda ejercían un portero uniformado con levitón y un hombre de color de botones dorados y una gorra con el nombre del local, al estilo de los hoteles de 5 estrellas exclusivos para ricachones. Fue un jueves una media hora antes de la medianoche y, como buenos pajueranos, fuimos entre los primeros que, tras un acceso reverencioso, ocupamos una mesa.

El local debía tener por lo menos un millar de metros cuadrados. Estaba decorado con estilo art decó y el piso en dameros blancos y negros. En el fondo se erguía un amplio escenario destinado a las orquestas. Frente a él cuatro filas de mesas, evidentemente destinadas a personajes importantes. Y, sobre los costados de la pista de baile, otras cuatro (de dos en dos) que se extendían hasta el fondo del salón. En una de éstas, aún desocupadas, nos ubicamos los tres. Y, bajo la mirada compasiva de las coperas, bellísimas en sus estrictos vestidos de satén y listas para el comienzo de la función, ordenamos al mozo que se nos acercó… ¡¡¡TRES NARANJINES!!!

Era el gasto que nos consentían nuestros flacos bolsillos para no exceder el precio de la consumación, que era de cuatro pesos por cabeza. Más que admiración por su belleza, aquellas alternadoras me metieron enseguida respeto. Tiempo después entendí por qué, reverenciosamente, el veinteañero Pichuco las llamaba «señoras».

Apenas pasada la medianoche, y ya con la presencia de un discreto público, llegó la noticia que fue, a la vez, una decepción y una gracia del cielo: el Polaco Goyeneche había marcado ausencia, por encontrarse engripado, y sería reemplazado en esa noche y en las sucesivas, hasta su recuperación, por… ¡JORGE CASAL!!!, que era mi cantor preferido. Tras desvincularse de Troilo, con cuya orquesta había grabado temas que habían sido grandes sucesos, como «Patio Mío», «Carmín», «La Cantina», «Patio de la Morocha» «Una Canción», «La Calesita» y otros, había mantenido una relación amistosa con Pichuco quien en casos de emergencia, como lo era la enfermedad de Goyeneche, lo convocaba y lo encontraba siempre dispuesto. ¿Qué cantó? No recuerdo. Me parece que uno de sus temas fue «Volviendo al Nido», que fuera su último suceso con Troilo. Pero no estoy seguro.

Fueron más de 40 minutos de embeleso total. Yo tenía todos los sentidos clavados en Troilo y en su bandoneón. Sólo de tanto en tanto distraía mi atención hacia donde Berlinghieri hacía los arpegios prodigiosos que Pichuco, fiel a su estilo de no conceder demasiado espacio a sus excesos pianísticos, le permitía. En la pista, algunas de las alternadoras, bellísimas, salían a bailar con sus clientes, la mayoría de los cuáles, con sus trajes oscuros de saco cruzado, como lo imponía la moda masculina, ya había ordenado en sus mesas costosísimas botellas de champán.

Cuidado, a no creerse que allí se bailaba con todos los arabescos y las forzaduras que hoy atrapan la imaginación de aquéllos que conciben al tango como obligación para una complicada y enmarañada gimnasia corporal. Elegante y ordenada, cada pareja bailaba en silencio. Como si estuviera consumando una ceremonia pagana. Mejilla a mejilla. Con algunas de aquellas hermosas muchachas que no daban la impresión de estar en pleno despliegue profesional. Como si estuviesen preludiando otros placeres. Hablo de las emociones prohibidas que se consumaban en los apartados del primer piso, con la penumbra que garantizaban los pesados e impenetrables cortinados. Una intimidad rota algunas veces, por petardos que en el pasillo tiraba Piazzolla, el gran chistoso.

En aquella época de nuestra aventura, o sea fines de la década del 50, se hablaba con menor intensidad de la difusión en los ambientes nocheros de la cocaína, que seguía teniendo tantos sinónimos: falopa, merca, cablán, pichicata, cocó y demás. En cierto sentido, tenía vigencia la contracara de aquella difusión horizontal que había existido en los años 20 y 30, favorecida porque no era considerada una droga peligrosa y hasta se podía comprar en las farmacias en pequeñas dosis para utilizarla como antidolorífico contra el mal de muelas o de cabeza, la artrosis y hasta la angina. Claro está, contra presentación de la correspondiente receta médica.

Su popularidad emergía de su repetida mención en numerosos tangos famosos. Enumero los más conocidos: «Griseta», «Noches de Colón» y «A Media Luz» (los tres de 1924), «Tiempos Viejos» (1926), «El Tango de la Cocaína» (1927, del español Gerardo Alcázar que fue representado en el teatro del mismo nombre, «Acquaforte» (1930), «Los Mareados» (1941) y otros. Era frecuente encontrar en ellos el protagonismo de las jóvenes que llegaban a la Argentina en el marco de la difundidísima trata de blancas que recién se pondría fuera de la ley en 1951, con la aprobación -por insistencia de Eva Perón- de la Ley de Profilaxis.

Naturalmente, la cocaína no podía faltar en los poemas lunfardos de sus máximos exponentes. En 1926, Celedonio Flores la pone en el centro de dos de los suyos: «Francesita» dónde la define como «papa que gastás melena/tomás cocaína y bailás tangó» y «Packard», con el cafiolo que la recordaba como una mina comparable con aquel automóvil de lujo y que ahora le provocaba pena («Ayer la vi pasar, iba dopada/y me sentí yo, curda, un santo Asís…»). Carlos de la Púa, el famoso Malevo Muñoz, en 1928 habla en «Cacho de Recuerdo» del malevo en decadencia que se lamenta por el tiempo pasado: «Ya todo ha finisho/ con la cocaína/ con los milongueros/ con los mascafrecho»…

Naturalmente, ninguno de los tres intrusos bahienses que vivíamos en el aquel templo impuro una madrugada tan increíble como extravagante, a la cocaína -o si se quiere la «cablán», como algunos habitués la llamaban- no la vimos ni por aproximación. Pero la velada todavía nos reservaba otra sorpresa, que exige una explicación previa.

Yo, que el año anterior había empezado a testear mi vocación periodística en el diario bahiense como cronista «volante» (si me habrán cargado los muchachos por este adjetivo), me había convertido en algo parecido a un «experto» en boxeo. Una pasión que había nacido de los comentarios de las reuniones de miércoles y sábados en el Luna Park que en las páginas de «Mundo Deportivo» escribían Billy Kerosene y Ulises Barrera. En Bahía, en el «Salón de los Deportes» que regenteaban los hermanos Simonelli, grandes amigos de Tito Lectoure. Había visto la victoria el 13 de octubre de 1956 de Andrés Selpa sobre el Zurdo Lausse por abandono en el undécimo round. Una derrota que interrumpió su carrera hacia una pelea por el título mundial de los medianos.

Tenía registradas en mi memoria las caras de todos los grandes boxeadores argentinos, en especial de aquella categoría, la más seguida y admirada, que hasta 1952 había tenido como campeón a Ricardo Calicchio, quien había sido puesto KO en el Luna por Rafael Merentino y decidió cuando tenía apenas 25 años retirarse del boxeo. Su rostro, con la nariz chata y las marcas que en las cejas revelaban los golpes recibidos, lo tenía bien grabado en la memoria. Por eso, y pese a la semipenumbra, lo reconocí cuando, con mis amigos, nos encaminábamos, ya de madrugada, hacia la escalinata que nos depositaría de nuevo en la calle Maipú. Sí, era Calicchio, impecable en su traje gris cruzado. No lo podía creer. Lo paré con toda la desfachatez de mis 19 años que ya me habían permitido, la noche anterior, conseguir una fotografía autografiada de Alfredo Gobbi. El ex campeón respondió con una disponibilidad total.

Claro está, tras habernos identificado como bahienses, la charla se desvió hacia aquel Selpa-Lausse de tres años atrás. Cuando se agotó fue Calicchio quien llamó a un chasirete que trabajaba para el cabaret y que, con el ex campeón en el centro, nos fajó un lamparazo que regaló a la historia (la nuestra) aquel trance vivido. Calicchio nos dejó y volvió sobre sus pasos. Nosotros hicimos una minivaquita con los pocos pesos que llevábamos encima y le entregamos 12 nacionales, junto con la dirección de Coco en Bahía, en calle Martín Fierro, la cortada que desemboca en la Avenida Alem, justo enfrente de nuestro club Napostá. Dos semanas más tarde, puntualmente, llegó el sobre con las tres copias de la fotografía. Un «The End» que mejor no pudo ser para aquella noche inolvidable.

Pasaron los años. Ya instalado a partir de 1973 en Roma, en el departamento de Vía Asmara que muchos argentinos de paso por la Ciudad Eterna conocieron, estaba poniendo orden a un sinfín de papeles viejos cuando encontré, sin fecha, un folio garabateado por la letra inconfundible de Julián Centeya, quien era el autor. Me lo había transcripto para que lo publicase en la sección «En Tiempo de Tango» que yo escribía semanalmente en la última página del diario bahiense «La Nueva Provincia». Fue en «Caño 14» mientras con Centeya y Arturo De la Torre, apoderado de Troilo, esperábamos que Pichuco, con Roberto Grela y su cuarteto, que era la atracción central del programa, subiese al escenario.

Hoy vuelvo a leer aquel poema lunfa de Julián y me doy cuenta que era impublicable en aquel diario cuya dueña ejercía una férrea censura contra todo lo que significase una eventual afrenta a la consigna «Dios, Patria y Hogar». Recuerdo que hasta anatematizó el título de una película cómica italiana de gran suceso que, con Ugo Tognazzi, se llamaba «El Magnífico Cornudo». La señora lo cambió por «El Magnífico C…». No iba a ser que aquella «palabrota» hiriese la sensibilidad de los púdicos y castos lectores del diario.

Centeya había titulado «NIGHT CLUB» aquel poema que decía:

Vidrieras con cortinado
a media asta, de seguro,
saloncito serio, oscuro,
de ambiente clasificado.

Peringundin ya junado
donde realizan festines
los yiros y malandrines
y atiende de madrugada
un mozo y, como carnada,
dos ninfas de cafetines.

El maitre, flor de ranún,
labura en droga y quiniela,
más bravo que la viruela
y más sucio que el betún.

Él mismo te da el viandún
y te invita al escolazo,
a tocarte con un pinchazo,
un pelpa o raviol tupido
y darte el nariguetazo.

En silencio se whiskea,
allí no corre la soda
entre los que pa’la joda
se suben a la escalera.

También se pichicatea
pa’mantener la alegría
hasta que la policía
suele escupirles la sopa
o les arman la falopa
los de Toxicomanía.

La División Toxicomanía dependía de la Sección Moralidad de la Policía Federal que durante 15 años tuvo como jefe al comisario Luis Margaride, un temible psicópata con uniforme policial nombrado en 1959 por Arturo Frondizi y se distinguió por sus cruzadas no sólo contra las drogas sino por la represión del adulterio, la homosexualidad, las películas y obras teatrales atrevidas, los hoteles alojamiento, hasta los besos en la vida pública o en plazas o parques, una verdadera obsesión.

Perón no sabía siquiera de su existencia y cuando en 1974, poco antes de su muerte, José López Rega, su ex colega en la Policía Federal, lo propuso para la Superintendencia de Seguridad no opuso ninguna objeción. Fue ésa la póstuma señal de que la Argentina estaba entrando en uno de los períodos más nefastos de su historia.

Fuente: Blog Fútbol, fierros y tango

Febrero 2022.