El pabellón infantil

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Joanna Walsh*

En este cuerpo he pasado buenos momentos, como ahora mismo, mientras miro por la ventana. Frente a esta ventana hay otra ventana, y a través de esta, otra más. Los marcos de las ventanas son marrón oscuro y están hechos, tal vez, de metal. Vienen por pares, un marco dentro de otro, el marco interior ubicado de manera que coincide con la esquina superior derecha del marco exterior. El marco menor podría abrirse, pero ninguna de las ventanas está abierta. Puede que esto sea así porque está lloviendo. A través de la ventana de enfrente se ve una pared blanca con el marco de una puerta y, a través de esta, una ventana que da a otra pared blanca. De vez en cuando, la gente pasa entre los marcos marrones y las paredes blancas, y sus colores parecen desvaídos.

Mientras recorren el pasillo provisto de ventanas, quienes van y vienen tal vez puedan verme a través de esta ventana, sentada y sin moverme, con mi rostro dirigido hacia ellos, con la parte trasera de una cabeza más pequeña entre la ventana y yo, cabeza que seguramente solo vean como una forma que tapa la parte inferior de mi rostro. Reparo en que mi cuerpo está disfrutando al mirar por la ventana y que se debe a que no se le ha pedido que haga nada en un rato. Este ha estado aquí sentado, obligado, no tanto a la fuerza como por cortesía, mientras que, dentro de él, yo he estado esperando. En el asiento que hay frente a mí, él está esperando. Aunque es un niño, las sillas de plástico y de ese rojo típico de guardería que nos han dado a ambos son demasiado pequeñas incluso para él, haciéndonos parecer aún más niños.

Las enfermeras van de azul, los uniformes de los gasolineros: camisetas azules tipo polo, pantalones azules sueltos. Alrededor de sus cuellos, su identificación colgando de unas cintas rojas. Nos visitan de una en una. Todas llevan sendas tablillas sujetapapeles. Rellenamos nuestros datos con un bolígrafo de tinta borrable. Cada una de las enfermeras me hace preguntas. Las preguntas no son para mí. Las preguntas son para él y, no tanto a la fuerza como por cortesía, yo las repito hasta que él contesta.

«¿Eres ateo?».

«Creo que más bien soy pesimista».

Tiene nueve años y es el niño de mayor edad aquí. Sentada a la mesa que hay detrás de nosotros, una niña de unos cinco años de edad, con un ojo situado en la mitad de la mejilla, se mira los dedos, todos ellos pulgares cortos y retorcidos. Su madre le da un libro de princesas. Lo hojea, luego se da la vuelta, con los codos apretando sus costados, un pájaro que no puede volar. A lo lejos, en la otra punta de la sala de espera, otra niña, de unos tres años, vomita en el suelo. Acto seguido suena un timbre hasta que un limpiador viene con una botella de amnesia.
La persona que trajo nuestra tablilla (¿una enfermera?, ¿un especialista?) se la lleva, la borra y nos lleva a otro lugar.

Y todavía ahora sigo sentada, esperando junto a su cama, lo cual puede ser acertado o no, pues él no está en la cama, y nunca lo estuvo, así que tal vez mi espera vaya desencaminada al perseguir ese propósito. La cama está en un cubículo cuyas paredes están hechas de cortinas decoradas con dibujos de ositos de peluche sentados formando ángulos rectos, nunca paralelos a la horizontal. Nos recuerdan que las personas que están en el pabellón son niños, a pesar de que estos niños hagan y digan cosas para nada infantiles. El asiento donde estoy sentada es un largo y estrecho sofá. Está decorado con dibujos de dinosaurios, asimismo dispuestos en ángulos rectos. Este asiento hace que vuelva a ser pequeña. Los pies no me llegan al suelo. No puedo sentarme pegada al respaldo: mis muslos no son lo bastante largos porque el sofá es también una cama. Su olor es el mismo olor que el de las tiendas de ropa nueva: sintético, dulce como un fruto seco. Tiene algo de corpóreo, pero muy poco: el cuerpo extirpado, tal vez.

En el pabellón hace calor y hay un continuo murmullo. El bebé de alguien está enchufado a una máquina que emite pitidos. Siempre hay luz. Las personas que aguardan son todas mujeres. Las enfermeras son mujeres, al igual que las recepcionistas, las limpiadoras y algunas entre los médicos. Una vez vi a un hombre, pero se fue. Tú me dejaste en la puerta de la planta baja, cogiéndome por el codo, ese asidero de lo más renuente. ¿No albergué la esperanza de que te quedaras, o bien no quise que lo hicieras? O quizás lo quería, pero era consciente de que no funcionaría. Te fuiste lo suficientemente contento, o descontento, o acaso sin sentir nada en absoluto. No viste el pabellón. No podrías imaginarte todo esto. Escríbeme un sms, dijiste. Un sms.

Las mujeres con niños tienen conversaciones de sentido único. No se hablan entre ellas; por lo demás, tampoco es que yo lo haga. Una de ellas profiere un ruido semejante a un grito, pero suave; luego, se ríe y repite un grito atrapado en la profundidad de su garganta, arrastrándolo por sus amígdalas. Está dirigido a su bebé y ese ruido es un ruido amoroso. Presiona un botón del mando a distancia y, detrás de ella, aparece en el televisor alguien hablando y dice algo que interfiere. ¿Está sintiendo placer al escuchar? Suena distorsionado. No suena bien.

¿Qué compensación obtendré por esta espera que es mucho más larga que la espera prevista?

¿Será ropachocolatelibros?

Digamos que podría comprar un vestido una chaqueta una blusa de seda para el verano. Podría buscar en internet y ver si alguna prenda se corresponde con mi pensamiento: eso ocuparía mi mente, ¿verdad?

Viene una enfermera.

Me dice que Charlotte irá poniéndome al tanto.

Desconozco quién es Charlotte. No lo pregunto. Podría dejar de vigilar esa cama en la que no hay nada e ir, de nuevo, al mostrador de información que hay al otro lado del vestíbulo, donde la mujer que viste un mandil con estampado de cachorros no tiene ninguna información.

Si Charlotte viene, me lo dirá.

Si me lo dice, no habrá más palabras.

Pronto ya no habrá más palabras.

Prepárate.

Ahora ya no habrá más palabras.

Nunca más.

Ya no me atrevo a preguntar.

Espero. Vigilo la cama.

El bebé se despierta. Llora. Da pitidos.

Espero que esté bien.

Espero que estemos bien. Espero que estemos todos bien.

¿Bien?

Pero al no estar aquí Charlotte para dar la respuesta se sobreentiende, que quizás siempre sea así, lo cual es conmovedor, así que me cuido de no calificarlo como tal cuando el crío de la cama de al lado se incorpora y vomita sangre en un cuenco de cartón que ha estado sujetando entre las rodillas para este fin, lo cual comienza a provocarme sudores. Hace que mi cuerpo empiece a separarse. Sé que en un rato ya no estará conmigo. Consciente de lo que sucede como para querer escapar. Buena suerte, compañero, apenas puedo culparte. Si Charlotte viene con sus palabras viene a decirme que todo ha ido mal ¿cómo podrá saberlo mi cuerpo? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que las partes de mi cuerpo se percaten, de manera independiente, de que algo fue mal y sucedió, por separado, en estado de pánico? El pánico es una cosa inmóvil. Lo he sentido antes: cada miembro nervio órgano se pone en alerta extrema sin relación con los demás, preparado para la acción, pero quién sabe qué acción, pues no hay acción que aquí pudiera servir de ayuda. Cada parte de mi cuerpo sabe, de manera individual, qué acción realizará, pero ninguna de ellas lo dice. Estoy sentada en medio de ellas. He perdido el control. Parecen estar listas para correr en todas direcciones. Pero, sin su cooperación, yo no puedo correr, no puedo gritar, así que me quedo sentada, inmóvil, lo cual me confiere un aspecto dócil. Sé lo que se siente. Lo he sentido antes. Estoy esperando a sentirlo de nuevo.

Para ocupar mi mente podría pensar, ¿no crees?, remontar en el tiempo, dar leche cereales la ropa del colegio ayyyyy galletas de plastilina tacos de madera, cualquier cuento engañoso inventado para que los sentimientos puedan aplicarse a los objetos que intercambiamos, pero eso no estaría bien, no todo ha sido ternura, ¿no?, ¿verdad que no?, los golpes los sarcasmos las palabrotas las quejas y los patentes embustes, lo cual sucede más o menos a todo el mundo, francamente, sobre todo si hay algo que va mal, y no todo por culpa de una parte, oh no, de ningún modo. No, si he de construir una hipótesis que sea completamente distinta. Jugaré a algo o me contaré un cuento, que, en cualquier caso, matará unos cuantos minutos. Los juegos son matemáticos, los cuentos, no, o quizás lo sean. Mi juego (o mi cuento) se titula: «¿Qué haría?». Si alguien viniera a por nosotros, por ejemplo, de noche cuando estoy en casa con los niños, pero, por lo demás, sola. Esto no es lógico. No hay razón, desde la perspectiva de esta persona, por la que él no tendría que llegar a plena luz del día cuando, igualmente, estamos solos. Y no hay razón para que, si él llegara de noche cuando no estamos solos, bien equipado para un asesinato tal y como aparece en mis fantasías, pudiéramos tener una oportunidad de salvarnos considerablemente mayor.

Él, esa persona, hace un ruido ahajo. ¿Qué estará haciendo en la cocina? Ahí no hay nada que pueda robar. Tendría que estar buscando ordenadores portátiles. Tendría que estar en el salón probando el televisor de pantalla panorámica. ¿Con qué está haciendo esos ruidos? Con las herramientas que hay en el cajón del fondo del armario de la cocina. Él quiere que estas abran las cosas forzándolas, quiere que nos hieran. En mi dormitorio no hay nada que pueda identificar como un medio de defensa. Nada con lo que inventar un cuento sobre cómo podría defenderme. Hurgo en todos los cajones buscándolo, pero no lo encuentro. Necesito el cuento para escapar de un desastre y meterme en otro, ninguno de los cuales puedo imaginarme. Pero ¿por qué vino él sin herramientas, sin un arma? Acaso no sea el ladrón que yo había previsto, sino un yonqui, un borracho, un loco. Me siento más cómoda con un borracho o un loco: su pasión, cuando yo contraataque, responderá a la mía.

Entonces, ¿qué debería hacer? De entrada, no hacer nada: no ponerlo sobre aviso encendiendo la luz, respirando. No ponerlo sobre aviso de su papel blandiendo algo que pudiera ser empleado como arma. No ponerlo sobre aviso siendo. Cuanto menos respire yo, mayores posibilidades de que cualquier respiración que se oiga sea la suya: cuanto menos me mueva, menores posibilidades de que cualquier ruido de movimiento sea mío. Cuanto menos me defino, tanto más es él, tanto más lo que yo soy se convierte en él. Cuanto más le permito existir, menos defensas tengo, menos defensas deseo. Y me estoy impacientando. ¿Acaso esta persona nos considera a mí y a mis hijos una presa insuficiente? Que yo, o mis posesiones o mis hijos no seamos deseados por esta persona es más o menos inimaginable. Estoy tratando de imaginármelo, pero no lo consigo. Él me deseará, todavía, cuando nadie más lo haga. Entonces, ¿es él un consuelo para mí? Tal vez llegue un momento en que ya no venga más, aunque no lo creo. Si no está en la cocina, puede que sea necesario buscarlo habitación por habitación. Si no está en la casa, aún quedan el jardín, el cobertizo. Si no queda ninguno de estos, está la calle, la ciudad, el resto del mundo. Dondequiera que esté permanece a cierta distancia de mí, y todos sus movimientos e intenciones están relacionados conmigo y siempre lo estarán hasta que venga a por mí. Ignoro cuándo vendrá y si, cuando finalmente llegue, me sorprenderé al ver que, después de todo, es real. Hay un teléfono junto a mi cama, pero no lo utilizaré. Ningún policía va a privarme de este encuentro.

Sin embargo, creo que no podría matar al anestesista, que parecía un panadero, con su gorro blanco anudado detrás. Tampoco creo que pudiera matar al cirujano, que parecía un banquero sin su traje de chaqueta. Cuando lo metieron en el quirófano me preguntaron si quería besarlo. Bueno, yo no, pero mamá sí. La busqué, pero no estaba allí. Toqué la pierna del niño porque no podía alcanzar su brazo. Había cables. Al fin y al cabo, no quería que pensaran que era una desalmada, pero ¿acaso se creyeron que aquello era de veras un contacto? Ya lo habían sacado de su cuerpo. Consciente de él para escaparse también. No tengo ni idea de si todavía está dentro. ¿Es que no veían que él ya se había ido? No puedo hacer que un cuerpo se una a otro cuerpo, ni siquiera puedo matar mentalmente. Invéntate otro cuento.

Cuando esa persona abandone la cocina y llegue, armado con mis fantasías, a la puerta misma de mi dormitorio, ¿cuál de mis hijos se salvará primero, el pequeño, vulnerable, o el que ya puede correr? Un amigo que un verano trabajó como socorrista me dijo cómo lo hacen: identifican a quienes tienen mayores posibilidades de salvarse y los salvan primero; deja que el bebé se hunda hasta lo profundo. Les dicen, según me contó, que sean «pragmáticos». Contamos cuentos en los que los socorristas heroicamente salvan a los más desesperados cuando ya no queda esperanza. Parece que todo el tiempo deberíamos haber estado contando un cuento diferente. No se lo dije a mi amigo entonces, pero aquello parecía injusto. No serviría para mi cuento. El cuento de él sería un cuento cruel, ya fuera a propósito de un socorrista, ya de la persona que estaba en la planta de abajo.

¿Puede alguno de mis niños salvarse? ¿Podría yo, como salvadora, tomar una decisión heroica que tuviera un desenlace afortunado o podría tomar una decisión que tuviera un desenlace adverso pero que, pese a todo, siguiera siendo heroica? ¿O podría tomar una decisión pragmática que tuviera un desenlace afortunado pero en nada heroico o tomar una decisión pragmática que tuviera un desenlace óptimo y, asimismo, diera lugar a un cuento heroico? ¿Y si la decisión pragmática resultara peor?

En otro cuento camino por el pasillo hospitalario de ese pabellón infantil en el que unos ojos de buey parpadean a la altura de la vista de los adultos. La mujer con el bebé está en la sala de espera para padres, donde el té y el café instantáneo son «suministrados por unos francmasones locales». El bebé no está con ella. Ella está llorando, o cuando menos sus ojos derraman lágrimas, pero está callada y hojea una revista de cotilleos. Con una cuchara de plástico, me como unos krispies en un cuenco de plástico en el que figura una vaca. Le pregunto si quiere que le haga un té. Dice que no. Una congoja es análoga a la otra. O no, ¿cómo podría serlo?, y, si lo es, lo será durante un momento nada más, antes de que en cada una de nosotras vuelva a aflorar lo específico de su propia desolación. Mientras el hervidor tarda un tiempo desconocido en hervir, miro por la ventana hacia un patio central cuyas paredes son todas blancas, y en cada una de ellas hay marcos marrones que se responden solamente entre sí. En el fondo de este abismo hay un tejado blanco. El té que preparo sabe a jabón.

De regreso al pabellón, el bebé está allí. Da pitidos. La mujer ha vuelto. Está viendo la televisión. Ve programas para bebés. El volumen está demasiado alto. Seguro que su bebé es pequeñísimo.

Me siento en el sofá junto a la cama. Me cuelgan las piernas. Por encima de la cama cuelgan las patas de una máquina, a la espera. Las puertas de la mesita de noche parecen las de una taberna del Oeste, pero no son batientes. Quizás salga un batallón de ratones, quizás una banda de música en miniatura. Y he parado de respirar, ya no inspiro ni espiro, pues hacerlo habría llamado un tanto la atención, así que lo he hecho en mitad de una respiración de manera que nadie se diera cuenta, solo para ver si el tiempo podría detenerse y la gente que hay en la habitación podría detenerse también en mitad de sus actividades, y ni siquiera supe que lo estaba haciendo hasta que casi estaba a medio vaciarme.

Luego llega Charlotte y los gatitos diseminados por su mandil lanzan besos.

* Joanna Walsh es una joven escritora británica con gran éxito de crítica que ha colaborado en medios como The Guardian, The New Statesman, Granta o The London Review of Books, entre muchos otros. Es autora de libros como Hotel, Fractals, Grow A Pair o Worlds From The Word’s End.

(De: Vértigo, Editorial Periférica, 2015. Traducción de Vanesa García Cazorla)

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