El Muppet

Por Ramiro Ross

Crónicas carcelarias

El tipo era corpulento y tenía la cara redonda, como si se la hubieran hecho con un compás, los ojos achinados, la nariz ancha y un corte tipo ‘hachazo’ que le atravesaba el ojo izquierdo que le daba un aspecto siniestro, caminaba bamboleándose hacia los lados, como un boxeador que acababa de recibir una paliza.

Lo único cierto de su aspecto era que había sido boxeador hacia unos años, y estaba en Caseros cumpliendo condena por haberle deformado el rostro a un tipo, rompiéndole el hueso de la mejilla de una trompada en una pelea callejera.

A pesar de su aspecto y su historia, ‘El Santiagueño’, que así le decían, no bebía ni fumaba, era un gran tipo, con el que hice amistad luego de enseñarle a leer y escribir, ya que su juventud de hachero en un quebrachal de Santiago de Estero, no le había dado la posibilidad de aprender, según me contó las tardes que charlábamos tomando mate.

El sobrenombre de Muppet se lo puse yo a raíz de su parecido con uno de los personajes de unos dibujitos animados que pasaban por televisión en aquella época, y él se reía a carcajadas cada vez que yo lo llamaba de esa forma, y que luego se extendió por los pabellones.

Un día que jugábamos a boxear, le pedí que me enseñara a hacer algunas fintas y tirar algunos golpes. Nos hicimos una bolsa para golpear y me enseñó algunos secretos del deporte.

Si bien mi metro noventa y mis casi 100 kilos de peso de esa época se imponían ante la mayoría de los que intentaron enfrentarme, el caso del Muppet era distinto, su cuerpo acostumbrado a hachar quebrachos en el monte, mas los conocimientos de box lo hacían un tipo al que nadie se atrevía a desafiar.

Un día que el guardia son veía como ‘entrenábamos’, nos preguntó porqué no organizábamos una pelea entre nosotros, a pesar de que me negué rotundamente ya que sabía que mis posibilidades de hacer un buen papel en el ring con mi amigo eran nulas, él me terminó de convencer de que la hiciéramos, por supuesto cobrando entrada, que se efectivizaría con la entrega de un jabón, un desodorante, un par de medias, u otra cosa de las que siempre hacen falta en la cárcel. Un oficial nos trajo un par de guantes de 10 onzas y entre todos improvisamos un ring, que bien visto, daba pena de solo mirarlo por lo endeble que era.

Llegado el momento, y a pesar que contaba con el compromiso del Muppet de que solo marcaríamos los golpes para el puntaje, sin lastimarnos la cara, debo confesar que estaba bastante nervioso. Uno, al que le decíamos ‘el Muelto’, porque a él no le salía pronunciar la ‘R’, me secundó en el rincón, con el compromiso de mi parte de darle 3 paquetes de cigarrillos de los que recaudaría, ya que ni el Muppet ni yo fumábamos.

La pelea empezó muy bien, estábamos entusiasmados porque el ‘borderaux’ había sido muy bueno, habíamos juntado como 3 kilos de yerba, otros tantos de azúcar y un montón de cosas que queríamos, como cassette del dúo uruguayo ‘Los Olimareños’ entre otros.

El primer round estuvo muy bien, tratábamos de lucirnos haciendo fintas y amagues varios, tirábamos algunos golpes al cuerpo y ambas hinchadas nos aplaudían y nos daban aliento con sus gritos.

El segundo round fue bastante malo para mi, mi contrincante abusaba de sus conocimientos y me hacía quedar mal parado, colgado de las sogas cada vez que quería acorralarlo y él me esquivaba. Ya al final, en un momento él abrió la guardía y me dejó un espacio como para meter la derecha en cross, como ya algunos se empezaban a reír de mis escasos recursos boxísticos, no lo dudé un instante y mi mano llegó clara y contundente a su cara, no obstante el efecto le duró un instante y me sonrió, y yo entendí el mensaje “vos empezaste, después no te quejes”.

El tercero y cuarto round (la pelea estaba pactada a 4 rounds), fue un intercambio de golpes en donde yo salía mas castigado que él, fue en el cuarto que logramos que los concurrentes se pusieron de pié para aplaudirnos, tal era las ganas que poníamos, aunque yo tenía la cara inflamada y el Muppet solo una ceja marcada.

Al finalizar, nos dimos un abrazo, donde aprovecho para decirme al oído “Estuvo buena ¿no?”. Al otro día me confesó que había abierto la guardia a propósito para que yo me soltara y que la pelea resultara buena.

A la semana siguiente, ya estábamos organizando la revancha.

 

Marzo 2019

Blog del autor: http://lamuralladeramiroross.blogspot.com

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