El mundo y nuestros abismos

Por Ricardo Aronskind

Se escribió en una publicación financiera esta semana: “El mundo, esta vez, sí quiere saber si la sociedad argentina aprendió y optará por el rumbo del desarrollo o volverá a insistir sumergiéndose en otro experimento populista”.

En la misma semana el actual experimento –que no es considerado precisamente como “populista” por el mundo— nos regala algunos datos y hechos notables:

El stock de automotores fabricados en la Argentina, que se acumula en playones y depósitos sin colocar en el mercado, equivale a medio año de ventas. Las terminales están ofreciendo descuentos de hasta el 40% en ciertos modelos para tratar de desagotar el capital inmovilizado.

Los cheques rechazados en la actualidad superan en un 75% a los rebotados el año pasado. El fenómeno acompaña la fuerte contracción en las ventas minoristas en todos los rubros.

El desempleo abierto ya superó el 9%, promedio nacional. Pero en regiones muy castigadas está en el 11%. El problema es mucho más extendido entre los jóvenes. Y peor aún entre las mujeres.

El gobierno debió suspender las licitaciones del Programa Público Privado (PPP) de obras de infraestructura, por inviabilidad en el actual contexto financiero y político. Era una de las escasas herramientas de las que disponía para generar cierta reactivación en 2019.

El riesgo país de los títulos públicos de la Argentina superó los 800 puntos, lo que indica un progresivo pero constante alejamiento de los fondos de inversión de este tipo de papeles.

Se puede observar un fuerte contraste entre las tasas que pagan los títulos argentinos en dólares que vencen en 2019 de aquellos que vencen en años posteriores. El brusco salto se explica porque todos creen que el país estaría eventualmente en condiciones de cumplir sus compromisos externos el año próximo, pero no después.

El FMI “liberó al gobierno” de la obligación de proceder en 2019 a las reformas laborales y previsionales que el organismo demanda. Con clara simpatía política, se postergan reformas que tienen considerable rechazo social, lo que podría afectar las posibilidades electorales de Cambiemos.

Estos datos seleccionados forman parte de un panorama económico y social muy malo, que sólo es negado en los medios masivos de comunicación en estrecha relación con el gobierno y el conjunto de intereses económicos que representa.

“El mundo quiere saber”

Es probable que para el lector habituado a las publicaciones económicas, en general neoliberales, la expresión “el mundo” le parezca natural.

Pero en realidad es uno de los recursos discursivos más ideológicos. Si el mundo es el planeta Tierra, es claro que no quiere saber si los argentinos votarán por el populismo. Ningún medio argentino se ocupa de hacer encuestas mundiales, ni de consultar a actores de la política global en relación a nuestro país. Además buena parte de ese mundo ni siquiera tiene claro dónde queda la Argentina. Si vamos precisando y afinando el uso que hace de la palabra mundo la prensa de derecha, vamos descartando regiones, clases sociales y tipos de actividad, hasta llegar a una definición más puntual: el mundo es la parte de las finanzas internacionales, las firmas multinacionales –y los gobiernos de las principales potencias— que tienen intereses concretos en la continuidad de la actual gestión macrista. Es decir, se le presenta a los lectores la idea que los poderosos hablan en nombre del mundo, o que directamente son el mundo. No hay nadie afuera de ese mundo, que es el único que realmente importa. Así se piensan a sí mismos, al menos, los financistas globales y sus vertientes locales.

¿La sociedad argentina aprendió?

La pregunta nos la hacemos muchos, pero en muy distintos sentidos. Es claro que el colectivo “sociedad” sólo sirve en circunstancias muy particulares. Cuando más fragmentada económica, social y culturalmente está la sociedad, cuanto más disímiles son las oportunidades y perspectivas de vida, más difícil es hablar de una comunidad homogénea.

Es claro que una parte de la sociedad es liberal-conservadora, y desde el punto de vista de la pregunta, ya aprendió que siempre hay que estar contra el populismo, o sea, contra los gobiernos populares. Otra fracción, por el contrario, “no aprende más” y seguirá votando por los intereses de las mayorías. Y hay un importante porcentaje indeterminado, fluctuante, que aprende y desaprende todo por un rato. Seguramente “el mundo” quisiera que estos últimos aprendieran que no deben votar populismo, y que deben seguir apoyando los experimentos “no populistas” como el de la actual gestión macrista.

Por el contrario, otros esperamos que muchos aprendan de la actual gestión neoliberal y que se descarte masivamente la posibilidad de seguir apostando a semejante fracaso y degradación de la vida colectiva. Lo que ya hemos aprendido es que los procesos de aprendizaje no son automáticos, ni están garantizados. No son nuevos los experimentos neoliberales en la Argentina que terminan en catástrofes económicas, y sin embargo vuelven a ocurrir. La opacidad de lo social es aprovechada por diversas fracciones de poder para establecer e imponer otros criterios para la valoración de los períodos políticos: orden-desorden; diálogo-no diálogo; república- no república, como ejemplos de oposiciones conceptuales que se le ofrecen a la población, para que la ficha anti-neoliberal no le caiga nunca.

“El rumbo del desarrollo”

La idea del desarrollo tiene ya una larga trayectoria, durante la cual la configuración del mundo ha cambiado dramáticamente. Hoy la definición sobre en qué consiste el desarrollo puede diferir considerablemente de la de hace 60 años: en el camino sucumbió la idea de que el desarrollo es posible para todos, ocurrió la revolución informática y telecomunicacional, creció la conciencia ecológica global sobre los límites de los modelos consumistas y en nuestra región va cobrando fuerza un desafío conceptual a la imitación del estilo de vida occidental: la idea del buen vivir. Con esto queremos decir que hoy se requiere una redefinición actualizada sobre en qué consiste desarrollarse.

Pero lo que sí es más fácil de visualizar es en qué consiste subdesarrollarse: deterioro de las condiciones de vida materiales y espirituales individuales y colectivas; retrocesos a situaciones existenciales precarias que parecían superadas en salud, educación, vivienda, protección social; angostamiento de la esperanza en un futuro mejor para próximas generaciones; pérdida de capacidades colectivas para producir, crear y desplegar la propia potencialidad.

Exactamente eso han sido cada una de las experiencias neoliberales en la Argentina. Cuando el comentario del periódico financiero invita a optar por el desarrollo frente a la opción populista, pasa de la reflexión político-económica a la metafísica, ya que se despega completamente de la realidad.

En el caso argentino, donde las dificultades para desarrollarse son evidentes, las grandes contribuciones al subdesarrollo las han hecho gobiernos explícitamente anti-populistas.

Los retrocesos industriales, los empobrecimientos masivos, los endeudamientos descomunales no han sido resultados del populismo sino de las prácticas de los amigos de los mercados. Son hechos de la historia, datos de la realidad, que el infinito machaque sobre los impávidos lectores locales apuesta a sustituir por relatos interesados.

Sumergirse en otro experimento populista

Es difícil pensar que desde el fondo de un abismo alguien se pueda sumergir en algún lado más profundo. La actual experiencia argentina es de inmersión profunda en el abismo de la desinversión, el endeudamiento inviable y la crisis de toda actividad productiva.

El discurso seudo económico, en nombre del mundo que nos estaría observando preocupado para que no caigamos en el populismo –y suponiendo que el “mundo” y nosotros compartimos intereses y perspectivas—, se replica en diciembre de 2018 en un país que ha sido hundido hasta niveles insólitos e inesperados durante los últimos tres años.

La CEPAL estima para la Argentina una caída adicional de 1,8% del PBI el año próximo. Si bien la herencia que dejará Macri es gravísima en términos de endeudamiento externo impagable en el corto plazo, todo gobierno que promueva la inversión, la producción y la mejora de la calidad de vida de la población no será vivido como una sumersión, sino como un resurgimiento, precisamente del pozo al que nos llevó el gobierno de los mercados.

Pero todo tiene sus límites, incluso para los cronistas neoliberales. Apenas seis renglones debajo de la parrafada anti populista, el mismo cronista menciona que “las finanzas de las Pymes hacen eclosión” y que estas empresas deben recurrir “a las cuevas en busca de financiamiento para evitar las escandalosas tasas de interés activas”.

Si este es el paraíso que debe ser convalidado en las urnas para agradarle al mundo, mucha gente va a terminar queriendo sumergirse en el populismo, a pesar de que al mundo no le parezca bien.

El Cohete a la Luna

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