El ojo insomne de las peceras

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Juan Carlos Méndez Guédez

Todavía me ponen triste las peceras ¿sabes? Una tristeza como de luz blanca, como de agua detenida, fosforescente, como de burbujas y vidrio. Y yo mirando y mirando, porque la pecera iba creciendo en mis ojos, la pecera cada vez era más grande, cada vez era más burbujas.

Y a veces sueño con un ojo que me observa.

De allí me ha quedado esa necesidad de no mirar. De llegar a las casas y voltear el rostro cuando tropiezo con uno de esos rectángulos de vidrio. Fijarse entonces en las paredes, detallar uno de esos cuadros ingenuos con flores, casas en medio de la montaña, bodegones. Porque todavía me ponen triste las peceras. Aquella pecera. Una pecera en la casa de los vecinos. Una pecera que se iba expandiendo en las pupilas a medida que transcurrían las horas y el reloj repetía sus campanadas. El ruido de la pecera. La bom­bona de oxígeno lanzando pequeños murmullos, llenando de planetas la superficie del agua. Y otra vez el reloj. ¿Las ocho ya? Entonces sonaba en el portal un silbido y los niños de la casa corrían a abrir. La pecera como el ojo inmenso de un gigante. Tú, confuso, pensando en ese ojo, porque Isabel, la mamá de los niños, llegaba hasta la sala ¿este se vuelve a quedar aquí? y luego desaparecía en el cuarto dejando un rastro de perfume, falsas perlas, pendientes de oro.

Hoy no, decías. Hoy no. Hoy no quiero. Pero a las ocho y diez sonaba puntual el teléfono y contestaba la abuela de los vecinos. No se preocupe, aquí está con nosotros. No hay problema. Le daremos la cena, lo acostaremos en el sofá. Sí, no se preocupe, en la tarde estuvo ensayando.

Y venía otra noche con la mirada flotando sobre esa pecera. Tu madre en la oficina. La máquina de escribir repiqueteando horas y yo prefiero estar allí, yo prefiero estar contigo, le rogabas, pero las veces que lo intentaron fue un fracaso. Te aburrías en los escritorios. Jugabas con los clips. Hacías muñequitos con los vasos Dixie. El tiempo pasaba y tu madre continuaba archivando carpetas, escribiendo en la máquina, llenando cuadros minúsculos, hasta que te dor-mías en la alfombra, exhausto. Y salían de madrugada. La autopista desierta y al fondo los cerros llenos de luces. Así hasta que una mañana no entregaste los trabajos que ha-bían pedido en el colegio. Advertiste que habías estado en la oficina con tu madre: Horas extras, expliqué. Necesitamos el dinero. Horas extras, maestra. No me creyeron. Llamaron a mi mamá. Ella les contestó que era cierto. Eso es irregular, contestaron, un niño no puede estar de madrugada en una oficina, un niño tiene que estar en su casa durmiendo, contrate a alguien, dígale al padre. Pero como decirles que tu papá, que tantos años. Y tu madre habló con los vecinos. Les pagaría una cantidad cuando ella tuviese que dormir en el trabajo.

–La abuela dijo que ellos podían cuidarte.

Todavía me ponen triste las peceras. Nunca podía saber si me aguardaba un día normal. Mamá en casa, la telenovela, el aroma de su comida, el olor a madera del piano, o si debería quedarme largo rato contemplando esa pecera de mierda, mirando a la abuela, oyendo los gritos, oyendo los quejidos de Isabel, su voz rugosa como una lija, cochino, límpiate bien la boca cuando comes. Y tú bajando el rostro, pasándote la servilleta por los labios como si estuvieses desprendiendo una mancha, como si estuvieses quitando el moho de una pared.

Porque nunca la olvidas. Y esta mujer que ahora va entrando a la cafetería podría ser su hija. Se parece mucho. Tiene las mismas piernas y un gesto muy coqueto cuando aprieta los labios. Sí. Puede ser su hija.

–Tú decías que te gustaba estar en esa casa. Tú parecías divertirte.

En el día me agradaba estar allí. Los chicos de Isabel: una niña, un niño. La pelota contra la pared, ahora los carritos, ahora la pelota, ahora el castillo, ahora la niña, ojos lindos, rostro lindo. Y la abuela, una señora silenciosa que cocinaba todo el tiempo. Y durante las mañanas la pecera sólo parecía un agua inmóvil en la que nadaban peces tontos. Figuras de colores que se opacaban con el brillo espeso del sol. Pero a medida que avanzaba la tarde aquella pecera comenzaba a crecer, comenzaba a resonar con más fuerza y cuando oscurecía la casa quedaba tomada por esa luz blanca, por esa mirada mortecina de los peces, por esos animales gélidos abriendo la boca, tropezando con los vidrios, contemplándome.

Entonces el silbido. Isabel llegaba de nuevo y te miraba. La abuela seguía cocinando, cantaba canciones en voz baja y alguna vez discutían. Nos viene bien el dinero, la plata no la regalan, el muchacho casi no molesta. Y luego un murmullo apagado. ¿Qué contestaba, Isabel? Sus ojos furiosos. Lávate las manos que vamos a cenar más temprano. Lávatelas bien, con jabón, y quita esa cara que pareces idiota.

–Nunca me contaste nada. Nunca me dijiste que te disgustaba estar allí. No podíamos hacer otra cosa, hijo, tú lo sabes.

Lo sabías. Sabías que los rodeaba una lluvia de facturas. Conocías el rostro de tu madre cada vez que llegaba una nueva factura: la casa, la escuela privada, clases de francés, clases de inglés, giros del piano a crédito, profesora de piano, profesor de pintura, enciclopedia gigante.

Vivíamos en una zona pobre. En unos edificios peque-ños, achatados, de apartamentos minúsculos. Apenas al cruzar la calle comenzaba el barrio con chabolas de cartón, las calles de tierra, los disparos en la madrugada, las aguas malolientes, los hombres con cicatrices en el abdomen.

Vivías en la frontera. Así la llamabas años después. La frontera. La línea. Y tu madre intentaba alejarte de ese otro lado de la calle que estaba allí como una advertencia, como una amenaza. En los mismos edificios se burlaban de ti. El mariquito que estudia francés, el mariquito del piano, el mariquito que no viene a las canchas a jugar baloncesto.

Una vez escapaste. Dejaste de ensayar escalas, te fuiste a la cancha: jubiloso, pleno, sintiendo que te picaba la piel, que te ardían las encías con una felicidad nerviosa. Los muchachos te dejaron jugar con ellos pero a los pocos minutos sentiste un codazo en la nariz. La sangre. El mundo rojo. Tú en el suelo. El hijo de Isabel sonreído con el balón entre sus manos. Alguien intentó ayudarte, pero el resto siguió jugando. La sangre. Volviste al piano. Ensayaste cinco horas seguidas con la nariz inflamada hasta que te tocó ir a casa de los vecinos. La abuela te curó con un hielo, te puso una gasa, pero esa noche Isabel llegó como siempre: perfume, perlas falsas, y tú eres idiota, muchacho, seguro te dejaste pegar. ¿Por qué no te defendiste? A este tanto estudiar lo está poniendo idiota.

–Ella me dijo. Sí. Ella me contó que te habías escapado a la cancha. Fue Isabel.

Me castigaron tres semanas sin ver la televisión. No protesté. Contemplaba la cancha con aire perplejo y seguía con el piano. Una y otra vez. El piano carísimo. El piano que era como una estridencia en ese sitio de la ciudad, un malentendido, un error copando la mitad de aquella casa. El piano que pagaríamos cinco años. Necesitamos las horas extras, profesora. El piano que empezó a aburrirte a los pocos meses, pero tú allí, volcado en las teclas. Para que mamá me observe, el Rubinstein de la zona obrera. Algo que no pudiste decir en ese entonces pero que dices ahora, recordando. Los dedos tercos, los dedos agarrotados, torpes sobre el piano bellísimo.

Y por esos días llegó a casa de los vecinos una niña pequeña. Una gordita. Otra nieta de la señora a la que debían hacer unos exámenes médicos. Isabel se notaba más irritable que nunca. Llegaba a la casa dando gritos. Se encerraba en el baño, salía envuelta en un albornoz, el pelo cubierto con una toalla, y miraba la televisión con gesto serio. La niña caminaba por la casa, quebraba algún adorno, llenaba de baba los muebles. Coño, esta niña debería estar con mi hermana, cada quien tiene que ocuparse de sus propios hijos.

Y estar en esa casa te hacía más torpe, más olvidadizo, más extraviado. Una noche fuiste al baño y luego saliste a toda carrera porque tu mamá te llamaba por el teléfono para avisar que no llegaría tan tarde, que la esperaras despierto, que te había comprado un libro con pinturas de Van Gogh. Colgaste feliz. Volteaste para comentárselo a la abuela de los muchachos. Se escuchó un largo grito. Isabel rugía. Daba alaridos y apareció en la sala señalándote con el dedo. Acercó su rostro feroz y te reclamaba algo. Caminaste tras ella. La pequeña había entrado al baño y con sus manos fue sacando uno a uno tus mojones y los arrojó frente al cuarto de Isabel. Mírame los pies, coño, mírame los pies. Las sandalias llenas de una materia pastosa. Las uñas pintadas, cubiertas de mierda. Baja la poceta, baja la cadena cuando vayas al baño, coño. Y tú balbucías. Nunca te pasaban esas cosas, perdónenme, nunca se me olvida hacerlo. Es la primera vez. Lo juro.

Cuando llegó mi madre, Isabel salió a recibirla y estuvo media hora reclamando. Enséñale modales también. No sirven tantas clases de piano si no sabe bajar una cadena. Y mamá pedía disculpas, se mordía el labio, me observaba con una mirada que iba desde la compasión hasta el reproche. Nos marchamos. Tú habías perdido las ganas de mirar el libro de pinturas pero lo aferrabas con tus dedos, como si contemplando aquellos girasoles pudieses olvidar la ver-güenza. Ya iban a abrir la reja cuando Isabel se asomó y desde el pasillo gritó: por cierto, mujer, deberías arreglarte el pelo, pareces una sirvienta, dale buenos ejemplos al niño. Y tu madre sonrió desolada. Van Gogh hijo de puta. A quién puede gustarle Van Gogh, decías tú, sin hablar, callado, sin hablar.

Pocos días antes de que la niña gordita volviera a su casa me dejaron solo con ella. La abuela y los hijos de Isabel tuvieron que ir a un acto en el colegio. La nena lloraba, abría la boca y soltaba berridos como los de un animal. Estuve un rato tratando de leer. No podía. La niña seguía dando gritos en su cuna. Te acercaste. Le diste un pellizco en la pierna. Le torciste la piel y sentiste que todo el cuerpo te temblaba. Que te calles, coño, que te calles. La niña gritó con más fuerza. Me fui hasta la sala a mirar la pecera. Un ojo enfermo, muy blanco. Peces idiotas subiendo, bajando, subiendo, bajando. Algas verdes que se bamboleaban. Tuve miedo. Lo van a saber. Isabel se pondrá furiosa. Lo van a saber. Luego me sentí culpable. Pensaba en la niña, le debe doler, soy una plasta, y por eso la saqué de la cuna. La cargué, empecé a susurrarle una polonesa. La niña al principio me rechazó, se batía, se agitaba, pero poco a poco se fue quedando dormida en mis brazos. Cuando retornó la abuela con los hijos de Isabel se sorprendió. Que bueno que la calmaste, pobrecita, dijo la señora.

Nunca te descubrieron. Pero sentías que ya no eras el mismo. Estuviste semanas silencioso, estudiando y estudiando piano. Golpeaba las teclas y la profesora te decía que estabas perdiendo técnica, que más bien buscaras un tambor, que no fueses bruto. Y muchas noches quedabas de nuevo frente a la pecera: luz enfermiza, foco en medio de ese apartamento en penumbras donde Isabel veía la telenovela y le daba manotazos a la abuela cuando no la dejaban escuchar.

Tu mamá debería cortarse el pelo bien bonito, te dijo la niña de Isabel una tarde, sus ojos bellos, su cara bella, su boca apretada en un gesto coqueto y dulce. Debería cortarse el pelo bien bonito y no trabajar tanto. Mi mamá se lo corta siempre y se maquilla, y un día nos va a conseguir un papá con un carro muy grande y una casa todavía más grande y saldremos de aquí y yo no te veré más y me vas a hacer falta, comentó y sentí algo que no supe definir, algo que ahora, recordando, puedo reconocer como la ternura, como una mezcla de compasión, de miedo.

Así me dijo. Y debe ser ella. La mujer hermosa que está frente a mí tomando una coca cola es la hija de Isabel. Podría acercarme a saludarla. Es ella.

–Verdad que sí. Se mudaron con un señor. Pero eso fue mucho después del accidente. Se mudaron todos. ¿Y dices que hoy viste a la hija?

Isabel me sorprendió. Lindísima. La veía lindísima, con unos vestidos violetas, ajustados. Qué bonita Isabel cuando se acomodaba en las noches para salir. Yo hasta olvidaba la pecera burbujeando frente a mis ojos. Porque Isabel se desentendía de todos en la casa. Apenas daba gritos para que le trajeran las medias o unos zapatos. Y empezaba a verse bonita. Sin mirarme. Sin tiempo para lanzarle cachetadas a los hijos o insultar a la abuela por servirle la comida fría.

Bellísima Isabel que se despidió con un gesto teatral. Las dos manos como mariposas flotando en el aire, como una actriz en el momento de montarse en un avión. Y besos, besos a la abuela, besos a los hijos, y el momento insólito en que se acercó a mí y me dio un beso en la frente, un beso que me repugnó un poco, que me gustó un poco. Porque esa noche Isabel iba a un brindis en el Hilton y llegaría tarde, por favor no me esperen, chao niños, chao chao.

Isabel salía con alguien en esos días. Se veía feliz. Lo nombraba a cada rato. Creo que era un empresario. Alguien que aparecía en los periódicos porque ella le mostró a los hijos un recorte y luego llegó una tarde con un Mercedes Benz que le acababan de regalar. Estaba exultante. A veces ponía discos. Unos discos espantosos de Julio Iglesias y bailaba con el hijo. También duraba horas en el teléfono. Riendo. Susurrando. Alguna vez yo la veía poniéndole comida a los peces y una noche cocinó una tortilla para todos y le quedó muy mal, y a los hijos y a la abuela les pareció muy gracioso. Creo que hasta yo llegué a sonreírme. Debo haber estado de buen humor, quizás no había horas extras ni peceras, o era tan sólo que Isabel ya no era tan Isabel como siempre.

Pero algo ocurrió. No puedes saber qué. Isabel salió menos en las noches. Regresaba exhausta, casi sin hablar, y se encerraba en el cuarto. Pienso que debí quedarme un par de veces esa semana. La primera vez me insultó porque derramé el agua sobre la mesa. Pero el piano pareció experimentar una mejoría. Di un concierto junto con otro montón de niños y mi madre fue a verme y sacó muchas fotos. Me sentía especial, distinto, como si la pecera de Isabel no pudiera hacerme daño, como si la calle de las chabolas que estaba frente a la casa fuese apenas un borrón del paisaje, un juego de la luz.

La siguiente vez que debí dormir en casa de Isabel ella estaba contrariada por algo. Habló por teléfono. Colgó. Pidió que le trajeran sus zapatos porque iba a salir a esa hora. La abuela le pidió que se quedara tranquila. ¿Y no trajo el dinero? Empezó a gritar. ¿No trajo el dinero? No. Vino, estuvo unos minutos y te dejó unos discos, dijo la abuela. Los trajo de regalo. Isabel se lanzó furiosa sobre los long plays. Los sacó de sus fundas y primero los arrojó sobre el suelo, pero al ver que apenas estallaban los bordes, abrió las hornillas de la cocina y los fue colocando encima del fuego.

Todavía recuerdas cómo se doblaban, cómo se iban deformando. Eran aquellos discos antiguos de vinilo. Los de aquella época. Isabel los tomaba entre las manos y los iba deslizando por la llama hasta que se volvían una pasta negra. En un momento dado intentó arrancarle pedazos a los discos, quiso arañarlos, trató de halar con sus dedos esos hilos burbujeantes.

Lo hizo mucho rato, hasta que comenzó a gemir y nos dimos cuenta de que tenía las manos ampolladas. Todavía puedo recordar esa piel, aquellas bolsas de agua, aquellas manchas rojizas mezcladas con una grasa oscura, mientras Isabel alzaba sus brazos, mientras rugía.

–Nunca me hablaste de eso.

Volviste a la oficina con tu madre. Llevabas tus cuadernos de la escuela, algunas cobijas, la almohada, y después de hacer en un escritorio mis deberes, mamá me acostaba en la alfombra. No quise preguntar qué había pasado con los vecinos. Prefería dormir entre aquellos escritorios y aquellos archivadores que contemplar noche a noche una pecera.

Vinieron las vacaciones. Tu madre pidió un crédito y volaron a Europa. Visitaron museos, acudieron a algunos conciertos. Ella sonreía cuando pedías información utilizando frases en inglés o francés. Tú no te sentías tan feliz. Sabías armar oraciones, tal y cómo te habían enseñado en la academia, pero no comprendías nada de lo que te decían. Asentías con la cara y luego adivinabas las respuestas.

Regresaron después de dos semanas. Supiste que ven-drían muchas horas extras, porque al piano, ahora se le sumarían tres años de giros para costear ese paseo espléndido que tu madre había querido darte.

Una tarde mientras ensayaba (los dedos tiesos, los dedos tambaleantes, aporreando las teclas durante horas y horas) mamá me llamó por teléfono. Me dijo que ella llegaría temprano, que no deberíamos dormir en la oficina. La escuché y de repente supe que Isabel había tenido un accidente con el Mercedes. Ya está bien, ya se encuentra mejor y regresó a su casa. Estaba embarazada y perdió el niño. Pero la abuela me dijo esta mañana que Isabel quería verte, que pasaras por allí en la tarde. Ve ahora y la visitas un poco.

Quisiste decir que no. Quisiste negarte, pero todavía hoy no sabes cómo rechazar algo. Esperaste unos minutos y fuiste al apartamento de Isabel. Tocaste el timbre, la abuela te invitó a entrar. La casa estaba silenciosa. Los niños no se encontraban en ninguna parte. No quisiste preguntar por ellos y te quedaste paralizado en la sala. La pecera continuaba allí: un olor ácido, gelatinoso. Se notaba que no la habían limpiado porque el fondo estaba lleno de escamas, pelusas, restos viejos de comida.

Caminaste hasta el cuarto de Isabel. Ella se encontraba en la cama mirando la televisión con gesto ausente. Cuando me descubrió en el umbral de la puerta sonrió. Se veía preciosa cuando sonreía. Tenía puesta una bata color salmón y me encandilaron sus piernas: largas, torneadas. Me llamó a su lado. Hablaba en voz baja. Dijo que había comprado un dulce de leche. Llévate un poco, está muy bueno, sé que te va a gustar.

Isabel se levantó. Caminaba muy lentamente. No pude dejar de mirar sus piernas. Eran las piernas más bellas y lisas que había visto nunca. Llegó a la cocina, envolvió un trozo de dulce en papel de aluminio y lo colocó en mis manos. Luego me marché. Confuso, perplejo. Y me comí el dulce muy poco a poco, para que su sabor, para que su presencia, durase mucho y se prolongase en esa tarde en la que no quise volver a ensayar con el piano.

–Ellos se mudaron, se fueron. Al año ella consiguió un nuevo novio. Un señor mayor le regaló una casa en otro sitio.

Así es. Debe ser su hija. Esa mujer que se encuentra en la mesa de enfrente debe ser la hija de Isabel. Los mismos ojos, y esas piernas: tan lisas, tan perfectas. Y tiene un gesto, una manera de apretar los labios, que me recuerdan aquellos días en los que jugábamos juntos y ella me recomendaba que mi mamá se cortase el pelo. Sería muy sencillo ir a saludarla. Es preciosa. Pero si se acuerda de ti preguntará muchas cosas de las que no deseas conversar. No quieres decirle que años después vendieron el piano. Una profesora le dijo a tu madre que te habías estancado abruptamente, que no mostrabas progresos. El piano se llenó de polvo. Tú lo utilizabas para colocar los vasos de colacao y las galletas de la merienda. Al final lo remataron. Les dieron una tontería pero al menos pudieron sacarlo de casa. Se había convertido en un enemigo silencioso.

Sin mayores estridencias terminé mis estudios en la universidad. De tantos cursos, de tantas enciclopedias, libros, conciertos, y hasta algún viaje que me procuró mamá, quedaron vagas informaciones, detalles que a veces sorprenden a mi esposa (una buena muchacha dedicada a la peluquería), o a mis compañeros del colegio. Gente sencilla que ha llegado a considerarme un hombre culto. Por eso todos los años soy el profesor encargado de dar el discurso de navidad.

Ayudo a mamá con mi sueldo. La visito cada semana porque vivimos en el edificio de al lado y conversamos de muchas cosas, pero nunca mencionamos el piano, ni los cuadros de Van Gogh.

De Isabel o su abuela tampoco hablamos.

No creo que le cuente que hoy me tropecé con la hija de Isabel. No creo que se lo diga a nadie. Pero por momentos tengo el impulso de levantarme y saludarla, preguntarle por todos, por aquella prima suya, la niña gordita, y averiguar si su abuela vive, y preguntarle por su hermano, y sobre todo saber cómo está su mamá.

La imaginas con el rostro agrietado, como si fuese de engrudo. La ves con las piernas hinchadas, las caderas recrecidas, y escuchas sus gritos feroces, lo único que Isabel habrá conservado de aquellos años.

Prefiero no saber. Además mi hijo pidió esta mañana que le regalara una pecera. No le contesté nada y se puso a llorar.

Mi madre dice que el niño tiene mucho talento, que debería inscribirlo en clases de teoría y solfeo, de violonchelo, que debería buscarle profesores privados.

La hija de Isabel se levanta y pasa a mi lado. Tiene un fresco olor a perfume, a jabón. Se sonríe al ver que la espío pero no me reconoce. Pago el café que acabo de beberme y tomo las bolsas. Le llevo a mi hijo un kimono para que comience clases de Kárate. De la pecera ni hablar. No pienso comprarla. No puedo.

A veces sueño que un ojo gigante me mira, un ojo insomne, gélido, como el ojo absurdo de los peces encerrados en una pecera.

(Madrid, 2003)

(De: Hasta luego, míster Salinger, Páginas de espuma, 2016)

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