El otro límite

Por Graciana Peñafort

Lo vi por televisión, encerrada como estoy. Y como con cada cosa que veo por televisión, me pregunto si es cierto o un mero montaje, construido para que yo —y todos— tengamos la certeza de que vimos lo que vimos y no nos preguntemos si realmente sucedió. Esa certeza que dan los ojos y que mi abuela resumía, sin saber nada de medios de comunicación, como “esto que te cuento es cierto, lo vi en televisión”. Lo que mi abuela no sabia y yo tampoco entonces era que la televisión es el ojo de otro que nos muestra. Que la televisión no es una mirada simple y directa, sino una construcción de sentido hecha por otro que no se muestra, pero que está ahí, mirando por nosotros y que nos convence que eso que vemos es lo que vemos nosotros y no lo que ve él. Eso que vemos es lo que vemos y no lo que construye él. Que puede ver el montaje, la escenografía de madera pintada, los huecos reales, la verdad. Sí, puede verla y también puede decidir no mostrar ni el montaje, ni la escenografía de madera pintada, ni los huecos reales ni mucho menos la verdad.

Porque cuando vemos por los ojos de otros solo vemos lo que ese otro quiere mostrarnos. Porque ese otro ve para mostrar. Ese otro ve para hacernos creer que vemos nosotros. Pero la verdad es que son los ojos de otro, impostando los nuestros.

Como sea, yo lo vi por televisión. Vi cuando aún no se había flexibilizado la cuarentena cómo las personas salían a correr por los parques de la ciudad. Vi cómo las calles que se suponían vedadas para una enorme mayoría estaban llenas de gente, como si fuera un día sin cuarentena. Los vi caminado en un mundo invadido por algo que no vemos porque es invisible y que se llama Covid-19.

Pensaba lo mismo cuando veía en TV gente corriendo, cuando salir a correr estaba prohibido. Y así cientos de casos. Pensé lo mismo cuando vi un video que me hizo llorar de emoción, de un abuelo conociendo a su nietito. Abrazando al bebe sin cumplir el distanciamiento social. Y cuando la ignota vedette publicó un video de ella metiéndose en el baúl de un remise para ir a ver a su novio. Y cuando vi que clausuraban una clínica de servicios estéticos, que funcionaba pese a que los servicios estéticos no están habilitados para funcionar. Eso sin contar que en dicha clínica publicitaban un preparado dietético que aseguraban protegía contra el Covid-19.

Y cuando vi a un renombrado diputado de la oposición sacarse una foto con barbijo en su ciudad natal, arriba de un auto, comenzando una pretenciosa “travesía por la democracia”. Episodio que terminó con ese diputado yéndose a un canal de televisión antes de que terminara la reunión en el Congreso a la que había viajado. Curioso concepto de democracia. Curioso concepto de solidaridad.

En cada oportunidad que vi o escuché esas cosas me resonaba en la cabeza lo que explica tan bien el doctor Pedro Cahn, respecto a que el virus no actúa como los depredadores que conocemos, no nos busca para contagiarnos, somos nosotros los que vamos a buscar al virus. Y el virus esta ahí, al acecho. Para contagiarnos a nosotros si puede o para usarnos de transporte benévolo para llegar a otros. Otros que no conocemos. Otros a los que no nos une casi ningún vínculo, salvo pertenecer a la misma especie y vivir en la misma sociedad.

Y es básicamente esa solidaridad por los de la misma especie la que debería llevarnos a ser más cuidadosos. Para esperar que los demás lo sean también, en reciproca solidaridad.

Pero ni somos tan solidarios ni lo son los demás. Y eso se ve con toda claridad en la Capital Federal.

El día que se decidió la flexibilización de la cuarentena era viernes 8 de mayo. Ese día el informe vespertino del Ministerio de Salud informaba 240 nuevos casos. En Capital Federal había 130 casos nuevos y en la provincia de Buenos Aires, 77. El viernes 15 de mayo, el Ministerio de Salud informó 345 nuevos casos de Covid-19. De los cuales 214 casos corresponden a la Ciudad de Buenos Aires. Y 86 casos a la provincia.

Estos números son un reflejo de lo que fue la conducta de los porteños y de los bonaerenses hace 10 días, es decir una semana antes de que se flexibilizara la cuarentena.

Y creo que son lo bastante elocuentes respecto a qué pasa cuando salís a correr o a caminar o cuando mantenés abierta una clínica de servicios estéticos. Pasa lo que estamos viendo. Crecen los casos.

Lo que voy a decir nace de mi paranoia. Hoy veré pasear a casi 700.000 personas, los niños con un padre podrán salir 500 metros por una hora. Como si alguien fuese a controlar que esas reglas se cumplan. Apenas 500 metros y apenas una hora. Mi paranoia desatada señala que con el creciente numero de casos en Capital eso se parece mucho a la aplicación de la “teoría de la inmunidad de rebaño”. Porque sabemos que los niños no son las personas más susceptibles a desarrollar las formas letales de la enfermedad. Y tampoco los adultos jóvenes, como serán mayoritariamente los padres de esos niños. Igual reitero que esto es paranoia pura.

Pero pareciera que la foto de la falta de cumplimiento de las reglas básicas de la etapa anterior no parece haberle enseñado nada a las autoridades de la Ciudad, que además de autónoma se presenta como bastante irresponsable. Resulta cuanto menos inexplicable que se flexibilicen las reglas de conducta en una sociedad que ha dado cuenta de su imposibilidad de cumplir las reglas. Los números no mienten.

Lo cual me lleva a preguntarme acerca de los límites de la libertad. En lo personal soy de la teoría de que más de 20 cuadras requieren tomarse un colectivo o un taxi, sobre todo si estás de tacos, como es mi caso habitualmente. Básicamente estoy bastante lejos de ser una fanática de salir a correr. Odio con fuerza los lugares atiborrados de gente e incluso debo vencer un par de fobias para sumergirme en las multitudes que amo decididamente, tales como los actos y los recitales. La gente suele encontrarme siempre a un costado de los eventos masivos, lo más lejos posible de las multitudes. He llegado a llorar de terror inexplicable antes de ir a un acto y sólo la determinación de ir me lleva a vencer ese terror. No hago colas por definición, salvo en Sarkis. Pago todo electrónicamente. Y compro todo lo que puedo online. Desde mucho antes de Covid-19.

La cuarentena me ha prohibido algunas de las cosas que sí hago y disfruto, tales como ir a un café con mi libro electrónico, ver a mis amigos –mato por un asado en lo de Rúa— o ir un finde a la quinta de Gustavo en Del Viso. Extraño hacer tribunales, porque me han sacado de mi mundo y extraño ir a la oficina, charlar con los demás y luego cortar y volver a mi casa. El problema del teletrabajo es que no tiene horario y los demás tienden a pensar que, como estás en tu casa, siempre estás disponible. Odio desde siempre los teléfonos y esta cuarentena solo ha empeorado mi antipatía.

Tal vez sea el modo en como vivo desde antes que ha hecho que lleve relativamente bien el encierro de la cuarentena. Eso y el miedo a contagiarme y morirme. Que sin lugar ha sido un incentivo importante para cumplir con las reglas.

Como sea, he salido solo dos veces a mas de 200 metros de casa, para ir a una farmacia. Y mi mayor aventura ha sido ir al quiosco de la esquina. A unos 50 metros de casa.

Por eso mismo y desde estos zapatos –ahora zapatillas— es que miro estupefacta cómo sistemáticamente acá, en la ciudad donde vivo, la gran mayoría vulnera las reglas. Como si cada incumplimiento no fuese un juego de ruleta rusa donde en lugar de balas lo que hay es un virus, esperando reproducirse en base a nuestras células y de allí colonizar a otros.

Imagino que para un hombre primitivo lo que digo sería ridículo, si cada vez que salía a buscar proteínas animales corría el riesgo que el portador de esas proteínas se lo comiera. O de pisar una serpiente venenosa o un alacrán o de sufrir un accidente sin número de teléfono celular al cual llamar para que viniesen a socorrerlo.

Tal vez en comparación mi amigo primitivo tenía mucha más libertad que la que tengo yo. Y la que tenemos todos. También una expectativa de vida más corta, digámoslo todo.

¿Acaso hemos canjeado libertad por seguridad? En parte sí, aun cuando nos hemos reservado una cuota importante de libertad. Esto parece bastante claro y con mucha belleza escrito en el articulo 19 de la Constitución Nacional en cuanto establece el principio rector de la libertad de las sociedades modernas: “Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe.” La ley es el límite de la libertad.

El mismo artículo 19 reserva además un plano para la intimidad, en cuanto excluye del juicio de otros hombres los actos privados que no ofendan el orden ni la moral publica ni dañen a un tercero.

Basta prender la televisión para ver que el concepto de moral publica se ha relajado bastante. Aun cuando reseño que el pudor con ciertas partes del cuerpo pervive, no así el pudor sobre ciertas ideas. A veces me ofenden cosas que escucho y que a los efectos prácticos me resultan más obscenas que una exhibición de órganos genitales.

Pero quiero volver a los limites de la libertad. Sentado que dichos límites son las leyes, vuelvo a preguntarme por qué hay sociedades que demuestran un desprecio infinito por ellas. Por las reglas y normas que regulan nuestra conducta en una sociedad.

Va de suyo que los limites a la libertad —esto es, las leyes— deben ser razonables. Parece razonable que estando en circulación una enfermedad potencialmente mortal, nos resguardemos colectivamente de ella.

No es que nos guste, no es que no sea horrible estar encerrados en nuestras casas. Y no es que para millones de personas este límite para la libertad colisione con su legítimo derecho a salir a cazar proteínas en la forma moderna, que es comprarlas. Y para comprarlas hace falta tener los recursos. Y para tener los recursos tenés que salir a obtenerlos, así como el hombre primitivo tenía que salir a buscar la rama perfecta que pudiese convertir en lanza. Lanza con la que llegaría, con suerte y viento a favor, a conseguir las proteínas.

La única forma de hacer razonable un límite a la forma moderna de salir a cazar, es asegurar a la población que recibirá su cuota de proteínas aun cuando se quede en su casa. Digo esto y señalo entonces que puedo entender a quien salió de su casa –rompió las reglas– para buscar sus proteínas. Las que necesita para vivir. La conducta no deja de ser culpable, pero es fácil encontrar su causa de justificación.

¿Pero qué pasa cuando las reglas se rompieron porque sí? ¿Qué pasa con los que salieron a correr o los que mantuvieron abierta una clínica de cuidado estético? La conducta es culpable, y no existe ninguna causa de justificación. Porque además de violar las reglas, sus consecuencias previsibles es que son conductas que potencialmente pueden dañar a otro. Entonces esas conductas no están exentas de la autoridad de los magistrados.

Con toda la honestidad de la que soy capaz, voy a señalar que no escribo con optimismo esta nota. Porque parece que nos estamos olvidando de los límites de la libertad. Que son las leyes. Y legitimamos su incumplimiento.

Mientras haya camas disponibles en terapia intensiva tal vez esos incumplimientos puedan ser morigerados por la ciencia médica. Pero amén de confiar en la ciencia, las estadísticas y en la buena suerte, voy a reiterar que, en los últimos 8 días, los casos en Capital Federal casi se duplicaron. Señal de que las reglas se incumplieron hace 10 días. ¿Qué pasará ahora, que estamos flexibilizados? No lo sé.

Lo que sí sé, lo que escribo con espanto, es lo que no mencioné hasta ahora pero voy a enunciar con toda claridad: el otro límite a la libertad, el límite final y sin apelaciones, es la muerte. Sería bueno que lo recordemos antes de incumplir las reglas la próxima vez.

El Cohete a la Luna

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