El narcisista grandioso maligno

Por Alberto Daneri*

Mata por placer. ¿Pruebas? El caso Leopold y Loeb (1924). ¿Ocurrió en V. Gesell? El trastorno narcisista de la personalidad es un patrón de grandiosidad y enorme deseo de admiración. Comienza en la adolescencia, como epidemia de ostentación, con videos y selfies en las redes, para hacerse famoso. A quienes están debajo de ellos los juzgan inferiores, por clase social, piel, xenofobia. Nadie es suficientemente bueno para ellos. Su diversión es ir en barra a emborracharse y provocar. De esto, como los rugbiers antes y un padre de dos, salen indemnes por útiles relaciones. El narcisista maligno revela una patología severa del superyo, con conducta antisocial y agresión continua. Si es psicópata, su sadismo carece de empatía hacia los otros. El desorden del narcisista grandioso consiste en un exagerado amor por sí mismo y la obsesión por demostrar que es mejor que todos. Si no es respetado como cree merecer, se siente maltratado. Lo certifican quejas de los rugbiers por el trato recibido en la cárcel. Es un as de la manipulación para que satisfagan sus deseos. Busca ser el centro de la atención y espera que lo elogien, dada su baja autoestima. La juventud actual divide al mundo entre ganadores y perdedores, pero se ubica entre los primeros. Los asesinos pueden ser también paranoicos.

La paranoia provoca la idea de tener razón y un recelo neurótico de ser perseguido por esa razón. Otros padecen esquizofrenia: induce a mentir, fraguar fantasías, y les es difícil distanciar lo cierto de lo falso. Todos distinguen el bien del mal. Su violencia carece de sentido moral. Desprecian indiferentes al muerto (“Caducó”). Desde Vietnam soldados de EE.UU. volvieron mentalmente enfermos y otros se suicidaron, entrenados para ver al enemigo como “cosa”, un simple “blanco”. El hijo del general Patton arengaba: “¡Quiero ver saltar brazos y piernas!”. El film “Apocalipsys now” (1975) lo plasmó: tiraban vietnamitas vivos desde helicópteros. Lo copió en Argentina la dictadura. “Yo soy Dios”, decían aquí marinos. Allá mataron en la aldea My Lai a 576 civiles –mujeres, niños y ancianos- por orden del teniente Calley. Uno se arrepintió, condenaron a Calley a perpetua y al día siguiente el presidente Nixon lo indultó. Como Hitler a los judíos, creían a los vietnamitas subhumanos. Igual a gente de 49 países que invadió EE.UU. en el siglo XX: México, R. Dominicana, Corea, Panamá, Irak, Líbano, etc.

El mito de Narciso se originó en la Grecia clásica. Joven de gran belleza, dejaba tras él mujeres enamoradas, como la ninfa Eco, previamente condenada a sólo ser capaz de repetir las últimas palabras que oía. Un día, cazando, Narciso oyó un ruido y preguntó: “¿Hay alguien aquí?”. La ninfa dijo: “Aquí, aquí”. Eco se mostró ante él pero Narciso la rechazó. Despechada, se escondió en una gruta, hasta quedar sólo su voz: el Eco. Narciso fue castigado por su vanidad. La diosa Némesis lo hizo enamorar de su propia imagen reflejada en un lago. Atraído por esa figura (como hoy selfies de rostros, aros, tatuajes) se arrojó al lago para poseerse y se ahogó. Allí nació una flor, el narciso. Lección: al narcisista lo inmoló su propio reflejo. Como a ciertos políticos. Por adorarse a sí mismos, envidian a otros. No les gusta recibir órdenes de quienes creen inferiores y rechazan carecer de control sobre los demás. El Congreso lo revela.

Tiene éxito en su carrera profesional debido a su seducción y a relaciones. Freud se equivocó al creer a las mujeres más narcisistas que los hombres, basado en su época, donde era el objeto y no sujeto de amor, opuesto a lo que ocurre hoy. A principios del siglo XX ellas se desvelaban por su apariencia física. A inicios del XXI, un análisis de la Universidad de Búfalo (EE.UU.) reveló que esa preocupación es similar en ambos sexos; pero el narcisismo afecta más al hombre. Sobre 355 estudios en 30 años, el hombre posee más confianza de privilegios, más deseo de poder y liderazgo y tiende a explotar a otros. Hombres y mujeres son igual de coquetos y presumidos en su vida social. “Circe”, cuento de Cortázar y film con G. Borges, mostró que la conquista del otro sólo les afianza frente al espejo. Por ello, no mantiene relaciones de pareja estables. Idealizar al objeto de deseo genera tras su posesión, la decepción.

Su ego lo induce a ver supuestos enemigos (por un roce con el hombro rugbiers amenazaron y mataron, ocho contra uno, a F. Sosa) pues se siente humillado y ofendido frente a gestos que cree un ataque. Tiene la idea de que el otro nunca está a su altura. Ese aire de superioridad lo une a mentir para no hacerse responsable de sus actos. Al intuir confrontada su valía evita mostrarse vulnerable, lo estima un síntoma de inferioridad propio de débiles y no acorde con la imagen de sí mismo que se adjudica y busca proyectar. Detesta que lo critiquen, y si oye una palabra que le disgusta surge su ira y pelea en barra. De cometer un crimen, romper el círculo vicioso del pacto con su líder implica contacto cero. Para quebrarlos, deben separarlos.

En Villa Gesell, deslindaron culpas armando una causa a un remero que estaba en Zárate. La policía lo detuvo. Debió ser como probable testigo. Pero le exigieron probar –por “inversión de la carga de la prueba”, inconstitucional según art. 18-, que no era el asesino. Tenía filmaciones en Zárate. Así desarmó la maniobra. El no control parental origina la grandilocuencia. Investigadores comprobaron (2014, casi mil casos) que la culpa primigenia es de los padres; los sobreprotegen. Por eso dijeron: “Zafamos de otras y lo haremos de ésta”. Es falaz que quienes evitaron defender a Sosa no son partícipes. Asustaban. En sainetes de hace un siglo y films de los ´50 se aprecia que un solo “compadrito”, amedrentaba. El miedo (oculto) los obliga a actuar en masa: la necesitan. Pues el cobarde en su interior muere muchas veces (escribió Julio César) y no una sola como el valiente.

El daño en la construcción psíquica del narcisista “grandioso maligno” es la megalomanía. El temor activa su rechazo a una identidad ridiculizada: ser igual a los demás. Ese malestar psicológico puede arrastrar al crimen. Hay una segunda categoría, los narcisistas “frágiles”. Ansiosos, por mecanismo defensivo se refugian, frente al delito, bajo el ala de amigos. Un tercer grupo, de “alta exposición exhibicionista” y extravertido, filma cuanto hacen: el que volvió tras el crimen. No pudo evitarlo, la “compulsión” a matar y ver la rubrican otros casos.

En Zárate, su club no criticó a socios que pateaban una cabeza en el piso. Años atrás era uno contra otro, el resto miraba. No se admitían patadas. Ni de pie ni caído: sólo manos. Es mejor perder con honor que ganar sin dignidad. ¿Prohibirá el rugby usar las manos afuera, como al boxeador? Incluyan los pies: patean la guinda a 50 metros. Con más potencia que futbolistas.

Richard Loeb (19, ordenaba) y Nathan Leopold (18) eran brillantes estudiantes e hijos de millonarios influyentes en Ohío, EE.UU., 1924. El altísimo coeficiente intelectual de Leopold (no se pudo medir) y su “narcisismo grandioso maligno”, les hizo cometer el “crimen perfecto”. Creían ser impunes. Eligieron “una cosa”, el niño de 14 años que volvía de la escuela por el bosque. Loeb lo mató. Fraguaron secuestro pidiendo 10 mil dólares. Pero se descubrió el cuerpo que “jamás hallarán”. Loeb, soberbio, se ofreció a colaborar con la fiscalía, y señaló como probables culpables a profesores luego despedidos. Uno se suicidó. A Leopold se le cayeron los anteojos en la escena del crimen y de 4 mil sospechosos la lista se redujo a tres: eran especiales. Un cuidadoso fiscal fue a casa de Leopold (allí supo que esa noche vendría a cenar un miembro de la Corte) que lo trató despectivo. En la fiscalía las pueriles excusas de ambos cayeron y confesaron culpando al otro. La década los ´20 fue la de la “generación perdida”, bebida juvenil, faldas cortas, libertades sexuales, correr a gran velocidad en autos y la caída de la supremacía paterna, antes árbitro de la conducta juvenil. El motivo del crimen escandalizó. Fue la emoción, “placer” al hacerlo y demostrar supremacía. La sociedad observó ese crimen “de ricos” con repugnancia. Los llamó monstruos y exigió la horca que su confesión preveía. Por aquella protección paterna tenían la mente (emocional) de un niño de 7 años.

Sus padres contrataron al eminente abogado Clarence Darrow; desdeñó la fortuna ofrecida, bregaba por el progreso: la obra “Heredarás el viento” analiza su defensa gratuita del maestro que en un pueblo enseñó la teoría de Darwin como génesis del hombre y fue despedido, generando un debate nacional con fanáticos religiosos. El joven ganó. Sabiendo que un jurado los condenaría a muerte, Darrow los declaró “culpables” y el jurado fue disuelto. Decidiría el juez. El brillante alegato buscando redención, no sólo castigar sino reeducar, o “usted solo, con su conciencia, los enviará a la horca”, los salvó. Loeb murió en la cárcel en una pelea. Leopold hablaba 14 idiomas, y en prisión sumó 27, estudió filosofía, jeroglíficos y aprendió Braille para ayudar a un preso ciego. Hitchcock filmó en 1948 una obra sobre el crimen: “Festín diabólico”. James Stewart enseña la teoría de Nietzsche de la superioridad de unos sobre otros y dos alumnos ricos matan y brindan sobre el oculto cadáver. Lo descubre aterrado Stewart y los entrega. Leopold purgó 34 años, salió con 52. Rechazó su herencia, se mudó a donde no lo conocían, Puerto Rico, se casó y empleó de radiólogo por el salario mínimo. ¿Halló la paz? Escribió un libro titulado como su condena: “Prisión perpetua y 99 años más”. Lo he leído.

¿Los rugbiers son monstruos? No. Cada día un femicidio y los fines de semana, alcoholizados de diversas clases sociales, promueven riñas. Esto no admite una causa única. Tensiones renovadas y desigualdad creciente son una. El racismo de nuestra sociedad (“¡Matalo a ese negro de mierda!” gritó uno de ellos porque Sosa era de piel marrón e hijo de paraguayos), otra. La corrupción policial, ningunea. Los padres no educan sobre la diferencia entre el bien y el mal, las religiones caducan. ¿Qué puede pensar un hijo de 20 años de un padre de clase alta que pregona transparencia con su dinero en paraísos fiscales? ¿O de funcionarios que llenan sus arcas en manos de testaferros? ¿O el villero que ve al hermano traer objetos robados a costa quizás de un crimen? ¿O un niño al que prohiben ir al colegio y obligan a mendigar? A una mitad no le importa cómo subsiste la otra, sea por hambre, falta de trabajo o educación.

Reina la anomia, vivir sin normas. Arman causas para sumar delitos condenados (sólo el 2 %). Una pudo ser al remero. Si algún rugbier va a la cárcel ¿saldrá redimido como Leopold? Su falta de contrición e historial de palizas no penalizadas permiten dudarlo. La mayoría de convictos que salen, sin trabajo ni inspección nocturna en sus casas -rige en EE.UU.- reinciden. “La justicia –acotó el autor de policiales Erle S. Gardner en el prólogo al libro- debería tener la suficiente grandeza como para no necesitar recurrir a la injusticia para lograr sus fines”

 

* Nació en Buenos Aires. Su bisabuelo combatió en Sicilia con Garibaldi (quien forjó la unión de Italia) y su padre en una Guerra Mundial. Como escritor, publicó libros de poesía, teatro, cuentos y ensayos. Fue periodista en diarios y revistas y durante 2010-12 columnista en Tiempo Argentino. Dio conferencias sobre literatura italiana (1998-2004) en la Asociación Dante Alighieri. Y sobre otros temas en España e Italia. Tiene obras traducidas a varios idiomas. Obtuvo el Primer Premio Municipal de Buenos Aires; Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores; Premio Fondo Nacional de las Artes; Mención de Honor del Premio Tirso de Molina (España, 1994).

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