El país de los miserables

Empresarios y medios, un frente común

Por Marcos Mayer

Después de que Alberto Fernández calificara duramente a Paolo Rocca, cundió la indignación en los medios y todos hablaron de la nueva agresividad presidencial. Todo esto dejó en claro para quién trabajan ciertos periodistas y lo poco que les importa la sociedad a los empresarios.

Seguramente a lo largo de su vida, a Paolo Rocca le han dicho cosas bastante más fuertes que «miserable». Y le deben haber resbalado tanto o más que el denuesto presidencial, si es que se enteró porque Forbes no suele publicar este tipo de cosas. De hecho, no hubo reacción alguna, ni personal ni de la empresa. Sin embargo, la patria periodística salió con los tapones de punta como si Alberto Fernández hubiera mancillado la bandera argentina por cadena nacional.

Ya Eduardo Feinmann había anticipado la hipótesis (o algo así) de que se notaba el regreso de Cristina al país en las actitudes agresivas del presidente. Laura Di Marco, en La Nación, habló de una «nestorización» de Alberto a la que definió como una tendencia a buscar enemigos con los que confrontar (que esta vez serían empresarios y chetos, en lugar de los medios, como en aquellos tiempos). En Clarín Ricardo Kirschbaum, director del diario, habla de endurecimiento de AF como una reacción frente al cacerolazo, al que se trata de dar una dimensión épica, a pesar de haber sido un fenómeno muy localizado y que comienza a extinguirse. Carlos Pagni, que suele estar bastante por encima de la inteligencia y sintaxis media de sus colegas opinólogos, plantea algo que es casi una acusación, pero no tanto a Fernández sino a la manipulación política detrás del cacerolazo: «Así, el Presidente de la unidad de los argentinos se expuso a que le den lecciones de buena conducta. Y a que, en el extremo, un empresario le conteste ‘el miserable es usted’. El arrabalero ‘muchachos, ahora les toca dejar de ganar a ustedes’, dirigido a los hombres de negocios, recibió como respuesta un cacerolazo para que los políticos se bajen el sueldo.» O sea que fue una reacción concertada y un contraataque contra los ataques a ciertos empresarios y no un reclamo genuino: sería un arrabalero, «así que querés que ganemos menos, ganen menos ustedes».

Majul, que no podía faltar a la cita, habla de «malvinización» de la lucha contra el virus, de agresividad y triunfalismos fuera de lugar. A todo esto, se suma el elogio presidencial a Hugo Moyano, casi una confirmación de que ha empezado la guerra. Por aquí se puede empezar a desenredar la madeja. Moyano es un dirigente resbaladizo y poco confiable en términos políticos. Baste recordar sus coqueteos con Macri. Alberto sin dudas lo sabe, pero esto es política. Hoy es un buen aliado, maneja el aparato de distribución de los alimentos en todo el país. Además, el jefe de los camioneros tuvo un buen gesto al poner a disposición las instalaciones del Sanatorio Antártica. Nada parecido provino del Hospital Italiano, ni de OSDE, ni de Swiss Medical. Justamente con la idea de unificar el sistema de salud, arreciaron las críticas y se volvió a pedir la cabeza de Ginés González García, una presa codiciada, seguramente desde los tiempos de la ley de genéricos.

Es obvio que todas estas críticas fueron de sentido único. Nadie ha cuestionado la decisión de Techint, ni atacado a los formadores de precios que vienen remarcado a lo pavote ni denunciado a los bancos que se hacen los distraídos con los préstamos a tasa blanda destinados a las Pymes decididos por el Banco Central.

Lo de la unilateralidad no es algo nuevo. Pero siempre se la ejerció desde la moral, de eso que se dio en llamar los valores. Ahora el alineamiento se desplaza a la defensa directa y desembozada de las grandes empresas. Y dan la pelea por lo que es su deseo, el regreso de la economía, al precio de vidas que haga falta. Por eso Espert y Cachanovsky debieron comprarse una moto para poder correr de canal en canal para asumir la bandera de un mercado como los de antes, donde no existiera la mano visible de Estado. Por eso se buscan expertos de cualquier lugar del mundo para que digan que no se puede vivir en permanente estado de cuarentena y que hay que poner en marcha las máquinas. O tuitea Feinmann que los bancos son un servicio esencial, al igual que las verdulerías. Alguna vez el austríaco Karl Kraus definió, no sin inquina, que el periodismo es aquello que se escribe en el espacio que dejan libre los avisos. Nuestros héroes locales de la opinión parecen empeñados en darle la razón.

Volvamos un rato a Moyano, su donación, aunque no haya sido desinteresada y sincera, constituye un acto solidario. Como lo son, aunque sin segundas intenciones, los ofrecimientos de voluntarios para ayudar a personas en grupos de riesgo, los barbijos cosidos de entrecasa, las viandas donadas. No se conoce ningún aporte de Paolo Rocca, de Bulgheroni, de Galperín, o de Hugo Sigman, cuyos medicamentos siguen subiendo de precio como si nada.

Esto no debería conducir a discursos moralizantes, que es lo que ocurre muchas veces en situaciones como la actual. Si es una muestra de la ética del capitalismo, especialmente del argentino, prendario que vive de las tetas de Estado y después las escupe.

Para ellos no existe la dimensión de lo social, no la pueden ver y cuando se les habla de la opción salud vs. economía no logran entender de qué se les está hablando. La vida tiene un sentido único, la maximización de ganancias, la acumulación de dinero. Y eso no va más allá de la salud de ellos mismos. No se trata de moral, sino de política.

Socompa. Periodismo de Frontera

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